P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo Jesús se encaminó a una ciudad llamada Naím; iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre de pueblo. Al llegar a la puerta de la ciudad, he ahí que era llevado fuera un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda, y venía con ella mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, movido de misericordia hacia ella, le dijo: No llores. Y se acercó y tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo: Muchacho, Yo te digo: ¡Levántate! Y el que había estado muerto se incorporó y se puso a hablar. Y lo devolvió a la madre. Por lo cual todos quedaron poseídos de temor, y glorificaron a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo.

Nos encontramos en el Domingo Decimoquinto de Pentecostés. En estas dos primeras semanas de septiembre, la Santa Iglesia nos hace recitar y meditar en el Breviario el Libro del Justo Job.

Me parece apropiado compartir con vosotros las lecciones que podemos sacar de esta lectura, la cual recomiendo vivamente, así como la de los comentarios que de este Santo Libro hicieron San Gregorio Magno y Fray Luis de León, de quienes tomo prácticamente todo el material que os propongo para la meditación de esta semana. Lo que cito nominalmente es del Santo Doctor, el resto es del religioso agustino español de la escuela salmantina.

Job, natural de Hus, provincia vecina a Idumea y Arabia, vivía entre gente pagana. Gran siervo de Dios, para mayor bien suyo y para ejemplo de virtud a los venideros, es entregado por Dios al demonio, a petición de éste, para que le tiente y azote. Le quita la hacienda, le mata los hijos, le llaga fea y cruelmente y le trae tanto desprecio que su misma mujer lo humilla y le incita a que se suicide.

Comenta San Gregorio Magno:

“Viviendo santamente, todos los elegidos que precedieron al Redentor, prometieron su venida profetizándola con sus palabras y acciones. Por eso fue necesario que también el Santo Job, que anunció la Encarnación, representara con su comportamiento a Aquel que proclamaba con su voz, manifestando los sufrimientos que había de padecer, y predijera así los misterios de su Pasión con tanta más exactitud cuanto no los profetizaba únicamente de palabra sino padeciéndolos.

El Santo Job es tipo del Redentor que había de venir, lo cual demuestra también su propio nombre, pues Job significa «doliente».

Su dolor representa tanto la pasión del Mediador como los trabajos de la Santa Iglesia, atormentada por las múltiples tribulaciones de la vida presente.

Su mujer, que le provocaba para que maldijese, representa la vida de los carnales, esos que estando dentro de la Santa Iglesia siguen una conducta perdida, incordiando duramente con su vida a los buenos, a los que están unidos por la fe. Al ser cristianos, los demás fieles no pueden evitar su trato y los soportan tanto más penosamente cuanto se encuentran en medio de ellos.

Sus amigos, que sólo con su forma de deliberar ya atacan, son figura de los herejes; quienes aparentando deliberar no hacen más que ejercitar el arte del engaño. Por eso hablan al Santo Job como si lo hicieran en nombre del Señor, no recibiendo sin embargo su aprobación; porque los herejes pretenden defender a Dios y no hacen más que ofenderle”.

+++

Estando, pues, Job lleno de miseria y armado de paciencia, sentado en un muladar, le visitan cuatro hombres importantes y sabios, y grandes amigos; con los cuales, después de un largo silencio, se traba un reñido razonamiento, en el cual muchas veces parece que Job y sus amigos dicen lo mismo, siendo los intentos contrarios.

Job, lamentándose, dio a entender que padecía sin culpa. Sus amigos, ofendidos, porfían que se engaña y que es pecador; y pretenden probarlo de este modo:

Dios es justo; por lo tanto, castiga en esta vida con miserables sucesos sólo a los pecadores.

Ahora bien, tú eres castigado por Dios.

Luego, eres pecador.

Sobre este argumento, se concentra o gira todo lo que dicen los tres primeros amigos de Job. Y en lo que más se detienen es en probar la justicia de Dios, que es lo más cierto y lo menos necesitado de prueba. Mas insisten en ello porque, a su parecer, lo demás nace de allí por fuerza de consecuencia.

Y lo prueban demostrando por diversas maneras que Dios es bueno, sabio y poderoso; puesto que el ser injusto viene, o de saber poco, o de poder menos, o desear mal inclinado. En efecto, las fuentes de todo lo malo son la flaqueza, la ignorancia o la malicia.

