P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

FIESTA DE LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA SANTÍSIMA

Sus padres iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron, según la costumbre de la fiesta; mas a su regreso, cumplidos los días, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen. Pensando que Él estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino, y lo buscaron entre los parientes y conocidos. Como no lo hallaron, se volvieron a Jerusalén en su busca; y, al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos; y todos los que lo oían, estaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron admirados y le dijo su Madre: “¿Por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.” Les respondió: “¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron las palabras que les habló. Y bajó con ellos y volvió a Nazaret, y estaba sometido a ellos.

Celebramos hoy la Fiesta de la Maternidad Divina de María Santísima.

Cuando la Virgen María dio su consentimiento al Arcángel Gabriel y pronunció el Fiat redentor y santificador del mundo, se consumó en Ella el misterio de la Encarnación; Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios; el Creador de María se convirtió en el Hijo de María; y en Ella el Cielo se unió a la tierra.

Postrados en espíritu ante este tabernáculo vivo e inmaculado de la Divinidad, contemplemos con amor religioso este Misterio de misterios, el centro de toda la obra de Dios ad extra (al exterior), la razón de la existencia de toda la creación.

En primer lugar, debemos contemplar y adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo elevando a proporciones inconmensurables la ya inconmensurable gracia con la que habían estado llenando a la Virgen Bendita desde el momento de su Inmaculada Concepción hasta el de la Anunciación; de modo que la dispusieron para el inmenso misterio de la Encarnación.

El Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo, como dicen los antiguos Doctores, comienza derramando en el alma de la Santísima Virgen María una abundancia de dones y gracias que ninguna criatura jamás podrá concebir.

En el nombre del Padre y del Hijo y en su propio nombre, el Espíritu Santo derramó en Ella una plenitud de gracia digna de la Esposa de Dios, de la Madre de Dios, del Tabernáculo y Obra maestra de Dios; una plenitud que la hace lo más digna posible de convertirse en la Madre de un Hijo que es Santidad sustancial e infinita, de un Hijo que mora desde toda la eternidad en el Santo de los Santos, es decir, en el adorable seno del Padre eterno.

Por ello, el Espíritu Santo formó en el seno de la Virgen una morada que, si bien no es igual, sí es similar al seno de Dios Padre, una morada que estaba de acuerdo con la incomparable dignidad del Hijo único de Dios.

Esta belleza de la Virgen María en el momento en que se convierte en Madre de Dios es un mundo de tesoros que superan todo pensamiento; es una obra que sólo Dios puede comprender, porque sólo Él pudo realizarla.

En ese instante, se cumplió la promesa que el santo Arcángel acababa de hacer a María: La virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra.

La «Virtud del Altísimo» es la omnipotencia, la sabiduría y el amor de Dios que invade el alma y el cuerpo de la Santísima Virgen, la penetra, la llena por completo y crea en Ella este nuevo mundo, incomparablemente mayor que el mundo de la naturaleza, para alojar al Verbo Encarnado.

¿Qué significa este dicho? —exclamó San Bernardo. Que entiendan quienes puedan comprender. Sólo a Ella se le ha concedido comprenderlo; sólo a Ella, a quien se le ha concedido experimentarlo.

Y es sin duda por eso que el Evangelio habla aquí de una sombra misteriosa: todo lo que iba a suceder en María sucedería, en efecto, a la sombra del misterio; y lo que la adorable Trinidad quería hacer únicamente en María y con María, tenía que permanecer como un secreto impenetrable para todos, excepto para María.

Al mismo tiempo que el Espíritu de vida, de santidad y de amor santificaba y preparaba a la Santísima Virgen, tomó parte de la purísima sangre de esta criatura inmaculada para formar la sustancia del cuerpo del eterno Hijo de Dios. Al mismo tiempo, santificó, con una santidad absolutamente divina, la sustancia que así tomó de Ella, y suplió, sustituyó, mediante su omnipotencia creativa, las leyes ordinarias de la naturaleza.

Simultáneamente, el Espíritu creador, siempre en la unidad del Padre y del Hijo, creó y unió al cuerpo que formó a partir de la sustancia de la Virgen, un alma humana, la obra maestra de toda la creación.

Y en ese mismo instante, el Espíritu de Dios, inflamando el alma de la Santísima María con las purísimas llamas de su amor, la llevó a la unión perfecta a la que el Padre celestial la atrajo; y este Padre divino, presente en Ella, engendró en Ella, por medio de Ella y con Ella, ese mismo Verbo eterno, que engendra eternamente en sí mismo.

