EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Para convertirse y salvarse

PRESENTACIÓN

A lo largo de toda su experiencia cristiana y de la vida sacerdotal de San Luis María Grignon de Montfort, el Rosario fue un elemento fundamental para su santificación personal y su apostolado misionero.

La gente de su tiempo le llamaba cariñosamente el Padre del gran Rosario, y uno de los títulos con que ha sido glorificado en el mundo entero es el de Apóstol y Gran Predicador de la Cruz y del Rosario.

En sus actividades misioneras, dedicadas preferencialmente a los pobres y sencillos del campo, para “renovar el espíritu del cristianismo entre los cristianos”, San Luis buscaba una forma de conseguir la perfección, y descubre que “todo se reduce a encontrar un medio sencillo para alcanzar de Dios la gracia necesaria para hacernos santos. Y para encontrar la gracia hay que encontrar a María” (Secreto de María 6).

Ese medio maravilloso y sencillo es el Rosario, que practicó y difundió en todas sus misiones: “He podido constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di misiones: unas por haber abandonado la práctica del Rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, por haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y progresaron día a día en la virtud” (Secreto Admirable del Santísimo Rosario 113. De ahora en más SAR).

A sus misioneros también les pide que establezcan con todas sus fuerzas la maravillosa devoción del Rosario como camino de conversión, de santificación y de perseverancia tanto para ellos como para los fieles a cuya evangelización y renovación cristiana son enviados. “Este es uno de los mejores secretos venidos del cielo para irrigar los corazones con celestial rocío y hacer que produzcan los frutos de la Palabra de Dios, como lo demuestra la experiencia cotidiana” (Regla Misiones 57).

Los primeros números del opúsculo que San Luis organizó para servicio de la misión y renovación de la vida cristiana, revelan los destinatarios a quienes estaba dedicado: los sacerdotes, los pecadores, las personas místicas o de vida espiritual más avanzada, y los niños.

Todos pueden aprovechar este admirable secreto de santidad. Niños son todos los que comienzan a recitar el Rosario. Cuando habla de los pecadores, Luis María se considera el más grande de ellos. Al interrogante de que el Rosario pudiese retardar el vuelo de las personas místicas, responde: “Si llegas a consultar a ciertas personas de oración, dado que no conocen por experiencia personal las excelencias del Rosario, no sólo no lo aconsejarán a nadie, sino que alejarán de él a los demás, invitándolos para que se dediquen a la contemplación, como si el Rosario y la contemplación fueran incompatibles; y como si tantos Santos que han sido devotos del Rosario no hubieran llegado a la más sublime contemplación” (SAR 149).

Los sacerdotes son quienes mejor pueden promover el Rosario: “Qué felicidad la del sacerdote y director de almas a quien el Espíritu Santo haya revelado este secreto, desconocido de la mayoría de los hombres o sólo conocido superficialmente por ellos. No nos contentemos pues, queridos hermanos, con recomendar a los demás el rezo del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros mismos” (SAR 1-2).

Para motivar a sus lectores, San Luis presenta el origen maravilloso de esta devoción mariana y lo ilustra con milagros y acontecimientos admirables de su historia y desarrollo. Aduce numerosos textos de la Sagrada Escritura y de muy probados autores de su tiempo, entre ellos los dominicos Alain de La Roche y Antonino Thomas, en cuyo Rosal Místico se inspiró ampliamente San Luis María.

Sin embargo, la fuerza inspiradora del Secreto Admirable del Santísimo Rosario pasa toda a través de la experiencia que San Luis mismo vivió en la práctica personal de ese secreto de santidad y por el contacto con las personas en las cuales suscitó tan maravillosa forma de piedad.

Su testimonio sobre el valor misionero y la eficacia pastoral del Rosario es claro y explícito: “Aprendí, por experiencia personal, la eficacia de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas realizada durante la misión. Por consejo mío, adquirieron la costumbre de rezar diariamente el Rosario, y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios” (SAR 113).

Sin considerar el Rosario como una práctica obligada de devoción, San Luis María ayuda al cristiano a descubrir el significado y los valores del mismo, de manera que se vea animado a experimentarlo personalmente. Un elemento facilitador son los diversos métodos de rezar el Rosario: cinco propuestos por San Luis.

En las páginas mejor logradas de la obra, San Luis María:

– Presenta el elemento interior del Rosario, es decir, la meditación de los misterios de la redención, sin la cual el Rosario sería un cuerpo sin alma (SAR 61);

– Describe las objeciones comúnmente formuladas en contra del rezo del Rosario (SAR 148);

– Resalta el carácter comunitario de esta oración: SAR 131- 132;

– Ofrece el comentario espiritual del Padre Nuestro y del Ave María (SAR 39-40; 67-58);

– Propone las disposiciones interiores indispensables para que el Rosario sea una auténtica oración (SAR 116-126).

