PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXVI

Penitencia y limosna

Uno de los mayores servidores de Dios que ilustraron la Iglesia en el pasado siglo fue el Venerable Claudio Colin, fundador de la Sociedad de María.

Este santo varón era devotísimo de las almas del Purgatorio, y tan grande la confianza que tenía en su intercesión para con Dios, que a ellas recurría no sólo en las cotidianas y ligeras dificultades de la vida, sino también en aquellas más graves e importantes que concernían a la fundación de aquella religiosa familia, cuyo padre había sido llamado a ser por el Cielo, recibiendo siempre de aquellas almas preciosos y señalados favores.

Recomendaba a todos su devoción, inculcando, no obstante, que, al hacer alguna buena obra en sufragio de ellas, no se atuvieran solamente a aquellos sufragios que, aunque meritorios y gratísimos a Dios, no cuestan nada a la naturaleza, como son: el oír y mandar celebrar la Santa Misa, recibir la Sagrada Comunión, ejercitarse en alguna obra de piedad, etc., sino que se aplicasen también a practicar aquellas otras que exigen algún sufrimiento, añadiendo que, aun en estas obras santas, es preciso imitar al divino Maestro, el cual en el desierto no sólo oraba, sino también ayunaba.

Y acompañaba las palabras con el ejemplo. Sabemos por sus biógrafos que, cuando quería sufragar por alguna alma, además de prolongadas oraciones y la celebración de gran número de Misas, solía infligirse cierto número de golpes de disciplina, y observar durante algunos días rigurosos ayunos a pan y agua.

¡Ayuno! Bajo este nombre comprendo todos los actos de mortificación interiores y exteriores, todo lo que contraría a la naturaleza, y, haciéndola sufrir, doma sus instintos depravados; y éste es otro medio eficaz de ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio, al cual también, no menos que a los otros, debemos recurrir, si queremos demostrar verdaderamente que nuestra devoción hacia los difuntos no es superficial y de palabra, sino sentida y sincera.

Diremos brevemente en esta plática el modo de practicarla de manera eficaz y meritoria, diciendo también algo acerca de la limosna, medio no menos poderoso para aliviar a aquellas santas almas.

I

Hay en el Santo Evangelio una sentencia pronunciada por boca del divino Redentor, que no puede por menos de hacernos reflexionar seriamente: «Si no hiciereis penitencia, dice Jesucristo, todos pereceréis.» Si queremos, pues, salvarnos es necesario que hagamos penitencia, esto es, que practiquemos todas aquellas obras aflictivas que ofrecen ocasión de mortificar al cuerpo o al espíritu.

Y la razón, es porque, sea el ayuno, sean todas las demás penitencias, son muy útiles para expiar los pecados.

Baste recordar el ejemplo de los ninivitas, los cuales, habiendo sido condenados por la divina Justicia a ser destruidos, ayunan y hacen penitencia durante cuarenta días, y Dios se calma y los perdona.

He dicho lo que mortifica al cuerpo; porque no basta que la penitencia sea interna, es decir, que consista en una interior aflicción del espíritu, sino que también debe ser externa, corporal, según lo que dice el Señor por medio del profeta Joel: «Convertíos a Mí de todo corazón con el ayuno y las lágrimas.»

Mas, ¿para qué mortificar el cuerpo, dirá alguno, cuando, según el testimonio del mismo Jesucristo, en el alma tienen origen todos los pecados? «Del corazón proceden los pensamientos malvados, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las maledicencias.» ¡Oh! La razón es bien sencilla; porque el cuerpo, unido tan estrechamente al alma, también pecó, y es muy justo que también él sufra su pena.

«No nos engañemos, dice San Pablo, así como el cuerpo nos ha servido para cometer el pecado, también el mismo cuerpo debe servirnos para repararlo; y así como cuando seguíais las voces de los sentidos o de la carne empleasteis vuestros miembros en las obras del vicio y del pecado, ahora que habéis reconocido vuestros yerros, debéis ocupar también estos mismos miembros en obras de mortificación y penitencia.»

