PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

PLÁTICA XII

El espiritismo o la evocación de los muertos

Ciertamente que es profanar indignamente los restos mortales de nuestros amados difuntos, y faltar gravemente a su memoria y a la dignidad de cristianos y de hijos de la Iglesia, el recurrir, para trasladarlos a su última morada, a funerales meramente civiles, o lo que es peor aún, condenar sus cadáveres a los horrores de la cremación; pero ¡cuánto peor es todavía, y qué profanación tan grande no es y falta de respeto más grave, el evocar sus almas después de la muerte por medio de la abominable práctica del espiritismo, en tanta boga hoy en día!

No negaré yo que la angustia de una madre que desearía abrazar una vez más a un párvulo que voló al Cielo; el ardentísimo deseo de un esposo de dar el último adiós a su dulce compañera, que le ha sido arrebatada en la flor de su vida; la piedad de un hijo o de una hija que desea la bendición de un padre o de una madre, a cuya muerte no pudieron hallarse presentes, no negaré yo, repito, que todos éstos sean afectos merecedores de ser oídos con sumo respeto.

La misma Iglesia, que a todo deseo razonable de sus hijos proporciona verdadera y noble satisfacción, llora también compasiva con los afligidos por la separación de sus amados seres difuntos; llora en su Liturgia mortuoria, en el Sacrificio de los Altares, en las Exequias, en los monumentos sepulcrales. Indícales el Cielo, en donde los muertos en gracia hoy y los ahora vivos, si mueren en gracia, se reunirán en el abrazo del Padre común para amarse eternamente; y entretanto conforta a los vivos revelándoles la comunión de intereses, de oraciones y de amor que vige entre los vivos y los muertos, sea que éstos se hallen ya en posesión de la Bienaventuranza, sea que todavía hayan de hacerse dignos de ella mediante las penas expiatorias en el Purgatorio…

Pero el espiritismo, por desgracia, abusando del innato deseo que nos impulsa a comunicar con los allegados y amigos a quienes la muerte arrebató a nuestro afecto, destruye el sistema de íntima y suave revelación establecida por Dios, y nos propone otro impío y corruptor, que no puede satisfacer los justos anhelos del corazón más que con mentirosas ilusiones.

¿Qué dice, en efecto, el espiritista a quien recurre a él en su desolada desesperación? Le promete darle nuevas del amigo, del hijo, de la esposa que se hallan ya en la otra vida; que le hará oír su voz, ver de nuevo su amable rostro y hasta acaso también recibir sus caricias.

Y ante semejantes seductoras promesas, que responden plenamente a los sentimientos del corazón, ¿cómo podrá resistir a la fuerte tentación del espiritismo quien ya se halla en aquel gran desorden moral que suele acompañar a los grandes dolores? No es maravilla, pues, que caiga, especialmente si se trata de un cristiano que por su desgracia se halla ya débil y vacilante en la fe.

A impedir un mal tan grande, y al mismo tiempo robustecer la fe de los cristianos contra cualquiera tentación del espiritismo, va encaminada la presente plática, en la cual demostraremos brevemente el engaño vergonzoso, la deplorable calamidad y la culpa gravísima en que cae el cristiano que cede a semejante tentación.

I

Y antes de pasar adelante en esta materia nos parece necesario responder brevemente a una cuestión previa:

«¿Pueden las almas de los muertos, y más propiamente las almas de los que se hallan en el Purgatorio, ponerse directamente en relación con nosotros y aparecérsenos?»

¿Y por qué no?, responderemos nosotros. ¿Qué hay que nos prohíba el prever que Dios, suplicado y rogado por los hombres, por sus altísimos y especiales designios, en beneficio de la Iglesia, por la utilidad de las almas, no pueda alguna vez permitir que estos espíritus nos aparezcan?

Por lo demás, nada hay en las enseñanzas de la Iglesia, maestra infalible de verdad, que impida el creerlo; y la historia, la vida de los Santos especialmente, no menos que la tradición de todos los pueblos, están ahí presentes para aducir ejemplos no dudosos de apariciones de personas ya muertas, ejemplos que nos fueron transmitidos por escritores dignos de toda nuestra fe, como, por ejemplo, un Santo Tomás de Aquino, el cual no será ciertamente enumerado por nadie entre las inteligencias demasiado crédulas y ligeras.

Basta consultar los autores que han tratado de propósito estas cuestiones para quedar convencidos.

Podemos más bien preguntarnos: admitida la verdad de las apariciones de muertos, ¿de qué modo se efectúan estas apariciones?

