PADRE LEONARDO CASTELLANI: EXÉGETA Y PREDICADOR

Conservando los restos

DOMINGO QUINTO DE PASCUA

Final del capítulo XVI de San Juan, el Sermón de Despedida, que continúa inmediatamente al evangelio de “Un poquito me veréis…”, leído el Domingo tercero de Pascua. Después de él sigue en el capítulo XVII lo que llaman la Oración Sacerdotal de Cristo.

El lugar donde se verificó este Testamento-Plegaria es ciertamente desde el Cenáculo al Monte de los Olivos.

Muchos piensan que la Oración Sacerdotal tuvo lugar en el Huerto, y la Parábola de la Vid y los Sarmientos en el camino, a la par de las vides ralas que iban dejando atrás.

A nosotros nos parece más probable que todo este largo Coloquio tuvo lugar en el Cenáculo, a pesar de que en medio de él se lee esta frase: “Pero para que conozca el mundo que amo a mi Padre… levantaos, vamos de aquí.”

Como ya vimos, Cristo terminó su despedida con la Promesa de la Oración Eficaz; y con ella comienza el evangelio de hoy.

Después de decirles: “Lo que pediréis a mi Padre en mi nombre, os lo dará; hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre”, Cristo insiste más encarecidamente, les ruega que rueguen; y les dice que “el Padre los ama, que no hay ni siquiera necesidad ahora de que Él interceda por ellos”.

Son las características de la oración de los perfectos; cuando ya están perdonados los pecados.

¿Cómo se abrevió Cristo a prometer que todo lo que pidiésemos en su nombre nos sería concedido? No tiene gracia; porque Él sabe que le pediremos, movidos por el Espíritu, lo mismo que Él quiere darnos mucho más que nosotros recibirlo.

Así que el temor de los impíos, que dicen que, si esto fuera verdad, el mundo se descompondría todo, es vano.

Cristo quiere en definitiva salvarnos; es decir, darnos un Bien que contiene todos los bienes. No hay nada que sea un verdadero bien, nada que podamos rectamente desear que no esté de alguna manera, tarde o temprano, contenido en el Bien Supremo; ni las riquezas, ni la salud ni la alegría.

Pero el que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros; y por medio de la oración, nosotros nos incorporamos al gran movimiento creador, conservador y salvador de la Providencia. Si Dios quiere, tendrás buena cosecha, y si siembras. Como me decía la vieja andaluza: “Si estás melito, paré llamar al méico, y eso depende de ti; pero el méico paré errar la cura, y eso depende de Dios.”

Pero una voz se levanta insidiosamente dentro de nosotros que dice: “A veces uno pide y pide y no obtiene lo que pide”. ¿A veces? Casi siempre…

Es un error. La oración verdadera, obra en el alma infaliblemente, disponiéndola por lo menos a los dones que pide, si no está dispuesta; y a veces concediéndoselos invisiblemente.

El ejemplo máximo es la Oración en el Huerto que va a seguir a esta promesa: “Padre, yo te pido que pase de mí este horrible cáliz de dolores si es posible y si puede hacerse; pero no se haga como yo quiero sino como Tú quieres.”

La voluntad de Cristo superficial fue rechazada; pero su voluntad profunda era de padecer y morir por nosotros: “Para que conozca el mundo que amo a mi Padre y lo que Él quiere hago, levantaos, vamos…”, adónde Él sabía le esperaba la Pasión.

El cáliz pasó con la Resurrección. Cuando habla resucitado con los Apóstoles, ni se acuerda más de la Crucifixión, a no ser como de un motivo de alegría.

Tomemos un ejemplo actual. El filósofo danés Kirkegor pidió toda su vida a Dios que le sacase lo que él llama, con una frase de San Pablo, el “aguijón” o “la espina en la carne”.

¿Qué fue eso? Él no lo dijo, antes trató de ocultarlo cuidadosamente. Muy probablemente fue su melancolía. La melancolía de Kirkegor fue una cosa tremenda, que le agarraba cuerpo y alma, le creaba toda clase de dificultades, le ocasionó grandes desdichas, hizo de él un hombre aislado y separado, una “Excepción”, e incluso lo ponía en peligro de perder la fe y desesperar: era una tentación perpetua y como una verdadera maldición.

