RAFAEL GAMBRA CIUDAD: CUANDO VUELVA EL HIJO DEL HOMBRE

CÓMO MUEREN LAS RELIGIONES

Son palabras recientes del Cardenal Arzobispo de Bruselas Mons. Danneels, que ha sucedido felizmente al Cardenal Suenens:

«En nuestra sociedad la religión ha llegado a languidecer en tal extremo que no queda de ella más que un moralismo arrancado de sus raíces vitales y una liturgia vaciada de su sustancia. Son las características de las religiones que mueren. No trato aquí de negar los problemas de la moral, sino de la urgencia de reevangelizar, porque es difícil comprender las exigencias de la moral, cuando se ha perdido el sentido de la mística.»

Estas palabras constituyen el balance dramático de lo sucedido en el Catolicismo, durante las dos últimas décadas, pero aportan también una indicación preciosa sobre cómo mueren las religiones.

Las religiones no mueren por persecución, ni por una apostasía o cambio generalizado de religión, determinado por una invasión o por otra causa exterior a su propio ámbito. Estos hechos históricos violentos, suelen engendrar una reacción en los creyentes, un reverdecimiento de la fe y, a menudo, una reconquista. Recuérdense las grandes persecuciones de Roma a los cristianos, o la forzada apostasía en España con la invasión musulmana.

Las religiones mueren de degradación, en la vivencia ambiental de la fe, de anemia espiritual en los creyentes.

La religión grecolatina —lo que los cristianos llamaron paganismo— no murió por la irrupción del cristianismo, ni aun por las invasiones bárbaras sobre el Imperio Romano. Más bien esa irrupción y esas invasiones fueron posibles, por la previa decadencia de la fe —y consiguientemente de la moral— en el mundo romano. Si el politeísmo antiguo, se hubiera conservado vigoroso en las almas y en las costumbres, no se habría extendido tan fácilmente el cristianismo en ese ámbito, ni los pueblos nórdicos hubieran podido franquear las fronteras del Imperio.

CONTENIDOS RACIONALES

No faltaron en el declinar del mundo antiguo, intentos de salvar y de prestigiar su religión tradicional, involucrándola en un sistema cultural de inspiración filosófica. El más notable de estos ensayos fue el de Plotino, dentro del gnosticismo alejandrino del siglo III. En él, el politeísmo antiguo, se convertiría en un reflejo de la sabiduría platónica —verdadero saber racional— o, más bien, en una simbología accesible al pueblo (al no filósofo), para su comprensión de las altas verdades del platonismo.

Este intento de dotar de un contenido racional, a la antigua fe no sirvió, ciertamente, a la pervivencia ni al afianzamiento de ésta. Antes, al contrario, contribuyó a su definitivo descrédito entre las clases cultas, que verían en ello la última degradación de una fe: su tratamiento como producto cultural, o como mera catequesis de un saber humano más alto y universal.

En cambio, esa misma religión grecolatina, pervivió largo tiempo allá donde era aceptada y vivida como tal religión, entrañada en la fe y en las costumbres: en las casas de campo o pagos, donde se tributaba culto a los dioses tutelares (penates) y a los manes o almas de los muertos. De aquí el nombre de paganismo —religión de los pagos— que los cristianos dieron a la supervivencia aislada de la antigua fe, nombre con el que también designamos hoy, por extensión, a las religiones no cristianas.

Es cierto que vivimos hoy en Occidente el grado último de extenuación del espíritu religioso cristiano. En su entreguismo hacia el «mundo moderno», los cristianos de hoy predican sólo un vago moralismo filantrópico, un pacifismo incondicional, una colaboración al desarrollo temporal, un «servicio a la Humanidad». Y muchos han llegado a creer, que en eso consiste su misión religiosa. Incluso llevan su apostasía —a menudo inconsciente— hasta no titularse ya cristianos —ni menos católicos—, sino, a lo sumo, partidarios de un «humanismo de inspiración cristiana».

Estamos en los antípodas, de aquel bello comienzo del Catecismo de la Doctrina Cristiana: «Decid, niño, ¿sóis cristiano? —Sí, por la gracia de Dios».

Resuena ya lejos de nosotros, la última queja que Cristo lanzó al discípulo, casi al pie mismo de su Cruz: «antes de que el gallo cante me negarás tres veces».

PROGRESISMO RELIGIOSO

Lo triste (o tal vez lo esperanzador) de esta situación, es que —al menos en los países unitariamente católicos— no se ha tratado de la culminación de un proceso de desmedulamiento de la fe, sino de una crisis impuesta, desde la propia Iglesia jerárquica, a los fieles de estos pueblos. La pérdida de temor a lo sagrado, la sofocación de la fe en las nuevas generaciones, ha advenido a España, por ejemplo, de mano del ecumenismo religioso y del Concilio Vaticano II.

Se ha pretendido una «apertura al mundo», un progresismo religioso, que sincronice a la religión con el ideal liberal del Progreso indefinido. Se ha intentado una reunificación cristiana sin conversión, una síntesis más tarde de todas las religiones, una especie de «mercado común» de las religiones, que culminaría el proceso ecumenista.

Se ha olvidado que quizá sea posible un mercado común de las economías nacionales —asunto que se puede partir y mediar— pero que nunca lo será en materia religiosa o de fe.

Entre la proposición, «Cristo es el Hijo de Dios mismo» y la proposición, «Cristo es meramente un profeta, o un iluminado, o un impostor», no cabe término medio. Lo mismo que entre el juicio: «la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo» y el juicio; «la Iglesia Católica es una entre las Iglesias cristianas, con análogo título y derecho».

Sucede aquí como en el juicio de Salomón, en el que la sola idea de partir al niño en litigio, descubrió a la verdadera madre.

Podemos encontrar la clave de esta situación, en las mismas palabras ya aludidas del Cardenal Dannels, en el Sínodo de la Familia, celebrado en Roma. Cuando se pregunta por qué tanto cansancio, tanto desaliento y depresión en el seno de la Iglesia, su respuesta es terminante: «Tenemos frío, porque hemos perdido el sentido de Dios».

Diríase que la Iglesia conciliar de nuestra época, ha sufrido la misma tentación que su Divino Fundador, cuando el Diablo le ofrece todos los reinos de este mundo, a cambio de que se prosterne ante él y lo adore. Y que allá donde su Maestro dijo no, ella ha dicho sí. Y sabido es que Satanás nunca paga.

Es posible que hoy la Iglesia dialogue amistosamente con el Mundo, y que éste no la persiga y aun la considere de los suyos; pero el mundo que le ha entregado, es un mundo moralmente en ruinas, y ella misma, la Iglesia, no puede ya reconocerse en la imagen que ofrece al mundo.

Sólo sabemos por nuestra fe, que la traición no puede consumarse del todo, y que de algún modo, la Iglesia perdurará hasta el final de los tiempos. Pero quizá comprendamos, hoy mejor que nunca, aquella profecía escatológica del propio Cristo: «Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?» (Lucas, 18, 8).