En otras palabras: ¿Cómo se nos aparecen los difuntos? ¿En sus propios cuerpos o con una forma de cuerpo temporal y como tomada de prestado?

Muchas y muy interesantes son las respuestas de los teólogos a esta pregunta:

los unos dicen que, en efecto, los difuntos se aparecen en su propia carne, lo cual sería una verdadera y propia resurrección;

los otros, que Dios les hace tomar o revestir de un cuerpo cualquiera, formado de la substancia del aire;

otros, por el contrario, dicen que, habiendo entre el cuerpo y el alma una substancia intermedia que participa de los dos y que sirve como de ligadura para tenerlos unidos, sería precisamente este principio vital, llamado también perispiritu, de lo que se sirven los difuntos para aparecérsenos;

otros, todavía, enseñan que éstas apariciones no tienen necesidad indispensable del concurso del difunto, sino que, por el contrario, se producen a escondidas del mismo por ministerio de ángeles buenos o malos, los cuales obran conforme a la voluntad divina;

otros, finalmente, dicen que estos fenómenos no tienen realidad objetiva, y que resultan de una impresión meramente subjetiva, producida en los sentidos de la persona que cree ver, sentir, tocar lo que al exterior carece de realidad.

Cuál de estas diferentes opiniones —exceptuando la última, que, reduciendo las apariciones a simples fenómenos subjetivos, lo cual hace de ellas verdaderas alucinaciones, nos parece poco probable— responde mejor a la verdad de las cosas, no somos ciertamente nosotros los que nos sentimos en disposición de decirlo; es tan ardua la cuestión, que hasta el mismo Cardenal Bona y el Doctor de la Iglesia San Agustín han declarado no saberlo resolver.

Así, pues, dejando el asunto en manos de los teólogos, vengo más bien a responder a la pregunta que es el argumento de nuestra plática:

¿Es lícita la evocación de los muertos prescindiendo o no de la práctica del espiritismo?

Y a esta pregunta responde en nombre mío la Iglesia con una ordenanza, que tiene fuerza absoluta de ley obligatoria, emanada del Santo Oficio de la Suprema Inquisición, y comunicada en el año de 1856 a todos los obispos y por ellos a todo el pueblo cristiano.

Por ella todos los fieles son instruidos de que «evocar las almas de los difuntos y recibir sus respuestas son actos supersticiosos, ilícitos, heréticos y escandalosos contra la honestidad de costumbres».

¿Podría haber hablado la Iglesia más claramente?

Ateniéndonos, pues, a las leyes de la Iglesia, la evocación de los muertos está severamente prohibida:

ya porque no está permitido a los fieles el turbarles sin motivo en su descanso,

sea porque provocando así las apariciones se corre el riesgo de caer fácilmente en los lazos del demonio, siendo de fe «que el otro mundo no está poblado solamente de almas santas y de espíritus de la luz, sino que también hay espíritus tenebrosos capaces de arrastrar a los hombres a las vías de la perdición».

II

Decíamos, pues, que la evocación de los difuntos está prohibida por la Iglesia porque es un acto supersticioso.

Que esto sea así en realidad, es cosa evidente: ¿no se refiere, acaso, a la nigromancia; más aún, no es propiamente la misma nigromancia, esto es, adivinación por medio de preguntas, referida a los muertos, por intervención diabólica, siendo claro que los muertos, naturalmente, no podrán responder?

Los muertos, en efecto, habiendo recibido su destino, no pueden sin permiso de Dios ponerse en comunicación con nosotros, ya sean Santos que están en el Cielo, ya se hallen penando todavía en el Purgatorio, o condenados por réprobos al Infierno; y no es ciertamente probable que Dios suspenda las leyes generales de su Providencia para satisfacer nuestros caprichos.

En cambio, el demonio está siempre pronto y dispuesto a aprovecharse de esa curiosidad insensata que nos impulsa a levantar el velo que oculta realidades futuras.

Ahora bien, ¿no es esto un engaño a todas luces manifiesto?

En la evocación que haremos no será ya el espíritu de la persona amada el que se presentará, sino un espíritu de mentira que se encargará de representarlo falsamente en la sesión espiritista. Y así, creyendo que está hablando con la persona amada, con el amigo, con el conocido ya difunto, y que oye su voz, y escucha noticias de su propia boca, y recibe sus encargos, resultará que está tratando con un demonio.

Esto lo saben y lo enseñan los mismos doctores espiritistas.

Alian Kardec, que es el maestro de los maestros entre los espiritistas, en todos sus libros habla de los engaños tramados por los espíritus para ilusionar a los evocadores, y dice claramente entre otras cosas que «la cuestión de la identidad de los espíritus (evocados) es una de las más controvertidas…, es una de las mayores dificultades con que tropieza el espiritismo práctico».