He aquí por qué la Iglesia en ciertas épocas del año y en ciertos días de la semana prescribe ayunos, abstinencias y mortificaciones; y las Sagradas Escrituras, hablándonos de penitencias, hacen alusión, además de las indicadas, al cilicio, al llanto, a la disciplina, al cansancio y a otras aflicciones externas, para darnos a entender que así el cuerpo como el espíritu deben sufrir la pena del pecado.

Mas, ¡ay de mí! Si hay alguna palabra que en gran manera repugne a los oídos delicados de nuestro siglo, es sin duda la palabra mortificación.

Efectivamente, los hombres de nuestros tiempos, considerándola como una reliquia de la Edad Media, destinada a desaparecer, buscan la manera —y en gran parte ya lo han logrado, por desgracia— de desterrarla de entre los cristianos, de los cuales pocos son ya los que la practican.

Lo cual no quita, sin embargo, que, sean menos verdaderas las palabras de Jesús, y que, por consiguiente, si queremos salvarnos, o al menos librarnos de un Purgatorio largo y dolorosísimo, sea necesario practicarla.

En vista, pues, de tan saludables efectos, ¡cuánto mejor es, en lugar de despreciarla, darle un buen acogimiento y hasta servirse de ella como de medio poderosísimo para ayudar a las almas del Purgatorio!

Es, en efecto, doctrina comunísima en la Iglesia que mortificar el propio cuerpo con intención de ayudar a las almas del Purgatorio, es no solamente asegurarse la propia justificación, sino procurar al mismo tiempo de un modo eficacísimo el alivio de aquellos pobres difuntos.

Y no vayáis a creer que sea esta una costumbre introducida en nuestros tiempos, no; pues se lee ya en el Libro Primero de los Reyes que los habitantes de Fabes, en Galaad, apenas supieron la noticia de la muerte de Saúl y de su hijo, salieron al punto, y caminando toda la noche tomaron los cuerpos de los difuntos y, habiéndolos sepultado, ayunaron en sufragio de sus almas durante siete días.

II

Además, la eficacia de la mortificación en favor de los difuntos se reconoce fácilmente cuando se piensa que, mientras la oración y otras obras piadosas sólo per accidens poseen un carácter penitencial y satisfactorio, la mortificación, por el contrario, es la obra satisfactoria por excelencia, es el precio del rescate del pecado cometido.

Y así leemos en el libro de Judit: «El Señor escuchará, es cierto, nuestras súplicas, pero cuando ellas vayan acompañadas del ayuno.»

Además, si es verdad constante que todas las obras piadosas son aplicables por vía de sufragio a los difuntos, no es menos cierto que la Iglesia ha querido sobre todo aplicar a estas pobres almas los méritos y satisfacciones de Jesucristo, de los Santos y de los fieles.

«Jamás, ha dicho el divino Salvador, jamás Yo rechazaré a quien a Mí viniere.» Ahora bien, siendo el camino más seguro para ir a Él la vía dolorosa de su Pasión, a fin de hallarlo en la cima del Calvario, ¿podrá Él permanecer insensible a las súplicas de aquellos cuyos sufrimientos se unen a los suyos?

Y a la manera como propiamente sus padecimientos fueron los que libertaron al hombre de la esclavitud del pecado y de la muerte, y le abrieron las puertas del Cielo, así también nuestras mortificaciones y penitencias librarán a las almas afligidas en la cárcel del Purgatorio, y les abrirán las puertas de la mansión eterna de los justos.

Eficacísimos serán, pues, nuestros ayunos y mortificaciones en favor de los difuntos, si van acompañados de dos condiciones esenciales.

