VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
QUINTO SOBRANTE DE EPIFANÍA
Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró grano bueno en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo, sobresembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó, pues, el trigo y dio grano, apareció también la cizaña. Y fueron los siervos al dueño de casa y le dijeron: Señor ¿no sembraste grano bueno en tu campo? ¿Cómo, entonces, tiene cizaña? Les respondió: Algún enemigo ha hecho esto. Le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a recogerla? Mas él respondió: No, no sea que, al recoger la cizaña, desarraiguéis también el trigo. Dejadlos crecer juntamente hasta la siega. Y al momento de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y al trigo juntadlo en mi granero.
El Quinto Domingo de Epifanía este año no pudo ser celebrado en su lugar, antes de Septuagésima, como consecuencia del comienzo de la misma; por ese motivo se lo celebra ahora, así como el Sexto Domingo, pues tenemos veintiséis Domingos después de Pentecostés.
Pues bien, el Evangelio de este Domingo nos relata la parábola del Trigo y la Cizaña, que es el centro mismo de todas las que hay en el Evangelio; es como el foco y, a la vez, el marco general de todas: contiene la existencia del bien y del mal en el mundo, y sus causas.
Afortunadamente los Apóstoles pidieron y obtuvieron una explanación y dilucidación. De este modo, tenemos directamente de Nuestro Señor la interpretación genuina e incontestable. Él les respondió de este modo:
El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.
Satanás, con su Non serviam, introdujo el pecado en el universo haciéndose el incansable antagonista de la obra de Dios.
Sin embargo, la multiforme Sabiduría divina, previéndolo todo, permite esta lucha para que su gloria se manifieste plenamente en el poder de su misericordia.
Seduciendo a Eva, Satanás produjo la caída de Adán, y vino a ser el príncipe de este mundo. Pero en este triunfo de las tinieblas, la Misericordia Divina hace amanecer la luz de la Buena Nueva: la simiente de la mujer quebrantará el poder de la antigua serpiente, mientras ésta andará acechando a su calcañar.
Nuestro Señor nos explica profundamente esta obra de Satanás en la parábola de la cizaña. El enemigo que siembra la cizaña entre el trigo mientras los hombres duermen, representa la temprana y continuada actividad del Diablo entre los cristianos. La cizaña, que son los hijos del Maligno, crece junto con el trigo, los hijos del Reino.
Y Dios exige de los criados que se inclinen frente a este insondable misterio de iniquidad, prohibiéndoles arrancar la cizaña para que, juntamente con ella, no arranquen también el trigo.
Dados todos estos fundamentos, ¿cómo es posible afirmar que la Iglesia es llamada a conquistar el mundo, llegando a una dominación espiritual que abarque a todas las naciones, si el mismo Jesús nos enseña explícitamente, y sin lugar a dudas, lo contrario?
¿Qué otra enseñanza se puede sacar de esta parábola, sino la de que la pequeña grey de verdaderos fieles ha de estar mortificada y acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno entre los hijos del Reino?
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La cizaña designa tres cosas: los herejes, los malos pastores y los cristianos de nombre.
La peor objeción de los infieles y la peor tentación para los fieles es la existencia del mal en el mundo, y, más particularmente, la presencia de la corrupción en la Iglesia de Jesucristo.
Jesucristo respondió por anticipado a esta tentación con esta parábola…
Debemos, pues, meditar los datos que nos proporcionan la Sagrada Escritura y la Tradición; así como también las enseñanzas de la Teología respecto de la historia de la Iglesia, dejándonos esclarecer y fortalecer por esa viva luz.
Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin, estaremos inmunizados contra la ilusión de los que esperan un tiempo en que la Iglesia no contará más con pecadores, al abrigo de los traidores.
La lucha entre el Demonio y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía… No podemos soslayarlo ni olvidarlo… Esta lucha no se aplacará ni endulzará progresivamente… No hay reconciliación posible…
En cuanto a la Iglesia en sí misma, el Evangelio nos enseña que, lejos de encontrar un trigo de calidad superior, que iría mejorando de siglo en siglo, por el contrario, siempre se encontrará mezclado con la cizaña; la cual, a medida que nos vayamos acercando del fin, crecerá en poder y malignidad, a punto de sofocar completamente al trigo…
El Profeta Daniel lo vaticinó y el Apocalipsis lo confirmó: Le será dado poder a la Bestia para hacer la guerra a los santos y vencerlos…
El Diablo, la Bestia y su Falso Profeta, a medida que nos acercamos del fin de los tiempos, perfeccionan sus métodos, mejoran su cizaña y organizan más inteligente y eficazmente su terrible contra-Iglesia…
Terminantemente se nos enseña pues, no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, irá obrando más y más el misterio de iniquidad en el seno de la sociedad cristiana.
