CRISTO, NUESTRA RESURRECCIÓN
Historia.
—Compuesta el jueves posterior al domingo «In albis», en Roma a 14 de abril de 1379. No contiene plegaria.
Ideas.
—Caridad dio valor a los actos humanos de Cristo. —La divinidad y la humanidad de Cristo unidas hicieron eficaz el misterio de la salvación. —La Trinidad es el jardín que produce las flores y frutos que aparecen en las tres potencias del alma. —El portero di- vino, Cristo, abre al alma la bienaventuranza con la llave de la divinidad y la mano de la humanidad.
¡Oh Resurrección nuestra, oh Resurrección nuestra, oh alta y eterna Trinidad! Libra a mi alma de su cuerpo. ¡Oh Redentor, oh Resurrección nuestra; oh Trinidad eterna, oh Fuego que ardes de continuo sin extinguirte, que no fallas ni puedes disminuir aunque todo tomen de ese fuego! ¡Oh Luz, que das la luz que nos permite ver! Veo en ella, y sin ella no puedo ver, porque eres el que eres, y yo soy la que no soy.
En tu luz reconozco mi necesidad, la de la Iglesia y la de todo el mundo . Porque conozco esa luz, te suplico que libres a mi alma del cuerpo en favor de la salvación del mundo . No es que pueda yo producir fruto alguno por mí sola, sino en virtud de tu caridad, que consigue todos los bienes. De este modo, por el abismo de tu caridad, alcanza el alma su propia salvación y el provecho en su prójimo. Como tú, Deidad, alta y eterna Trinidad, has actuado en nuestra humanidad, o sea, por ella como instrumento, con obras infinitas, así has obrado entre nosotros para nuestro provecho, no en virtud de la humanidad , sino de tu divinidad . Por ella, Trinidad eterna , parecen estar creadas todas las cosas que tienen ser y de ti sale toda la fuerza espiritual y temporal existente en el hombre . Es cierto que quieres que el hombre se esfuerce en ellas trabajando libremente .
¡Oh Trinidad eterna , oh Trinidad eterna ! Por tu luz se conoce que eres el sumo y eterno jardín que tiene encerradas e n sí todas las flores y todos los frutos, porque eres la flor de la gloria que da gloria a ti mismo , te das fruto a ti mismo, pues no lo puedes recibir de ningún
otro. Si lo pudieras recibir de otro , no parecería que eras eterno y omnipotente Dios, pues lo que te diese parecería no haber venido de ti. Pero, como queda dicho, eres gloria y fruto de ti mismo , y los frutos que te da la criatura proceden de ti y de ti recibe la facultad de poder ofrecértelos.
En el jardín de tu seno estaba encerrado el hombre, ¡oh Padre eterno! Tú le sacaste de tu santo pensamiento como una flor dividida en tres potencias, y en cada potencia has sembrado un a planta para que pudiera fructificar en tu jardín , volviendo a ti con el fruto que le diste. Tú volviste al alma, llenándola de tu felicidad, en la cual esa alma está como el pez en el mar, y el mar en el pez. Le has dado la memoria para que pueda recordar tus beneficios, y con ello produzca la flor d e la gloria a tu nombre y el fruto del provecho para ella. También le has otorgado el entendimiento , para que comprenda tu verdad , y tu voluntad, que es sólo nuestra santificación, a fin de que brote la flor de la gloria, y después el fruto de la virtud. Le has dado la voluntad para que pueda amar lo que ha visto en el entendimiento y retenido en la memoria.
Si considero la luz en ti, Trinidad eterna , veo que el hombre había perdido esta flor, esto es, la gracia, a causa del pecado cometido . Por ello no era capaz de darte la gloria del modo establecido por la Verdad . Tu jardín estaba cerrado, por lo cual ya no podía recibir tus frutos. Por eso hiciste portero al Verbo, o sea, a tu Unigénito. Le diste la llave de la divinidad, y la humanidad fue la mano . Ambas las uniste par a que abrieran la puerta de tu gracia, pues la divinidad no podía hacerlo sin la humanidad —ésta la había cerrado por el pecado del primer hombre—; tampoco la humanidad sola podía abrir sin la divinidad, porque sus obras habían sido finitas, y la ofensa había sido cometida contra el bien infinito. Como inmediata consecuencia, la pena debía seguir a la culpa; por tanto, ningún otro medio era suficiente.
¡Oh dulce Portero, oh humilde Cordero! Tú eres el hortelano que, habiendo abierto las puertas del jardín celestial, es decir, del paraíso, nos das flores y frutos de eterna Deidad. Desde ahora conozco que dijiste la verdad cuando en forma de peregrino te apareciste en el camino a dos discípulos tuyos y dijiste que era preciso que Cristo padeciese de aquel modo y que por el camino de la cruz entrase en su gloria, demostrándoles que así
había sido predicho por Moisés, Elias, Isaías, David y los demás que habían profetizado acerca de ti. Les explicaste las Escrituras, pero ellos no las comprendían por tener ofuscado su entendimiento; pero tú te comprendías a ti mismo. ¿Cuál era tu gloria, oh dulce y amoroso Verbo? Eras tú mismo, y para que entrases en ella tenías que padecer. Amén.

