SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO ROSARIO
En aquel tiempo, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una Virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David: y el nombre de la Virgen era María. Y, entrando a ella el Ángel, dijo: Salve, llena de gracia: el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando lo oyó, se turbó de sus palabras, y pensaba qué saludo fuese aquel. Entonces le dijo el Ángel: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor, Dios, el trono de David, su padre, y reinará eternamente en la casa de Jacob, y su reinado no tendrá fin. Dijo entonces María al Ángel: ¿Cómo sucederá eso? Porque no conozco varón. Y, respondiendo el Ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra y, por eso, lo Santo, que nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también en su vejez un hijo y, la que se llamaba estéril, está ya en el sexto mes. Porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra.
Hoy, Primer Domingo de Octubre, solemnizamos la Fiesta del Santísimo Rosario.
Al menos en el hemisferio norte, la piedad católica consagra a María Santísima los meses de mayo y octubre; mayo el Mes de las Flores y octubre el Mes de los Frutos.
Entre todos estos frutos, que la Virgen Inmaculada hace que germinen y maduren en las almas que le están consagradas, el más agradable es indudablemente el conocimiento y el amor de Dios y de Jesucristo, su Hijo. La vida eterna consiste en conocer y amar al único Dios verdadero y al que ha enviado al mundo para salvarlo, Jesucristo.
Quien no conoce a Dios y el don de su amor al mundo en la persona de su Hijo encarnado, vive en las tinieblas; quien no ama a Dios y al Verbo, que se hizo carne y habitó entre nosotros, permanece en la muerte.
Estos desgraciados son legión… ¿Cómo hemos de trabajar para la resurrección de esta legión de muertos? Los Vicarios de Cristo nos han indicado como medio la devoción del Santísimo Rosario.
Desde Sixto IV, contemporáneo de Alain de la Roche, dominico bretón, a quien San Luis María Grignon de Montfort atribuye el restablecimiento del Rosario; desde este Papa, que declaró la antigüedad de esta devoción, pasando por Alejandro VI, también contemporáneo del Fraile Predicador, y que afirmó “que por los méritos de Santo Domingo, propagador insigne del Rosario, el mundo entero se había afianzado sobre sus bases”, hasta Pío XII, cuarenta y nueve Papas han exhortado, con el mayor encarecimiento, a los fieles de Cristo a la práctica de esta admirable devoción.
Unos, como Nicolás V, han llamado al Rosario «el árbol de la vida que resucita a los muertos, cura a los enfermos y conserva la salud a quienes ya disfrutan de ella”.
Otros, como San Pío V, dicen que «gracias a la difusión del Rosario, los fieles movidos por sus meditaciones y por sus plegarias, se han convertido en otros hombres, las tinieblas de la herejía se han disipado y la antorcha de la fe católica ha brillado con nuevo resplandor».
En presencia de los peregrinos franceses, Pío IX proclamaba «la gran fuerza del ejército que tiene en sus manos el Rosario», y decía a otros peregrinos: «Decid que el Papa os da un consejo, el de rezar el Rosario, en familia, todos los días. El Rosario es el resumen de las oraciones cristianas y de los misterios de la Religión, el compendio del Evangelio».
León XIII ha ensalzado el Rosario más que nadie, demostrando, en quince Encíclicas, con una piedad que corre parejas con la doctrina, «que esta forma de oración es el remedio de todos nuestros males y el principio de todos los bienes».
San Pío X cifraba toda su esperanza en el Rosario, para «restaurar todas las cosas en Cristo». En su testamento, quiso consignar sus últimas voluntades, acerca del Rosario: «Si queréis que la paz reine en vuestras familias y en vuestra patria, rezad todos los días el Rosario, con los vuestros; el Rosario es un perfecto resumen del Evangelio, y da la paz a todos los que lo rezan. El Rosario es la oración más hermosa y la más rica en gracias; la que más agrada a la Santísima Virgen María. Amad, pues el Rosario; rezadlo todos los días con devoción; éste es el testamento que os dejo, para que os acordéis de mí».
