DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas. Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? Dícenle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?” Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.
El Evangelio de este Decimoséptimo Domingo de Pentecostés refiere la crucial pregunta planteada por Nuestro Señor a fariseos y escribas: ¿Qué pensáis acerca del Cristo?
Es una pregunta general, para concentrar la atención de sus oyentes en ésta, más concreta: ¿De quién es hijo?
Ellos pensaban que Jesús era un puro hombre, y por esto le tentaban; si hubiesen creído que era Dios, no le hubiesen instigado.
La respuesta fue fácil, porque son muchos en la Escritura los testimonios sobre la filiación davídica del Mesías, y era éste el común sentir de los contemporáneos. Por eso responden inmediatamente: de David.
Un hecho insólito, en la literatura universal, es el de la redacción, en un espacio de más de mil años, de una serie de libros escritos por varios hombres, de diferente cultura y temperamento, que cultivaron distintos géneros literarios, y que, no obstante, conservan la más absoluta unidad de pensamiento.
Y dentro de este hecho está aquel otro de una serie de predicciones relativas a un personaje futuro y que definen perfectamente no sólo su carácter personal, sino las circunstancias históricas en que debía aparecer y la obra grandiosa que debía realizar.
Son las profecías mesiánicas, así llamadas por referirse a la persona y a la obra del Mesías. Jalonan ellas todos los siglos anteriores a Cristo, desde las puertas del Paraíso hasta el mismo momento en que aparece Jesús a la vida pública, señalándole el Bautista, último de los antiguos Profetas, como el Esperado de las naciones.
En el período llamado propiamente profético florecen, por espacio de trescientos años, dieciséis profetas, algunos de los cuales viven simultáneamente. Cada uno de ellos aporta a la obra divina de la descripción del Mesías una serie de rasgos de precisión portentosa.
Todos esos trazos forman de tal manera en el pensamiento de Israel la idea del futuro Mesías, que cuando llegue el Esperado de las naciones no habrá más que proyectar la luz de la profecía sobre Él para reconocerle de manera inconfundible y aclamarle Hijo del hombre e Hijo de Dios.
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Pero Jesús trata de arrancar un prejuicio del espíritu de sus oyentes: creían ellos que sería un simple descendiente de aquel Rey, que restauraría el trono de su progenitor y que arrojaría a los romanos, injustos dominadores.
Jesús quiere elevar su consideración a una filiación más alta, y por eso les pregunta: Pues, ¿cómo David mismo lo llama Señor, en el libro de los Salmos, inspirado por el Espíritu Santo, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo haga de tus enemigos escabel de tus pies?
Jesús les plantea una objeción que no esperaban.
Tengamos en cuenta que, con este argumento, se refuta a los judíos actuales; porque, si los judíos contemporáneos de Cristo no lo hubiesen interpretado como Él, fácilmente lo hubiesen desmentido; y aquellos escribas y fariseos eran mucho más doctos que los de tiempos posteriores. Los actuales judíos, por lo tanto, se refutan con el silencio de sus mayores.
Si David le llama Señor, ¿cómo puede ser su hijo? Arguye Cristo en la suposición de los fariseos, de que Él era un puro hombre, para hacerles confesar, por la Sagrada Escritura, que no era sólo hombre, sino también Dios.
Evidentemente el argumento de Cristo no concluye: luego no es hijo de David; sino, es más que hijo de David; es decir, es Hijo de Dios, y verdadero Dios.
Por lo tanto, con razón David le llamaba Señor.
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Esta profecía de David contiene tres verdades de importancia crítica:
1ª: Dixit Dominus Domino meo… David, inspirado, dice: el Señor, Dios Padre, dijo a mi Señor, a Cristo su Hijo…
Conclusión: el Mesías será más que un hombre, porque es Dios.
2ª: Sede a dextris meis. Esta expresión figurada, adoptada por la iglesia en el símbolo de los Apóstoles, afirma la igualdad de autoridad, poder y gloria.
Así, el Cristo, el Mesías, es Dios, igual a su Padre.
