P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO INFRAOCTAVA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Infraoctava del Sagrado Corazón de Jesús

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los publicanos y los pecadores, para escucharle. Y murmuraban los fariseos y los escribas, diciendo: Este hombre recibe a los pecadores, y come con ellos. Entonces Él les propuso esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no deja en el desierto las noventa y nueve, y va en busca de la que se perdió, hasta que la encuentra? Y, cuando la ha encontrado, la pone gozoso sobre sus hombros y, tornando a su casa convoca a los amigos y vecinos, diciendo: Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se había perdido. Yo os digo que más gozo habrá en el cielo por un pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia. ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende la linterna y barre la casa, y busca con diligencia, hasta encontrarla? Y, cuando la ha encontrado, convoca a las amigas y vecinas, diciendo: Regocijaos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. También Yo os digo: Hay gran gozo entre los Ángeles del cielo por un pecador que hace penitencia.

Al leer el Evangelio de este Tercer Domingo de Pentecostés, dentro de la Octava del Sagrado Corazón, conocemos que pecadores y publicanos se acercaban a nuestro Redentor, y que Él no sólo los admitía para conversar, sino incluso para compartir su comida, y, al ver esto, los fariseos se indignaron.

De este pasaje debemos aprender que la verdadera justicia es compasiva y la falsa desdeñosa.

Sin duda, los justos mismos se indignan a veces contra los pecadores, y con razón. Pero una cosa es lo que surge del orgullo, y otra muy distinta lo que se hace movido del celo por la justicia.

Los justos sienten indignación, pero sin desdén; persiguen, pero por amor. Y, si exteriormente nunca cesan en su celo por reprender y corregir, interiormente, gracias a la caridad, mantienen la mansedumbre.

A menudo, consideran a quienes corrigen superiores a sí mismos, y a quienes juzgan más virtuosos. Al actuar de esta manera, mantienen la disciplina sobre sus súbditos y la humildad sobre sí mismos.

Por el contrario, quienes se enorgullecen de un falso sentido de la justicia desprecian al resto del mundo; carecen de compasión hacia los débiles y se convierten en grandes pecadores, precisamente porque se creen incapaces de serlo.

Entre ellos se encontraban los fariseos, quienes, al tiempo que culpaban al Señor por acoger a los pecadores, con corazones endurecidos rechazaban la fuente misma de la misericordia.

Pero estaban tan enfermos que no eran conscientes de su enfermedad, y este médico celestial, para que reconocieran su condición, los trató con remedios suaves, les ofreció el ejemplo de su benevolencia y presionó el absceso que se había formado en sus corazones, diciéndoles: ¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja inmediatamente las otras noventa y nueve en el desierto para buscar la perdida?

El Señor puso su oveja sobre sus hombros cuando, asumiendo la naturaleza humana, tomó sobre sí nuestros pecados.

Habiendo encontrado a su oveja, regresó a su hogar, porque nuestro Pastor, después de redimir a la humanidad, regresó a su Reino celestial.

Allí encontró amigos y vecinos, es decir, los coros de Ángeles, que son sus amigos porque cumplen su voluntad sin interrupción ni vacilación. También son sus vecinos, porque están constantemente con Él, disfrutando del esplendor de su visión.

Ahora bien, no dice Alégrense con las ovejas halladas, sino Conmigo, porque nuestra vida es su alegría, y nuestro regreso al Cielo es para Él un festín lleno de gozo.

Respecto de la alegría por la conversión del pecador, debemos reflexionar ¿por qué declaró el Señor que habrá más gozo en el Cielo por la conversión de los pecadores que por la perseverancia de los justos?

Sucede esto porque la experiencia diaria nos enseña a menudo que aquellos que no se sienten agobiados por el pecado, permaneciendo en el camino de la rectitud y sin hacer nada ilícito, tampoco sienten un ardiente anhelo por su patria celestial y se complacen con mayor facilidad en las cosas permitidas, porque saben que no han hecho nada prohibido y, puesto que están seguros, al no haber cometido pecados graves, a veces se vuelven negligentes en el cumplimiento de los deberes más esenciales.

Por el contrario, quienes recuerdan haber pecado, impulsados por su propio dolor e inflamados por el amor de Dios, a veces se esfuerzan por practicar las más altas virtudes y afrontar las dificultades del combate espiritual; se desprenden de todos los bienes mundanos, rehúyen los honores, se regocijan en los insultos recibidos; arden en deseos de su patria celestial y la anhelan; y al pensar que estuvieron lejos de Dios, redimen sus pérdidas pasadas con las ganancias que siguen.

Por lo tanto, hay más gozo en el Cielo por el pecador que se arrepiente que por el justo que persevera.

Así como un capitán tiene más estima por el soldado que, después de huir, regresa a la lucha y presiona valientemente al enemigo, que por aquel que nunca dio la espalda, pero tampoco realizó la más mínima hazaña de valentía, así también el agricultor prefiere la tierra que, después de producir solo espinas, produce una cosecha abundante a la tierra que nunca ha tenido zarzas pero tampoco produce una cosecha rica.