Haciéndose eco de sus predecesores, Benedicto XV, que ya había recomendado y enriquecido con indulgencias esta invocación “Reina del Santísimo Rosario, rogad por nosotros”, ha querido aprobar y bendecir, como intención del mes de mayo, “la difusión del Rosario”.
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Esta intención viene admirablemente a propósito. Meditemos su oportunidad y sus ventajas.
En cuanto a su oportunidad, ¡cuán ciego es el que no ve que nos hallamos en una hora decisiva! Las causas segundas se agitan en tremendas convulsiones; la Causa Primera, Dios providente, las conduce a la realización de los planes divinos; los acontecimientos, en vertiginosa confusión, arrastran a los hombres, que no saben a dónde van; Dios, supremo dueño de todos los movimientos humanos, lo mismo que de las fuerzas de la naturaleza, sigue en pos de sus designios, que son planes de misericordia y de amor.
Es verdad que, en estos momentos, sentimos los golpes de la terrible justicia de Dios, la cual pasa sobre el mundo, en forma de un huracán y se desencadena en cataclismos que no tienen precedentes.
“Estallido fatal en la vida de los pueblos”; “Consecuencia necesaria del choque de pasiones y del conflicto de intereses”, dicen los hombres de mirada corta y superficial, que no saben ver nada más allá de sí mismos…
Los ilustrados por una luz superior, saben que la iniquidad hace llegar hasta Dios su grito orgulloso y provocador, y, entonces, la justicia de Dios levanta su brazo para vengar los derechos de la Majestad divina.
Sí, es la justicia de Dios, la que ahora pasa sobre las naciones culpables en oleadas tumultuosas y embravecidas.
Pero la justicia divina se aplacará y se abrazará con la paz; y de este abrazo provocado por el amor y la misericordia de Dios, surgirá un nuevo orden de cosas. Dios no borra, sino para escribir de nuevo; no destruye, sino para reedificar. Esta será la obra del futuro Reino de Nuestro Señor.
¿Mas, qué será este mañana?, se preguntan los espíritus, ansiosos y turbados. Aquellos, cuya fe serena la inteligencia y robustece el corazón, responden que este mañana será el Día de Dios, el Día de la resurrección, el Día del Reinado de Jesucristo sobre las almas y sobre las naciones de buena voluntad; el Día del triunfo de su Sagrado Corazón, por la intercesión de la Virgen Inmaculada, siempre ocupada en aplastar la cabeza de la serpiente infernal.
A nosotros nos toca el adelantar el alba de este día y el asegurar sus esplendores y consuelos. Dios lo quiere. Nosotros hemos de desearlo con Él. ¿De qué manera hemos de trabajar con Dios, para preparar la paz, por la gran victoria, y para la regeneración?
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Aquí se presentan las ventajas de esta devoción. El Santísimo Rosario nos da el medio para ello, elevándonos hasta Dios, haciéndonos vivir en Él por medio de la oración, ayudándonos a reparar toda ruina por la virtud de sus misterios, renovándonos y santificándonos con las ideas divinas, que siembra en nuestra inteligencia y las sobrehumanas energías que infunde y pone en actividad en nuestra voluntad.
Es una triple y maravillosa potencia de elevación, de reparación y de transformación o de santificación que el Espíritu del Verbo Encarnado le ha comunicado, para su gloria, honor de su Madre Santísima y provecho del género humano.
Dios, al darnos el arma de la oración, ha puesto su poder en nuestras manos…
En efecto, orar es elevarse hasta la luz inaccesible, en que Dios habita; orar es entrar en las maravillosas potencias del Señor; es revestirse de la virtud misma de Dios.
No faltan quienes no creen en esta intervención de Dios en la vida de las naciones, sea para castigar, sea para perdonar.
Nosotros, que tenemos fe, reconocemos el papel preponderante de la oración en la realización de los planes divinos.
¿Quién obrará esta maravilla? Los Pastores supremos del rebaño de Cristo, sus Vicarios en la tierra, nos responden a porfía: El Santo Rosario de la Santísima Virgen.
