PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXVIII

Acto heroico de caridad

Aquel gran conocedor del corazón humano, San Agustín, hablando de este corazón se expresaba así: «No hay nada arduo para el corazón que ama; cuando se ama no se siente la fatiga, o, si se la siente, se la acepta con amor y se la soporta con alegría”.

Así ocurre cuando se ama; aun los mayores sacrificios parecen cosa ligera, y no sólo se abrazan con gusto, sino que hasta se buscan por hacer placer a la persona amada.

Viniendo ahora a nuestro caso, pregunto yo: ¿Amamos verdaderamente a las almas del Purgatorio, a estas almas de las que muchas poseen acaso multitud de títulos que las hacen acreedoras, no sólo a nuestro afecto, sino también a nuestro agradecimiento? ¿Y amándolas queremos aligerar sus penas y abreviar el tiempo de su liberación de aquellas llamas expiatorias? Pues bien, nada demasiado difícil y gravoso debemos hallar en lo que la Iglesia nos propone para sufragar por ellas, satisfechos de una cosa: de poderlas ayudar eficazmente.

En las anteriores pláticas hemos tenido ocasión de ver cuáles sean las diversas obras que podemos ofrecer a Dios en su ayuda; no obstante, habíamos dejado una para tratarla últimamente, la cual, si por sus aparentes dificultades puede asustar a las almas tímidas y pusilánimes, sin embargo, la abrazan con generosidad las almas nobles y grandes, porque es en esta materia como la obra virtuosa por excelencia.

Consiste en ofrecer todas nuestras obras de una sola vez, en provecho de aquellas pobres almas, y ofrecerlas sin ninguna reserva o restricción; en hacer, en una palabra, lo que se llama el acto heroico de caridad, llamado también voto de las ánimas.

Heroica es, en efecto, esta donación total que los fieles podemos hacer de todas las satisfacciones (no de los méritos) de nuestras buenas obras; heroico es este acto de completa donación que podemos realizar en provecho de los difuntos, puesto que con él venimos a renunciar generosamente a todas las riquezas espirituales con que podríamos pagar nuestras deudas y evitarnos tantas penas en el Purgatorio.

Por más que la excelencia de este acto sea tan grande, no es preciso para cumplirlo ser un héroe de santidad; basta solamente amar a Dios con todo el corazón y la salvación de nuestros hermanos, y comprender los verdaderos intereses propios.

Haga el Señor que, para mayor alivio de las benditas almas, sean más conocidos el valor y la importancia de este acto heroico, que ciertamente sería más practicado de serlo así; a este fin va encaminada la presente instrucción.

I

Y, primeramente, ¿qué es el acto heroico de caridad?

Es la voluntaria donación que hacemos a Dios, en favor de las almas del Purgatorio, de todo el fruto satisfactorio o expiatorio de las buenas obras que hagamos en vida, y hasta de todos los sufragios que nos serán aplicados después de la muerte, poniendo todos estos valores espirituales en manos de la Santísima Virgen, para que los distribuya y dispense Ella misma, según su beneplácito, a las almas que desea libertar de aquellas penas.

Este acto es llamado y considerado por algunos como voto, el voto de las almas; el cual puede ser revocado a voluntad del que lo hace, pues no obliga bajo pena de pecado ni mortal ni venial.

Además, para hacerlo no es necesaria ninguna fórmula especial, sino que basta una firme decisión de la voluntad; ni está prescrita su repetición, si bien es útil repetirlo para fomentar el fervor de la caridad, la cual nos hará industriosos para acumular bienes espirituales en ayuda de las benditas almas del Purgatorio.

El acto heroico así entendido no es una devoción nueva y de fecha reciente, como han pretendido algunos; pues en los anales eclesiásticos vemos que era ya conocida en los siglos pasados y practicada por innumerables personas, entre las que hay algunas ilustres por la dignidad, la doctrina y la santidad.

¿Y cómo hubiera podido ser de otro modo, tratándose de obra tan caritativa y excelente? Efectivamente, la historia nos recuerda los nombres de Santa Cristina la Admirable, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Sena, Santa Liduvina y de otros muchos Santos de la Edad Media.