Y dedica dos capítulos a demostrar que no es posible saberse netamente la personalidad del espíritu que se presenta en escena.

«Y esto ocurre, dice él, porque el espíritu evocado o no puede o no quiere presentarse, y se presenta otro espíritu en lugar de él, mintiendo acerca de su ser individual.»

¿No se han evocado a veces, a petición de los presentes, por célebres espiritistas, personas que aquéllos fingían haber perdido, pero que en realidad no habían existido nunca? Y, no obstante, los fantasmas se presentaron respondiendo a su evocación, y los fenómenos que solían seguirse a la evocación hecha por los medios se realizaron plenamente.

Y termina de este modo: «Tenemos en preparación un volumen de lo más curioso, en donde narraremos las historias de todos los ardides y tretas (tocante a espiritismo) de que hemos tenido conocimiento.»

Por lo demás, el mismo buen sentido y la razón nos demuestran que el espíritu que se presenta a la intimación o mandato del médium, no puede ser sino un espíritu malo.

Preguntamos con Rolfi: «¿Cuáles son, en efecto, los seres espirituales que pueden ser evocados? Ellos son: o Dios, o los Ángeles, o los espíritus de los muertos, o los diablos. Pero no son los tres primeros, luego no son sino los demonios. En efecto, no es Dios; pues sería de toscos e ignorantes sólo el suponer que Dios quiera comunicarse en semejantes conventículos espiritistas por sólo pasatiempo y distracción de unos cuantos curiosos. Dios no desciende tan bajo, ni cotiza a tan vil precio su Omnisciencia y el ejercicio de su Omnipotencia. Él no hace ostentación de sus revelaciones y maravillas según el beneplácito de los curiosos o impertinentes que quieran solazarse; ante los cuales más bien se presentaría mudo e inexorable, como Cristo se presentó mudo e inflexible en presencia de Herodes, que deseaba presenciar solamente un milagro suyo. Y si fuera lo contrario, ¿no causaría verdadero estremecimiento el solo pensar que era Dios quien hubiese de operar en los fenómenos espiritistas? ¡Qué horror pensar que el Ser infinito y perfectísimo, en el que no cabe vanidad ninguna, hubiera de abajarse tanto que quisiera venir a solazarse con una pandilla de malhechores!

Decíamos, en segundo lugar, que no son los Ángeles. No, no son los Ángeles buenos, porque en primer lugar ellos no están a la orden del hombre, de manera que de un modo sensible acudan al llamamiento del primer venido para satisfacer su curiosidad y servirle de esparcimiento: jamás se ha visto, ni dicho, ni creído cosa semejante. Otra razón para afirmar que no son los Ángeles buenos, es que el continente, el porte de los espíritus evocados está bien lejos de manifestar aquella dignidad y reposo que conviene a dichos Ángeles; y las respuestas que dan producen no una impresión de paz, sino de agitación y de inquietud. ¡Los buenos espíritus no obran de esta suerte! ¿Quién es aquel que tenga un poco de sentido común y pueda admitir que los Ángeles buenos, que obedecen perfecta y solamente al querer de Dios Supremo, bajaran del Paraíso para ponerse a la disposición de un charlatán cualquiera?

No son, finalmente, los espíritus de los difuntos, porque el hombre, naturalmente hablando, ni tiene ni puede tener verdadera comunicación con las almas de los difuntos, siendo así que se comunica con los otros seres por medio de los sentidos; ahora bien, el mundo de los espíritus, cualesquiera que ellos sean, no es ni mediata ni inmediatamente accesible a nuestros sentidos corpóreos; por eso el mundo de los puros espíritus no está en comunicación con nosotros, no puede depender de nosotros, no puede estar a disposición de nuestra voluntad. En una palabra: carecemos de los medios naturales para comunicarnos con los muertos, de la misma manera que los muertos carecen también de medios naturales para comunicar con nosotros…”

Así, pues, concluyendo con el doctor Lino Cresta: «Dios, no; los Ángeles, no; las almas de los difuntos, tampoco; sino que son propias de espíritus verdaderos las operaciones del médium; luego resta que, con la teología católica, las atribuyamos a los demonios. ¿No os place el nombre de demonio? Empleemos otro, y digamos diablo. ¿Que tampoco éste os es grato? Pues llamémosle Satanás”.

¿Está bastante claro? Ciertamente, no se puede ya ser más explícito.

¿Queremos más claridad todavía? Ahí va, pues, una prueba irrefutable en la confesión que hizo el mismo demonio por boca de una endemoniada.