Él lo aplicó, por así decirlo, a esta alma y a este cuerpo, en el mismo momento en que los creó en el vientre purísimo de María.

Mediante un acto de su omnipotencia y de su amor, que todo lo abarca, la hizo participar de su fertilidad divina.

Así como Él mismo es, en la eternidad, Padre de su único Hijo, la convirtió, en el tiempo, en Madre de ese mismo Hijo.

Finalmente, en ese mismo momento indivisible de la creación y unión de esta alma y este cuerpo, Dios Hijo sustituyó a la persona humana que debería haber nacido de esta unión por su Persona divina. La Persona divina, al ocupar su lugar, precedió y previno así a la persona humana e impidió que existiera.

El Hijo de María posee una verdadera y perfecta naturaleza humana, sin ser, sin embargo, una persona humana, pues su naturaleza humana subsiste, como dicen los teólogos, solo en la Persona divina y eterna del Verbo, que es el único que la lleva y opera todo en ella.

Y así, por el consentimiento expreso de la Virgen María, el Verbo se hizo carne y, por medio de Ella, habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad.

Todas estas maravillas acumuladas en María, en el misterio de la Encarnación, ocurrieron en el mismo instante; porque, como tan acertadamente lo expresó San Juan Damasceno, la carne de este Niño nunca estuvo sin estar animada por un alma humana, y nunca estuvo animada por un alma humana sin estar unida a la Persona del Verbo divino.

Su concepción, animación y unión se realizaron conjuntamente, de modo que la naturaleza humana que se formó nunca perteneció a nadie más que al Verbo, y no tuvo otra persona que la Persona divina y eterna del Verbo. Sabiduría secreta e inescrutable de Dios en la formación de su Verbo hecho carne…

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La humanidad del Hijo de Dios debe su existencia y su unión con la Persona divina al consentimiento, la sumisión y la humildad de María. El Dios-Hombre, Emmanuel, nos es dado por Ella, tan verdaderamente como por el Padre eterno.

Y no olvidemos que María no es la Madre de un niño cualquiera, sino de un hombre perfecto; y no sólo en cuanto a la apariencia externa de su humanidad, sino también en cuanto a lo que constituye la verdadera vida del hombre: la plenitud de todas las facultades del alma, la plenitud de la inteligencia, el juicio y la voluntad, la plenitud del amor, la santidad y todas las afecciones y sentimientos del corazón.

Este pequeño Niño es Hombre perfecto, Hombre por excelencia, del cual Adán, creado perfecto, fue sólo el símbolo profético. El Niño de la Virgen Madre es Dios mismo; es la imagen esencial y la esencia misma de Dios.

Sí, el Niño que fue concebido en ese momento en el santísimo vientre de María, y que desde entonces ha sido llamado Jesús y el Cristo, es verdaderamente el único Hijo de Dios, el Verbo eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Este mismo Niño, verdadero Hijo de María, es el verdadero Dios, el único Dios vivo y verdadero, en la unidad del Padre y del Espíritu Santo.

Él es el mismo Dios que el Padre y el Espíritu Santo, de quienes es absolutamente inseparable, poseyendo con ellos la misma naturaleza, que es la sustancia divina, eterna, infinita, todopoderosa y singularmente adorable.

Y así, la plenitud de la divinidad reside corporalmente, como dice San Pablo, en este pequeño Niño de María.

El Niño de la Santísima Virgen tiene dos naturalezas perfectas, unidas indivisiblemente en una sola Persona: la naturaleza divina, que recibe de su Padre y por la cual es Dios; y la naturaleza humana, que recibe de su Madre y por la cual es hombre.

Sin embargo, existe esta diferencia: la naturaleza divina pertenece esencial y eternamente a su Persona, mientras que la naturaleza humana, ahora inseparable de su Persona, sólo está unida a Él en el tiempo y podría no haber estado unida a Él, si Dios no hubiese decretado la Encarnación.

En el Niño de María, debido a la unidad de la Persona, lo que es de Dios pertenece al hombre, y lo que es del hombre pertenece a Dios; siendo la Persona divina del Verbo la misma que opera por la naturaleza divina y por la naturaleza humana.

Así pues, el pequeño Niño de la Santísima Virgen es el Dios Todopoderoso, el Creador del Cielo y de la tierra; es Él quien preserva y gobierna el mundo por su Providencia; Él es el Eterno, el Infinito. Y Él lo es en su humanidad, aunque sólo lo es a través de su divinidad.