DEDICATORIA DEL AUTOR

Rosa Blanca

A los sacerdotes

1) Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio, permitidme que os presente la Rosa Blanca de este librito para introducir en vuestro corazón y en vuestra boca las verdades que en él se exponen sencillamente y sin aparato.

En vuestro corazón, para que vosotros mismos emprendáis la práctica santa del Rosario y gustéis sus frutos.

En vuestra boca para que prediquéis a los demás la excelencia de esta santa práctica y los convirtáis por este medio.

Guardaos, si no lo lleváis a mal, de mirar esta práctica como insignificante y de escasas consecuencias, como hace el vulgo y aun muchos sabios orgullosos; es verdaderamente grande, sublime, divina.

El cielo es quien os la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y los herejes más obstinados. Dios ha vinculado a ella la gracia en esta vida y la gloria en la otra. Los santos la han ejercitado y los Soberanos Pontífices la han autorizado.

¡Oh, cuán feliz es el sacerdote y director de almas a quien el Espíritu Santo ha revelado este secreto, desconocido de la mayor parte de los hombres o sólo conocido superficialmente! Si logra su conocimiento práctico, lo recitará todos los días y lo hará recitar a los otros. Dios y su Santísima Madre derramarán copiosamente la gracia en su alma para que sea instrumento de su gloria; y producirá más fruto con su palabra, aunque sencilla, en un mes que los demás predicadores en muchos años.

2) No nos contentemos, pues, mis queridos compañeros, en aconsejarlo a los demás: es necesario que lo practiquemos. Bien podremos estar convencidos de la excelencia del Santo Rosario, mas si no lo practicamos, poco empeño se tomará quien nos oiga en cumplir lo que aconsejamos, porque nadie da lo que no tiene «Coepit Jesus facere et docere» (Hech., I, 1). Imitemos a Jesucristo, que comenzó por hacer aquello que enseñaba.

Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba más que a Jesucristo crucificado: y eso es lo que haréis al predicar el Santo Rosario, que, según más abajo veréis, no es sólo un compuesto de Padrenuestros y Avemarías, sino un divino compendio de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.

Si creyera yo que la experiencia que Dios me ha dado de la eficacia de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas os pudiera determinar a predicarlo, a pesar de la moda contraria de los predicadores, os diría las conversiones maravillosas que he visto venir con la predicación del Santo Rosario; pero me contentaré con relatar en este compendio algunas historias antiguas y bien probadas. Y solamente en servicio vuestro he insertado también algunos textos latinos de buenos autores que prueban lo que explico al pueblo en francés.

Rosa Encarnada

A los pecadores

3) A vosotros, pobres pecadores y pecadoras, un pecador mayor todavía os ofrece esta Rosa Enrojecida con la Sangre de Jesucristo, para haceros florecer y para salvaros.

Los impíos y los pecadores impenitentes claman todos los días: «Coronemus nos rosis»: Coronémonos de rosas (Sab II, 8).

Cantemos también nosotros, coronémonos con las rosas del Santo Rosario.

¡Ah, qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Son las rosas de ellos sus placeres carnales, sus vanos honores y sus riquezas perecederas, que muy pronto se marchitarán y perecerán; mas las nuestras (nuestros Padrenuestros y Avemarías bien dichos, junto con nuestras obras de penitencia) no se marchitarán ni pasarán jamás y su resplandor brillará de aquí a cien mil años como al presente.

Las pretendidas rosas de ellos no tienen sino la apariencia de tales, en realidad no son otra cosa que espinas punzantes durante la vida por los remordimientos de conciencia, que los atormentarán en la hora de la muerte (con el arrepentimiento) y los quemarán durante toda la eternidad, por la rabia y la desesperación.

Si nuestras rosas tienen espinas, son espinas de Jesucristo, que Él convierte en rosas. Si punzan nuestras espinas, es sólo por algún tiempo; no punzan sino para curarnos del pecado y salvarnos.

4) Coronémonos a porfía de estas rosas del paraíso recitando diariamente el Rosario; es decir tres Rosarios de cinco decenas cada uno o tres ramos de flores o coronas:

1) para honrar las tres coronas de Jesús y de María, la corona de gracia de Jesús en su encarnación, su corona de espinas en su pasión y su corona de gloria en el cielo, y la triple corona que María recibió en el cielo de la Santísima Trinidad;

2) para recibir de Jesús y de María tres coronas, la primera de mérito durante la vida, la segunda de paz a la hora de la muerte, y la tercera de gloria en el paraíso.