Preguntada ésta, en presencia del Santo Cura de Ars, ¿quién era el que hacía mover las mesas giratorias, respondió: «Soy yo… ¡El magnetismo, el sonambulismo…, todo eso… son cosas que me pertenecen a mí!»

Digamos con el Padre Franco: «Toda persona de buena fe, que va en busca de un lenitivo para su dolor en la aparición del amado difunto, como consecuencia de las anteriores comprobaciones debería decirse a sí misma: Así, pues, en lugar de verle a él, veré a un espíritu mentiroso; acaso me cabrá en mi mala suerte, en vez del amigo querido, el espíritu de un odioso enemigo mío, tal vez una cualquiera en lugar de mi esposa, o un renegado en vez de mi hijo querido. Esto es lo que me prometen los maestros más insignes del espiritismo; pero aquel medio, o aquel espiritista que me promete hacer que se me aparezcan las personas por mí amadas, es un solemne impostor, el cual bromea con mi dolor y lo escarnece con infame engaño.

Pero si esta persona u hombre de bien quisiera ser más lógica debería razonar más severamente contra la demencia de su dolor; debería recordar que los espíritus que responden a las evocaciones son otra cosa peor que espíritus mentirosos: son demonios del infierno.

¡Pero debe de ser un horrible consuelo para la aflicción por la pérdida de un allegado, el pasar un cuarto de hora en conversación con un diablo que se finge la persona de un esposo, de una madre; que miente sobre el estado de aquella alma querida, miente como diablo que es y con odio de diablo por aquella alma, sobre la cual pide tan neciamente noticias!

Acontece, para colmo de horrores, que algunas veces el espíritu evocado se manifiesta, no sólo con palabras, sino que se hace también visible, se le puede tocar, y parece está caliente y lleno de vida. Para representar tales cuerpos, el demonio, como lo enseñan los doctores católicos, puede tomar un cadáver que no esté enteramente deformado, y como él es ágil y hábil le comunica aptitudes de vivo, y lo maneja y retoca de manera que aparezca con el semblante de la persona que queremos se nos presente, y sus ademanes de ella y el sonido de su voz parecen ser de la persona conocida. Hay también otros modos, pero el más usual es éste, del cual hay indicios y razones en la filosofía cristiana y en la historia.

He aquí, pues, lo que pueden prometerse aquel buen marido, que acaricia la esperanza de que pronto abrazará a su esposa, desaparecida de la escena de la vida; aquella tierna madre, que ya ve en sus brazos y estrechando contra su seno aquel su adorado infantito, que, muriendo, la dejó sola e inconsolable…: un cadáver, carroña desenterrada de un muerto desconocido, recompuesta y embellecida por un momento a fin de engañar vilmente la ternura de un esposo o de una madre.

¡Oh, verdaderamente el demonio opera en estas ilusiones como mortal enemigo que es del género humano: miente, vitupera, se burla de los hombres!

Pero, ¿de quién es la culpa? Ciertamente de aquel que, advertido por la Sagrada Escritura, la Santa Madre Iglesia y la razón misma, desprecia los avisos de la razón, de la Madre la Santa Iglesia, desprecia los avisos de la Sabiduría divina, para seguir las insinuaciones de un charlatán hechicero.

¡Culpa suya es y causante de su daño! Medítenlo bien los que, llevados de un verdadero pero desordenado amor, son arrastrados hasta topar impíamente con los eternos decretos de Dios, el cual ha tendido un abismo entre los vivos y los muertos, y establecido que, fuera del de la Comunión de los Santos, sea naturalmente imposible todo comercio entre ellos.

Lo sentían así también los antiguos paganos, aunque no entendieran la verdadera razón, que era sacrilegio el intentar turbar el reposo de las sepulturas.

Nosotros conocemos esta razón, y es, que está prohibido por Dios, el cual, como ha denegado cualquiera comunicación entre los Santos del Cielo y los réprobos del infierno, así también quiere quede imposibilitado todo comercio personal entre los vivos y los muertos.»

III

No puede quedar, pues, ya ninguna duda, después de lo que llevamos dicho, sobre que la evocación de los muertos sea un acto supersticioso, y, por lo tanto, también ilícito, herético, escandaloso contra la honestidad de las costumbres, y que como tal lo ha condenado la Iglesia.

Y es ilícito, no solamente porque está prohibido, sino que está prohibido porque es ilícito en sí mismo, en cuanto el comunicar voluntariamente con un enemigo de Dios y pedirle ayuda y favor, sobre todo si intermediase el pacto (como frecuentemente acaece) de reconocerle por patrono, es un atroz ultraje a la Divinidad.

