PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

RESUMIENDO

Lejos de nosotros están aquellos tiempos, llenos de fe y de encendida piedad, en que en muchas regiones de Europa existía una santa y piadosa costumbre, que hoy día, como tantas otras cosas buenas, ha desaparecido por completo.

Cuando las obscuras tinieblas de la noche se hacían cada vez más densas sobre la tierra, y, apagado el ruido y tráfago del día, un religioso y profundo silencio envolvía a hombres y cosas, se oía de repente elevarse hasta el cielo un lamentoso grito, que se repetía a cortos intervalos: «¡Acordaos de los pobres muertos! ¡Acordaos de los pobres muertos!»

Eran los llamados heraldos o servidores de los muertos, que, vestidos de túnica negra cubierta de cráneos y de huesos, con el capuchón caído hasta los ojos y los lomos ceñidos por tosca soga, recorrían las plazas y las calles en aquellas horas silenciosas, y agitando con la mano derecha una campanilla y empuñando en la izquierda una antorcha, llamaban a los vivos con su lúgubre lamento, recordándoles a aquéllos que no existían ya.

Y este grito, penetrando piadoso lo mismo en los dorados palacios de los ricos que en la humilde vivienda del pobrecillo, tocaba suavemente sus corazones, de forma que, despertados del sueño y dejado todo otro pensamiento, se recogían por breves instantes y rogaban por los hermanos pasados ya a la eternidad, e imploraban de Dios, Padre misericordioso, la paz y el eterno descanso para sus almas.

¡Acordaos de los pobres muertos! Es cierto que este grito ya no resuena en las avanzadas horas de la noche por las calles y plazas de nuestras ciudades y aldeas, porque ya no son recorridas por los heraldos de los muertos; pero ¿es que por eso ha dejado de oírse en medio de los vivos? ¡Ah, no, que aún al presente, de día y de noche, resuena altamente, y es imposible no oírlo por poco que prestemos atención!

¡Acordaos de los pobres muertos! ¿No es éste, acaso, el grito que, durante las veinticuatro horas del día, en un punto u otro del globo, hace oír la Iglesia desde sus altares, por boca de sus ministros, en el acto mismo en que se realiza el incruento sacrificio?

¡Acordaos de los pobres muertos! ¿No es éste el grito que, al caer la noche, de todos los campanarios, y de las espléndidas basílicas y de las modestas iglesias, hacen resonar las benditas campanas, pordoquiera invitando a los fieles a dedicar un piadoso pensamiento a sus hermanos difuntos?

¡Acordaos de los pobres muertos! ¿No es éste el grito que, suplicante y piadoso, parece brotar de continuo, no tanto de los soberbios mausoleos, cuanto de las modestas sepulturas de los cementerios de nuestras ciudades y pueblos, grito que no llegarán jamás a ahogar ni las coronas de flores, ni los mármoles preciosos, ni los epígrafes altisonantes con que los vivos, fríos y crueles, en vano se esfuerzan por alejar de nosotros su sonido?

¡Acordaos de tos pobres muertos! ¿No es éste, repito, el grito que yo, humilde sacerdote de la Iglesia de Cristo, he intentado hacer oír, en cuanto mis débiles fuerzas lo han permitido, en todo el curso de este mi pobre trabajo sobre Nuestros Difuntos, repitiéndolo a modo de conclusión y como una invitación suprema en la última página de él, destinado a suscitar en el corazón de mis benévolos lectores, no un recuerdo vago, estéril y sentimental solamente, sino más bien un recuerdo sincero, operativo, sobrenatural, continuo y constante?

¡Acordaos de los pobres muertos! ¿No es éste, finalmente, el grito que, especialmente en estos últimos tiempos, en que la compasión hacia los pobres difuntos parece vaya debilitándose, desde lo alto de la roca del Vaticano los Romanos Pontífices hacen oír, para recordar a la Cristiandad sus deberes de caridad, de justicia y de reconocimiento para con aquellos que nos han precedido en la otra vida?

¿No es éste, también, el grito que poco ha, con ocasión de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, el Sumo Pontífice Pío XI hacía resonar en el mundo entero por medio de la lectura de una Encíclica que él dirigía al eminentísimo Cardenal Basilio Pompili, su vicario general?