La primera, es que sean hechos en estado de gracia; sin esta condición, como ya lo hemos dicho otras veces, ¿cómo es posible que sean aceptos a Dios? Dice Santo Tomás: «Aunque quemaseis delante del altar de Dios todos los perfumes e incienso de Arabia, si no os halláis en estado de gracia, ni vuestros sacrificios ni vuestras victimas tendrán mérito ninguno delante de Él. Aun cuando ayunareis a pan y agua durante largos años, llevareis cilicio y os diereis disciplina, viviereis la vida más austera, la vida de los anacoretas, si no os hallareis en estado de gracia, ni vuestros ayunos, ni vuestras maceraciones, ni vuestras austeridades tendrán valor alguno a los ojos de Dios.»

La segunda condición, es hacerlo todo por la gloria de Dios, porque sin esta condición nada valdría la primera, si hiciéramos nuestras obras sólo por complacer a los hombres.

Así, pues, cuando queramos mortificarnos elevemos nuestra mente y corazón a Dios, purifiquemos nuestra intención, ofrezcamos todo a Dios para su honor y gloria, y de este modo estaremos segurísimos de socorrer con fruto a las almas del Purgatorio.

Todo eso está muy bien, dirá alguno, pero yo no tengo manera, ni salud, ni comodidad para entregarme a esos ayunos y penitencias; por tanto, ¿deberé verme privado de un medio tan poderoso para auxiliar a aquellas pobres almas? Anímense los débiles y pusilánimes, puesto que Dios mira más la generosidad del corazón que el acto en sí mismo; y sin disciplinas ni debilitar las fuerzas y la propia salud, y hasta sin abandonar las habituales ocupaciones, se puede con las pequeñas abstinencias, o privaciones y mortificaciones que se nos ofrecen cada día y cada hora, satisfacer y sufragar por las culpas de aquellas pobres almas.

¿Qué cosa, en efecto, puede impedir que nos privemos de alguna diversión no necesaria, de ciertas conversaciones, de ciertos juegos y espectáculos que a veces hasta son harto peligrosos para un cristiano? ¿Qué perjuicio puede seguírsele a la salud si alguna vez nos privamos en la comida de algo que no sirve más que para halagar al paladar y fomentar la delicadeza? ¿Qué puede costarnos el dar menor libertad a la lengua, reprimir por un poquito de tiempo el deseo de hablar, ofreciendo así al Señor lo que las Sagradas Escrituras llaman un sacrificio de los labios? Del mismo modo, ¿quién no puede imponerse el sacrificio de los propios ojos a fin de que no miren cosas vanas y peligrosas, de los oídos para que no escuchen palabras inútiles y escandalosas? Estas y muchas otras mortificaciones semejantes nada tienen de espantosas, y, por el contrario, serían muy agradables al Señor.

Exigen, es cierto, un poco de atención y acaso alguna violencia, pero en la medida de este esfuerzo serán también el mérito y la utilidad que percibirán las almas purgantes.

Hay todavía otro género de penitencia tanto más del agrado del Señor cuanto que viene de su mano; me refiero a las aflicciones de que está bastante sembrada nuestra vida. La cruz es la herencia de todos los hijos de Adán; la tierra que habitamos es para todos inmenso valle de lágrimas, en donde junto a una rosa hallaremos multitud de cardos y punzantes espinas: «Ve adonde más te pluguiere, dice el autor de la Imitación de Cristo, y no hallarás más camino que la vía de la cruz.» Un célebre poeta cantó eximiamente:

Cuando nací me dijo una voz:
Tú has nacido para llevar la cruz;
yo llorando la cruz abracé,
que el Cielo me tenía designada.
Después miré y remiré en torno mío…,
¡y vi que todos llevaban la cruz aquí bajo!

Casi todas las criaturas que nos rodean pueden convertirse, por divina disposición, en manantial de penas y expiación.

Ahora son las criaturas racionales, nuestros semejantes, quienes por inadvertencia, por ignorancia, y hasta por malicia si queréis, nos ofrecen motivo de aflicciones tanto más amargas cuanto menos las esperábamos. Envidias, celos, críticas, calumnias, frialdades, antipatías, aversión secreta y odio manifiesto… ¡Oh, cuántas clases de cruces pueden venirnos de parte de nuestro prójimo!

