RAFAEL GAMBRA CIUDAD: REVELACIÓN Y ECUMENISMO

EL MERCADO COMÚN DE LAS RELIGIONES

Siempre P’alante
16 de diciembre de 1995

Bajo el título «Una denuncia del fanatismo», uno de los ilustres columnistas de «ABC» (14 nov.) glosa elogiosamente un editorial aparecido en la revista romana de los jesuitas «La Civiltà Cattolica». Se trata, según el columnista, de «una nueva tesis que vuelve a cambiar el curso de algunas corrientes en una cuestión central para el mundo cristiano, la revelación, sometida durante siglos a interpretaciones excluyentes».

Afirman, según él, los PP. Jesuitas que lo revelado por Dios no puede limitarse al Antiguo y Nuevo Testamento.

Podría pensarse que iban a añadir, como es doctrina constante de la Iglesia, que también es fuente de verdades la Tradición, especie de revelación inmanente a la vida de la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo. Pero no…

Según estos jesuitas aggiornados, «la comunicación de Dios con los hombres puede encontrar también su expresión en ciertos versículos del Corán, en el hinduismo de los Vedas o en textos sagrados del Tíbet. Dios ha podido enviar sus mensajes a través de otras voces, Mahoma por ejemplo».

Nadie pretende –comenta nuestro columnista– que la Iglesia renuncie al depósito de fe que conserva hace dos mil años: «La Civiltà Cattolica», no predica el eclecticismo, ni abandona la verdad objetiva, pero esa Iglesia a lo largo de este pontificado ha repetido su deseo de «no rechazar nada de lo que hay de verdadero o sagrado en otras religiones». Recuerda después cómo Juan Pablo II, «lejos de estar enrocado en Roma», reunió en Asís al Dalai Lama, a los Mulah y doctores islámicos, al gran rabino de Jerusalén, a prelados protestantes y ortodoxos.

Todo eso es verdad: lo de los jesuitas y lo de Asís.

Ahora bien (prescindamos de los judíos, cuya fe incorpora la Iglesia en el Antiguo Testamento), si nuestro sabio columnista opina que las otras religiones aportan mensajes verdaderos y sagrados, está en el deber de decirnos cuáles son tales mensajes. Pero no mediante abstracciones periodísticas como «una cierta espiritualidad» o «una mediación mística», ni recurriendo a sentencias morales –que de religión y no de moral estamos hablando–, sino mediante proposiciones concretas, en lengua castellana, con sujeto, verbo y predicado.

Si no sabe hacerlo, deber suyo es rectificar y pedir perdón a los lectores, además de confesarse (si es creyente) de un gravísimo pecado de escándalo público al poner en peligro la fe que profesa.

Y sin escudarse en la supuesta autoridad de esos jesuitas romanos, que ellos ya tendrán quien los juzgue.