Comenta San Gregorio Magno:

“Sus amigos se comportan conforme a sus nombres.

Elifaz, en latín, significa «desprecio de Dios» ¿Qué hacen los herejes sino despreciar en su orgullo a Dios por medio de sus falsedades?

Bildad significa «sólo vejez», pues los herejes, en las cosas que dicen de Dios, movidos no por una recta intención sino por el deseo de gloria temporal, anhelan ser tenidos por predicadores, recibiendo el nombre de «sólo vejez». Se ponen a hablar empujados no por el celo del hombre nuevo, sino por la perversidad de la vida vieja.

Sofar significa en latín «destrucción de la atalaya», o bien «el que destruye al vigía». La mente de los fieles se eleva a la contemplación de los misterios celestes, pero los herejes, como desean pervertir a los que contemplan las palabras verdaderas, se esfuerzan en destruir la atalaya desde la que se contempla.

En los tres nombres de los amigos de Job vemos, por tanto, tres motivos de perdición para las mentes heréticas. Si no despreciaran a Dios, no dirían de Él cosas absurdas; si no tuvieran un corazón envejecido, no se equivocarían al entender la vida nueva; si no destruyeran la atalaya de los buenos, no recibirían del juicio celeste un reproche tan severo a sus palabras culpables. Despreciando a Dios se mantienen en la vejez; y, manteniéndose en la vejez, siguen dañando con sus despreciables palabras la contemplación de los hombres rectos”.

+++

A todo esto responde Job, confesando la justicia de Dios; y no sólo la confiesa, más también él la prueba y se extiende en decir maravillas de este divino atributo.

Pero les niega a sus amigos lo que ellos concluyen; y persevera en defender su inocencia; y les prueba que no son pecadores todos los que Dios castiga en esta vida.

En resumen, afirma dos cosas:

1ª) No siempre castiga Dios en esta vida a los pecadores, ni son pecadores todos los que Dios en ella aflige.

2ª) Yo no he pecado de manera que merezca el mal que padezco.

Pero cuando afirma esto, aguzado por el dolor y la porfía de los que sin razón le condenan, alguna vez parece que se excede en las palabras, volviéndose a Dios y pidiéndole que se ponga con él a juicio y averigüe la causa de este azote.

+++

Por lo cual, por último sale Eliú, el cuarto de los amigos; y no aprobando las razones de los primeros, condena a Job por una nueva razón, diciendo que, a lo menos, peca en ponerse a juicio con Dios.

Y así lo que pretende probar, no es que fue pecador, sino que se debe sujetar a Dios, y callar y tener por bueno lo que Dios hace.

Y lo prueba de este modo:

Las obras de Dios, y lo que Dios pretende en lo que hace, no lo puede saber el hombre.

Luego, debe con paciencia juzgar bien de lo que hace Dios, y no pedirle razón de ello.

La primera de estas dos cosas, de la cual la segunda necesariamente se sigue, pudo Eliú probarla con ejemplos palpables de las cosas que Dios hace, y no las entendemos los hombres.

Mas no la prueba por esta vía, antes bien, multiplicando razones impertinentes, la oscurece y confunde.

Y de este modo, Eliú, si bien no erró en lo principal de su intento y en lo que probar pretendía, erró en no acertar a probarlo.

Comenta San Gregorio Magno:

“Elihú, que habla con sentido común pero que acaba pronunciando necias palabras de orgullo, representa a cualquier persona arrogante.

Hay muchos dentro de la Santa Iglesia que desdeñan expresar correctamente las verdades que saben.

Por eso recibe el reproche divino y no se ofrece por él ningún sacrificio, ya que, aunque su fe es correcta, él es arrogante. Por la rectitud de su fe está dentro de la Iglesia; por la hinchazón de su vanidad es inaceptable. De ahí que reciba el reproche y no ofrezca ningún sacrificio, ya que la fe que profesa es la que debe tener, mas la justicia celeste le reprocha con su increpación tantas palabras superficiales.

Elihú significa en latín «este es mi Dios», o bien «Señor Dios». Dentro de la Iglesia los hombres arrogantes, aunque viven alejados de Dios por su orgullo, profesan la fe verdadera en Él.

+++

Finalmente, Dios se descubre, y lo primero que hace es reprender a Eliú de que no supo probar una cosa tan clara como es no penetrar el hombre las obras y los juicios de Dios.