La verdadera doctrina, por la sutil actividad de Satanás, será mezclada, de un modo lento y progresivo, con la falsa y corruptora ideología de los hijos del maligno, representada en la cizaña.
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Este hecho, bien triste y desagradable de señalar, es el contenido alarmante pero misericordioso del aviso de la parábola con que Jesús quiso prevenir a todos los que creen en Él, para que se guarden de la cizaña.
Pero protegerse de la cizaña no implica salir a recogerla… Un siervo puede ser muy celoso de sus obras y ocuparse en toda clase de tareas con grandes bríos…, arrancando manojos de cizaña a derecha e izquierda, y, sin embargo, será quietista en la medida que, haciendo obras según sus ideales y no las que Dios quiere de él, anula así el poder del Espíritu Santo.
Es muy importante hacer resaltar esta anormalidad, ya que los muy activos…, activistas…, tachan fácilmente de quietistas a aquellos que, conforme al espíritu del Evangelio esperan el momento de la ciega.
Se ha objetado que esta enseñanza presenta una sombría perspectiva del futuro…, que desalienta a los fieles…, que los arroja en la pasividad…, que es la filosofía de la desesperación…, que está opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien… Y muchos agregan, sarcásticamente: «Si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo».
El fondo de la cuestión no radica en pasividad o actividad, sino en que la realidad, conforme a la verdad divina, no es agradable al cristiano mundano. El católico de nombre no entiende que el combate en la inhóspita trinchera no es pasividad…; el activista tiene que moverse continuamente, aunque no sepa por qué y para qué se mueve…, y aunque caiga en la excitación, el frenesí y el paroxismo…
No se trata, pues, de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo, con el fin de apresurar la congregación de los elegidos y la presentación de la Esposa, entresacando del mundo a los escogidos.
Querer redimir al mundo y querer fundar en la presente edad el Reino espiritual que abarque a todas las naciones, es usurpar la tarea que, según las claras indicaciones de las Escrituras, el Padre tiene reservado para su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Querer separar la cizaña del trigo, que según la palabra del mismo Jesús han de crecer juntos hasta la consumación del siglo, no es pues una actitud fundada en las Sagradas Escrituras; por el contrario, dañará al mismo trigo.
Esta separación tendrá lugar en la consumación de la presente edad, y será la obra de Cristo mismo que mandará sus Ángeles.
Aquel que no sabe inclinarse frente a este misterio de iniquidad, falta a la fe, y se arroga la obra que Cristo tiene reservada para sí mismo.
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De todo esto se concluye que la Iglesia, lejos de vencer la iniquidad que hay en el mundo, será depurada y aquilatada por esa misma iniquidad, que va penetrando desde el principio entre los cristianos; y de este modo la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia.
Porque ya lo anunció San Pablo: vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, antes bien, teniendo comezón de oír se amontonarán maestros conforme a sus propios deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas.
Por eso insistimos en que antes de la Segunda Venida del Señor no se convertirán a Él todos los pueblos de toda la tierra; ni todos adorarán al verdadero Dios; ni todos entrarán en la Iglesia Católica; ni todos vivirán en mutua paz y en concordia admirable; ni todos compondrán una grey mansa, pacífica, inocente, bajo el cuidado y dirección de un mismo pastor.
Todo lo contrario, antes de la Segunda Venida del Señor, y en todo el tiempo que debe mediar entre su Primera Venida y la Parusía, si bien se habrá predicado el Evangelio por todo el mundo, no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre.
E incluso entre estas pocas que recibirán el Evangelio, no todas lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte junto al camino, otra sobre piedra y otra entre espinas.
Es más, habrá sin interrupción grandes y terribles escándalos, habrá herejías, habrá cismas, habrá apostasías formales, habrá odios mutuos, envidias y guerras sangrientas e interminables…
También habrá, de más en más, costumbres antievangélicas, muchas de ellas cuales ni aun entre los gentiles; y no pocas asentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes…
En una palabra, habrá siempre cizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo. ¡Y así hasta la siega!