Al lado de Cristo, vivo en la Sagrada Eucaristía y comunicándonos desde Ella los tesoros de su Sagrado Corazón, León XIII nos muestra a la Virgen Inmaculada como el medio más seguro de ir a su Hijo y de servirle con fidelidad.
Y añade que «para honrar a María y merecer su patrocinio y sus favores, no hay mejor oración que el Rosario», como «no hay medio más eficaz que esta celestial devoción, para aplacar a la Majestad Divina ofendida y curar los males deplorables, que son la ruina de los más vitales intereses de los individuos y de las naciones».
Pero hay que leer de qué manera el gran Pontífice proclama el maravilloso poder del Rosario. El cuadro que traza, con pocas palabras, de las ruinas acumuladas por los perniciosos errores de los albigenses en las regiones meridionales de Francia y en otros países del mundo latino, es un retrato de lo que sufrimos hoy, de parte de los enemigos de la Iglesia católica.
Contra estos enemigos feroces, dice León XIII, el Dios de las misericordias suscitó un hombre santísimo, el glorioso Fundador y Padre de la Orden de Predicadores. Él lucha heroicamente por la Iglesia, confiando, no en las armas ni en la violencia, sino, sobre todo, en el Santo Rosario, que él mismo establece y propaga personalmente y por medio de los discípulos de su Orden.
Sabía, gracias a una luz y vocación divinas, que los enemigos de la fe, vencidos y deshechos por esta oración, como por un arma poderosa, se verían obligados a reprimir su impía y loca audacia.
Ya conocemos cuán plenamente se realizaron tales vaticinios. Conforme los fieles se dieron a esta oración, se vieron florecer de nuevo la fe, la piedad y la concordia; las maquinaciones y artificios del demonio fueron desbaratados, muchos extraviados volvieron al camino de la salvación y las armas que los católicos habían tomado, para rechazar los asaltos, sirvieron para reprimir el furor de los impíos.
Basados en estas palabras, podemos muy bien decir a todos con la más ardiente convicción: Tomad el arma del Rosario; haced que la tomen todos aquellos a quienes llega vuestra influencia; aprended a usarla y enseñad su manejo a los demás.
La Virgen Inmaculada promete la vida eterna a quien dé a conocer los tesoros ocultos en esta devoción; por otra parte, esta arma es de temple divino y maravillosamente apta para los mayores triunfos.
De entre todas las fórmulas de oración, el Rosario pone en nuestros labios la más divina y, por lo tanto, como hace notar Santo Tomás, la más humilde, la más confiada, la más ordenada y la más devota.
Santo Domingo conoció admirablemente este poder del Corazón de María sobre el Corazón de Jesús y el ascendiente del corazón del simple cristiano sobre el Corazón de la Reina de los Cielos, por el Rosario.
En medio del espantoso hundimiento de la fe y de la piedad católica en el Mediodía de Francia, cuando los más animosos desesperaban del triunfo de la Verdad y de la Justicia, el heroico siervo de Dios, sólo, no cesó de creer y de esperar en el Salterio de María.
Es que estaba en posesión de las promesas de la Santísima Virgen, la cual le había dicho: «Exhorta a los hombres a que recen mi Rosario y ello será de gran provecho para las almas».
La historia nos dice cómo Dios correspondió a la confianza de su apóstol y cómo continúa correspondiendo, a través de los siglos, a los que se esfuerzan en imitarle.
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¡Qué no haríamos por las grandes causas de la Iglesia, si empleásemos el arma del Santo Rosario! ¡Qué triunfos no reportaríamos para los intereses vitales del alma, si supiésemos repetir las oraciones del Rosario y meditar sus misterios! En espera de estas victorias, sentiríamos, en nuestra vida individual, los maravillosos efectos de esta práctica, su poder de elevación, de restauración y de transformación…
Omnipotente sobre el Corazón de María y, por éste, sobre el Corazón de Jesús, también lo es sobre el corazón de quien lo reza y lo medita cual conviene.
