LA IGLESIA DE LOS «GESTOS»
Hace ya muchos años oí contar a un aldeano que regresaba de una peregrinación a Roma sus impresiones de la Ciudad Eterna. Había visto al Papa en su silla gestatoria sobre un mar de cabezas en la Plaza de San Pedro. Y añadía eruditamente que esa silla se llama así porque el Papa va en ella haciendo gestos.
En rigor, lo que hacía el Papa en la silla gestatoria (al menos hasta Pablo VI) era bendecir, lo cual no es un gesto sino una acción real y transitiva que comunica algo desde Dios, por su intermedio, a los fieles allá presentes.
La silla gestatoria ya fue eliminada del protocolo romano; es en esta época, sin embargo, cuando han comenzado los «gestos» en la Iglesia hasta haber quedado convertida en lo que podríamos llamar «la Iglesia de los gestos».
Sería inacabable una relación de los «gestos» realizados por los últimos Vicarios de Cristo. Escojamos unos cuantos al azar:
— Asumir una «culpabilidad de la Iglesia» ante los «hermanos separados».
— Devolver a los turcos la bandera de Lepanto.
— Abrazar al patriarca cismático Atenágoras.
— Levantar las penas canónicas a aquella iglesia y admitir análogo perdón por parte de ella.
— Abrazar al primado anglicano, como a tal.
— Suprimir la tiara pontificia.
— Crear una nueva misa con miras interconfesionales y colaboración de protestantes.
— Recibir a ministros soviéticos como a tales.
— Orar en la capilla humanista o masónica de la ONU.
— Dirigirse a la ONU como a “la última posibilidad de paz en el mundo”.
— Bajar a una mina con casco de minero.
— Retratarse con plumas de cacique indio americano.
— Recibir y alentar a los insurrectos angoleños.
— Dirigirse como a hermanos a grupos musulmanes.
— Alabar los valores religiosos del hinduismo.
— Almorzar como uno más en la cantina de una fábrica.
— Besar el suelo de todos los países visitados, incluso los de infieles.
— Autorizar la intercomunión con algunos que no son católicos.
— Consagrar obispos a marxistas declarados y a un judío que se jacta de serlo.
— Visitar el campo de Auschwitz y no la fosa de Katin.
— Visitar a un importante lama, como a tal, que lo recibió hierático en su solio ritual.
¿Qué sentido tienen estos —y otros muchos— «gestos” a los que se han consagrado casi por entero los últimos pontificados? ¿Poseen alguna significación, algún aspecto común del que quepa extraer un «mensaje”? Porque es esencial al gesto ser signo, «significar».
Yo no soy capaz de descubrir más que uno, que por lo demás aparece muy claro en cada uno de ellos y resalta con evidencia en el conjunto.
Se trataría de hacer ver que la Iglesia acoge a todos y a todo, que no está contra nada ni contra nadie, que sólo busca la paz y la comprensión universal. Y que el Papa asume la función de «un líder religioso», uno entre otros, y no la del Vicario de Cristo sobre la tierra.
Estas insinuaciones son muy del gusto de la mentalidad democrática y liberal que gobierna hoy a Occidente y a sus instituciones.
Se corre, sin embargo, el riesgo de quien, a fuerza de querer serlo todo, llega a no ser nada. Y el riesgo ciertísimo de que las generaciones educadas en esa catequesis de los «gestos» lleguen a ver en la Iglesia una nada que nada les exige fuera de una tolerancia universal.
Porque todo lo que es puede ser definido, es decir, deslindado de lo que no es, expresando así de alguna manera su esencia y su naturaleza.
Incluso Dios, aun siendo infinito y eterno, puede definirse, si no en su esencia última —que nos es inalcanzable—, sí al menos por relación a las criaturas, que no son Dios.
Es cierto que la Iglesia, por ser católica, es universal; pero esto quiere decir que su predicación y su acogida no va dirigida a estos o aquellos hombres o pueblos, sino a todo hombre. Todo hombre cabe en la Iglesia Católica, pero siempre que profese cuanto cree y enseña esa misma Iglesia, es decir, el creyente nativo bautizado y el converso bautizado. Lo mismo se trate de un hereje, de un judío o de un pagano, la Iglesia debe acogerlo en su seno si se ha convertido a la verdadera fe, y debe además procurar su conversión. Incluso el poseso diabólico debe ser exorcizado por la Iglesia y restituido a Ella si se libra de la posesión.
Pero esto no supone que la Iglesia deba admitir en su seno a la herejía, al paganismo o al demonismo, ni borrar o desdibujar sus propios límites o fronteras.
Antes bien, su misión primordial consiste en mantener la pureza de la fe, condición para la salvación de los hombres.