Todo esto se lee frecuentemente en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles… La experiencia confirma la verdad y el origen divino de estas profecías…
Por lo tanto, desde la predicación de Jesucristo hasta su Parusía, deberá estar siempre mezclado en el mundo el buen grano con la cizaña; deberán estar siempre inmiscuidos entre sí los hijos del Reino y los hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que hace la cizaña.
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Sin embargo, más allá del carácter incomprensible y temible de estos tiempos del ocaso definitivo, lo que debe conmovernos es su carácter común con los siglos que los han precedido hasta el Medioevo y con los que los han preparado desde el siglo XIV.
Estos últimos tiempos se injertan en la plenitud de los tiempos, como todos los demás siglos de la era cristiana desde la Encarnación.
El don que ha sido hecho al mundo por la Encarnación del Verbo no será retirado; el poder con el cual está revestido Cristo no será atenuado.
Es por un designio de amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión, que pase, en cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y de la agonía del Huerto de Getsemaní.
Si el Señor quiso para su Esposa, al fin de los tiempos, una experiencia más profunda de la Agonía de Getsemaní, conforme al dejad haced hasta el fin, es también porque quiso darle pruebas todavía más profundas de la eficacia de su poder y de la intensidad de su caridad.
Las profecías sobre la paz universal y la concordia en la Iglesia no se han cumplido aún; y, por tanto, se han de cumplir un día.
¿Cuándo?
No son profecías solamente mesiánicas, sino netamente parusíacas. Esto significa que dichas promesas se engloban en el milenio, el Reino milenario.
La única solución teórica a la pesadilla provocada por la crisis actual está en la parábola del trigo y la cizaña y en el dogma de la Parusía.
Llegará un tiempo en el que el trigo y la cizaña, mezclados siempre en las eras humanas durante el curso de las edades, llegarán a la lucha suprema, la que no conoce piedad; y la cizaña crecida oprimirá al trigo de Dios de un modo insoportable, rodeándolo por todas partes como sin esperanza y sin respiro; tiempo en que la persecución, prometida a todo creyente, se hará interna a más de externa; y en que gemirá su carne a punto de aniquilarse.
Para ese tiempo se escribieron las últimas y más terribles profecías, pero también las más consoladoras y magníficas.
La Iglesia no deja de compartir la Pasión de su Esposo… ¡Pero tampoco su victoria!
El día del regreso del Señor está cerca. Después de este día, el Diablo no tendrá más la manera de acechar a la simiente de la Mujer del Génesis y del Apocalipsis para intentar seducir y corromper.
Cristo obtuvo la victoria por la Cruz, en unión con la Iglesia su Esposa, que es custodiada en oración junto a la Virgen Inmaculada.
En sus luchas, la Santa Iglesia no cesa de ser asistida por la Santísima Virgen, que desde el momento de su Inmaculada Concepción ha aplastado cabeza de la serpiente y por su Compasión ha obtenido la gracia de interceder universalmente por los hombres.
Y en la medida en que el demonio, desde hace cinco siglos, redobla su acción y su violencia, la Santísima Virgen nos da pruebas más vivas de su intercesión. Incluso por sus apariciones en Rue du Bac, Lourdes, Fátima… nos da pruebas milagrosas.
Y hemos de destacar que estos mensajes se reducen a una sola cosa: reactualizar el mensaje inmutable del Evangelio en las luchas de nuestro tiempo.
Si en lugar de soñar con ilusionadas restauraciones o en quiméricos triunfos temporales de la Iglesia, escuchásemos con plena docilidad las solicitudes de la Virgen Santísima, seríamos mucho más fuertes para aplastar con Ella la cabeza de la serpiente infernal.
Nosotros creemos y confiamos en que la Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires y Nuestra Señora del Apocalipsis, nos rodea con una ternura tanto más fuerte, tanto más atenta, cuanto más y más seamos hostigados por los enemigos.
Que estas reflexiones sobre la historia humana en presencia de Jesucristo, que es el Soberano Señor de ella, nos persuadan de que somos amados y custodiados por Dios.
Que, a través de todas las contingencias de la vida y todas las vicisitudes del mundo, nos sea dado el ser vencedores en Jesucristo por su Cruz, junto a su Santísima Madre.
El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.
El que tenga oídos, que oiga.