Y en tiempos más próximos a nosotros, de una Santa Teresa de Jesús, Santa Margarita María Alacoque, de una Venerable Francisca de Pamplona, el del célebre cardenal Jiménez de Cisneros, el cual hizo tal donación por consejo de la Santísima Virgen.

Del Padre Juan Fabro, jesuita, se lee que, estando para morir, quiso antes de expirar hacer por escrito este acto heroico, mediante el cual hacía el sacrificio, en favor de las almas del Purgatorio, de todas las Misas, indulgencias, limosnas, mortificaciones que la Compañía de Jesús suele aplicar a aquellos de sus hijos que han dejado de existir.

Pero quien con más razón que otros es justamente considerado como el apóstol, o mejor, como el primer introductor de esta nobilísima devoción, fue el Padre Gaspar Oliden, clérigo regular teatino y calificador del Santo Oficio.

Era tan eximia la caridad de que se sentía animado hacia las almas del Purgatorio que, con admirable celo, se dedicó a propagarla por doquier, ya por escrito, ya de palabra, y para animar a todos, sacerdotes y religiosos, a que la abrazasen generosamente, realizó tan ardientes instancias cerca de Su Santidad Benedicto XIII que, accediendo a sus súplicas este santo Pontífice, no sólo la aprobó, sino que la enriqueció con especialísimos privilegios, que fueron más tarde confirmados por Pío VI y Pío IX.

Y fue tal la elocuencia con que el buen Padre peroró por la causa de aquellas pobres almas y demostró la excelencia del medio que él sugería, que Benedicto XIII, no contento con conceder las gracias que le pedían, se vio impulsado él mismo a hacer públicamente desde el pulpito total donación de sus bienes espirituales a las almas santas, como se puede ver en uno de los sesenta sermones que sobre este asunto predicó, e hizo imprimir en Benevento y en Florencia un año después del decreto o breve otorgado al Padre Oliden.

Desde aquella época varias son las Órdenes religiosas que han practicado este acto, siendo la Compañía de Jesús una de las que lo han sugerido a todos sus miembros.

Y en nuestros días vemos surgir en Francia, y difundirse admirable y rápidamente por todo el mundo, signo indudable de ser muy del agrado del Cielo, una obra tan benemérita, una Congregación religiosa llamada De las Auxiliadoras del Purgatorio, cuyos miembros, sin excepción, hacen todos voto de ofrecer toda la parte satisfactoria de sus buenas obras, y orar, trabajar y sufrir en provecho de las almas del Purgatorio.

¿Puede la humana existencia proponerse un fin más bello y saludable?

He dicho en la definición del acto heroico que por medio de él hacemos donación a Dios de toda la parte satisfactoria de nuestras buenas obras.

¿Qué significan estas palabras?

Que los teólogos, hablando de nuestras obras buenas, distinguen de ordinario tres propiedades en ellas:

– la primera, ser meritorias, esto es, que nos confieren el derecho a un nuevo grado de gloria en el Paraíso;

– la segunda, que son impetratorias, es decir, que mueven a Dios a concedernos, en su virtud, alguna gracia particular, ya para nosotros, ya para los demás;

– y la tercera, que son satisfactorias, o sea, que remiten una parte, más o menos grande, de la pena que nos falta satisfacer en este mundo o en el otro por nuestras culpas pasadas.

Por ejemplo: Si yo ayuno o hago una limosna para obtener alguna gracia:

– 1°) merezco un aumento de gloria en el Cielo;

– 2°) obtengo la gracia pedida, si es voluntad de Dios que yo deba recibirla;

– 3°) satisfago, del todo o en parte, la pena temporal debida por mis culpas.

Ahora bien, no pudiendo nosotros ceder a las almas del Purgatorio el mérito propiamente dicho de nuestras buenas obras, ni la parte impetratoria de las mismas, frutos que son personales y no pueden ser comunicados a otros, haciendo el Acto Heroico cedemos a las almas la parte satisfactoria, de manera que en provecho nuestro no queda satisfacción alguna en pago de la pena temporal por nuestros pecados; y en esto precisamente consiste el heroísmo del acto, que lo es de caridad purísima, en virtud de la cual nos privamos de satisfacer por nosotros mismos, no pudiendo, como la razón lo enseña, pagar dos deudas a la vez con la, misma suma.