Otras veces son las criaturas inanimadas las que ponen a prueba nuestra paciencia: la pobreza con sus rigores, el cansancio, el tedio, la tristeza, etc.

Ahora pregunto yo: ¿Puede ocurrimos algo tan triste y aflictivo en esta vida, que no pueda servir de satisfacción por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos, si lo recibimos como venido de la mano de Dios con alegría, o al menos sin quejarnos y entristecernos?

Si el Señor, pues, quiere que estemos afligidos o enfermos; o que de improviso perdamos nuestros bienes, el honor o los parientes; si permite que nuestros enemigos nos persigan, o nuestros amigos nos abandonen, abracemos estas cruces con toda el alma, sin murmurar, antes digamos resignados: Hágase la santa voluntad del Señor; y de todo recabaremos grandes tesoros de merecimientos para socorrer a las almas purgantes.

«Un medio fácil, pero poco conocido y todavía menos practicado, dice un piadoso autor, para sufragar por las almas del Purgatorio, es la aceptación amorosa de mil contrariedades dolorosas de que hallaremos sembrado el camino de la vida. Soportar, por ejemplo, con paciencia el peso del trabajo, las enfermedades; recibir sin quejarse un desprecio, una humillación no merecida; aceptar en silencio las inclemencias del tiempo, el mal carácter del prójimo; en todo esto hay siempre materia para poder ofrecer una pequeña limosna de sufragio a las benditas almas del Purgatorio”.

“¡Oh, cuán rico es el hombre, dice Bossuet, pues tan a poca costa puede ganar el Cielo para sí y hacerlo ganar a los otros!»

Santa Liduvina ofrecía a Dios, por la libertad de las almas del Purgatorio, la ardentísima fiebre que cada día y durante largas horas la devoraba, igualmente que las otras enfermedades que la acosaban. No tenía en cuenta las llagas que cubrían su cuerpo, y se sentía felicísima de contar con un medio seguro con qué socorrer a aquellas pobres almas, cuyos padecimientos le llegaban al alma.

Fuera, pues, excusas y pretextos; pudiendo tan fácilmente ayudar a nuestros difuntos, no dejemos pasar la ocasión que se nos presente de ello: suframos algo por ellos, seguros de que por su intercesión nuestros sufrimientos se convertirán un día en otros tantos motivos de gozo eterno.

III

La limosna

No menos que la mortificación será útil a las almas santas la limosna, la cual, entre todas las obras de caridad evangélica, es una de las que más recomendadas están en las Sagradas Escrituras, hasta revestir la importancia de un deber gravísimo para los que han sido colmados de riquezas por la Providencia.

¿No dice, efectivamente, Jesucristo: Lo que os sobra de vuestras necesidades dadlo a los pobres? Las cuales palabras, en modo imperativo dichas, nos dan a entender que la limosna no es solamente un consejo, sino una obligación para quien puede hacerla, y una obligación tan grave, que pone en riesgo inminente su salvación quien no la hace.

Siendo esto así, parecería que la limosna, como que es un deber, no había de ser de mucho mérito, y, sin embargo, no es así, porque, a causa del afecto que se pone en las riquezas, es muy difícil para muchos el hacer limosna, y por esto los que la hacen practican una obra de mucha virtud y mérito, máxime haciéndola según el espíritu del Evangelio, esto es, por amor de Dios y del prójimo, y sin sonar la trompeta anunciándola a los cuatro vientos.

Y entre los méritos que tiene es uno el ser obra satisfactoria y que, por tanto, puede aplicarse en provecho de las almas del Purgatorio, a quienes, igual que la oración, sirve de gran alivio.

Más aún: porque, según las enseñanzas de Santo Tomás, poseyendo la limosna la virtud de satisfacer por el pecado en mayor grado que la misma oración, resulta, para nuestro fin de aliviar a las almas, de mayor utilidad que ésta.

Y en efecto, el que la limosna sea una de las obras que más satisfacen a la Justicia divina nos lo enseñan claramente las Sagradas Escrituras.

