PADRE CERIANI: SERMÓN A LA DOMÍNICA DECIMOPRIMERA POST PENTECOSTÉS

UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

El Evangelio de hoy comienza por indicar el lugar del milagro: Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis.

Jesús no está en Judea; y los nombres de los lugares enumerados en el Evangelio del día indican que la gentilidad se convirtió en el escenario de la salvación.

Es allí donde tendrá lugar la curación de sordomudo: Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él.

Evidentemente se trata de una enfermedad muy triste; porque el sordo no escucha nada de lo que se dice alrededor de él; y además, como consecuencia, por no haber podido aprender a hablar correctamente, sólo puede comunicar sus pensamientos y sus deseos con mucha dificultad; de modo tal que, viviendo en medio de los hombres, en gran medida se siente frustrado al no poder participar de los beneficios de la sociedad.

Como suele suceder con los milagros de Nuestro Señor, esta dolencia natural representa otra discapacidad mucho más grave, deplorable y peligrosa, a saber, la sordera y el mutismo espirituales.

La sordera espiritual es el estado de un alma que no escucha la Palabra de Dios, de cualquier manera que llegue a ella, ya sea por las inspiraciones del Espíritu Santo, ya por la voz de la conciencia, ya por los avisos del confesor o las exhortaciones del predicador.

Y cuando esta sordera es totalmente voluntaria y afectada, ¡qué desgracia para el alma! Es propiamente un pecado contra el Espíritu Santo, es el endurecimiento del corazón.

El mutismo espiritual normalmente sigue a la sordera, y la hace más culpable, peligrosa y, frecuentemente, incurable.

Jesús hubiese podido realizar esta curación por medio de una sola palabra, y su poder hubiese sido manifestado más maravillosamente.

Pero este milagro esconde un misterio; y Jesucristo, queriendo principalmente instruirnos, subordina el ejercicio de su poder al objetivo educativo que procura.

Así pues, ¿quién es este hombre que traen al Salvador y cuya miseria arrancó suspiros al Verbo divino?

¿Qué representa este sordomudo?

¿Qué significan las inusuales circunstancias con las que se opera su curación?

Los Santos Doctores nos enseñan que este hombre representa la humanidad fuera del pueblo judío: Tiro, Sidón, la Decápolis indican la gentilidad.

Esta gentilidad, abandonada desde hace cuatro mil años en las regiones donde reinaba el Príncipe del mundo, sentía los efectos desastrosos del olvido en que la había dejado su Creador y Padre como consecuencia del pecado original y de sus pecados personales.

Satanás, cuyas artimañas engañosas habían obtenido hacer expulsar al hombre del Paraíso, habiéndose apoderado de los gentiles, superó y perfeccionó la elección de los medios para asegurar su conquista.

La astuta tiranía del opresor redujo a su esclavo a la sordera y al mutismo para estrechar mejor las cadenas de su imperio.

Sordo para escuchar a Dios, mudo para suplicarle, se cierran los dos caminos que podrían conducirlo a su liberación.

El adversario de Dios y del hombre, Satanás, puede alegrarse de su trabajo…

Jesucristo gime ante la miseria extrema de esos pueblos. ¿Y cómo no había de gemir a la vista de la devastación ejercida por el enemigo en esta obra tan bella, para la cual había servido de modelo a la adorable Trinidad al comienzo del mundo?

Tiro, Sidón, la Decápolis… la gentilidad…, tenemos ejemplos palpables de esta miseria espiritual en los pueblos que conocieron los misioneros al llegar a las tierras americanas.

Tienen de qué vanagloriarse los indigenistas en la sordera y el mutismo espirituales, culturales y sociales…

Nosotros nos honramos de cultura greco-romana, y agradecemos la misericordia, la gracia, la cultura y la civilización cristianas aportadas por los santos misioneros.

Decimos que Nuestro Señor quiere, por medio de esta curación milagrosa, dar una enseñanza más que demostrar su divino poder. Él quiere revelar las realidades invisibles producidas por su gracia en el misterio de los Sacramentos.

Por eso, aparta lejos a este hombre que le presentan; lejos de esta tumultuosa muchedumbre de pasiones y de vanos pensamientos que le habían vuelto sordo y mudo para el Cielo: apartándole de la gente, a solas.

