RAFAEL GAMBRA CIUDAD: MENTALIDAD ECLESIÁSTICA ANTERIOR A LA REVOLUCIÓN

CÓMO PENSABA UN FRAILE ESPAÑOL EN TIEMPO DE LA REVOLUCION FRANCESA

Hoy podemos encontrar sacerdotes y religiosos de todas las ideas políticas. Demócratas, nacionalistas, tradicionalistas, socialistas, comunistas, anarquistas, racistas, separatistas, etc. Algunos suponen que su adscripción política es consecuencia de su fe religiosa o que, al menos, armoniza con ella. Los más sostienen que la religión y política nada tienen que ver entre sí. Ellos se han adherido a tal o cual «opción política» con la misma libertad con que pueden simpatizar con un equipo u otro de fútbol. Rara vez paran mientes en que esta actitud supone afirmar la independencia del orden político respecto del orden moral, y de éste respecto del orden religioso.

Diríase, al oírles predicar esta libre «opcionalidad política», que la religión a la que se han consagrado como sus ministros es para ellos tan ajena a nuestro mundo como la densidad astral de la más remota de las galaxias. Parecen querer decir como el buen comerciante u hombre de empresa: no mezclemos el negocio con nuestros gustos y simpatías que l’amistat és l’amistat i el negoci és el negoci. La religión es, en definitiva, de lo que nosotros vivimos, y hay que dejarla tranquila, sin que nos coarte tampoco en nuestros gustos y aficiones, que «con la cosas de comer no se juega».

Su mentalidad recuerda demasiado a lo que fue en la filosofía árabe medieval la famosa «teoría de las dos verdades», que, para librar a los filósofos de censuras islámicas, suponía que una y otra —la racional y la religiosa— podían no sólo diferir sino contradecirse entre sí porque pertenecían a órdenes y a facultades de conocimiento totalmente dispares.

Sin embargo, ¿ha sido siempre así? ¿Es legítima para el creyente esta dicotomía de mundos y la libre «opcionalidad» en lo que no sea estrictamente religioso?

Como a menudo vale más una mostración que una demostración, me ha parecido ilustrativo exhumar aquí una carta de un fraile español en tiempos de la Revolución francesa, carta llena de lugares comunes, pero en la que expresa con ingenuidad y entusiasmo sus ideas, reacciones y sentimientos, precisamente ante los sucesos de Francia en los días de la Convención y del Terror. Se trata de un fraile cualquiera, con la visión —diríamos hoy «política»— típica o común con todo otro clérigo de su tiempo (excepción hecha de algún «abate ilustrado» de la Corte). Y, lo que es más significativo, análoga también a la de cualquier otro de siglos anteriores, si se hubiera visto ante aquellos hechos.

La carta posee, así, un valor de testimonio sobre la mentalidad eclesiástica anterior a la Revolución, cuando existía aún una coherencia interna en la mentalidad de los católicos. Es una expresión —todavía intacta e ingenua— del «universo espiritual de la Cristiandad» en su primer enfrentamiento con la Gran Revolución. Resulta indispensable, sin embargo, situarla previamente en su contexto histórico concreto, así como añadirle después algunas notas aclaratorias.

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El 21 de enero de 1793 moría en la guillotina Luis XVI y toda su real familia, titulares de la más antigua monarquía de Europa. Era el atentado cumbre que podía cometer un pueblo amotinado contra un orden sacralizado y milenariamente establecido. Las monarquías europeas, y la de España entre ellas, declaran la guerra a la Convención. El espíritu religioso y monárquico de los españoles hizo a esta guerra tan popular que los ejércitos se cubrieron casi exclusivamente de voluntarios, y los estamentos todos de España y de la América española contribuyeron espontáneamente a su sostenimiento. Los éxitos iniciales en el Rosellón levantaron aún más el fervor popular.

Varios de los Valles del Pirineo conservaban todavía el derecho y el deber de defender la propia frontera a cambio de estar eximidos de otra prestación militar. Tal era el caso del Valle de Roncal —el más oriental del reino de Navarra—, cuyo Alcalde Mayor actuaba en estos casos como «Capitán a Guerra» al mando de los hombres armados del Valle. Este paisanaje armado consiguió algunos éxitos en el comienzo de las hostilidades tras varias pequeñas batallas y escaramuzas que merecieron la felicitación del Gobierno en la Gaceta de Madrid. Y cuando más tarde la guerra torció su suerte en la frontera occidental, los roncaleses lograron sostener sus líneas frente a las ofensivas de los revolucionarios hasta ser el único Valle de Navarra en que éstos no lograron penetrar. Esta actuación les valió, terminada la guerra, dos nuevos blasones para su escudo de armas.