Por sí, el recurrir a los muertos o a los demonios, no parece ser herejía; pero lo es en cuanto supone en el demonio el atributo propio de Dios solo, esto es, el prever lo futuro y conocer los pensamientos y afectos interiores de los demás.

Quien sobre estos puntos no pregunta al muerto, o lo hace sin reflexión, no incurre en la malicia de herejía. En la práctica, sin embargo, casi siempre incurre, por medio del pacto, en el cual, para obtener la ayuda del demonio, éste es reconocido como patrono supremo, como si fuese Dios verdadero, o a lo menos en honor suyo se reniega de Dios o de la fe, o se admiten enseñanzas falsas en materia de religión.

Que este acto sea finalmente escandaloso, que es como decir sirve de tropiezo a la virtud, especialmente a la honestidad de costumbres, se puede comprender por lo poco que hemos dicho y por lo mucho que falta que decir. Bastaría con examinar un poco los obstáculos y los actos de los espíritus evocados para darse perfecta cuenta de ello.

Interrogados sobre la religión católica, la desaprueban, se enfurecen contra los misterios de ella y sus Sacramentos. No pueden soportar la Cátedra tremenda de San Pedro, por la cual son desenmascarados, y contra la cual arremeten con una furia de verdaderos demonios. Despotrican horriblemente acerca de la vida futura, los Novísimos y sobre otras verdades certísimas de nuestra fe. Glorifican a la herejía, alaban a los herejes, vilipendian a los Santos, ensalzan el vicio, escarnecen a la virtud.

Oíd cómo habla de ellos un escritor moderno:

«En lugar de la doctrina revelada, de la inmediata recompensa en seguida después de la muerte, como la Iglesia nos propone en nombre de Jesucristo mismo, Juez justo de vivos y muertos, los espíritus que se manifiestan a los desaconsejados secuaces de la moderna superstición les hacen creer que no hay Cielo ni infierno, y mucho menos Purgatorio en el sentido católico. Para nosotros, creyentes, el Purgatorio es el lugar en donde vamos a expiar después de la muerte las culpas veniales que tenemos en el momento de morir, o la pena temporal que debamos por cualquier otro motivo, hasta que nuestras almas se hayan purificado enteramente. Los pretensos espíritus profesan, por el contrario, la doctrina prohibida de que las almas, después de su tránsito, están sujetas a reencarnación y vida sucesivas después de la terrena que han tenido, como si fuesen peregrinos eternos, adquiriendo cada vez nuevos grados de perfección, espiritualizándose cada vez más con aumento de agilidad y de luz, según lo exija su breve aparición sobre la tierra, o de otro modo. Estas vicisitudes deben padecerlas todas las almas de los difuntos, y aun el alma más negra y cargada de delitos acabará, por la ley de las sucesivas reencarnaciones, siendo pura como el cristal y refulgente como un sol.»

Y de Jesús y de su divinidad ¿qué se hace? Siendo lógicos los así llamados espíritus, no sólo no podrían anunciar a Jesús como verdadero Dios, sino que deberían considerarlo como un embustero. Pero, con singular inconsecuencia, éstos le predican como un espíritu superior, más aún, como el más noble y perfecto de los espíritus, que se encarnó, o mejor, según la doctrina de ellos, se reencarnó en el cuerpo físico de Jesús. De todos modos, según la doctrina espiritista, Él sería simplemente un enviado de Dios para predicar la paternidad de Dios y la humana fraternidad. El verdadero Hijo de Dios, fuente y origen de toda esperanza cristiana, es despojado de la corona divina con que está ceñida su augusta frente y reducido al grado de una pura criatura.

Pues ¿qué diré de los actos de estos espíritus? Por lo menos son asquerosidad y repugnancia, horror grandísimo, «capaz de horrorizar, como dice unreciente escritor, Des Mousseaux, no sólo a una mujer pudorosa y tímida, sino también a los hombres para quienes el pudor no sea un nombre vano».

Pero paso por alto este asunto, pues cierto género de abominaciones está reservado solamente al estudio de los doctos de profesión.

Llegado a este punto de mi plática, sé muy bien que alguno me argüirá diciendo: «Pero ¿cómo puede ser verdad todo eso, cuando yo sé que los espíritus evocados, lejos de tener semejantes propósitos y dejarse llevar por tales infamias, tratan de piedad, de religión, exhortan a la recepción de los Sacramentos, inculcan la oración, hablan con fruición de Dios, de virtud, discurren sobre obras pías, sobre la caridad y la limosna?»