¡Ah! Es harto noble y sublime la palabra del gran Pontífice, muy insistente y piadoso su llamamiento en favor de los difuntos, para que la dejemos pasar en silencio. Por eso queremos repetirla aquí enteramente, sabiendo que no podríamos coronar nuestra obra con un final más acertado. He aquí, pues, el texto:

Se avecinan los tiempos —tiempos que en el ciclo de las sagradas solemnidades tornan cada año para renovar vigorosamente la piedad en el pueblo cristiano— en que la Iglesia invita a los fieles viandantes a que imiten a sus hermanos ya bienaventurados en el cielo, y contemplen su gloria; y en seguida después recuérdales con los sagrados ritos la memoria de todos aquellos que, habiéndonos precedido con el signo de la fe y durmiendo ya el sueño de la paz, son retenidos todavía lejos de aquella bienaventuranza hasta que se hayan purificado en el fuego del Purgatorio.

En la cual Conmemoración la Iglesia se inspira en aquel dogma tan consolador de la fe católica cual es la Comunión de los Santos. En efecto, los vínculos que tan estrechamente nos ligan a los bienaventurados comprensores y a las almas purgantes, exigen de nosotros que, mientras nos alegramos con los primeros por el triunfo que han obtenido en la patria celeste, e invocamos su valioso patrocinio para sostenernos en la práctica de la vida cristiana, sufraguemos a las segundas con nuestra oración, y especialmente con aquella infinitamente aceptable del sacrificio del Altar.

Lo cual debe ser gratísimo a los mismos bienaventurados, los cuales, nutriéndose de amor perfectísimo, disfrutan viendo aumentarse por medio nuestro el número de los que se unen a ellos en la participación de la felicidad sempiterna, y van a ensalzar la bondad y clemencia de Dios.

Por otra parte, si bien es dificilísimo que las almas bien nacidas puedan despojarse completamente de todo sentimiento de amor a los difuntos, también puede verse que la memoria de éstos va en muchos lentamente debilitándose y casi perdiéndose, o a lo más se manifiesta con demostraciones de honor y de afecto que, aunque laudables en sí mismas, son más propias para consolar a los supervivientes que para aliviar a las pobres almas que se abrasan en el fuego.

Ahora bien, si ninguno de los que ya pasaron a la otra vida puede ser olvidado por Nuestra solícita caridad de Padre Común, en esta Conmemoración de los Difuntos, Nuestro pensamiento corre espontáneamente a aquellos que en gran número perecieron en estos últimos años, debido a la crueldad de la guerra, por heridas o enfermedades producidas por ella, o por efecto de guerras civiles o motines ocurridos después de la tremenda conflagración europea.

Añadamos también que Nuestro pensamiento tanto más intensamente se inclina a éstos cuanto que hay motivos para pensar que, por olvido de los que les fueron más queridos, se hallan ahora privados de todo piadoso socorro y ayuda de oraciones.

Y ¿qué diré de aquellos, acaso muertos en grandísimo número, que desde la cuna privados de todo cariño y sonrisa maternales, desconocidos o extraños a todos, hoy no tienen a nadie que vierta una lágrima sobre sus sepulturas, ni los encomiende a la bondad del Padre que está en los Cielos?

Del mismo modo, por lo tanto, que aquellos que murieron en la paz del Señor, se despojaron de toda pasión o resentimiento de ánimo, y, unidos ya para siempre en la caridad de Cristo, sólo esperan el ser trasladados a aquella gloria que está reservada a los hijos de Dios, de cualquiera raza, tribu, pueblo o lengua que vengan, así veremos que, sin distinción de nacionalidad, condición o partido, los fieles todos sufragarán indistintamente en favor de aquellos que por las causas susodichas pasaron ya a la otra vida.

Esta universal y común oración hará que les sea adelantada a estos dilectísimos hijos la bienaventurada visión de la paz, y que, echando hondas raíces en el corazón de los hombres viandantes la caridad, que es vínculo de perfección, sonría y triunfe cuanto antes la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Por eso ardientemente deseamos, Venerable Hermano Nuestro, que, en la próxima festividad de Todos los Santos, en la solemne Conmemoración de los Difuntos, y durante todo el mes de noviembre, en esta veneranda ciudad, con renovado fervor se multipliquen las oraciones según esta Nuestra intención; y confiamos firmemente en que los fieles de todo el Orbe católico con piadosa y noble emulación imitarán el ejemplo de los Romanos.

