P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE SAN LUCAS EVANGELISTA

FIESTA DE SAN LUCAS EVANGELISTA

En aquel tiempo el Señor designó todavía otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de Él a toda ciudad o lugar, adonde Él mismo quería ir. Y les dijo: “La mies es grande, y los obreros son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id: os envío como corderos entre lobos. No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni calzado, ni saludéis a nadie por el camino. En toda casa donde entréis, decid primero: «Paz a esta casa». Y si hay allí un hijo de paz, reposará sobre él la paz vuestra; si no, volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den, porque el obrero es acreedor a su salario. No paséis de casa en casa. Y en toda ciudad en donde entréis y os reciban, comed lo que os pusieren delante. Curad los enfermos que haya en ella, y decidles: «El reino de Dios está llegando a vosotros»”.

Hoy celebramos la Fiesta de San Lucas, Evangelista.

El autor del tercer Evangelio era de origen sirio, nacido en la ciudad de Antioquía de Siria, y de familia griega, pagana. Convertido probablemente con ocasión de la fundación de la iglesia de Antioquía por la prédica de los cristianos que abandonaron Jerusalén a la muerte de San Esteban.

Además del griego, tuvo oportunidad de aprender el arameo.

Ejerció en su ciudad natal la medicina. Esta vocación implicaba una formación humanística, y su formación médica se evidencia en el lenguaje médico que empleaba. En efecto, los mismos caracteres de su Evangelio le declaran como conocedor de esta profesión, pues mientras los demás Evangelistas designan las enfermedades por sus nombres vulgares, San Lucas les da el nombre técnico.

Una tradición le hace también pintor.

Tuvo la gracia de convertirse a la fe de Jesucristo y encontrarse con San Pablo, cuyo fiel compañero y discípulo fue por muchos años. Se encontró con San Pablo en Tróade, durante el segundo viaje del Apóstol, que le hizo su compañero. Le siguió en sus viajes, estuvo también con él en Roma, durante su segunda prisión. Tal vez lo acompañó en sus viajes por España y por el Oriente.

De la actividad de San Lucas después de la muerte de San Pablo poco se sabe. Según unos, fue a predicar el Evangelio en Dalmacia, las Galias, Italia y Macedonia. Otros creen que evangelizó Egipto.

Murió mártir en Acaya, a los 74 años de edad, habiendo sido célibe toda su vida. Su cuerpo fue trasladado a Constantinopla en el año 357.

San Lucas siempre es representado por el becerro o el buey, el animal de sacrificio, porque su Evangelio comienza con el relato de Zacarías, el sacerdote, padre de Juan el Bautista.

Este tercer Evangelio fue escrito en Roma, a fines de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63.

Sus destinatarios son los cristianos de las iglesias fundadas por el Apóstol de los Gentiles, así como San Mateo se dedicó más especialmente a mostrar a los judíos el cumplimiento de las profecías realizadas en Cristo.

Por eso el Evangelio de San Lucas contiene un relato de la vida de Jesús que podemos considerar el más completo de todos y hecho a propósito para nosotros los cristianos de la gentilidad.

Como el libro de los Hechos Apostólicos, San Lucas dedica su Evangelio al excelente Teófilo, en quien algunos ven designado un cristiano contemporáneo del Evangelista; aunque otros opinan que se trata de un nombre fingido para motivar o dar interés al Evangelio.

Según su propio testimonio, San Lucas se informó “de todo exactamente desde su primer origen” y escribió para dejar grabada la tradición oral y dar mayor confianza en la firmeza inquebrantable de las verdades cristianas.

No cabe duda de que una de sus principales fuentes de información fue el mismo San Pablo, y es muy probable que recibiera informes también de la Santísima Madre de Jesús, especialmente sobre la infancia del Señor, que San Lucas es el único en referirnos con excelentes detalles.

La relación particular con María Santísima es, pues, otra de las características principales del Evangelio de San Lucas. Gracias a él, por el testimonio directo que le hizo Nuestra Señora, conocemos las palabras de la Anunciación, de la visita a Isabel y del Magnificat; gracias a él conocemos detalles de la Presentación en el Templo y el retrato preciso de la angustia de la Madre y San José al perder a su hijo de doce años.