Pues ¿quién no ve que una donación, así entendida, no sólo es conforme a la doctrina de la Iglesia, sino también al espíritu mismo del Evangelio?

En el Evangelio, en efecto, se nos da este consejo: «Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres.» Ahora bien, con el nombre de pobres no sólo pueden ser designados los infelices, los miserables, los que carecen de todo, los débiles de este mundo, sino también las pobres almas del Purgatorio, que por su miseria son infinitamente más de compadecer que los indigentes de aquí abajo y, por consiguiente, más dignas de nuestra compasión y generosidad.

Así, pues, con ellas debemos mostrarnos espléndidos y cederles gustosos, por medio de este acto heroico, el fruto satisfactorio de nuestras buenas obras, pensando que con ello, no sólo nos hacemos propicio el Cielo, el cual poblamos de nuevos comprensores; no sólo damos a la Santísima Virgen una prueba sincera de nuestra filial confianza poniendo en sus manos todas nuestras obras satisfactorias; no sólo nos enriquecemos con nuevos merecimientos, siendo verdad de fe que seremos tratados un día como hayamos tratado a los otros, sino que, además, nos bienquistamos el reconocimiento de tantos justos a quienes abriremos las puertas del Paraíso.

Y ¡qué amigos tan poderosos no serán para nosotros ante el trono de Dios estos justos, a quienes hayamos libertado de las llamas del Purgatorio!

En todas las clases de la sociedad no es raro oír a algunas personas lamentarse angustiosamente de que no tienen amigos. «¡Pobres abandonados!, quisiera decirles yo con un piadoso autor, no os desconsoléis, que cada semana, me atrevo a decir, cada día, podéis conquistaros un amigo verdadero, más poderoso, más afectuoso, más fiel que todos cuantos hayáis podido tener hasta ahora. Si alguna vez queréis obtener ese amigo tan conveniente, haced el acto heroico generosamente, y cada año contaréis con un número considerable de ellos, y después de breve tiempo será una gloriosa y bienaventurada falange la que en el seno de aquella felicidad, que vosotros también adquiriréis, tendrán sus delicias, ocupándose en vosotros y en vuestros asuntos, y rivalizarán en ardor para protegeros y procuraros apoyo y consolación. Si vivís una vida de fe, vuestro pensamiento se trasladará con frecuencia al Cielo, en donde hallaréis todo cuanto habéis menester para resistir a las tentaciones de desaliento. ¡Cuán grande no sería el gozo de un cortesano que llegase a poder rescatar con su dinero al hijo del rey hecho prisionero, y poderlo devolver sano y salvo a los brazos de su padre! ¿Por qué angustiaros, pues, cuando podéis aspirar a un gozo mayor todavía? Después de unos años de esta saludable devoción no será una ilusión para vosotros el pensar que contaréis, en la bienaventurada mansión de los elegidos, centenares y centenares de almas libertadas por vosotros, las cuales, llenas de agradecimiento, saldrán con alegría a vuestro encuentro para festejar vuestro triunfo el día memorable de vuestra coronación en el reino de la gloria.»

II

No queda, pues, ninguna duda de que, tras estas elocuentes razones, después de tan admirables ejemplos y tan numerosas indulgencias e insignes favores concedidos por los Sumos Pontífices, el acto heroico de caridad para con los difuntos no puedan legítimamente practicarlo todos los cristianos.

Haciéndolo estamos segurísimos de estar plenamente dentro del espíritu de la Iglesia, la cual, como madre bondadosa y tierna que es, no sabría aconsejarnos un acto que hubiera de redundar en perjuicio de nuestro bien espiritual y el de nuestros queridos difuntos.

Y como este acto ha sido impugnado por algunos teólogos, es necesario responder brevemente a sus objeciones, que pueden reducirse a tres, que son:

– 1ª) que este acto es contrario a la caridad que debemos tener para con nosotros mismos;

– 2ª) que se opone al amor y compasión que debemos tener a nuestros parientes y amigos;

– 3ª) que va contra las obligaciones especiales de justicia que cada uno de nosotros puede tener para con ciertos difuntos.