3ª: Donec ponam inimicos tuos. Es decir, el Cristo será infinitamente poderoso y, por numerosos y fuertes que sean sus enemigos, por muy coaligados que estén los deicidas judíos con los Césares perseguidores, con los cismáticos y obstinados herejes…, triunfará de todos ellos y su reinado será eterno: Cuius regni non erit finis…
Esta magnífica exposición de la doble naturaleza, humana y divina, del Mesías y de su reinado eterno, era un misterio para los fariseos.
Demuestran las palabras de Jesús que el Salmo 109 es divinamente inspirado, que su autor es David, y que era tenido como mesiánico. En estas palabras del Salmo funda Jesús su argumento irrebatible: Si, pues, el mismo David lo llama Señor, al Mesías, ¿cómo es su hijo?
Si aquel gran Rey, divinamente inspirado, levantado por ello sobre toda dignidad humana, reconoce como Señor suyo a su hijo; se reconoce inferior a él, ¿cómo no confesar que este hijo suyo debía tener una filiación superior a la suya por otro concepto?
¿Cómo no decir que le reconocía como Dios, y no como un simple dominador temporal, por glorioso que se le suponga?
No tiene réplica el argumento.
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La idea del Mesías, que en el período patriarcal pudo aparecer como un simple hombre, se desarrolla y explicita en el período de los reyes en el sentido de que será el mismo Yahvé quien revestirá la forma del Mesías.
David le ve de lejos, y le canta con una magnificencia que nadie podrá igualar: es el Hijo de Dios: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendré hoy; es el Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec; se ofrecerá Él mismo en holocausto a Dios; y, cosa que parece inverosímil, este Hijo de Dios y Sumo Sacerdote sufrirá los dolores de una pasión atrocísima, que describe el real Profeta como si se hallara presente en el Calvario al pie de la Cruz de Jesús. Todo el Salterio está impregnado del pensamiento del Mesías y lleno de episodios de su vida futura.
Pero vindicamos para Jesús su título más glorioso y en el que se funda toda la grandeza de los demás que se le atribuyen; el que le ha conquistado más seguidores y más acérrimos enemigos; quizá el que con mayores fulgores brilla en las páginas de los Evangelios: el título de Hijo de Dios.
Jesús es el Hijo natural de Dios, y, por lo mismo, es Dios.
Si Jesús es Dios, los Evangelios son los libros que iluminan toda la historia de la humanidad, de todos los siglos; si no lo fuese, no sólo sería un enigma la revelación del Antiguo Testamento, sino que la historia humana, anterior y posterior a Él, no sería más que una ficción espantosa.
Cinco veces, por lo menos, se declara Jesús explícitamente a sí mismo Hijo de Dios. Hay, además, gran número de textos que revelan la preexistencia, la misión trascendental y las especiales relaciones que unen a Jesús con el Padre.
De todo el conjunto de estos textos se desprende la certeza por parte de sus interlocutores y de los Evangelistas, que reprodujeron sus dichos, y la misma evidencia objetiva de que Jesús es más que un puro hombre, y que le unen a Dios lazos íntimos que le colocan, con respecto a Dios, en situación que no ha gozado ningún mortal.
Jesús es el Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, único.
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Hay otras pruebas de la divinidad de Jesús, sacadas de las mismas páginas de los Evangelios.
Están, en primer lugar, los milagros y profecías del mismo Jesús.
La preexistencia y la preeminencia de Jesús, antes de todas las cosas y sobre todas ellas, son otro título de su divinidad.
Él es el Verbo de Dios, que existe en Dios mismo desde la eternidad y por quien han sido hechas todas las cosas.
Antes de que Abraham fuese, Él ya existe.
El Padre le ha dado poder sobre toda carne. Le ha sido dado todo poder, en el cielo y en la tierra; es el Señor del sábado, es decir, está sobre la misma ley; se dice a sí mismo más grande que Jonás y Salomón.
En el orden espiritual y moral se atribuye cualidades y poderes que sólo Dios tiene.