Es precisamente en los momentos de euforia de esta guerra cuando el fraile de referencia, natural de uno de los pueblos de Valle y residente en Daroca —el capuchino Fr. Miguel de Uztárroz, por lo demás perfectamente desconocido— escribe una larga carta al Alcalde y «Capitán a Guerra» del Valle felicitándole por sus éxitos, y extendiéndose en consideraciones y piadosos consejos. Su escrito, aparte del valor testimonial a que me he referido, resulta sumamente pintoresco y de época.

La carta dice así:

«J. M. J. Daroca, noviembre 20 de 1793.

Paisano y muy Sr. mío: Después de desearle a Vuesa Merced, en compañía de los de su familia y demás paisanos, salud y gracia en el Señor, y ofrecerme gustoso a su disposición y querer, he tenido por de mi obligación manifestar a Vm. la suma complacencia que he recibido de los progresos y continuados aciertos que durante esta campaña ha mostrado Vm. a la frente de nuestros paisanos los amados roncaleses, quienes movidos de su natural honradez y antiguo valor que en todo tiempo mostraron, y no siendo menos en la presente ocasión a presencia de unos vecinos enemigos que, atropellando toda humanidad y religión, no desean menos que la total destrucción de nuestra tierra y Reino, con toda la Religión de nuestros mayores, intentando para este fin de todos los medios para nuestra total ruina, como lo han ejecutado con su natural y mísero Rey y Reina de Francia matándolos afrentosamente en un cadalso, con otras iniquidades sin número espantosas a la posteridad, ¿quién, pues, no se encenderá en santa cólera y procurará defender en cuanto pueda lleguen a infestar y destruirnos la tierra, Reino y Religión (1), aunque sea exponiendo si es menester la vida?

Yo de mi parte puedo asegurar a Vm. que si en mi mano hubiera estado poder ir a ser compañero de Vm. y de mis amados paisanos, sin duda lo hubiera ejecutado, siquiera para animarlos y darles alguna instrucción según la ocasión y mi corta capacidad lo permitiera, pero no pudiendo ser esto, sirva mejor rogando incesantemente al Señor les dé fuerzas y salud para poder rechazar y ofender, dándoles victoria, contra los franceses, y para esto en mis oraciones al Dios de los Ejércitos y a su Santísima Madre, cuya causa tanto en esto se interesa; y es prueba de esto lo que hicieron en Ntra. Sra. de Arraco (2), y sin duda hicieran lo mismo con el Señor Sacramentado si por desgracia entraran en el Valle (lo que Dios no permita) como lo han hecho en otras partes derribando por tierra las Sagradas Formas; no permita tal maldad el Señor, antes los confunda o perezcan, y dé fuerzas y valor a los gloriosos defensores.

Doy a Vm. mil enhorabuenas por su acierto y talento que ha demostrado en las ocasiones que se han ofrecido de batir a los enemigos que intentan entrar a destruirnos la tierra, y tanto más glorioso para Vm. y los paisanos cuanto ser por una gente que, faltándoles la disciplina militar, les sobra valor y acierto, como lo han acreditado en las ocasiones pasadas para batir con ignominia a los franceses, y espero que durante estas inquietudes proseguirán con igual tesón y cuidado en los lances que se ofrezcan, no decayendo jamás de ánimo, antes sí con una santa cólera procuren cuanto es de su parte mantener la antigua gloria del Valle, dando ejemplo a todos para hacer lo mismo en una guerra tan santa y justa, que no se interesa manos que la causa de Dios y del Reino, esperando que el Señor les dará acierto, conocimiento, su gracia y ayuda para triunfar gloriosamente como hasta aquí lo han experimentado. Así será en adelante, y para esto, deponiendo las propias fuerzas y sólo mirando al Señor de quien son las victorias, y atribuyendo todo a su divino poder, poniéndose bien con su Divina Majestad, podrán Vms. tener segura la victoria en esta vida, y después en la otra, en donde nos veamos por eternidades de siglos sin los disgustos y afanes de esta miserable vida. Amén.