Hasta el fin de su vida –murió hace un siglo, en 1855– él pidió y esperó de Dios que lo curara. Todavía en 1852 escribe en su Diario: “Cristo me curará de mi melancolía y podré ser párroco.” Pero en 1853 escribe:

Mi oración. Hubo un tiempo –era tan natural, yo era tan niño– en que yo creía que el amor de Dios se expresaba en esto, que Él enviaba dones terrenos, Felicidad, Suceso. ¡Cómo era mi alma atrevida en deseos, en exigencias!; sí, porque yo pensaba: a un Todopoderoso no debe el hombre achicarlo: todo, aun lo más atrevido, debo osar pedir, exceptuando solamente una cosa, la liberación de un profundo mal, que he sufrido desde mis primeros tiempos; pero que me parecía pertenecía a mi relación con Dios [Gottesverharltnis]. Pero en todo lo demás, aun lo más atrevido hubiera osado pedir. Y cuando todo lo demás –porque este mal era lo Excepcional– hubiera sucedido, ¡cómo era mi alma rica en reconocimiento, en acción de gracias!; porque esto era firme en mí, que el amor de Dios se expresa enviando dones terrenos. Ahora es diferente. ¿Cómo sucedió? Muy simplemente, pero poco a poco. Paulatinamente fui hecho más y más atento a esto: que todos aquellos a quienes realmente Dios amó, todos los Modelos, han debido sufrir en este mundo. Más aún, que ésta es la enseñanza del Cristianismo: ser amado de Dios y amar a Dios es sufrir…

Sufrir para superar el sufrimiento, se entiende; puesto que no hay otra manera de vencerlo que digerirlo.

Al fin de su vida Kirkegor vio que ese sufrimiento era la condición de su obra; y que su obra genial era un grandísimo don divino; la cual no es otra cosa que una continuada oración, como nota el gran crítico Theodor Haecker. “Kierkegaard war ein grosser unaufhocrlicher Beter… Meine Genialitaet ist mein Beten” (“Kirkegor fue un gran incesante Orante. Su genialidad es su oración.”) Puesto que como dijo Cristo al final de este evangelio: “En el mundo tendréis apretura; pero sed animosos, yo he vencido al mundo.”

Cuando terminó la despedida de Cristo interrumpieron los Apóstoles; y la interrupción es un poco graciosa. Cinco veces interrumpieron los Apóstoles este coloquio, y las interrupciones muestran cómo estaban los pobres de boleados y abatatados. San Pedro fue el primero, naturalmente:

–Señor ¿adónde vas a ir?

–Donde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás después.

–¿Por qué no? Yo te sigo adonde sea, aunque sea a la muerte…

Después Tomás Dídymo:

–Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?

–Tomás, yo soy el Camino.

Después Felipe:

–Señor, haz que veamos al Padre, y ya no pedimos nada más.

–Felipe, el que me ve a mí, ve también al Padre.

Después Judas el otro, no el Iscariote:

–Señor, ¿qué diablo es esto, que a nosotros te vas a manifestar y al mundo no?

Por último, al final del coloquio, los que vieron la promesa de la Oración Eficaz, que todo lo que ellos pidieran sería hecho, todos alborozados salieron con una ingenua pata de gallo:

–Ahora sí que hablas claro y no dices ningún proverbio. Ahora sí conocemos que sabes todo y no hay necesidad de preguntarte: por esto creemos que has venido de Dios…

Cristo respondió rápidamente:

–¿Ahora creéis? ¡Era hora! He aquí que viene la hora y ya ha venido, que vais a disparar todos, cada uno a su casa, y me dejaréis solo…

Y para aliviar este golpe seco, añadió en seguida:

–No solo; mi Padre está conmigo. Todo esto he dicho para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis apretura, pero yo he vencido al mundo.