Y en conjunto, este adorable Dios, verdadero hombre, fue concebido en el vientre de su Madre, nació, sufrió frío y hambre, creció, trabajó con sus manos, fue pobre, fue perseguido por los hombres y verdaderamente murió en la Cruz.

Verdaderamente muerto, verdaderamente resucitó y ascendió corporalmente al Cielo, donde participa la omnipotencia y la bienaventuranza de la gloria de Dios, no sólo en su naturaleza divina y eterna, sino también en su naturaleza humana y creada.

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Por todo esto, la fe católica sostiene que la Santísima Virgen María es verdadera y realmente la Madre de Dios.

La razón es que Jesucristo es Dios, no por la unión accidental de una persona humana con una persona divina, como dijo el impío Nestorio, sino por la excelencia y el derecho de su única Persona, que es la del Verbo de Dios.

Puesto que la Santísima Virgen es la verdadera Madre de Jesucristo, es, por lo tanto, necesariamente la verdadera Madre de Dios.

La Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo: Ella lo concibió en su vientre por obra del Espíritu Santo; lo engendró de su sustancia; Ella sola le dio su adorable humanidad.

Jesucristo es Dios.

Por lo tanto, María Santísima es verdadera y genuinamente la Madre de Dios.

Quienes, en el pasado, con Nestorio, y aún hoy, como casi todos los protestantes, no quieren reconocerle esta dignidad suprema, no creen verdadera y genuinamente en la divinidad de Jesucristo.

Ahí radica su error fundamental: rehúyen esta verdad revelada, «la Virgen María es la Madre de Dios», porque ya han rehuido esta otra verdad, «Jesucristo es Dios hecho hombre».

Al considerar a Cristo únicamente como un hombre deificado, resulta muy sencillo que vean en su Madre sólo a la Madre de un hombre, deificado y divino en la medida en que se desee, pero un hombre al fin y al cabo, y no Dios.

La Santa Iglesia, por el contrario, si bien distingue perfectamente la humanidad de Jesucristo de su divinidad, no lo divide; lo adora como el único Dios verdadero, vivo y eterno, porque su Persona es la misma Persona del Verbo, que es Dios, en la unidad del Padre y del Espíritu Santo.

Por consiguiente, siempre ha venerado a la santísima y admirable Virgen María como la verdadera Madre de Dios.

La Santa Iglesia le otorga con alegría este título incomparable en sus oraciones más solemnes, y en particular en esa ingenua y sublime Salutación Angélica, que pone tantas veces al día en los labios de todos sus fieles: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…

Ella ha reiterado esto especialmente desde la famosa definición de fe del Concilio de Éfeso, que decretó, con motivo de las blasfemias de Nestorio, que María debía ser proclamada no solo «Madre de Cristo», sino también «Madre de Dios».

Este gran Concilio rindió homenaje a la Virgen Madre de Dios, por boca de San Cirilo, Patriarca de Alejandría y Legado del Papa San Celestino.

Repito: es porque no se cree suficientemente en la divinidad de Jesús, que horroriza el misterio de la Maternidad Divina de María.

Nosotros, hijos de la fe, veneramos y celebramos a la Madre tanto como adoramos y bendecimos al Hijo.

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Por lo tanto, la grandeza de la Virgen Santísima se resume en esta frase del Evangelio: María, de quien nació Jesús…

Es el ilustre Santo Tomás de Villanueva, Arzobispo de Valencia, en España, quien nos lo dice:

“¿Quieres saber qué es la Virgen María? Aquí lo tienes, resumido en una palabra: María, de quien nació Jesús. ¿Qué más podrías desear? ¿Y qué otro título de gloria buscarías en la Santísima Virgen? Ella es la Madre de Dios; eso es suficiente. Os pregunto, ¿qué belleza, qué virtud, qué perfección, qué gracia o qué gloria podría faltarle a la Madre de Dios? Imaginad todo lo que podáis; suponed que la Virgen es la más pura, la más sabia, la más consumada, la más santa, la más humilde, la más dulce; dadle todas las gracias, toda la santidad, todas las virtudes, todos los dones del Cielo; suponed que es lo más querido posible para el Señor; a estas grandezas añadid, añadid de nuevo, añadid siempre… María siempre será mayor, María siempre prevalecerá, María siempre estará por encima. El Espíritu Santo no quiso describírnosla con palabras; dejó esta tarea a nuestra mente, para que comprendiéramos que todo lo que la mente puede concebir de gracia, perfección y gloria en una criatura pura, María lo poseía en sí misma. Por eso, todo lo que uno pueda querer saber o comprender sobre la grandeza de la Santísima Virgen está contenido enteramente en esta breve frase: María, de quien nació Jesús«.