No niego que a los comienzos y alguna que otra vez así ocurra. ¿Quién no sabe, en efecto, que para el demonio todos los medios son buenos, si llega a perder las almas; y que para llevar a engaño a los incautos e incrédulos llega hasta el punto de transformarse en ángel de luz, adaptándose por otro lado al modo de pensar y de ser de las personas con quienes está en comunicación?

No será ciertamente el espíritu maligno el que confesará que es un réprobo, y persuadirá de buenas a primeras y de manos a boca a los sencillos e ingenuos que cometan acciones malas; queriendo granjearse adeptos, no comenzará por espantarlos; y así, bajo santas apariencias, ocultará sus abominables designios; y de este modo adormece la desconfianza y aleja toda sospecha.

Pero tiempo al tiempo; poco a poco se quitará la máscara, y cuando las verá bastante seguras y adictas a sí y sin desconfianza, entonces bien distinto será su modo de obrar y de hablar; de tal manera que, a no tardar, estos infelices ilusos aprenderán a costa suya con qué perfidia tan finísima su fe fue inducida a la duda y al error.

Por lo demás, aun cuando se limitase a hablar de piedad y religión, no es difícil descubrir el engaño, porque en estos casos el espíritu maligno limita las oraciones a cierto número, y las vincula a alguna forma vana, ambigua y supersticiosa, y hasta proponiendo amenazas e infundiendo terror; por todo lo cual se reconoce fácilmente si se trata de bueno o de mal espíritu.

Nosotros sabemos, por referencias que no ofrecen ninguna duda, de un espíritu diabólico, el cual, para hacerse grato a una familia piadosa, recomendaba la devoción a la Virgen; pero, por otro lado, no había modo de hacerle pronunciar el santo Nombre de María.

Y todo esto es tan conforme a la verdad, que ya en sus tiempos el Cardenal Bona exclamaba: «Entre los innumerables engaños con los cuales los demonios se esfuerzan en sorprender a los hombres, hay uno también que consiste en aparecer bajo la forma de persona muerta en pecado, implorando oraciones y limosnas, ayunos, peregrinaciones, misas y otras obras buenas, como si estuviese en estado de salvación, y esto con el fin de que, los que están en pecado, se confirmen en él, engañados por la vana esperanza de tales ilusiones. Cualquiera que sea, pues, el lenguaje de estos espíritus, siempre hay que huir de él con horror y abominarlo sumamente, como que no pretende otro fin más que engañar a los hombres y conseguir pérfidos designios. Por donde la Iglesia tiene por ilícita, y prohíbe, por tanto, formalmente, la evocación de los muertos, aun en el caso de que se haya obtenido después de pedir al jefe de la milicia celestial concediera poder hablar con el espíritu de determinada persona, y obtenga respuestas que estén todas conformes con la fe y las enseñanzas de la Iglesia acerca de la vida futura: respuestas que, por lo común, hacen referencia  al estado en que se halla el alma de un difunto, la necesidad que pudiera tener de sufragios, las quejas de ella por la ingratitud de sus parientes.»

Todo eso está bien, continúan mis adversarios, pero no podéis negarme que, con ocasión de la evocación de los difuntos, no se hayan realizado algunas conversiones.

«Sea así, digamos con el Padre Franco, que algún materialista en presencia de aquellos fenómenos no haya podido negar la existencia de los espíritus; pero ¿no se sabe que el innato y rabioso enemigo de la humana salvación, que es el demonio, no tiene dificultad en perder alguna cosa con el fin de ganar mucho más después? Aun en el mundo los astutos saben que es prudente norma meter aguja para sacar reja. Pensad, pues, si el espíritu réprobo no hallará gran compensación de aquella pérdida, sea cual fuere, afianzando el reino de la superstición sobre la tierra, desviando a los hombres de la obediencia debida a la santa Iglesia, y manteniéndolos como inmovilizados en aquellos errores y haciéndolos caer en la obstinación. ¿Ignoran éstos que es doctrina de todos los Santos fundada en la autoridad del Apóstol, que es costumbre muy propia del espíritu infernal caminar por vías tortuosas, sorprender a los hombres con capa de bien, transfigurarse, en una palabra, en ángel de luz para engañarlos con más seguridad?»

Oíd lo que dice el Padre Monsabré a este propósito: «Por diez almas cándidas que a pesar suyo habrá convertido, permitiéndolo el Señor, prepara él la perdición de millares de almas curiosas, inquietas, obstinadas, de manera que ninguna advertencia caritativa podrá detener en el camino de sus investigaciones temerarias y culpables.»

