FUEGO EN LA NOCHE DEL MUNDO: LA LECCIÓN DE LOS SANTOS PADRES SOBRE EL MARTIRIO Y EL COMBATE ESPIRITUAL

La respuesta a la tibieza de nuestra época, si miramos el martirio, se encuentra en la doctrina de los Santos Padres de la Iglesia. Para ellos, el martirio no era una tragedia ni una pérdida, sino el acto supremo de amor a Dios (martyrium significa «testimonio»), mientras que la tibieza espiritual (acedia o lukarótēs) era vista como un veneno silencioso que adormece la voluntad y destruye la vida de la Gracia.

A continuación, las enseñanzas fundamentales que nos legaron los Padres para combatir la apatía espiritual a la luz del martirio:

El martirio es la conformación perfecta con Cristo

Los Padres no veían al mártir como un héroe humano, sino como alguien en quien Cristo mismo combatía y vencía. San Ignacio de Antioquía (†107 d.C.), camino a las fieras en el Coliseo, temía la «compasión» de los cristianos de Roma que intentaran salvarlo de la muerte corporal:

«Dejadme ser alimento de las fieras, por medio de las cuales me será concedido alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, para ser presentado como limpio pan de Cristo… Mi amor está crucificado y no hay en mí fuego que ame la materia.»

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos (III, 1; VII, 2).

Para los Padres, el cristiano que rehúye el sufrimiento por la fe demuestra que ama más la criatura que al Creador.

La tibieza es la muerte del alma en vida

San Cipriano de Cartago (†258 d.C.), en medio de la persecución de Decio, escribió extensamente sobre aquellos cristianos que, por comodidad, miedo o tibieza, cedieron ante los sacrificios paganos (los lapsi). Cipriano enseñaba que la tibieza moral es más peligrosa que la persecución externa, pues la persecución corona al fiel, mientras que la tibieza destruye el alma sin ruido:

«No hay combate sin peligro, ni victoria sin lucha. Si el soldado huye del combate, ¿cómo podrá esperar el premio del triunfo? La tibieza debilita la mente, relaja la disciplina y entrega el alma cautiva al enemigo sin que este tenga que blandir la espada.»

San Cipriano de Cartago, De Lapsis (Tratado sobre los caídos).

El martirio cotidiano o «martirio blanco»

No todos los siglos ofrecen la palma del martirio de sangre (martirio rojo), pero los Padres del desierto y los Doctores de la Iglesia enseñaron que existe un martirio de la conciencia o martirio blanco. San Jerónimo (†420 d.C.) y San Gregorio Magno (†604 d.C.) explicaban que mortificar las pasiones y resistir la corriente del mundo es un martirio continuo frente a la tibieza:

«No sólo la efusión de sangre es testimonio de fe; la servidumbre cotidiana de un alma pura es también un martirio imperturbable. No morir por Cristo en el cuerpo, pero vencer los deseos de la carne por Su amor, no es menor victoria que el martirio corporal.»

San Jerónimo, Epistola ad Eustochium (Epístola 22).

Y San Gregorio Magno añadía:

«Aunque la persecución exterior haya cesado, el tiempo de la paz tiene también su propio martirio. Porque si bien no sometemos el cuello al hierro, matamos las concupiscencias carnales con la espada del Espíritu.»

San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia (Homilía 35).

El remedio patrístico contra la tibieza

Para combatir la parálisis espiritual, los Padres proponían tres medicinas inflexibles:

  • La memoria de la muerte (memento mori): Recordar la brevedad de la vida terrenal y la realidad del Juicio Particular para no poner los pies en la tierra, sino la mirada en la Eternidad.
  • La oración continua y la vigilancia: San Juan Crisóstomo advertía que el demonio no duerme, y que el cristiano tibio es como un soldado que se quita la armadura en medio del campo de batalla.
  • El ayuno y la mortificación: Vencer los sentidos para someternos al imperio de la razón y de la Gracia.

El llamado de los Padres de la Iglesia para nuestra época es tajante: la fe católica exige radicalidad. Quien busca una componenda con el mundo termina perdiendo a Dios, pero quien entrega la vida por la Verdad, la conserva para la Eternidad.