¿Qué dice, si no, el arcángel Rafael a Tobías y a su familia? Que precisamente por medio de la limosna el hombre se salva de la muerte, satisface por sus pecados y halla gracia delante de Dios.

Y el oráculo del Arcángel se ve confirmado por el Espíritu Santo, que dice: «Como el agua extingue el fuego más ardiente, así la limosna extingue el pecado»; y para darnos a entender que nuestras buenas obras se perfeccionan por la limosna añade: «Alarga la mano al pobre, a fin de que tu sacrificio sea expiatorio y perfecto.»

Así, pues, según el Espíritu Santo, el hacer limosna y el hacerla con intención de aplicar el mérito expiatorio a las almas del Purgatorio, es lo mismo que verter agua beneficiosa sobre el fuego que las abrasa, y poner bálsamo saludable sobre las llagas que las devoran, adquiriendo así quien la hace doble mérito: a saber, el de la caridad que practica con el pobrecillo a quien la hace, y el alivio que con ella proporciona a aquellas pobres almas.

Los Santos, explicando las anteriores palabras del Espíritu Santo, no dudan en comparar la eficacia de la limosna con la del Bautismo.

«Haced limosna, dicen ellos, hacedla de una forma o de otra, pero hacedla con intención de aliviar a las almas del Purgatorio, y de este modo les conferiréis una especie de Bautismo. Efectivamente, las almas que sufren en aquella cárcel de fuego están purificadas de sus culpas, pues salieron de este mundo en estado de gracia, pero les queda una pena que sufrir. La limosna suaviza esta pena y a veces hasta puede extinguirla por completo; entonces estas almas bienaventuradas se encuentran en el mismo estado en que se hallaban cuando recibieron el bautismo; y así puede decirse con verdad que, gracias a la eficacia de la limosna, son segunda vez bautizadas.»

¡Oh, con cuánta verdad pueden aplicarse tanto a los vivos como a los difuntos las palabras del Santo rey David: «El Señor ha encomendado a los ricos el cuidado de los pobres y la protección de los huérfanos»! Los vivos son los ricos, pues éstos se hallan en posesión de los tesoros de la divina misericordia; las almas del Purgatorio son los pobres y los huérfanos, porque saliendo de este mundo han caído en toda suerte de miserias y han perdido la facultad de poderse ayudar a sí mismas. A nosotros, pues, nos toca el escuchar sus voces lastimosas y hacerlas partícipes de los bienes que tenemos en nuestras manos.

Si nos negamos a socorrerlas, vendrá día en que nosotros también clamaremos piedad desde las mismas llamas en que ellas están hoy; pero, ¡ay!, los vivos se harán también sordos a nuestros lamentos, según las palabras del Espíritu Santo: «El que se hace sordo a los gemidos del pobre verá llegar a su vez el día en que él también gemirá, y nadie acudirá en su auxilio.»

¿Por qué, pues, ahora que tenemos tiempo y estamos en condición de hacerlo no seguimos el consejo del Redentor, que nos advierte «que nos proporcionemos amigos por medio de las riquezas de la iniquidad, a fin de que cuando muramos nos introduzcan en los eternos tabernáculos»?

Hay más todavía: la limosna, además de ser útil por sí misma a las almas, es útil por las oraciones que en provecho de ellas elevarán al Cielo los que la reciben; pues es de esperar, y es recomendable, que los que se benefician con nuestra limosna no dejen de orar según nuestras intenciones, que pueden ser propiamente el sufragar por las almas del Purgatorio.

De donde se sigue que la limosna es casi la única obra que puede ser practicada útilmente por las almas del Purgatorio, aun por aquellas mismas que, por desgracia, viven en pecado mortal; pues, aunque en sí misma no posea la virtud satisfactoria, no deja, no obstante, de tener eficacia, si se considera que las oraciones del pobre beneficiado son provechosas al que ha hecho la limosna, obteniéndole la gracia de la conversión, y al alma penante, en cuyo sufragio se ha hecho la limosna, para mitigar sus sufrimientos.