El demonio nada puede sobre Él.
Está absolutamente libre de pecado.
Perdona los pecados, con escándalo de quienes saben que ello es atribución de Dios.
Se llama a sí mismo Luz del mundo, Camino, Verdad y Vida.
Se arroga, como el mismo Dios, el primer lugar en la jerarquía de los objetivos del amor humano: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí: y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
La misma trascendencia de la doctrina dogmática y moral de Jesús lleva la marca de su divinidad.
Pudo Jesús, como enviado del Padre, aun en la hipótesis de que fuera puro hombre, enseñarles a los hombres cosas excelsas y divinas: así lo hizo Moisés, así lo hicieron los Profetas de Dios. Pero Jesús enseña un sistema total, orgánico, de doctrina religiosa. Y, sobre todo, lo enseña en nombre propio, como Maestro autónomo, aunque ejerciendo las funciones que le ha confiado el Padre, que le ha enviado a la tierra, y en cuyo seno lo ha aprendido todo.
Ante esta visión de conjunto de los argumentos que los Evangelios nos ofrecen en demostración de la divinidad de Jesús, es inútil la estrategia de sus enemigos, de todos los tiempos, de ponderar la grandeza del lado humano de Jesús disimulando o combatiendo abiertamente su divinidad.
Jesús es absolutamente trascendental.
Cuando se hayan acumulado sobre Él todas las alabanzas que pueden rendirse a un hombre, nada se le ha dicho si no se le confiesa Dios, porque hay infinita distancia de las más elevadas cumbres que puedan conquistar los hombres hasta el pedestal inconmovible sobre que descansa la Persona y la obra de Jesús, Hijo de Dios.
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Nuestro Señor presentó, pues, a fariseos y escribas, un texto indiscutible y fulminó un argumento imposible de refutar.
¡Cómo fijaría Jesús sus ojos en los ojos falaces de sus adversarios al hacerles la trascendental pregunta!… Él, que se había presentado ante ellos como Mesías y que de ellos había requerido tantas veces el reconocimiento de su divinidad…
Recordemos que estamos en el Martes Santo…
Vencidos, quedarán mudos ante Jesús; pero, orgullosos, no querrán caer a sus pies para adorarle…
Como los Herodianos y los Saduceos, también se reducen al silencio ante todo el pueblo estos Fariseos orgullosos; humillados en un punto esencial de la religión, como es la naturaleza del Mesías…
Con un poco de humildad y de buena voluntad habrían podido pedir al manso Salvador que los iluminase y les explicase este gran misterio.
Pero no, cegados por Satanás, quien aviva aún más su odio, se endurecen cada vez más en su malicia y su incredulidad; y, en lugar de reconocer la divinidad de Jesús y rendirle culto como a Cristo, Mesías y Dios, están a la espera para atraparlo, maltratarlo y matarlo…
Es la posición mental de muchos millares que vendrán, después de los fariseos, a tentar a Jesús…
Y, por esto, nadie podía responderle palabra; ni se atrevió alguno, desde aquel día, a preguntarle jamás.
Vencidos los adversarios en toda la línea, cuando creían triunfar de Jesús, lejos de confesarle y admitir su doctrina, se retiran, temerosos de su poder, dejando el campo de las disputas doctrinales para perderle en el de la intriga política y religiosa, en que eran maestros.
Porquela verdad se impone con tal fuerza al espíritu del hombre, hecho para la verdad, que, por una natural exigencia, debe el hombre enmudecer cuando la razón se ve abrumada de razón…
Esta es la gran fuerza de la verdad cristiana: los prejuicios, los errores, las invenciones, los mismos hechos de la historia, dan a veces pie a los espíritus menos rectos, o impacientes, o menos sabios, para impugnar las verdades de la fe; pero éstas definitivamente triunfan.
Mil veces, en el decurso de la historia, han tenido que enmudecer sus enemigos ante la fuerza impetuosa lleva consigo la verdadera doctrina.