¿Qué lograría con curarlo, si no fuesen removidas las causas de la enfermedad? Recaería inmediatamente en ella…

Vemos en esto el porqué de tanto paganismo, e incluso tanto salvajismo, en nuestra sociedad, otrora cristiana… Así como se hace hediendo el perro que vuelve a su vómito, de la misma manera causa repulsión la moderna sociedad, apóstata, que regresa al paganismo, se degrada y se torna salvaje…

La causa está en la apostasía de las naciones, y en el retorno del fuerte armado con sus siete demonios peores que él… los siete pecados capitales que dominan a la humanidad alejada de Jesucristo y de su Iglesia…

Pueden vanagloriarse los revolucionarios del estercolero que han forjado…

Nosotros tratamos de mantener los restos de la Civilización Cristiana legada por la España católica, mientras esperamos la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

Garantizados los frutos futuros de la curación, Jesús pone en los oídos de carne del sordo sus dedos sagrados, que tienen la virtud restauradora del Espíritu Santo y que penetra hasta los oídos del corazón.

Más misteriosamente, porque la verdad a manifestar es más profunda, toca con la saliva de su boca divina la lengua hecha impotente para la confesión y la alabanza.

Dicen los Santos Padres: Le metió los dedos en las orejas, pudiendo curarle sólo con su voz, para manifestar que su cuerpo, unido a la Divinidad, estaba enriquecido con el poder divino, así como sus obras. Esto demuestra que todos los miembros de su sagrado cuerpo son santos y divinos, como la saliva con que dio flexibilidad a la lengua del mudo.

Por último, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: Ephpheta, que quiere decir: ¡Abríos!

Los Padres de la Iglesia enseñan que alzó los ojos al cielo, para enseñarnos que es de allí de donde el sordo debe esperar el oído, el mudo el habla y todos los enfermos la salud.

Levanta, pues, los ojos al cielo, busca y ve el beneplácito del Padre a las intenciones compasivas de su misericordia; y ejerciendo el uso de ese poder creativo que hizo originalmente perfectas todas las cosas, pronuncia, como Verbo divino, la palabra todopoderosa de restauración: Ephpheta!

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

La nada, o mejor dicho aquí, algo peor que la nada, la ruina, la degradación, obedece a esta voz conocida.

El oído desafortunado se abre con placer a las enseñanzas pródigas de la ternura triunfante del Salvador…

Y la fe, que penetra al mismo tiempo, produce su efecto: la lengua encadenada se suelta y reanuda el cántico de alabanza a Dios, interrumpido durante siglos por el fatídico pecado…

Aquí se ven de un modo manifiesto las dos distintas naturalezas de Cristo, enseñan los Santos Doctores; porque alzando los ojos al cielo como hombre, ruega a Dios gimiendo y, en seguida, con divino poder y majestad cura con una sola palabra.

Hemos dicho que Jesucristo quería enseñar simbólicamente por esta curación las realidades invisibles producidas por su gracia en los sacramentos.

Por estos símbolos deseaba que comprendiésemos:

  • cuán difícil es la curación de la sordera y del mutismo espirituales,
  • qué tremenda es la situación del pecador endurecido,
  • cuán peligroso es el demonio sordo y mudo, que nos hace sordos a la voz de Dios y que cierra nuestra boca para evitar descubrir nuestra alma herida.

Al mismo tiempo pretendía enseñarnos cuánto respeto y reverencia merecen todas las ceremonias que la Iglesia ha establecido para la administración de los Sacramentos, especialmente del Bautismo, en el cual encontramos las acciones y las palabras que Nuestro Señor utilizó para curar al sordomudo, imagen del alma y de las sociedades todavía no regeneradas por la divina gracia y aún presas bajo el poder del demonio.

De este modo, el Ministro de la Iglesia, antes de la ablución bautismal, impone sobre la lengua del catecúmeno la sal de la sabiduría y le unge sus oídos con su saliva repitiendo la palabra de Cristo: Ephpheta, es decir, abríos.

En la Epístola de este domingo, San Pablo nos dice: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué. Si no, ¡habríais creído en vano!

Es en primer lugar por el bautismo que el hombre recibe el oído espiritual y la palabra de la fe, que prepara para recibir la prédica evangélica.

Antes del Bautismo éramos sordomudos; no podíamos hablar a Dios en la oración porque no teníamos la fe; no podíamos escuchar la voz de Dios.

Pero por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, recibimos la gracia santificante.

¡Atención!… Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué. Si no, ¡habríais creído en vano!

La Palabra del Salvador produce inmediatamente su efecto: el enfermo está curado, se abren sus oídos, su lengua se suelta.

El sordo escucha la voz de su divino Médico y el mudo habla con una facilidad que sorprende y encanta a todos los testigos de este gran milagro, a punto tal que Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

La admiración y la gratitud arrancan a la multitud una apología noble y bella del Redentor, opuesta a los murmullos y calumnias de los fariseos: Él ha hecho bien todas las cosas…

Este elogio es una alabanza maravillosa, digna solamente de Dios. Bene omnia fecit… ¡elogio admirable!

Debemos recordarlo y repetirlo a menudo. Dios es infinitamente sabio; infinitamente bueno e infinitamente poderoso: Bene omnia fecit…

Después del Credo, vamos a recitar la oración del Ofertorio: Te alabaré, Señor, porque clamé hacia Ti y Tú me has sanado.