IV

No debe, por tanto, maravillarnos el ver que muchas almas piadosas y muchos Santos devotos del Purgatorio recurran a este medio tan eficaz, y lo recomienden tan ahincada e incesantemente a todos los fieles.

«¿Queréis, dice San Agustín, aprender a negociar bien y a que vuestro capital os produzca copiosos intereses? Dad aquello que no podéis conservar siempre, a fin de obtener lo que no podréis perder nunca.»

La limosna, efectivamente, además de ser útil a las almas penantes, tiene una virtud preservativa muy especial para impedir el caer en el Purgatorio, o para abreviar la pena de aquel que la ha hecho; pues Dios no se deja vencer nunca en generosidad por las criaturas que se muestran generosas con los demás.

Dad, y se os dará, es la regla evangélica, que no ha sido nunca desmentida.

Y para animarnos a ser cada vez más espléndidos con nuestras riquezas en favor de las almas del Purgatorio, el mismo Santo Doctor nos expone brevemente los poderosos motivos que hay para ello: «Vide quid emas, quando emas, quanti emas, et quam vili emas attende. Considera lo que rescatas, que son almas amigas de Dios, dispuestas a unirse con Él en el cielo. Mira en qué momento las rescatas, es decir, mientras sufren tormentos indecibles. Observa a qué precio las rescatas, esto es, con bienes perecederos, que no obstante les proporcionan una felicidad eterna, la cual ellas pedirán al Señor para nosotros.»

No menos claramente habla San Ambrosio: «Si la muerte os ha arrebatado un hijo o un pariente amado, por cuya pérdida sentís un dolor inenarrable, y quisierais todavía poderle asistir, aconsejar, defender, sin poderlo hacer; no obstante, pensad en que nada hay tan eficaz y grato para aquel a quien lloráis y a quien tal vez hubierais querido nombrar vuestro heredero, como el asistir a sus coherederos vivientes, los pobres, en provecho de los cuales podéis hacer lo que estabais dispuestos a hacer en beneficio del difunto. De este modo, asistiendo en la persona de los pobres a la persona que habéis perdido, pondréis a ésta más rápidamente en posesión de los bienes eternos, en lugar de algunos bienes miserables y temporales que habríais podido dejarle.»

¡Quiera Dios que sean fielmente seguidos los consejos de estos santos Doctores! No sólo sentirían provecho los pobres vivientes con inmensa ventaja para todo el cuerpo social, que vería desaparecer en parte la plaga tremenda del pauperismo, causa de tantos males, sino que además serían eficazmente aliviadas las almas de nuestros difuntos, que disfrutarían indirectamente de aquellos bienes que les pertenecían; y con aquel oro que con frecuencia sirve para fomentar la vanidad de los vivos, hasta en fútiles de mostraciones de duelo, aquellas pobres almas ganarían el cielo.

No nos desvíe de dar limosna en provecho de las almas del Purgatorio el hecho de que no tengamos bienes abundantes para demostrar nuestra esplendidez con los pobres; sino más bien anímenos el pensamiento de que no siempre las grandes limosnas son las que aplacan la cólera divina y dan satisfacción a su justicia.

Los dos insignificantes óbolos de la viuda del Evangelio fueron más aceptos a Jesucristo que los grandes dones de los escribas y fariseos, porque ella no podía dar más, y aquello que daba lo hacía con pureza de intención. Los otros, en cambio, lo hacían con ostentación, y les eras menos costoso el dar mucho a ellos que a la pobre viuda lo poco que daba.

Dios, que es Dueño y Señor de Cielos y tierra, no necesita para nada de nuestros tesoros; y solamente los quiere en cuanto significa despego de nuestro corazón de esos bienes, y procuramos ayudar con ellos a los miserables y a los infelices; y así no mira Él tanto a la grandeza de la ofrenda cuanto al buen corazón y a la intención de quien la hace, no pretendiendo nunca más de lo que pueden nuestras fuerzas.