«Pero yo no pretendo de ninguna manera, añaden otros, entrar en comunicación con el demonio, y aborrezco íntimamente cualquier pacto con él.»

El aborrecer todo pacto con el demonio es cosa muy buena, pero que no basta. Bastaría, ciertamente, si se tratase de una obra de suyo indiferente; pero donde razones claras y, especialmente para un católico, la autoridad de la Iglesia indican que la obra por su naturaleza es culpable, no tienen valor alguno todas las protestas: no es la protesta lo que ahora se requiere, sino la obediencia.

¿Qué diríais, en efecto, de uno que os diera de puñadas y os quitara el reloj del bolsillo, y todavía protestase de que no os quería ofender ni robar? ¿No es verdad que al perjuicio, añadiría la befa? Por semejante manera, los Obispos, que son los pastores y maestros del pueblo cristiano, la Iglesia, que es la maestra universal del mismo, os dicen que es malo, y vosotros seguís adelante y decís: Yo lo haré; pero con protesta en contrario.

¿Acaso vuestra protesta cambia la naturaleza del acto? A este tenor podríais murmurar, blasfemar, fornicar y dar rienda suelta a todos los deseos más depravados de vuestro corazón, y luego, protestando que no teníais intención de cometer pecado, teneros por inocente.

¡Dios mío! ¿Quién no ve que, razonando así, casi no se cometerían pecados? Se sigue de aquí que, aunque esté excluido cualquier acuerdo o pacto con el espíritu maligno, está prohibida la evocación de los muertos, prohibición que, por lo demás, está bien clara, mayormente por las respuestas explícitas que ha dado la Iglesia en estos nuestros últimos tiempos.

En efecto, el 29 de abril de 1917 una decisión de la S. R. y Universal Inquisición establecía que «no es lícito por mediación del llamado médium, ni sin él, empleando o no el hipnotismo, tomar parte en las sesiones espiritistas, ni aun so color de honesta y piadosa intención, bien interrogando a las almas o espíritus, bien escuchando sus respuestas o asistiendo solamente de un modo pasivo con la protesta tácita o expresa de no tomar parte en las comunicaciones con los espíritus malignos».

Y esta decisión correspondía a otra que había sido hecha el 30 de marzo de 1898, en la cual se prohibía la evocación de los muertos, aun en el caso de excluir toda clase de acuerdo con el espíritu maligno.

Y después de estas decisiones tan claras y explícitas, ¿habrá todavía alguien que, cerrando los ojos a la luz de la verdad, no quiera reconocer qué mal tan horrible sea la evocación de los muertos por vía del espiritismo?…

Concluyamos, pues, que sólo a las almas dotadas de luces especiales les es permitido el ponerse en relación con los difuntos y promover de este modo un milagro, mientras que los pecadores como nosotros nos expondríamos con desaconsejada curiosidad a ser engañados por el demonio.

***

Pero antes de terminar esta consideración, no estará de más el indicar, guiados por el abate Louvet, algunas reglas, tomadas del Cardenal Bona y de varios autores místicos que han tratado cuestiones semejantes, según las cuales será fácil distinguir las verdaderas de las falsas apariciones.

I. Toda aparición deseada o provocada es sospechosa.

II. Si el difunto se presenta bajo una forma negra, deforme y mutilada, es señal de que es un espíritu malo, especialmente si se presenta en forma de algún animal, excepto la paloma y el cordero, cuya figura no toma jamás el demonio.

III. Si la aparición se presenta con aspecto tétrico y amenazador, o se expresa con voz temblorosa, ahogada y confusa, tened por cierto que os las habéis con un demonio.

IV. Si la aparición se presenta desordenadamente y revela cosas ocultas que sería prudente callar, si enseña algo contrario a la fe, si blasfema, si tiene horror a las cosas santas, al agua bendita, al crucifijo, etc., señal es de que se trata de un demonio o de un réprobo.

V. Las exhortaciones a la virtud, los buenos consejos, las correcciones dirigidas a los pecadores, no siempre son señales de buen espíritu, porque con frecuencia el demonio acostumbra persuadir un bien menor, para impedir otros mayores.

VI. Las almas del Purgatorio se aparecen ordinariamente para solicitar nuestras oraciones o recomendarnos cualquier restitución, pero hecho esto, no tornan más sino para dar las gracias; y por eso, si continúan viniendo y amenazan o importunan, tenedlas por espíritus malignos.