Por sus noticias sobre el Niño y su Madre, se le llamó el “Evangelista de la Virgen”. De ahí que la leyenda le atribuya el haber pintado el primer retrato de María Santísima.

Este puede llamarse, con razón, el “libro de la infinita misericordia de Dios”, en cuanto se le considera como el Evangelio de los paganos conversos; bajo este aspecto el libro de San Lucas es el de la predicación Universal del Evangelio.

Demuestran este fin primordial del Evangelista los hechos siguientes:

– San Lucas hace remontar la genealogía de Jesús hasta Adán, padre común de todos los hombres, mientras que San Mateo no la hace subir más allá de Abraham, padre del pueblo judío.

– Es San Lucas quien cuenta que en el nacimiento de Jesús los Ángeles anunciaron la paz “a todos los hombres de buena voluntad”, y en su presentación en el templo nos le ofrece en el cántico del Anciano Simeón “como luz de todas las gentes, preparado ante la faz de todos los pueblos”.

– Es un samaritano quien representa al hombre de misericordia en la parábola, que solamente San Lucas refiere; así como, de los 10 leprosos curados, sólo un samaritano vuelve para rendir gracias a Jesús su médico divino.

Sin embargo, al redactar su Evangelio, tuvo también San Lucas presente al pueblo judío convertido:

– En sus dos primeros capítulos alude con frecuencia a las escrituras del Antiguo Testamento, y supone el conocimiento de las ceremonias de la religión judaica.

– Narra los episodios de la infancia de Jesús, impregnados de los recuerdos y de la historia del pueblo judío.

– Él solo es quien nos refiere que Jesús amó tanto a su pueblo que lloró a la vista profética de la futura destrucción de Jerusalén.

Si se leen los episodios que relatan la conversión de Zaqueo, las parábolas de la oveja y la dracma perdidas, la del hijo pródigo, referidas sólo por San Lucas, se podrá deducir el tercer Evangelio es como la magnífica demostración de la consoladora sentencia del apóstol “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

Es posible percibir la característica más original del Evangelio de Lucas gracias a los seis milagros y a las dieciocho parábolas que no se encuentran en los demás Evangelios. Vemos una atención particular hacia los pobres, las víctimas de injusticias, los pecadores arrepentidos y acogidos dentro de la misericordia y el perdón de Dios.

Es él quien narra la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón; es él quien habla del Hijo pródigo y el Padre misericordioso que lo recibe con los brazos abiertos; es él quien refiere la conversión de la pecadora perdonada que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos, así como la de Dimas, el Buen Ladrón; es él quien cita las palabras de María Santísima en el Magnificat cuando dice que Dios “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”.

En cuanto al objeto de su redacción, de lo dicho se deduce el fin dogmático del tercer Evangelista, es decir, la universalidad de la redención y la vocación de todo el mundo al Reino de Dios.

El fin que podríamos llamar “literario” nos lo indica el mismo San Lucas en el comienzo de su libro: “Me ha parecido también a mí, después de haberme informado de todas las cosas desde el principio, escribírtelas por orden”.

Tal es el doble fin del historiador en este Evangelio:

– Descubrir la verdad. Si los Evangelios sinópticos se dividiesen en 72 secciones como propias de cada Evangelista, corresponderían 47 a San Lucas, 20 a San Mateo y 5 a San Marcos.

– Al propio tiempo, es el más conforme a las leyes de la historia, por cuanto generalmente narra según el orden con que se sucedieron.

Como obra literaria, es de las mejores que haya producido el ingenio humano. Siendo, como es, verdadera historia lo que en él se refiere, sin embargo, viene este Evangelio iluminado por la dulce luz que sobre sus páginas sabe derramar “este escritor de la mansedumbre de Cristo”, como le llama el Dante a San Lucas.

Su Evangelio se divide en cuatro partes:

1) Evangelio de la infancia, cubierto aproximadamente por los Misterios Gozosos del Rosario (cap. I, II);

2) Ministerio en Galilea, desde la predicación de Juan el Bautista (III, 1, hasta IX, 50);

3) Viajes hacia Jerusalén (IX, 51-XIX, 27);

4) Semana Santa: predicación en Jerusalén y sus alrededores, Pasión y Resurrección (XIX, 28, hasta el final de XXIV).