«Si tienes mucho, decía Tobías a su hijo, da mucho; si tienes poco, da poco; pero lo que des, dalo de buen grado.»

Finalmente, aun suponiendo que no nos sea posible dar nada de limosna a los pobres, no vayamos a creer por eso que nos quede cerrado ese camino para sufragar a las almas purgantes, porque bueno es saber que la limosna no consiste sólo en la pequeña o grande moneda que se dé al pobre; sino que con el nombre de limosna se entienden todas las obras de misericordia, así corporales como espirituales, en provecho de nuestros semejantes.

¡Cuántas veces una buena palabra, un buen consejo o una sabia advertencia dados oportuna y desinteresadamente a quien se halla en la duda, en la aflicción o en peligro de equivocarse, son actos de caridad más preciosos y más de agradecer que cualquier donación espléndida de dinero! ¿Y no son también limosnas meritorias consolar a los enfermos, visitar a los presos?…

¡Qué campo tan ancho no se extiende ante nosotros para poder sufragar por las almas del Purgatorio! Lancémonos por él con ardor en la seguridad de disminuir por este medio, ya que no de hacer desaparecer del todo, sus penas y abrirles las puertas de la bienaventurada eternidad.

Siendo, pues, tal la eficacia de la modificación y de la limosna para sufragar por las almas del Purgatorio, hagamos todo lo posible para ponerlas en práctica.

Si un pariente o amigo a quien lloramos difunto, estuviese vivo todavía, ¿escatimaríamos alguna cosa de su gusto o provechosa para él a trueque de serle gratos? Si se hallase enfermo, ¿temeríamos hacer algún gasto con el fin de proporcionarle algún alivio? Pues bien, veámosle delante de nosotros, acosado de gravísimas penas; no dejemos, pues, de practicar alguna penitencia o de entregar algunas monedas a los pobres para aliviar sus sufrimientos; y cuando Dios o la Iglesia nos pidieren alguna mortificación, o algún pobre llamare a nuestra puerta o nos tendiera la mano, representémonos que es un alma que padece, la cual se dirige a nosotros suplicándonos tengamos compasión de ella y de sus aflicciones; este pensamiento nos conmoverá y enternecerá nuestro corazón.

Y una cosa que nos inclinará más que ninguna otra a mostrarnos generosos con nuestros bienes en favor de los indigentes, con miras a aliviar a las almas pacientes, es que cooperaremos de algún modo con Jesús a la salvación de las almas.

Verdad es que las almas del Purgatorio se hallan en estado de salvación, pero también es verdad que, a causa de la deuda que tienen pendiente con la Justicia divina, a la cual tienen que satisfacer, no se hallan todavía en posesión de la visión beatífica, y, por consiguiente, la obra de Jesucristo respecto de ellas no ha tenido aún su total cumplimiento.

Pues bien, nosotros, con nuestras mortificaciones y limosnas, ¿qué otra cosa hacemos sino completar la obra de Cristo y libertar de este modo aquellas almas santas? Sintámonos, pues, orgullosos de poder ser de este modo juntamente con Jesucristo sus salvadores. No nos paralice la mano el conocido proverbio de que «la limosna crea ingratos».

Harto desgraciadamente en nuestros días, lo mismo que en los del rey David, vemos alzarse contra nosotros al que con nosotros ha comido el pan de nuestra mesa y que a nuestra liberalidad es deudor tal vez de la vida. Pero consolémonos, que no ha de ocurrimos lo mismo con las almas del Purgatorio, las cuales, apenas verán abiertas las puertas de la celestial Jerusalén, nos bendecirán por los siglos sin fin y harán que lluevan sobre nosotros cual lluvia benéfica las gracias más copiosas.

EJEMPLOS

Valor de la penitencia y de la limosna

De un libro sobre las Almas santas, escrito por un religioso trapense, tomamos el hecho siguiente, que el autor nos presenta revestido de los caracteres más seguros de autenticidad.