Es de ahí, de esa Maternidad Divina, de donde emanan toda la grandeza, todas las gracias, todas las glorias de la Virgen María.

Su Maternidad Divina es una gracia tan inmensa que ni los hombres ni los Ángeles pueden comprenderla; es una excelencia que roza lo infinito, debido a la infinita grandeza y perfección de Dios mismo, con quien se relaciona directamente.

Todos los Santos Doctores de la Iglesia comparten esta misma visión de fe y de caridad por Jesús y María, por el Hijo de Dios y la Madre de Dios.

Testigos de ello son San Anselmo y San Juan Damasceno, quienes, llenos de admiración a los pies de la Virgen Madre, exclamaron: “Proclamar a la Santísima Virgen Madre de Dios, ¿acaso no es decir algo tan sublime que, después de la infinita sublimidad de Dios, nada más sublime puede imaginarse? ¿Y no cae en vértigo el intelecto más elevado cuando desea cantar tus alabanzas, oh Santísima Madre de Dios?”.

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Los Santos Doctores nos hacen contemplar a Jesús en el vientre purísimo de María como el Sumo Sacerdote de Dios en su templo más magnífico, donde se deleita en ofrecer el sacrificio de adoración, alabanza, acción de gracias y la expiación más perfecta.

En efecto, San Bernardino de Siena nos dice que, desde el primer momento de su concepción en el vientre de su Madre, Jesucristo se ofreció a su Padre, mediante un acto perfecto, como víctima de la adoración y satisfacción universales, dispuesto a sufrir todas las expiaciones e incluso la muerte misma, para borrar el pecado y restaurar la gloria de Dios en la creación.

En el santuario, en el tabernáculo que Él mismo había erigido, es decir, en el vientre purísimo de María Madre de Dios, Cristo nuestra Cabeza, Cristo Rey de gracia y gloria, se convirtió en Pontífice y Sumo Sacerdote de Dios, comenzando desde entonces su augusto sacrificio de adoración y acción de gracias, de oración y alabanza, de propiciación y penitencia.

¡Oh bendito seno de la Virgen Madre, donde Jesucristo obró todas estas cosas, ofreciendo así secretamente su misteriosa oblación para la salvación del mundo!

Tales son los pensamientos de San Dionisio de Alejandría, San Efrén y San Germán.

En el vientre purísimo de María, como en el primer Templo de su santa Religión, el Verbo Encarnado cumplió así con Dios su Padre los deberes que su divina y eterna igualdad con Él aún no le había permitido cumplir.

Fue allí donde, por primera vez, el Verbo eterno, igual en todo a su Padre, adoró a Dios, admirándolo y alabándolo en toda la extensión de su gloria.

Es allí donde, por primera vez, el Padre es adorado tanto como es digno de ser adorado.

Allí, en el santuario materno, Jesús ofrece de antemano a su Padre celestial el sacrificio de toda su vida y la de todos sus miembros.

Allí consagra la Iglesia, para que sea inmolada con Él como sacrificio de expiación en la Cruz.

Así, María es el Templo viviente donde Jesucristo, soberano Pontífice de toda la creación, ofrece las primicias de su divino sacrificio, que es el sacrificio del tiempo y de la eternidad.

Ella es el Cáliz viviente, es el Copón de oro de Jesucristo, quien, oculto en ella a los ojos del mundo, eleva incesantemente al trono de la majestad divina el puro incienso de su oración, sus súplicas, sus inefables adoraciones.

En ella, los Ángeles adoraban a su Señor, esperando el homenaje que nosotros también debíamos rendirle con ellos en el doble misterio de su Encarnación y su Eucaristía.

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¡Adorable misterio de la Encarnación de Jesús y de la Divina Maternidad de María…, cuán desconocido eres, y cuántas pocas almas te contemplan y veneran!

Nosotros, que a pesar de nuestras miserias sentimos al menos cierta atracción por estas bellezas divinas, y que hemos recibido el instinto de la Fe para ellas, nos unimos a la voz del Cielo, al Arcángel Gabriel, y, postrados en espíritu, adoramos a Jesús en María, adoramos al Rey del Cielo en su Cielo de Gracia, adoremos al Verbo encarnado en el Seno purísimo de la Madre de Dios.

¡Oh, inconcebible grandeza de María! ¡Oh, inefable santidad!

Te veneramos y lamentamos no poder hacer nada más…

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…