DISCURSO DE ROBERT FRANCIS PREVOST A BARTOLOMÉ I
Mientras el Padre Davide Pagliarani, Superior General de la Neo Fraternidad Sacerdotal San Pío X, enviaba el martes 30 de junio su vergonzosa Carta a Robert Francis Prevost, éste último dirigía un discurso a Bartolomé I, con ocasión de la Audiencia a los miembros de la delegación del patriarcado ecuménico de Constantinopla con motivo de la fiesta de los Santos Pedro y Pablo.
Bartolomé I es el 270° y actual patriarca de Constantinopla, desde el 2 de noviembre de 1991. Su título oficial es Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico. De acuerdo con su título, es considerado como el primus inter pares (primero entre iguales) en la iglesia ortodoxa, y como el líder espiritual de los cristianos ortodoxos en todo el mundo.
Las reuniones de los Papas Conciliares con los Patriarcas de Constantinopla dieron inicio al diálogo ecuménico y “pusieron fin” a casi mil años de excomunión mutua desde el Gran Cisma de 1054.
Estos han sido los encuentros:
Pablo VI y el Patriarca Atenágoras (1964): Se reunieron en Jerusalén, marcando la primera vez que un Papa y un Patriarca ecuménico se encontraban desde el siglo XV. Este histórico abrazo permitió la “revocación conjunta” de las excomuniones en 1965.
Juan Pablo II y el Patriarca Demetrio I (1987): Se encontraron en la sede del Fanar en Estambul, consolidando el camino de la «Iglesia hermana» y reafirmando el compromiso conjunto de ambas sedes.
Benedicto XVI y el Patriarca Bartolomé I (2006): Se reunieron en Estambul, fortaleciendo los lazos teológicos y promoviendo la paz y la libertad religiosa.
Francisco y el Patriarca Bartolomé I (2014): Se encontraron en Tierra Santa para conmemorar los 50 años del histórico abrazo entre Pablo VI y Atenágoras, firmando una Declaración Conjunta en Jerusalén. Ambos mantuvieron múltiples encuentros y diálogos.
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Discurso de Robert Francis Prevost
Eminencia,
queridos hermanos en Cristo,
Me complace mucho encontrarme con ustedes, después de que ayer celebramos juntos la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, patronos de esta Iglesia que está en Roma.
Su presencia entre nosotros expresa la cercanía fraterna de la Iglesia hermana que está en Constantinopla y de su pastor y guía, Su Santidad Bartolomé, Patriarca Ecuménico.
Le estoy profundamente agradecido a él y a todos los miembros del Santo Sínodo por haber querido enviarlos a Roma, para continuar con el tradicional intercambio de visitas con motivo de las fiestas de los santos patronos de nuestras respectivas Iglesias.
A este respecto, conservo vivo en mi memoria el recuerdo de mi participación en la celebración de San Andrés, en la iglesia patriarcal de San Jorge al Fanar, el pasado 30 de noviembre.
Recuerdo con alegría y gratitud los encuentros que he tenido con Su Santidad Bartolomé, en los que hemos podido profundizar nuestra amistad mutua y compartir nuestra visión sobre numerosas cuestiones, sobre todo el deseo común de avanzar en el camino hacia la plena unidad entre todos los cristianos.
En esta perspectiva, la conmemoración del 1700.º aniversario del Primer Concilio de Nicea, celebrada en la víspera de la fiesta de San Andrés en İznik, por invitación del Patriarca Bartolomé y con la presencia de representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales, constituyó un elocuente testimonio de la comunión que ya existe entre todos aquellos que comparten la fe en Dios, Padre de todos los hombres, y que confiesan al Señor e Hijo de Dios, Jesucristo, y al Espíritu Santo, quien nos inspira y nos conduce a la plenitud de la verdad y de la unidad.
A la luz de ese evento conmemorativo, quedó claro que el Credo de Nicea debe ser la base y el criterio de referencia de este proceso, proponiendo el modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad: Unidad en la Trinidad, Trinidad en la Unidad (cf. Carta apostólica In unitate fidei, 12).
Ojalá el camino hacia la celebración del segundo milenio de la Redención, en 2033, pueda recorrerse juntos entre todas las confesiones cristianas del mundo, redescubriendo el don y el llamado a ser testigos del Resucitado.
En una época caracterizada por las guerras y una polarización creciente, así como por divisiones culturales y sociales, los cristianos, reconciliados entre sí y de acuerdo en la profesión de la única fe, están llamados a ser un signo creíble de paz, contribuyendo de manera decisiva al compromiso en este sentido de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
De hecho, en la situación actual está en juego no solo la credibilidad del mensaje cristiano, sino el futuro mismo de la humanidad. La necesidad de una mayor colaboración entre los cristianos ante los desafíos actuales —como la paz, el buen uso de las nuevas tecnologías y el cuidado de la creación— surge del mismo Evangelio de Jesucristo: de hecho, la responsabilidad hacia la vida y la dignidad de cada ser humano, comenzando por los más pequeños y necesitados, es el criterio que determina nuestro destino presente y eterno (cf. Mt 25,31-46).
Eminencia, queridos hermanos, les renuevo de todo corazón mi gratitud por esta visita, así como por su compromiso personal y el del Patriarcado Ecuménico en la promoción de la santa causa de la unidad de los cristianos. Les aseguro mi oración, por intercesión de los santos apóstoles Pedro y Andrés, hermanos en la carne y en la fe, y le pido a Dios nuestro Padre que nos acompañe siempre con su bendición. ¡Gracias!