Lo segundo que hace, vuelto a Job, le prueba, con razones claras, lo que confundía Eliú, es decir, persuade a Job de que tenga por bueno lo que hace con él y de que no quiera saber por qué causa lo hace, ni le pida cuenta o razón.

Y arguye como argüía Eliú:

El hombre no puede alcanzar las obras de Dios ni sus fines.

Luego debe con paciencia juzgar bien de lo que hace Dios, y no pedirle cuenta.

Job reconoce su exceso y se humilla.

Dios, que sabía su sencillez y bondad, y que había defendido con verdad su inocencia, no se enoja con él.

Pero sí se enoja con sus tres amigos, porque hablaron mal en tres cosas:

1ª) que imputaron a Job que era pecador;

2ª) que afirmaron que Dios no azota aquí sino solamente a los malos;

3ª) que de estos dos errores quisieron sacar defensa de la justicia divina, como si Dios no pudiera quedar por justo si quedaba Job por bueno, o si no se valiera de apoyos tan flacos y tan falsos.

Les dice que han afligido sin causa a su amigo, y les manda que se le humillen y le pidan perdón y que ruegue por ellos.

Así lo hacen, y Dios sana a Job y le restituye a su primer estado, con mayor prosperidad que al principio.

+++

Comenta San Gregorio Magno:

“Rectamente Job, tras la pérdida de sus bienes, tras la muerte de sus hijos, tras el tormento de las heridas, tras los enfrentamientos verbales, recibe el doble como recompensa, porque la Santa Iglesia, ya incluso en esta vida, en virtud de los trabajos que soporta, recibirá como premio el doble, una vez que los gentiles sean acogidos en su totalidad y que los corazones de los judíos se conviertan hacia ella, al final del mundo. De ahí que esté escrito: Cuando entre la plenitud de los gentiles, entonces también todo Israel se salvará.

Recibirá el doble también en lo sucesivo, porque acabado el trabajo del tiempo presente, alcanzará no sólo la alegría del alma sino también la bienaventuranza del cuerpo.

Los Santos poseen el doble en la tierra de los vivos porque gozan a la vez de la bienaventuranza del alma y del cuerpo”.

+++

Es muy interesante el comentario de San Gregorio Magno respecto de la tentación en sí misma:

“Sigamos, ahora, el mismo orden de su tentación: El enemigo, enfureciéndose y esforzándose en doblegar el valentísimo pecho de este santo varón, apuntó contra él todas las armas de la tentación.

Le despojó de sus bienes, hizo morir a sus hijos, golpeó su cuerpo, instigó a su mujer, hizo que sus amigos acudieran a consolarlo, induciéndoles luego a una áspera reprensión, reservando en el último y más cruel ataque al amigo que más duramente le reprendió.

¡Ved cuántas fueron las armas de la tentación que el enemigo enfurecido empleó para herir tan invencible fortaleza! Mas en medio de tantos ataques su mente permaneció imperturbable, intacta la ciudad.

El enemigo, cuando ataca de frente, procura enviar ocultamente algunas tropas que ataquen el flanco de su adversario con mayor libertad, ya que aquellos contra los que lucha esperan que su enemigo venga de cara. Así Job, engarzado en este bélico combate, sufrió las pérdidas como si fueran los ataques frontales del enemigo, y padeció las palabras de consuelo como si un embate lateral se tratara.

Entre tanto ataque, cubierto con el escudo de su entereza, supo protegerse por todos lados y se defendió con diligencia de las espadas que le asediaban por doquier.

Calladamente desdeñó los bienes que había perdido; serenamente sufrió la muerte corporal de sus hijos; soportó con paciencia las embestidas contra su propia carne; supo dar lecciones a su mujer que equivocada y carnalmente le aconsejaba.

Aparecieron además los amigos con sus ásperas correcciones: llegados para calmar su dolor, lo acrecentaron.

Por eso, todas las maquinaciones de las tentaciones se convirtieron para este santo varón en aumento de virtudes. Con las heridas se probó su paciencia; con las palabras de reproche se ejercitó su sabiduría.

En todos los frentes mostró su fortaleza, pues venció los ataques con su vigor y las palabras con su razón.