En una parroquia del norte de Francia vivía pocos años ha un excelente padre de familia a quien el párroco solía citar como modelo de todas las virtudes. Aconteció, pues, que un día, encaminándose a su casa, vio apoyada sobre el pedestal de una cruz, de esas que generalmente hay a la entrada de los pueblos como recuerdo de alguna misión dada en el suyo, a una persona cuyo aspecto indicaba suma tristeza. Se le acerca, y reconoció en aquella aparición a un miembro de su familia muerto hacía algunos años. Estupefacto, le interrogó con la mirada como si le preguntase cómo y con qué fin estaba allí.

La aparición por toda respuesta le llamó por su nombre y le dijo: «¿Estás dispuesto a sufrir y sacrificar tu vida por el eterno descanso de mi alma?»

Ante pregunta tan inesperada y extraordinaria permaneció indeciso y turbado, no osando abrir la boca. Pero, insistiendo el otro y repitiendo la misma pregunta: “Sí, respondió, estoy dispuesto a todo; pero soy padre de familia y mi vida no me pertenece; te ruego, pues, me des algún tiempo para reflexionar.» «Sea así, respondió aquélla; yo esperaré hasta tal hora; y aquí me encontrarás.»

Ciertamente no es fácil describir la turbación, la angustia, la ansiedad que experimentó; no obstante, llegada la hora convenida, se trasladó al lugar de la entrevista, en donde, como ya habían quedado, halló a la aparición apoyada, y en la misma postura de la mañana, y con la misma expresión de profunda tristeza.

«Bien; y qué, ¿aceptas?», le preguntó en seguida. «Sí, respondió, pero tú ya sabes que tengo hijos todavía de tierna edad; por eso te ruego me sean concedidos al menos tres años de vida, después de los cuales yo estoy dispuesto a cualquier sacrificio.» «Sea como tú quieres, respondió la aparición; hasta dentro de tres años, pues», y desapareció.

Pasados algunos días, aquel buen padre de familia se vio acometido por extraña y dolorosísima enfermedad, en la que ningún alivio pudieron prestarle ni médicos ni medicinas. En medio de los atrocísimos tormentos que padecía permaneció siempre tranquilo y resignado, soportándolo todo con paciencia por amor de Dios y en sufragio de aquella alma que se le había aparecido.

Pasados los tres años, el día mismo aniversario de la aparición, entregaba su hermosa alma a Dios con claras señales de predestinación.

¡Oh, cuán grande debe de ser el valor de la penitencia a los ojos de Dios, para que las mismas almas del Purgatorio la soliciten para apresurar su libertad!

El óbolo de la viuda

La eficacia de la limosna en favor de las almas del Purgatorio, mejor que con ejemplos puede ser demostrada con una parábola del Evangelio.

«Érase un hombre rico, que tenía un mayordomo, del cual por la voz común vino a entender que le había disipado sus bienes. Le llamó, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no quiero que en adelante cuides de mi hacienda. Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré, pues mi amo me quita la administración de sus bienes? Yo no soy bueno para cavar, y para mendigar no tengo cara. Pero ya sé lo que he de hacer para que, cuando sea removido de mi mayordomía, halle yo personas que me reciban en su casa. Llamando, pues, a los deudores de su amo, a cada uno de por sí, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Respondió: Cien barriles de aceite. Le dijo: Toma tu obligación, siéntate y haz al instante otra de cincuenta. Dijo después a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Respondió: Cien coros o cargas de trigo. Le dijo: Toma tu obligación y escribe otra de ochenta. Así este mayordomo infiel se procuró amigos que le recibieran en su casa antes de que fuera arrojado de su empleo. Así os digo yo a vosotros: Granjeaos amigos con las riquezas, manantial de iniquidad, para que cuando falleciereis seáis recibidos en las moradas eternas».

Que es como si dijera: por medio de vuestras limosnas, haced que se les condone algo de la pena que las santas almas del Purgatorio deben padecer, y ellas, junto con los pobres a quienes, por ellas habréis socorrido, os dispensarán después un triunfal recibimiento en el Cielo.