VII. Todos los teólogos místicos enseñan que las apariciones verdaderas infunden cierto temor, el cual se cambia presto en alegría y unción divina, la cual, difundiéndose en el alma, acrecienta en ella la caridad, la humildad y el deseo de perfección; mientras que las diabólicas empiezan por un sentimiento de alegría y vana complacencia, dejando después inquietud, tristeza y vanagloria, y el alma humana se halla, después de estas cosas, sin acción, como tierra árida y herida por el rayo; o si concibe ideas, son ideas de presunción, de desobediencia y de orgullo.

VIII. La cual por sí sola vale tanto como todas las otras juntas: Escoged un buen director espiritual, exponedle todo sin exageraciones ni reticencias, y ateneos siempre a sus decisiones.

EJEMPLO

Apariciones verdaderas y falsas

Que las almas del Purgatorio, permitiéndolo el Señor, pueden aparecérsenos, lo podemos ver por el siguiente ejemplo que se refiere en la vida del Venerable Pinzeni, amigo íntimo de San Carlos Borromeo y arcipreste de Arona.

Durante la famosa peste que segó tantas almas en la ciudad de Milán, el santo Obispo, no contento con las inmensas fatigas sostenidas para socorrer a los infelices atacados de la fiera enfermedad, llegó a cavar por sí mismo las sepulturas para enterrar los cadáveres que el temor y espanto general dejaba insepultos.

Terminada aquella calamidad, mientras una tarde pasaba por junto al cementerio en compañía del gobernador de Arona, de pronto fue sorprendido por una extraordinaria visión en la que se veía una larga fila de muertos que, saliendo de sus tumbas, se encaminaban hacia la iglesia.

No creyendo a sus propios ojos, se volvió a su compañero, el cual, estupefacto, estaba también contemplando el mismo espectáculo, y obtenida de él la seguridad de cuanto acaecía, y asesorado de que aquéllas eran las víctimas de la peste que de aquella manera querían hacerles comprender, la necesidad que tenían de sufragios, dirigiéndose sin pérdida de tiempo a la parroquia hicieron sonar las campanas y, convocados los feligreses, durante toda la noche elevaron fervientes plegarias al Cielo por aquellas almas, haciendo a la mañana siguiente celebrar en sufragio de ellas una Misa solemne.

Este hecho, del cual fueron testigos dos personajes cuya elevación de espíritu excluye todo peligro de ilusión y que, afectados al mismo tiempo por dicho fenómeno, no dando fe cada cual por separado a lo que veía, se cercioró el uno del otro, paréceme que es más que suficiente para comprobar la verdad de nuestra afirmación.

Cuánta razón tiene la Iglesia de prohibir la evocación de los muertos, porque los espíritus, que de algún modo se hacen sensibles, no son por lo común sino espíritus malos o demonios, podría demostrarse con una infinidad de ejemplos; pero nos limitaremos a referir solamente dos.

Érase en los comienzos del moderno espiritismo, y el Arzobispo de Rennes, queriendo para su estudio personal hacer experiencias con la mesa parlante, convocó en torno a sí, en su palacio, a su vicario general y a los canónigos.

Hecho silencio, se preguntó a la mesa acerca de un joven misionero, martirizado no hacía mucho en China, y del cual llevaba consigo un trocito de camisa empapada en su sangre.

La mesa, según los golpes convenidos, refirió minuciosamente toda la historia de los padecimientos del mártir con tal fidelidad y verdad, que el Arzobispo y todos los allí reunidos quedaron sumamente conmovidos y estupefactos.

Por lo que el Obispo, interrumpiendo la sesión, dijo en alta voz: «Para saber todas estas cosas es necesario que seas el demonio. Pues bien, si realmente lo eres, yo te conjuro en nombre de Dios Omnipotente y de Jesucristo crucificado, te obligo y te ordeno que te arrodilles a mis pies.»

La mesa al instante dio un salto muy grande, y, cayendo oblicuamente, dobló dos patas como si se arrodillase, delante del arzobispo de Rennes.

El otro ejemplo nos lo refiere el Padre Franco en su libro sobre el Espiritismo.

A un señor romano, que había quedado viudo hacía algún tiempo, le vino la ocurrencia de evocar el espíritu de su esposa, e interrogarle sobre varias cosas para él interesantes y especialmente sobre un punto de política: la invasión de Roma.

El espíritu respondió, pero la respuesta no satisfizo al demandante, el cual se sonrió. Sonreírse y sentirse abofeteado todo fue uno. Y los golpes fueron tan bien asentados, que el abofeteado tuvo que permanecer tres días sin salir de su casa hasta que desaparecieron los morados que el espíritu le había hecho en las mejillas.

Aquel señor, romano es bien creíble que no tendría más ganas de evocar el espíritu de su cara mitad desencarnada…