¡Y otras tantas enmudecerán!…
Dice San Jerónimo: Esta pregunta nos aprovecha hasta hoy contra los judíos; porque los que dicen que el Cristo ha de venir, afirman que es un simple hombre, aunque Santo, de la descendencia de David. Preguntémosles, por lo tanto, como nos enseñó el Señor: si es únicamente hombre, y tan sólo hijo de David, ¿cómo es que David le llama su Señor?
Y San Beda el Venerable agrega: Lo que se les reprocha, pues, no es que le llamen Hijo de David, sino que no le crean Hijo de Dios.
En cambio, la numerosa turba del pueblo le oyó con gusto, por la fuerza, verdad y gracia de su elocuencia, y por los brillantes triunfos que lograba sobre sus adversarios.
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En el pueblo judío, el futuro salvador de las naciones se llamó Mesías, palabra que equivale a Cristo o Ungido, por cuanto debía recibir la plenitud de la unción, no la unción meramente litúrgica o material, sino lo por ella simbolizada, que no es otra cosa que la efusión, sobre el ungido, de los dones del divino Espíritu.
El espíritu eminentemente nacionalista de los judíos, las sucesivas catástrofes, políticas y guerreras, en que la independencia de Israel sucumbió bajo el poder de asirios y babilonios, y una tradición secular de grandeza fundada en las promesas divinas, hizo que tomara cuerpo en el pueblo judío la idea y la esperanza de un Mesías que sería un capitán invicto, que llevaría sus huestes a la conquista del mundo, y a Israel a la hegemonía sobre todos los pueblos. Jerusalén sería la gran ciudad, centro y cabeza de la teocracia universal.
Era todo ello un sueño de revancha con que Judá esperaba desquitarse de sus pasadas humillaciones.
Tomó mayor incremento esta idea en tiempo de Jesucristo. Se había ya cumplido la casi totalidad del vaticinio de Daniel: tocaban ya a su término las setenta semanas de años por él anunciadas como prefacio histórico al advenimiento del Mesías. Había el cetro salido de la casa de Judá y pasado al idumeo Herodes. Los romanos oprimían toda la Palestina con el peso de su dominación férrea. Coincidía el tiempo señalado para la llegada del Mesías con la pérdida de la nacionalidad y de la autonomía política.
Fue entonces cuando el sentido tradicional de independencia y de grandeza tomó cuerpo en violentas revoluciones contra los poderes constituidos, que fueron ahogadas en sangre de las multitudes fanatizadas por falsos mesías que soliviantaban el pueblo contra sus dominadores.
Tan profundamente arraigado se hallaba este sentimiento en el pueblo judío, que más de un episodio de los Evangelios nos revela esta hipertensión espiritual producida por la inminencia de la venida del Mesías y por las humillaciones a que al mismo tiempo se veía sujeto.
Los mismos enemigos de Jesús le acusan porque se hace rey, frente al poder del César, reconociendo con ello el carácter político del futuro Mesías, según los prejuicios populares, y la inminencia de su venida.
Hasta los mismos Apóstoles, aun después de la resurrección de Jesús, sienten las ansias de la restauración política de Israel.
Pero el triunfo del Mesías debía ser de orden espiritual, y por ahí debía empezar la siembra del grano de mostaza que es el reino de Dios. Cuando a fuerza de tiempo y de gracia se imponga Cristo a los espíritus, el mismo orden temporal de las cosas se le sujetará.
Por esto, Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomentará equivocados prejuicios ni pondrá en peligro su obra, mientras que rehúye el título y la consideración de Mesías en los lugares y ante auditorios en que dominaba el prejuicio de un Mesías político que debiese restaurar el antiguo esplendor de Israel.
Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías. Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David.
Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy: y añade un rasgo que en la mente de todo judío era inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.
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Quid vobis videtur de Christo?… ¿Qué pensáis acerca del Cristo?…
Meditemos a menudo esta pregunta… Y retengamos la respuesta; pues contiene grandes verdades, preciosas y consoladoras…
¡Máxime para los tiempos que nos tocan vivir!