Es muy probable que tales objeciones puedan impresionar a los ánimos pusilánimes, pero se desvanecerá cualquiera dificultad tan pronto como hayamos respondido.

Y a la primera objeción respondo que, aunque admitido que nos exponemos a ir al Purgatorio y a permanecer allí durante algún tiempo, el inmenso cúmulo de gloria eterna que nos espera en el Cielo, y que corresponde al mérito de esta obra tan grata a Jesucristo y a la Santísima Virgen por el inmenso amor que ella les demuestra, es tal que, aunque se tratase de prolongar nuestro Purgatorio hasta el fin del mundo, este trueco sería todavía ventajosísimo.

Ya sé que mientras vivimos en este mundo el pensamiento de las penas del Purgatorio nos causa más impresión que el de una mayor gloría en el Paraíso; pero no ocurrirá lo mismo en la otra vida, pues entonces cambiará por completo nuestro modo de ver y de juzgar las cosas, y lo sufriríamos alegremente todo por amor de Dios a fin de poder añadir una piedra preciosa más a nuestra inmortal corona.

Además, ¿es verdad que nos exponemos al peligro de tener que permanecer después nosotros durante largo tiempo en aquella cárcel de fuego? ¿No es más digno de Dios el pensar que Él, en pago de nuestro desinterés y de nuestra heroica cesión a favor de aquellas almas, será más generoso para con nosotros, no siendo costumbre suya dejarse vencer en generosidad por sus criaturas, concediéndonos en recompensa muchas más gracias y acaso la de una total exención del Purgatorio, sin contar que tendremos en el Cielo a otras tantas protectoras en aquellas almas por nosotros salvadas de tal modo, las cuales nos asistirán y nos protegerán en vida y en la hora de la muerte?

A la segunda objeción respondo que este acto heroico no se opone en lo más mínimo al orden de la caridad que nos obliga a orar primero por los parientes y amigos difuntos, porque, permaneciendo siempre intacta la parte impetratoria de nuestras buenas obras, podernos, cuantas veces quisiéremos, rogar por las almas de nuestros queridos difuntos, mandando celebrar Misas según sus necesidades.

Y hasta ofreciendo a Dios este acto heroico, nada nos impide el recomendárselas siempre, con la casi certeza de que el Señor acogerá favorablemente nuestras súplicas.

Por lo demás, María Santísima, que conoce mejor que nosotros cuáles sean nuestros deberes, hará que nuestras buenas obras sean útiles primeramente a nuestros parientes y amigos, y después a los otros según delante de Dios lo merecieren.

A la tercera objeción, que aparentemente sería la más seria, si tuviera algún lógico fundamento, respondo que ni los Sumos Pontífices hubieran aprobado, ni los Santos hubiesen puesto en práctica este acto, si lo hubiesen reconocido como contrario a la justicia.

Por otra parte, ¿acaso el Señor, que conoce nuestras obligaciones, dejaría de aliviar por Sí mismo a aquellas pobres almas, de manera que les fuésemos más útiles con esta oferta total y completa que no aplicando individualmente nuestras oraciones o indulgencias?

No tengamos, pues, temor alguno, y con toda generosidad procedamos a la práctica de este acto; y, si acaso tuviéremos todavía alguna duda, agreguemos a nuestro acto aquella cláusula restrictiva que nos sugiere el Padre Munford en su obra sobre el Purgatorio, concebida en estos términos:

«Yo cedo a las almas del Purgatorio todos mis méritos satisfactorios, en cuanto tenga yo derecho a ello y sea del agrado de Dios».

De este modo no se lesiona ningún deber de justicia o caridad y se excluye toda dificultad posible.

III

De estas respuestas, pues, aparece evidentemente que ningún daño se nos podrá seguir, ni a nosotros ni a los demás, del ofrecimiento de todas nuestras obras buenas en favor de los difuntos; pero yo voy más lejos, y añado con el Padre Munford, antes citado, que, por lo que hace a nosotros, no podemos sino ganar muchísimo.

¿Y por qué? Porque cediendo a los difuntos la parte satisfactoria de nuestras buenas obras, adquieren un valor más considerable, no sólo la parte meritoria e impetratoria, sino aun la misma parte satisfactoria ya cedida.