Encargo a Vm. y a todos tomen especial devoción a Ntra. Sra. del Carmen y a su Santo Escapulario, trayéndolo consigo, y no dudo les servirá de mejor defensa en las ocasiones que podrían servir los mejores arneses y petos, como la experiencia lo muestra en sus devotos, de cuyos triunfos logrados por medio del Santo Escapulario en todos los tiempos está llena la tierra; y aunque no dudo de la piedad de mis amados paisanos, estarán defendidos en esta parte, pues según me acuerdo vi en mi lugar bastante testimonio de esto; sin embargo, encargo a Vms. sobremanera dicha devoción, asegurándoles que la Santísima Virgen les ayudará a medida de la devoción de cada uno, como testifican los milagros sin número que se leen y oyen cada día, y para esto no sea con vana confianza, sí con resignación y voluntad hacia el Señor, deponiendo todo pecado que es lo que impide la gracia, que sea con todos. Amén.

Después de todo esto, y en prueba de lo mal que quiero a una nación que ha vuelto a Dios la espalda, como son los insensatos franceses, con quienes usar de misericordia es darles armas, leída esta carta, si les falta a Vms. taco (3) para con los mosquetones y escopetas derribarlos por los puertos abajo, puede servir este papel para ello.

También sentí sobremanera cuando les llevaron a los nuestros tanto ganado (4), según corrió por cierto, y mucho más me admiré del descuido, y paraje de tanto riesgo donde los tenían, y cierto no sé cual podía ser la confianza para tanta seguridad, a no ser que pensaran que los franceses jamás tentarían ninguna hostilidad; pero la experiencia les habrá desengañado aunque tarde, debiendo estar ciertos, y la experiencia enseña, que si pueden hacer con engaño cualquier género de mal, en tal caso lo hacen, por mas que den seguridad de lo contrario, por lo que siempre será muy del caso vivir contra ellos hechos unos Argos (5), particularmente mientras duren en su revolución, que será largo; de lo contrario llorarán sin remedio el descuido que logren; por tanto, como tan inmediatos, no hay que fiar, pues de cada día será mayor su insolencia, aunque ahora estarán Vms. defendidos de las nieves» (6).

«Reciba Vm. mis cordiales afectos, su casa, paisanos y particularmente los de mi lugar, parientes y hermanos, lo mismo de parte de mis amadas las monjas y de Fray Cipriano, que está bueno, que deseándoles lo mismo quedamos rogando a Dios les dé acierto, felicidad y paciencia en los trabajos presentes, que bien lo necesitarán, y mande Vm. como puede a este su afmo. capuchino que desea verlo colmado de triunfos y b. s. m.

Fr. Miguel de Uztárroz.

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(1) Puede verse todavía en el lenguaje común de aquella época la antigua jerarquía cristiana de bienes o valores que el hombre posee y que le pueden ser arrebatados: la tierra, el Reino y la Religión. La tierra es el conjunto de bienes materiales que posee un hombre o una comunidad —sus deudos, sus campos, su hacienda, sus casas: todo lo que puede ser invadido, raptado o saqueado—; el Reino es la estructura, la forma o el alma, que hace de aquella tierra y gentes una patria —las leyes, las costumbres, la monarquía— y establece una continuidad entre las generaciones: todo aquello que puede ser violado o conculcado. La Religión, en fin, es como el lazo de unión (o re-ligación) de la ciudad terrena con su fundamento sobrenatural: aquello que puede ser profanado. Es como, si con referencia a un edificio, dijéramos: los materiales que lo componen, la estructura u orden de sus estancias y el cimiento en que se sustenta.

Obsérvese que el orden jerárquico de estos valores se expresa en sentido inverso, de menor a mayor, como se acostumbra en el protocolo eclesiástico: en una procesión, por ejemplo, desfilan primero los acólitos, los clérigos después, la presidencia más tarde y, por último, la imagen sagrada o el Santísimo Sacramento. Es también de notar que el grito o aclamación más usual entre los realistas y carlistas en las guerras del siglo pasado fue el de ¡Viva la Religión!, que se oponía precisamente al de ¡Viva la Constitución! de los liberales. Aquel grito fue sustituido en nuestro siglo por el de ¡Viva Cristo Rey!, usado primeramente por los cristeros en las guerras religiosas de Méjico.

(2) Nuestra Señora de Arraco: ermita situada a corta distancia de los puertos de frontera, que fue saqueada por una partida infiltrada de los sans-culotte.

(3) Taco: Cilindro de trapo o de papel que se colocaba entre la pólvora y el proyectil en las armas de fuego para que el tiro adquiriera mayor fuerza.

(4) Se refiere a una captura o robo de ganado lanar por parte de los franceses en la zona próxima a la frontera.

(5) Hechos unos Argos: significa estar «todo ojos».

(6) Defendidos de las nieves: quiere decir que para esa época del año (noviembre), la nieve impedirá ya en los altos puertos de la frontera cualquier sorpresa de los revolucionarios.