Los amigos que acudieron para consolarlo pero que se excedieron con sus palabras de increpación, merecen ser juzgados culpables más por su ignorancia que por su maldad. No se puede creer, en efecto, que un hombre tal tuviera amigos malvados. A pesar de todo, son culpables porque no supieron distinguir la causa de sus sufrimientos”.

+++

Tenemos, entonces que Job, en el capítulo primero, alaba y bendice a Dios en el infortunio como lo hacía en el tiempo de la prosperidad.

En el capítulo segundo, con ánimo varonil y paciente, reprende a su mujer que le invita a desesperar.

Luego, en el capítulo tercero, el que más nos interesa para el tema que nos ocupa, después de siete días rompe el silencio y maldice el día en que nació y su suerte dura y adversa.

No hace esto por desesperación ni por impaciencia, sino por aborrecimiento de los trabajos de la vida y de su condición miserable, sujeta por el pecado original a tan desastrados reveses.

De este modo dice que es mejor el morir que el vivir, y que la suerte de los muertos es más descansada que la de los vivos.

Hay quienes se esfuerzan aquí en dorar estas maldiciones de Job y excusarlas de culpa, porque les parece que maldecir uno su nacimiento, en la manera que aquí Job le maldice, es señal de ánimo impaciente y desesperado. Por eso violentan lo que dice y lo tuercen.

Los que se asombran de las palabras de Job y le buscan salida, nunca experimentaron lo que en la adversidad se siente, ni lo que duele el sufrimiento.

No se contrapone con la paciencia que el que está en la desventura y herido sienta lo que le duele, y publique con palabras y gestos lo que siente.

Ni tampoco es ajeno al buen sufrimiento que el que padece desee: o no haber llegado al mal que tiene, o salir de él pronto.

Esto es todo lo que dijo Job aquí.

Si deseaba no haber nacido para mal semejante: ¿qué razón nos obliga a elegir la vida, si ha de ser para pasarla en la miseria?

Y, si el que padece algún mal grave, puede, sin exceder la paciencia, pedir a Dios, si es servido, que le acabe el dolor con la vida, también podrá desear, sin traspasar la razón, que, si fuera posible, se la cortaran de antemano.

Jesucristo, ejemplo de perfecta paciencia, aunque en los males que padeció calló siempre, en lo último de ellos al fin se queja; y con voz dolorosa y grande, vuelto a su Padre lo dijo: «Padre, si es posible pase de Mi este cáliz», «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?».

En lo cual mostró que no es impaciencia el quejarse, y que es de hombres el sentir el dolor y el lamentarse de lo que le duele.

Porque el sufrimiento no está en no sentir, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios.

La impaciencia en los males es cuando uno:

o se desespera por librarse de ellos,

o se molesta con Dios, que los causa o permite,

o concibe odio contra los hombres con quienes Dios castiga,

o tiene rabia de venganza,

o maltrata a los demás con palabras u obras.

En un hombre tan sentido, tan acosado por todas partes y tan nada favorecido por ninguna, como lo es Job aquí, es prueba cierta de su gran virtud que no desespere y que desee no haber venido a tal punto, muriendo antes, o, por manera de exceso, nunca haber nacido.

El resto de lo que dice Job se puede entender bajo la condición de que su imaginación le hacía suponer que Dios le desamparaba y le tenía ordenado al infierno; porque en tal caso era mejor preferir el limbo, adonde hubiese ido de haber muerto en el vientre de su madre, que el infierno, a donde sospechaba iría a terminar.

+++

Concluyamos con San Gregorio Magno:

“Se narra la aflicción del Santo Job, aunque no se dice cuánto duró su dolor, ya que la tribulación de la Iglesia se puede percibir en esta vida, pero se ignora cuánto tiempo debe ser triturada y desgarrada. De ahí que se diga por boca de la Verdad: No os corresponde a vosotros conocer los tiempos o los momentos que el Padre ha reservado en su poder.

De la narración de la pasión del Santo Job aprendemos que conocemos aquello que experimentamos.

Del silencio sobre la duración de su pasión aprendemos que hay cosas que debemos seguir ignorando”.

Roguemos, pues, al Justo Job para que nos alcance, por la intercesión de la Santísima Virgen María, fortaleza y paciencia en las adversidades materiales y espirituales de esta vida, en este valle de lágrimas, para que alcancemos los bienes eternos.