Y en primer lugar, se aumenta considerablemente el mérito propiamente dicho: en efecto, ¿no enseñan los teólogos que una obra es tanto más meritoria cuanto está hecha con un fin más noble de caridad, cual es el ofrecer a Dios en favor de las almas del Purgatorio la parte satisfactoria de todas nuestras buenas acciones, colocándonos de hecho de este modo en la imposibilidad de obrar sino por motivos desinteresados, puesto que estas obras no pueden servirnos ya para satisfacer por nuestras deudas espirituales?

Además, el acto mismo con que hacemos esta cesión universal es de un mérito extraordinario, porque siendo revocable, si cada vez que nos viene el pensamiento de revocarlo perseveramos en nuestro generoso ofrecimiento, merecemos un aumento mayor de gloria en el Cielo y, por consiguiente, desde este punto de vista, nuestra ganancia es inmensa.

En segundo lugar, no menor es la ganancia que percibimos por lo que respecta a la parte impetratoria que nuestras buenas obras adquieren cuando las dirigimos a Dios como súplica para obtener una gracia cualquiera. Y la razón es clara. Disponiendo de ésta, en efecto, a favor de las almas del Purgatorio, no se disminuye en manera alguna el mérito de la obra misma, quedando siempre en nuestra facultad el impetrar con ella de Dios, además de la liberación de las almas, aquellas otras gracias que más interés tengamos en alcanzar.

De donde se sigue que, además del mérito del acto en sí y de la obra de caridad que hacemos, tendremos el de haber salvado tantas almas, las cuales, uniendo sus oraciones a las nuestras, facilitarán el que nuestros deseos sean oídos.

Finalmente, por lo que respecta a la parte satisfactoria, siendo la única que podamos ceder íntegramente en favor de los difuntos, parece que no puede servir de utilidad a quien la ofrece, y no obstante, al menos en parte, tiene también esta ventaja.

Considerando en verdad cuán grande sea la liberalidad de Dios, que, como ya hemos dicho, no se deja vencer jamás en generosidad por sus criaturas, y pensando en la promesa hecha por Jesús en el Evangelio de medirnos con la misma medida con que midiéremos a los demás, y en lo que Él mismo dijo a Santa Gertrudis, a saber: que consideraría como hecho a Sí lo que hiciéremos en favor de las almas del Purgatorio, ¿no es, por ventura, razonable el pensar que a la hora de la muerte usará de gran misericordia con aquellos que, por amor suyo y por caridad hacia aquellas almas, se hayan privado de la parte satisfactoria de sus buenas obras? Si está escrito en los Libros Santos que la caridad cubre muchedumbre de pecados y que la limosna libra de la muerte, ¿por qué no deberá ocurrir así en nuestro caso? ¿Qué limosna mejor que ésta, que, no sólo da lo superfluo, sino que lo ofrece todo en provecho del prójimo?

Hermanas Auxiliadoras del Purgatorio

Aunque fuese verdad que, haciendo el acto heroico, no nos quedara a nosotros recurso para saldar la pena temporal debida por nuestras culpas, no lo es menos que, lejos de seguírsenos daño ninguno de ello, más bien vamos a ganarlo todo, porque Dios, en recompensa de nuestra caridad, nos concederá muchas gracias extraordinarias, entre las cuales, a la hora de la muerte, un acto de caridad perfecta y de viva contrición suficiente para obtenernos la remisión de todos nuestros pecados; e inspirará a las benditas almas a quienes hayamos libertado durante nuestra vida el que nos asistan eficazmente con sus sufragios después de muertos, y a nuestros supervivientes y demás almas buenas que dejamos en la tierra, el que se acuerden de nosotros, como nosotros nos hemos acordado de las otras almas.

Por eso terminemos con el Padre Munford: se puede esperar con sólido fundamento que, quienes con pureza y rectitud de intención hicieren este acto heroico, esta cesión generosa, se verán libres del Purgatorio, o al menos permanecerán en él tan breve tiempo como acaso no lo hubieran obtenido conservando para sí la parte satisfactoria de sus buenas acciones.