¡Pobre corazón humano! ¡Está tan inclinado a apartarse de Dios, tan expuesto a la fascinación de las bagatelas mundanas, tan ávido de emociones terrenas y naturales! Y, por lo tanto, siempre inquieto, agitado, turbado, mientras no vive en Dios, mientras no se alimenta de Dios, y mientras no descansa en Dios.
Mas, he aquí que el Rosario le ofrece esta vida de Dios, este alimento divino, este reposo celestial. Con sus oraciones y sus misterios levanta al alma de sus vanidades, de sus bagatelas, de sus turbaciones, y la transporta a las regiones sobrenaturales, donde respira la atmósfera de Dios, en la luz y en la paz del amor, el único amor que puede satisfacerla.
¡Pobre corazón humano! ¡Con cuánta facilidad es víctima de este prodigioso fenómeno de amnesia, que, hoy particularmente, llama la atención de todo espíritu observador! Se olvida uno del rastro que deja tras sí de infidelidades y de faltas en la vida individual, familiar y social…; y después le causa maravilla el tener que sufrir…; y los que nos hablan de castigos y de expiaciones para el restablecimiento del orden violado, son tachados de importunos y de exagerados.
Para disipar esta ceguera y devolver al corazón aquellos ojos iluminados que San Pablo deseaba a los cristianos de Éfeso, el Rosario ofrece al alma un remedio de suma eficacia. Al poner ante nuestra consideración, todos los días, el espectáculo del Hijo de Dios, encarnado por nosotros viviendo en la pobreza y muriendo, en medio de dolores, en una cruz, el Rosario nos recuerda que somos pecadores y que hemos de sufrir para expiar; la virtud de estos misterios nos penetra de aquella luz y de aquella unción que nos hacen comprender la prueba y nos ayudan a aceptarla y a amar la cruz.
Iluminados y alentados, nos decimos a nosotros mismos que, para ser discípulos de Cristo, es menester abnegarse, tomar la cruz y seguirle.
Gracias al Rosario, seguimos a Cristo, doloridos, humillados y contritos, pero estos dolores, estas humillaciones y esta contrición reparan en nosotros las ruinas del pecado.
¡Pobre corazón humano! Con frecuencia, en su ascensión hacia Dios, se deja vencer por el cansancio; las eternas recompensas no le mueven a tender siempre hacia la gran finalidad de la vida, porque no las considera; las promesas del Espíritu de la luz, del amor y de la fuerza, que sostiene toda buena voluntad, no brillan a sus ojos con suficiente claridad; no acaba de convencerse de que en el Cielo tiene por Abogado a Jesucristo y por Mediadora ante Él a María, su Madre Santísima.
Dadle, pues, un medio seguro y fácil para que fije su mirada en lo que Dios tiene reservado a los que le aman y le sirven, para que se entregue con docilidad al Espíritu que quiere conducirnos a la santidad y al Cielo, para que se ponga a cada instante en manos de la que, por nosotros, fue concebida sin pecado, elevada a los honores de la Maternidad Divina y coronada Reina de cielos y tierra…
Este medio no es otro que el Santísimo Rosario…
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Repitamos, sin cansarnos, estas admirables oraciones, por las cuales nos ponemos en manos del Padre que está en los Cielos, y nos confiamos con amor de hijos al Corazón de Nuestra Madre para la hora presente y, en especial, para la hora de la muerte.
A las oraciones juntemos la contemplación de los misterios del Rosario. Evangelio, siempre a nuestro alcance, nos anuncia sin cesar la buena nueva del amor de Dios y estimula continuamente a un amor generoso y fuerte como la muerte, diciéndonos a cada instante: «Ama a Aquel que te ama con tan grande amor; y entrégate a ti mismo por amor a Aquel que se entregó por amor a ti».
De esta manera, el Rosario de María, después de haber elevado al alma cristiana hasta Dios y de haber reparado en ella todas las ruinas morales, la transforma, por el Espíritu del Señor, en la imagen cada día más resplandeciente del Hijo de Dios. El Rosario está lleno, rebosa de este espíritu.