Le debemos mucho a la labor de San Lucas. De los veinte milagros que registra, seis no se encuentran en los otros Evangelios: la primera pesca milagrosa, la resurrección del hijo de la viuda de Naín, el hombre con hidropesía, los diez leprosos, la curación de la oreja de Malco, el espíritu de enfermedad de la mujer que llevaba dieciocho años encorvada.

Solo él tiene las siguientes dieciocho parábolas: el buen samaritano, el amigo a medianoche, el rico insensato, los sirvientes vigilando, los dos deudores, la higuera estéril, los asientos principales, la gran cena, el constructor imprudente, el rey imprudente, el grano perdido, el hijo pródigo, el administrador injusto, el rico y Lázaro, los siervos inútiles, el juez injusto, el fariseo y el publicano, las minas.

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Viniendo al Evangelio de la Fiesta, según la tradición patrística, la misión de los setenta y dos discípulos narrada en el Evangelio de San Lucas simboliza la universalidad del anuncio evangélico dirigido a todas las naciones del mundo pagano.

Los Santos Padres interpretaron este pasaje no sólo como un evento histórico, preparatorio en la vida de Jesús, sino como una profecía sobre la expansión de la Iglesia.

En la exégesis de los Padres, el número setenta y dos representa a la totalidad de las naciones y lenguas de la tierra ajenas a Israel; mientras que los doce Apóstoles prefiguran a las doce tribus de Israel. De este modo, los setenta y dos enviados señalan que el Evangelio rebasa las fronteras de Judea para alcanzar a todo el género humano.

San Gregorio Magno y San Ambrosio señalan que el envío en pareja resalta la necesidad de la caridad y la fraternidad en el testimonio. San Gregorio dice al respecto: “Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador”.

El Libro de los Proverbios dice: «Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada».

San Gregorio dice que “Se añade muy oportunamente: Delante de Él, a toda ciudad y lugar, a donde Él había de venir, porque el Señor sigue a sus predicadores. La predicación prepara y entonces el Señor viene a vivir en nuestra alma. Por esto dice Isaías a los predicadores: Preparad los caminos del Señor, enderezad las sendas que a Él conducen«.

San Juan Crisóstomo comenta que podían los discípulos vacilar y decir: ¿Cómo será posible que nosotros, tan pocos en número, podamos convertir a todo el mundo; los sencillos a los sofistas, los desnudos a los vestidos, los súbditos a los que dominan? Para que no se turbasen con la reflexión de todo esto, llama al Evangelio mies, como diciendo: Todo está preparado. Os envío a la recolección ya preparada de frutos.

En cuanto al «Id: he aquí que yo os envío, como corderos en medio de lobos», San Juan Crisóstomo señala que la virtud y fortaleza del que los enviaba era su consuelo en todos los peligros. Por ello dice: «He aquí que yo os envío». Como si dijese: Esto basta para vuestro consuelo, esto es suficiente para esperar y no temer los males que puedan sobrevenir; lo que significa cuando añade: «Como corderos entre lobos». Esto fue indicio manifiesto del gran triunfo, que, estando los discípulos rodeados de enemigos, como los corderos lo están de los lobos, sin embargo, los convirtiesen.

Y San Ambrosio agrega: Son contrarios entre sí estos animales, por lo que son devorados unos por otros, esto es, los corderos por los lobos. Pero el buen Pastor no quiere que su rebaño tema a los lobos. Por tanto, estos discípulos no fueron enviados como presa, sino a extender la gracia; pues la solicitud del buen Pastor hace que los lobos nada puedan emprender contra los corderos.

Corderos en medio de lobos es como la descripción permanente de la Iglesia en la historia: una comunidad indefensa y pacífica frente a la hostilidad del mundo, cuya victoria no se obtiene por la fuerza, sino por la cruz y la paciencia perseverante.

Respecto de “No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado”, los Padres de la Iglesia ven en la pobreza y el desprendimiento ordenados por Jesús una condición indispensable para el predicador. La eficacia de la misión no se apoya en los medios materiales o el poder mundano, sino en la radical dependencia de la providencia divina.