Sin embargo, también debemos notar que hay muchas personas justas cuyas vidas traen tal gozo, que la penitencia de los pecadores, cualquiera que sea su naturaleza, no puede preferirse a ellas. De hecho, muchos, sin ser conscientes de ninguna falta, practican la mortificación con tal fervor que uno los pensaría culpables de todo pecado. Renuncian a todos los placeres, incluso a los lícitos, y, elevándose por encima del mundo a través de un desprecio sublime, no se permiten todo lo que es lícito, privándose incluso de los bienes que podrían usar legítimamente. Desprecian el mundo visible y desean solo el invisible; encuentran su alegría en las lágrimas y se humillan en toda ocasión.

Y así como otros lloran por sus pecados de acción, ellos lloran por sus pecados de pensamiento.

Se puede, pues, juzgar la alegría que siente Dios cuando los justos gimen y se humillan, como cuando el pecador trae alegría al Cielo al expiar en penitencia el mal que ha cometido.

Por lo tanto, tengamos confianza en la misericordia de Nuestro Creador.

Reflexionemos sobre nuestras acciones, recordemos nuestras acciones pasadas.

Consideremos la generosidad de la bondad divina; regresemos con lágrimas a este Juez misericordioso, mientras aún nos espera.

Conocemos su justicia, no descuidemos la expiación de nuestros pecados; conocemos su bondad, no nos dejemos vencer por la desesperación.

Un Dios hecho hombre, lleva a los hombres a confiar en Dios.

Y para nosotros, penitentes, es una gran fuente de esperanza que aquel que será nuestro Juez se haya convertido en nuestro Abogado.

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Sin embargo, y pasando a la Epístola del día, frente a la misericordia del Pastor, tengamos en cuenta la advertencia severa de San Pedro, recordando que el alma está en constante peligro: Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar.

Según esto, recordemos que el mundo moderno adormece las conciencias.

Por lo tanto, la sobriedad que se nos exige no es sólo abstenerse de excesos físicos, sino mantener la claridad mental y doctrinal frente a los errores del mundo actual.

Por eso San Pedro nos exhorta a resistir al demonio «firmes en la fe».

Esta firmeza implica rechazar las novedades doctrinales y el modernismo; e incluso hoy en día la apostasía generalizada.

Esta resistencia en la Fe no es una simple actitud pasiva de aguante, sino un combate teológico y espiritual activo, lo cual implica tres dimensiones fundamentales:

1ª) En general, considerar la Fe como un depósito inmutable, no evolutivo. La fe no es un sentimiento subjetivo, que cambia con los tiempos o la cultura, sino un conjunto de verdades reveladas por Dios.

El León Rugiente, el Demonio, no sólo tienta a través de los pecados de la carne o de la debilidad moral, sino principalmente a través del error doctrinal.

Resistir fuertes en la fe significa, por una parte, rechazar categóricamente cualquier intento de adaptar el dogma católico a las exigencias del mundo moderno; y por otra, la fidelidad a lo que la Iglesia ha enseñado siempre, en todas partes y por todos.

2ª) La segunda dimensión de nuestro combate implica, más en particular, la resistencia al Modernismo y a la Roma Conciliar.

La aplicación más práctica de la exhortación de San Pedro es la resistencia a las reformas derivadas del Concilio Vaticano II, principalmente lo referente a la Nueva Misa, el Ecumenismo, la Libertad Religiosa y la Colegialidad.

El lobo ya no está fuera del redil, sino que, vistiendo piel de oveja, ha ocupado las estructuras visibles de la Iglesia.

3ª) La tercera dimensión del combate por la Fe se refiere a los Medios de Resistencia, responde a la pregunta = ¿cómo ser un católico firme en la fe, en medio de la desolación actual?

Las armas espirituales necesarias son las siguientes:

– El estudio de la doctrina tradicional: no basta con una fe ciega o sentimental.

– La preservación de los Sacramentos: buscar y mantener el acceso exclusivo a la Santa Misa Tradicional y a los Sacramentos administrados por verdaderos sacerdotes y según los libros litúrgicos antiguos, rechazando cualquier contaminación con los ritos modernos.

– La unión con los padecimientos de la Iglesia: San Pedro añade: sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo sufren las mismas tribulaciones.

El aislamiento que experimentan los fieles al defender la tradición no es producto de una locura individual, sino que es parte de la misma cruz que cargan los católicos remanentes en todo el mundo.

Mantenerse firme en la Fe implica aceptar el combate, el ostracismo y la incomprensión, con la certeza de que el Buen Pastor protegerá al pequeño rebaño, que no se doblega ante las persecuciones del mundo o las críticas de conocidos e incluso familiares.

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Regresando a la parábola de la oveja perdida, destacamos tres actitudes para el fiel católico: confianza absoluta en la Redención – el fundamento en la Misericordia divina – el abandono en el cuidado de la Providencia.