¡Sí!, Señor, Tú has hecho y haces bien todas las cosas…

4 comentarios sobre “PADRE CERIANI: SERMÓN A LA DOMÍNICA DECIMOPRIMERA POST PENTECOSTÉS

  1. Hola,

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    Catherine Mejia

  2. A CRISTO EN LA CRUZ

    ¿Quién es aquel Caballero
    herido por tantas partes,
    que está de expirar tan cerca,
    y no le socorre nadie?

    “Jesús Nazareno” dice
    aquel rétulo notable.
    ¡Ay Dios, que tan dulce nombre
    no promete muerte infame!

    Después del nombre y la patria,
    Rey dice más adelante,
    pues si es rey, ¿cuándo de espinas
    han usado coronarse?

    Dos cetros tiene en las manos,
    mas nunca he visto que claven
    a los reyes en los cetros
    los vasallos desleales.

    Unos dicen que si es Rey,
    de la cruz descienda y baje;
    y otros, que salvando a muchos,
    a sí no puede salvarse.

    De luto se cubre el cielo,
    y el sol de sangriento esmalte,
    o padece Dios, o el mundo
    se disuelve y se deshace.

    Al pie de la cruz, María
    está en dolor constante,
    mirando al Sol que se pone
    entre arreboles de sangre.

    Con ella su amado primo
    haciendo sus ojos mares,
    Cristo los pone en los dos,
    más tierno porque se parte.

    ¡Oh lo que sienten los tres!
    Juan, como primo y amante,
    como madre la de Dios,
    y lo que Dios, Dios lo sabe.

    Alma, mirad cómo Cristo,
    para partirse a su Padre,
    viendo que a su Madre deja,
    le dice palabras tales:

    Mujer, ves ahí a tu hijo
    y a Juan: Ves ahí tu Madre.
    Juan queda en lugar de Cristo,
    ¡ay Dios, qué favor tan grande!

    Viendo, pues, Jesús que todo
    ya comenzaba a acabarse,
    Sed tengo, dijo, que tiene
    sed de que el hombre se salve.

    Corrió un hombre y puso luego
    a sus labios celestiales
    en una caña una esponja
    llena de hiel y vinagre.

    ¿En la boca de Jesús
    pones hiel?, hombre, ¿qué haces?
    Mira que por ese cielo
    de Dios las palabras salen.

    Advierte que en ella puso
    con sus pechos virginales
    una ave su blanca leche
    a cuya dulzura sabe.

    Alma, sus labios divinos,
    cuando vamos a rogarle,
    ¿cómo con vinagre y hiel
    darán respuesta suave?

    Llegad a la Virgen bella,
    y decirle con el ángel:
    “Ave, quitad su amargura,
    pues que de gracia sois Ave”.

    Sepa al vientre el fruto santo,
    y a la dulce palma el dátil;
    si tiene el alma a la puerta
    no tengan hiel los umbrales.

    Y si dais leche a Bernardo,
    porque de madre os alabe,
    mejor Jesús la merece,
    pues Madre de Dios os hace.

    Dulcísimo Cristo mío,
    aunque esos labios se bañen
    en hiel de mis graves culpas,
    Dios sois, como Dios habladme.

    Habladme, dulce Jesús,
    antes que la lengua os falte,
    no os desciendan de la cruz
    sin hablarme y perdonarme.

    Félix Lope de Vega y Carpio

  3. En la curación del sordomudo vemos la sordera espiritual y el mutismo espiritual. Nuestro Señor abre los oídos y se abren a la Fe y luego suelta la lengua encadenada y se realiza la alabanza a Dios. ¿Como obra Nuestro Señor? Primero nos abre las puertas de la Fe (Lex Credendi) y luego las puertas de la Oración (Lex Orandi).
    Esta muy claro que el obrar de Mns. Fellay es contrario al Evangelio de este 11° Domingo de Pentecostés. Monseñor Fellay pretende primero destrabar la lengua y luego abrir los oídos pues ha afirmado: «Empiezan por la Misa, después aprenden la Teología, la verdadera, la tradicional».
    La verdad es que la ley de la fe establece la del rezo y no es en el sentido inverso, como nos quiere hacer creer.
    Pidamos hoy «Ephepheta».

  4. Muchas gracias amigo Isidro por este emocionante poema del Fenix de los Ingenios.

    ¿Quién es aquel Caballero
    herido por tantas partes,
    que está de expirar tan cerca,
    y no le socorre nadie?

    El ultimo verso es de una terrible realidad. Seguramente si el Señor fuera ahora crucificado en la Argentina, tampoco lo socorreria nadie.

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