EJEMPLO

La virgen Gertrudis

En cuánto provecho redunde para nosotros, delante de Dios y de las almas del Purgatorio este acto heroico de caridad, lo vemos confirmado por el siguiente hecho, referido por Dionisio Cartujano.

Una doncella, llamada Gertrudis, educada en la escuela de la caridad, había acostumbrado, desde sus más tiernos años, ofrecer en sufragio de las almas del Purgatorio la satisfacción de todas las buenas obras que hacía.

Era tan del agrado del Purgatorio y del Cielo tan devota práctica, que con frecuencia se complacía el Señor en indicarle las almas más necesitadas a las cuales convenía la aplicase; y aquellas mismas almas, que por su mediación eran libertadas de aquellas penas, se le aparecían gloriosas para darle las gracias y prometerle su correspondencia desde el Cielo.

Había empleado siempre su vida en este santo ejercicio, y llena de santa confianza se acercaba a la muerte cuando el enemigo infernal trató de perturbarla, acometiéndola con el pensamiento de haber ella libertado en su vida muchas almas del Purgatorio para ir ella ahora a ocupar su lugar y sufrir por ellas, hallándose despojada del mérito de todas sus buenas obras.

«¡Cuan necia y presuntuosa fuiste, le decía, al despojarte de tantos merecimientos para cederlos en provecho de otros! Pronto te arrepentirás, cuando te veas acometida y rodeada de los más crueles suplicios, riéndome yo entretanto de tus padecimientos. ¿Qué necesidad tenías tú de prodigar de ese modo tus méritos en beneficio de quien era para ti un extraño? El orgullo fue el que te cegó; mas, ¡bien caro lo pagarás!»

Ante tales insinuaciones, aquella alma piadosa, gimiendo y desolada, se lamentaba diciendo: «¡Ay, infeliz de mí, infeliz de mí! ¡Dentro de breves instantes iré a dar cuenta a Dios de todas mis acciones, sin haberme reservado ninguna buena para mí! ¡Oh, qué terrible Purgatorio me espera, sin esperanza de alivio ni consuelo!»

Pero el Señor, no queriendo que pasara tanta angustia su fiel sierva, apareciéndosele lleno de majestad y de dulzura, le dice: «¿Por qué estás tan desolada, hija mía? Has de saber que tu caridad me ha sido tan grata que, desde este momento, yo te perdono todas las penas que te estaban reservadas, y como yo he prometido recompensar con el ciento por uno a los que se olvidaran de sí mismos por amor de sus hermanos, así con el ciento por uno aumentaré tu recompensa en el Cielo. Sepas que todas las almas salvadas por ti vendrán en breve a tu encuentro para acompañarte e introducirte en la celestial Jerusalén.»

Ante tan consoladora seguridad la piadosa doncella sintió disiparse toda tristeza, y referido lo acaecido a los circunstantes, con la sonrisa de los predestinados en los labios, fue a recibir la recompensa de su caridad heroica.

Enfervorícese también nuestro deseo de procurar ayuda a las benditas almas, pues espléndida será la celestial recompensa.

Ventajas para quien hace este acto heroico

Para animar más a los fieles a hacer este acto heroico de caridad en favor de los difuntos, creemos oportuno reseñar aquí los preciosos favores con que ha sido enriquecido por los Romanos Pontífices:

1) Los sacerdotes gozan de altar privilegiado personal todos los días del año.

2) Los simples fieles pueden lucrar indulgencia plenaria aplicable solamente a los difuntos cualquier día que reciban la Comunión, visiten además una iglesia y rueguen por la intención del Sumo Pontificado.

3) Igualmente indulgencia plenaria todos los lunes del año, oyendo la Misa en sufragio de las almas del Purgatorio, con tal que visiten y rueguen como antes…; no pudiendo el lunes, será valedera la Misa del domingo.

4) Todas las indulgencias, aun las no aplicables, pueden aplicarlas a los difuntos.

5) Los niños que todavía no han recibido la Comunión, los enfermos, los ancianos y los que habitan apartados de iglesias u oratorios, podrán obtener de un sacerdote, autorizado por el Ordinario para ese fin, la conmutación de obras para ganar dichas indulgencias.

Como hemos dicho, no hay prescrita ninguna fórmula para este acto: basta hacerlo con el corazón.