San Cirilo destaca lo siguiente: Así, pues, había mandado no tener cuidado de su misma persona, cuando dijo: «Os envío como corderos entre lobos». Ni concedió tampoco que anduviesen solícitos acerca de las cosas extrínsecas para el cuerpo, cuando dijo: «No llevéis bolsa, ni alforja». Ni aún les permitió llevar algo de lo que no está unido al cuerpo. Por lo que añade: «Ni calzado».

Cuando se lee “Ni saludéis a nadie por el camino”, no les prohibió solamente que llevasen bolsa y alforja, sino también todo cuidado o distracción, aún para saludar al que encontrasen. Como si dijera: «Id rectos a vuestra obra, sin cambiar saludos», porque es un daño emplear en vano el tiempo de la predicación, a excepción de las cosas necesarias.

Sobre el saludo de paz, San Juan Crisóstomo enseña que la paz es la madre de todos los bienes; sin ella todos los demás bienes son inútiles. Por ello el Señor mandó a sus discípulos que cuando entrasen en alguna casa, inmediatamente invocasen la paz sobre ella, como señal de los demás beneficios que venían a traer.

Para los Santos Padres, la paz que se ofrece al entrar en un hogar representa la gracia de Cristo que transforma las almas receptivas, recordándonos que el misionero es meramente un instrumento de un don que no le pertenece.

Sin embargo, el saludo no será dirigido a los indignos. Por lo que sigue: «Y si hubiese allí hijo de paz, reposará sobre él vuestra paz». Como diciendo: Vosotros pronunciaréis la palabra y Yo aplicaré la paz al que juzgue digno de ella. Y si no hubiere ninguno digno, no seréis defraudados, ni se perderá la gracia de vuestras palabras, sino que volverá a vosotros. Por eso añade: «Y si no se volverá a vosotros».

Mas si se recibe la paz ofrecida, entonces son acreedores a que se les recompense por aquéllos a quienes facilitaron el camino de la gloria. Por lo que prosigue: «Y permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan». He aquí que el mismo que prohibió llevar bolsas y alforjas, permite percibir estipendio y alimentos por la predicación.

San Ambrosio dice que se añade otra virtud: no andar de casa en casa con vaga facilidad; pues sigue: «No paséis de casa en casa». Esto es, que seamos constantes en la hospitalidad y no disolvamos fácilmente los vínculos de la amistad.

San Beda agrega: Después de haber hablado de cómo deben portarse sus discípulos en las casas, pasa ahora a enseñarles cómo deben portarse en las ciudades. A saber, comunicar en todo con los piadosos y apartarse enteramente de la sociedad de los impíos. Por lo que prosigue: «Y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os pusieren delante».

Y Teofilato añade: Les dice también que, obrando milagros, atraigan a los hombres a sus predicaciones. Por eso dice: «Y curad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios». Porque si curáis primero y después enseñáis, vuestra predicación producirá sus frutos y los hombres creerán que se aproxima el reino de los cielos, pues no se curarían si esto no lo hiciese alguna virtud divina. Además, cuando se curan en cuanto al alma, se acerca a ellos el reino de Dios, el cual está lejos de aquél a quien domina el pecado.

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El Evangelio continúa con lo siguiente: En la ciudad en que entren y no los reciban, salgan a sus plazas y díganles: “Sacudimos sobre ustedes hasta el polvo de su ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sepan, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca”. Les digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad.

San Beda comenta de este modo: O para hacer constar el trabajo físico, que vanamente se tomaron por ellos, o para demostrar que hasta tal punto no buscan nada terreno de ellos, que ni el polvo de su tierra quieren que se les pegue. Aquellos, pues, que despreciaren la doctrina, los trabajos y los peligros de los que les enseñan, se exponen al testimonio de su condenación.

Y así como a los que reciben a los apóstoles se dice que se acerca el Reino de Dios para su beneficio, así se dice para perjuicio de los que no los reciban. Por esto añade: «Esto no obstante, sabed que se os acerca el reino de Dios». Como sucede cuando va un rey a una ciudad, que llega para bien de unos y para mal de otros. Por lo que, tratando de su castigo, añade: «Os digo, en verdad, que en aquel día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad».

Pidamos a San Lucas que interceda por nosotros ante la Madre de Dios para que podamos recibir las gracias necesarias para estar bien dispuestos para recibir a Nuestro Señor y su Reino.