¿Qué podemos temer con tal arma? Siervos e hijos de la Virgen del Rosario, templemos nuestro espíritu en la fuente de la fe, de la piedad y del amor, que Ella nos ha dado por medio de Santo Domingo.
La Virgen del Rosario es la Reina de las Victorias, hace temblar los cimientos del abismo; bajo su protección venceremos.
Levantémonos, pues, y acerquémonos con mucha confianza a su trono. Hagamos violencia a su Corazón maternal y benéfico con el rezo continuo del Santísimo Rosario.
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Así como Jesús es el Mediador entre el Padre y nosotros, de la propia manera necesitamos una Abogada cerca de Jesús.
Si Jesús es la Cabeza del Cuerpo Místico, María es el Cuello del mismo.
La vida reside en la cabeza, pero no puede descender a los miembros sin pasar por el cuello.
El cuello une el cuerpo con la cabeza; forma parte de ambos; tal es María Santísima entre Jesús y nosotros.
Ahora bien ¡cuán a propósito son los misterios del Rosario para mostrarnos la incomparable unión de María y de Jesús, el papel inmenso que la Mediadora desempeña en los misterios de nuestra Redención!
A Ella nos dirigimos; a Ella saludamos con amor y alegría; pero la encontramos toda sumida en Jesús, no pensando sino en Él, ardiendo en su amor, participando de sus sufrimientos y de su gloria. Así es como la meditación del Rosario nos revela a Jesús y a María, su Madre Virginal.
El rezo vocal es una suave industria, para hacernos contemplar. Así como Dios, para darse a conocer, se ha revestido de una naturaleza material, así los actos de la inteligencia son ayudados por las expresiones sensibles; nuestro espíritu volátil queda retenido por las oraciones vocales; si alguna vez se distrae, por lo menos los labios continúan rezando.
De lo dicho se sigue, que toda alma devota del Rosario, saca de él un gran conocimiento de Jesús y de María, y descubre sin cesar en la vida de los mismos nuevas bellezas, que los libros no pueden enseñar.
Jesús se hizo hombre, no sólo para salvarnos, sino para enseñarnos a bien vivir; es el modelo más perfecto que hemos de imitar, para glorificar y servir a nuestro Creador.
Luego, el rezo del Rosario es naturalmente apto para santificarnos, siendo, como es, el fin de toda oración el corregir nuestra vida, conformándola con nuestros deberes.
Su eficacia la recibe del hecho de que, por él, ofrecemos a Dios los méritos, las acciones, la vida toda de Jesucristo, que ama a su Iglesia y se ofreció por Ella, para santificarla y presentarla a su Padre santa e inmaculada. Todo cuanto hizo, todo cuanto sufrió, fue por nuestro bien.
Al meditar piadosamente estos misterios, sacamos de ellos una profunda confianza, al ver los deseos que tiene el Señor de hacernos felices, así como el poder de su intercesión ante su Padre.
¿No nos dará todo Dios, habiéndonos dado a su Hijo? ¿No consumará Jesús su obra de amor, después de haber hecho tanto por nosotros? ¿Y no junta y suma María Santísima sus oraciones a los méritos de su Hijo en nuestro favor?
Sí, también la Virgen toma parte en ello. Podemos, por lo tanto, esperarlo todo y obtenerlo todo, ofreciendo a Dios los méritos de su Hijo por medio de María, su Madre Santísima.
Tomemos, pues, en nuestras manos el Santísimo Rosario, y mostrándoselo, digamos con piedad y devoción: Acudimos a Vos, o Santa Madre de Dios. Elevamos nuestras plegarias a Vos que sois la Mediadora poderosa y benévola de nuestra salvación. Por los gozos tan suaves que os dio vuestro Hijo Jesucristo, por la parte que tuvisteis en sus dolores inefables, por los resplandores de su gloria que destellan en Vos, os rogamos encarecidamente, que, a pesar de nuestra indignidad, nos escuchéis y despachéis nuestras súplicas. Os lo pedimos por medio de vuestro Santísimo Rosario.