Tales son las altísimas palabras del Papa; aunque ellas sean bastante expresivas y no tengan necesidad, por lo tanto, de comentario, no obstante, nos parecería defraudar a nuestros piadosos lectores si les privásemos de aquello que, después de haberlas referido, añade la docta Civiltá Cattolica del 3 de noviembre de 1923, con el título El llamamiento del Papa a la memoria de los difuntos:

El documento pontificio que hemos reproducido es de aquellos que más conmueven y atraen al alma entera a la meditación silenciosa.

En los tristes días por que atravesamos, cuando por todas partes se multiplica el luto, y la desenfrenada alegría del siglo mismo está como enturbiada y anegada en un mar de lágrimas y de sangre que continúa derramándose en tantos campos de lucha y de miseria, aun después de haberse firmado la paz ha ya cuatro años, es conmovedor y sublime este grito piadoso del Padre Común que se eleva por encima de tantos clamores y llama a sus hijos separados por la discordia, para que recuerden a sus difuntos y pidan para ellos la paz, y en la comunidad de la misma fe y de la Conmemoración cristiana, del resignado dolor y de la serena esperanza, a olvidar sus odios y furiosas pasiones, y sus intereses de barro para elevarse a más altos pensamientos, a las divinas alturas de la vida sobrenatural y eterna, uniéndose desde ahora y confraternizando durante el breve curso de esta peregrinación mortal.

Santa imitación de sus hermanos muertos en el ósculo del Señor, y por eso libres ya en adelante de toda pasión y resentimiento, y unidos para siempre en la gracia y en la caridad de Cristo, preludio de «aquella gloria que está reservada a los hijos de Dios, de cualquier raza, tribu, pueblo o lengua que vengan».

Y el Padre Común, que así congrega a sus hijos ante la majestad de la muerte, indícales la muchedumbre innumerable, adonde corre espontáneo su pensamiento y su paternal corazón, de todos aquellos que perecieron por la guerra o por los efectos y tantas calamidades que siguieron a la guerra, y tras éstos recuerda especialmente a los que están más olvidados por sus supervivientes, a quienes ellos beneficiaron; realiza, sin duda, el acto más noble y más delicado de la caridad apostólica de que se siente inflamado hacia sus hijos difuntos, que son la porción elegida de la familia de Cristo.

Mas él tiene en cuenta, además, el bien y la salvación de los vivos, haciéndoles recordar a los difuntos y rogar por ellos; y por eso, con su amorosa recomendación de Padre, les da al mismo tiempo la más austera y saludable lección de Maestro.

Esta lección evoca en la mente de toda la familia cristiana el «dogma de la fe católica, en su aspecto más consolador, que es la Comunión de los Santos», el cual pone en íntimo y misterioso contacto a los fieles militantes en la tierra con sus hermanos, las almas pacientes en el Purgatorio, o triunfantes en el Cielo; pero inculca al propio tiempo el ineludible deber que se deriva de ello, cual es el honrar a los segundos y ayudar también a los primeros con nuestras oraciones y con el Santo Sacrificio del Altar, según las palabras del Concilio de Trento, repetidas aquí por el Papa.

Y a la intimación del deber cristiano —en donde se ennoblece la natural piedad y el sentimiento humano del amor hacia los difuntos, del cual nos dice el Papa: «Es muy difícil que las almas bien nacidas puedan despojarse del todo»— se une desdichadamente la deploración amarga, como un reproche doloroso, del Padre por la fútil insensatez y el ingrato desconocimiento de las generaciones modernas.

Por eso se ve de qué manera el recuerdo de los pobres difuntos «en muchos se va debilitando y casi perdiéndose», o al menos se nota en formas inoportunas, con frecuencia vacías y sin fruto, propias de la «sentimentalidad» de nuestros tiempos: sentimentalidad morbosa, que, como fundamentada en el amor de sí mismo, en el egoísmo, es completamente ajena a la firmeza de la caridad y, por lo tanto, de la actividad, y del sacrificio propio del amor sincero, ya sea para con los vivos, ya para con los difuntos.

La reavivada piedad hacia los difuntos perfeccionará, pues, en las almas la caridad y la unión; de suerte que, mientras se apresurará la llegada para los difuntos de la bienaventurada visión de paz en la ciudad de Dios, que es nuestra patria común, se acrecentará en los vivos el deseo de la misma paz, de la unión de los corazones, concurriendo finalmente-—según la siempre repetida recomendación del Padre Común de toda la Cristiandad — al triunfo de la paz de Cristo en el reino de Cristo.