Si sois fieles en rezarle devotamente hasta la muerte, a pesar de la enormidad de vuestros pecados, creedme: «Percipietis coronam immarcescibilem», recibiréis una corona de gloria que no se marchitará jamás (I Pe., V, 4).

Aun cuando os hallaseis en el borde del abismo, o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo, aun cuando fueseis unos herejes endurecidos y obstinados como demonios, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados.

Ya veréis en esta obra muchas historias de grandes pecadores convertidos por virtud del Santo Rosario. Leedlas para meditarlas.

Dios sólo.

Rosal Místico

A las almas devotas

5) No llevaréis a mal, almas devotas, alumbradas por el Espíritu Santo, que os dé un pequeño Rosal Místico, bajado del cielo para ser plantado en el jardín de vuestra alma: en nada perjudicará las flores odoríferas de vuestra contemplación.

Es muy oloroso y enteramente divino, no destruirá en lo más mínimo el orden de vuestro jardín; es muy puro, bien ordenado y lo conduce todo al orden y a la pureza; crece hasta una altura tan prodigiosa, adquiere una tan vasta extensión, si se le riega y cultiva como conviene todos los días, que no sólo no estorba, antes conserva y perfecciona todas las restantes devociones.

Vosotros que sois espirituales me comprendéis bien; este Rosal es Jesús y María en la vida, en la muerte y en la eternidad.

6) Las hojas verdes de este Rosal Místico representan los misterios gozosos de Jesús y de María; las espinas, los dolorosos; y las flores, los gloriosos; los capullos son la infancia de Jesús y de María; las rosas entreabiertas representan a Jesús y a María en los sufrimientos; las abiertas del todo muestran a Jesús y a María en su gloria y en su triunfo.

La rosa alegra con su hermosura: Ved aquí a Jesús y María en sus misterios gozosos, pica con sus espinas; ved aquí a Jesús y María en sus misterios dolorosos; regocija con la suavidad de su aroma: vedlos, en fin, en sus misterios gloriosos.

No despreciéis, pues, mi planta excelente y divina: plantadla en vuestra alma, adoptando la resolución de rezar el Rosario. Cultivadla y regadla rezando fielmente todos los días y haciendo buenas obras, y veréis cómo este grano que parecía tan pequeño llegará a ser con el tiempo un árbol grande, donde las almas predestinadas y elevadas a la contemplación harán sus nidos y morada para guardarse a la sombra de sus hojas de los ardores del sol, para preservarse en su altura de las bestias feroces de la tierra y para ser, en fin, delicadamente alimentadas con su fruto, que no es otro que el adorable Jesús, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Dios sólo.

Capullo de Rosa

A los niños

7) A vosotros, amiguitos míos, os ofrezco un hermoso Capullo de Rosa; es el granito de vuestro Rosario, que os parecerá tan insignificante. Mas ¡oh, qué precioso es ese granito! ¡Qué admirable es ese capullo! ¡Cómo se desarrollará, si rezáis devotamente vuestra Avemaría!

Mucho sería pediros que rezarais el Rosario todos los días; rezad por lo menos diariamente un tercio del Rosario con devoción, y será una linda corona de rosas que colocaréis en las sienes de Jesús y de María. Creedme; y escuchad una hermosa historia, y no la olvidéis.

8) Dos niñas, hermanitas, estaban a la puerta de su casa rezando devotamente el Santo Rosario. Aparéceseles una hermosa Señora, la cual se aproxima a la más pequeña, que tenía de seis a siete años, la toma de la mano y se la lleva. Su hermana mayor la busca llena de turbación y, desesperada de poder encontrarla, vuelve a su casa llorando. El padre y la madre la buscan tres días sin encontrarla. Pasado este tiempo, la encuentran a la puerta con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene y contesta que la Señora a quien rezaba el Rosario la había llevado a un lugar muy hermoso y le había dado a comer cosas muy buenas y había colocado en sus brazos a un Niño bellísimo. El padre y la madre, recién convertidos a la fe, llamaron al Padre Jesuita que los había instruido en ella y en la devoción del Rosario y le contaron lo que había ocurrido. De sus propios labios lo hemos sabido nosotros. Aconteció en el Paraguay.

Imitad, amados niños, a estas dos fervorosas niñas; rezad todos los días, como ellas, el Rosario, y mereceréis así ver a Jesús y a María, si no en esta vida, después de la muerte, durante la eternidad. Amén.

Sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden día y noche con el Santo Rosario a Jesús y a María.

«Salutate Mariam, quae multum laboravit in vobis» (Saluden a María, que ha trabajado mucho en ustedes. Saludo dirigido por San Pablo a una cristiana romana, y aplicado por San Luis María a la Santísima Virgen; cfr. Rom., XVI, 6).