1ª) Confianza absoluta en la Redención y en particular en el Sacramento de la Penitencia, sabiendo que Dios busca activamente al pecador.

Sabemos que la iniciativa siempre es de Dios, es el Buen Pastor que busca a la oveja

No hay que caer en un error común en la vida espiritual, que consiste en pensar que el pecador debe «hacerse digno» o sanar sus heridas por completo antes de regresar a Dios.

Por lo tanto, la confianza radica en dejarse rescatar y no en las propias fuerzas.

2ª) El fundamento en la Misericordia frente a la justicia Humana.

El Evangelio contrapone la reacción de los fariseos y escribas (que murmuraban diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos») con la actitud de Dios.

Dios, en su misericordia, no razona como el mundo. La justicia humana exige un castigo proporcional inmediato y desconfía del que ha fallado.

Nuestra confianza debe apoyarse en que Dios busca la rehabilitación del alma, no su destrucción.

La parábola de la dracma perdida señala que la moneda no pierde su valor intrínseco (el oro o la plata con la imagen del rey) por estar perdida y cubierta de polvo o barro.

De la misma manera, el alma sumida en el pecado no pierde su valor ante los ojos de Dios, quien «barre la casa», es decir, mueve cielo y tierra a través de la gracia hasta encontrarla.

Saberse valioso para Dios, a pesar de la propia miseria, es la raíz de la confianza absoluta.

3ª) El cuidado de la Providencia en medio de la tribulación.

Conectando el Evangelio nuevamente con la Epístola de San Pedro, destacamos la confianza en la divina Providencia en el contexto del sufrimiento y de la crisis actual de la fe.

San Pedro dice: Descargad en Él todas vuestras solicitudes, porque Él tiene cuidado de vosotros.

Ante la crisis de la Iglesia y el avance del mal en el mundo, el “echar las solicitudes en Dios» significa un abandono total en la Divina Providencia.

El mismo texto de la Epístola asegura que los sufrimientos son por un poco de tiempo, y que después de hacernos padecer un poco, Dios mismo nos perfeccionará, nos confirmará y nos consolidará.

Esto nos prueba que la confianza radica en la certeza de que Dios tiene el control absoluto de la historia y de la Iglesia, y que permite las pruebas únicamente para la santificación de los elegidos.

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La desconfianza de uno mismo y la vigilancia extrema son la consecuencia lógica de la humildad y la doctrina católica respecto a nuestra naturaleza caída y al peligro constante de las acechanzas del demonio.

La desconfianza de uno mismo radica en los datos de la Revelación sobre el pecado original y sus heridas.

Debemos combatir con fuerza la mentalidad moderna de la creencia en la bondad innata y autosuficiente del hombre, que es el error del pelagianismo.

Desconfiar de uno mismo significa saber que, si Dios nos quita su gracia por un solo segundo, somos capaces de cometer los peores pecados.

Pero la desconfianza propia no debe llevar a la tristeza o desánimo, sino a refugiarse inmediatamente en el Buen Pastor.

Haciendo eco estricto de las palabras de San Pedro Sed sobrios y vigilad, la actitud combativa consiste en la sobriedad, sabiendo que la peor embriaguez actual es la del activismo, la de las pantallas, la del ruido y las modas del mundo.

Un alma aturdida por el espíritu del mundo no puede oír los pasos del lobo ni la voz del Buen Pastor.

Sobriedad indica que es necesario mantener el silencio interior, la moderación en los placeres, incluso legítimos, y el considerar todas las cosas a la luz de Dios.

Y también debemos vigilar.

¿Qué debemos vigilar? Las grietas del alma.

El demonio raras veces ataca a un católico practicante de frente, con una tentación grosera.

El león rugiente busca las pequeñas fisuras: la pereza en las oraciones diarias, la sutil vanidad, el espíritu de queja o la curiosidad malsana.

San Ignacio nos enseña que el demonio hace como un caudillo para vencer y robar lo que desea.

Porque, así como un capitán en campaña, asentando sus reales y mirando las fuerzas y disposición de un castillo, lo combate por la parte más débil; de la misma manera, el enemigo de la naturaleza humana, rodeándonos, mira por todas partes todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales, y por donde nos halla más débiles y más necesitados para nuestra salvación eterna, por allí nos ataca y procura vencernos.

Vigilar significa, pues, estar atentos a esos puntos en que nos encontramos más débiles, para reforzarlos; atentos a los primeros movimientos del corazón para cortarlos de raíz, si son nocivos, antes de que se conviertan en consentimiento.

La Oración Colecta de este Domingo resume magníficamente todo nuestro programa espiritual. Ella nos hace pedir de la siguiente manera:

Oh Dios, protector de los que esperan en Ti, sin el cual nada hay válido, nada santo; multiplica sobre nosotros tu misericordia; para que, siendo Tú nuestro guía y vuestro caudillo, pasemos de tal modo por las cosas temporales, que no perdamos las eternas.

Que Nuestra Madre del Cielo nos alcance estas gracias.