PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXV

La oración

«Almas fieles que, inconsolables, lloráis la pérdida de seres queridos, yo no os prohíbo, no, las lágrimas. ¡Oh, sí, llorad su muerte!; pero procurad, al mismo tiempo, endulzar vuestras lágrimas con el suave bálsamo de la oración, la cual, mejor que cualquiera demostración exterior, puede proporcionar alivio a las almas que la muerte os ha arrebatado.»

Así se expresaba el Santo Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales, el cual, al hablar de este modo, no hace sino tomar, como quien dice, prestado el lenguaje de la Iglesia, la cual, condenando una estéril o mal entendida piedad para con los difuntos, quiere que preferentemente se ore por ellos, dándonos ella misma el ejemplo.

¡La oración! ¡Qué medio tan eficaz para aliviar a las almas del Purgatorio! Ella, al mismo tiempo que alivia nuestro dolor, y presenta ante nuestra angustiada alma horizontes más serenos y consoladores enjugando nuestras lágrimas y cerrando las heridas de nuestro corazón, mitiga y extingue las llamas devoradoras en que gimen las almas del Purgatorio.

Hija de la esperanza y del amor, después de haber brotado de nuestro corazón y nuestros labios, traspasa los límites del tiempo y del espacio, penetra en la eternidad, se eleva en alas de los Ángeles, llega hasta el trono de Dios, va derecha a su Corazón, le enternece y desarma su justicia, y hace hablar al amor…

Luego, llena de ternura y de misericordia, se derrama cual lluvia benéfica sobre las almas amadas que la esperan, y les sirve de consuelo.

Siendo, por tanto, tan grande el poder de la oración, como medio para satisfacer por las almas del Purgatorio, es muy conveniente hablar de ella con alguna extensión, tanto más cuanto que es cosa fácil de practicar por todos, no requiriendo sacrificio alguno, y pudiéndose hacer aun durante nuestras ordinarias ocupaciones, bastando una sencilla aspiración del corazón.

I

Para animarnos a recurrir a la oración como medio poderoso de ayudar a las almas del Purgatorio, creo que ningún argumento mejor puede inducirnos a ello como el de su eficacia. No tenemos más que abrir las Sagradas Escrituras para quedar convencidos de ello.

Allí veremos cómo Dios mismo no puede resistir a la oración bien hecha, por la cual empeñó su palabra: «Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis y os será concedido»; y hasta su misma justicia parece que se someta al poder de la oración.

En efecto, cada vez que Él quiso infligir un castigo extraordinario, se vio como obligado a alejar de Sí primeramente a los hombres de oración, como si temiese verse las manos atadas por las súplicas de ellos y quedar como imposibilitado de llevar hasta su cumplimiento la sentencia que su justicia había dictado.

Quiso castigar al sacrílego Achán, quien, no obstante el anatema lanzado sobre la ciudad, había substraído del botín de Jericó un cetro de oro, un manto de púrpura y doscientos siclos de plata. Josué conoce el designio de Dios; se postra en tierra, ruega, suspira y llora. Dios le ordena se levante: «Levántate, le dice; ¿por qué permaneces así postrado en tierra? Vete lejos de mi vista; yo quiero castigar a un impío, y tú no debes poner obstáculo a mi venganza.» Dios en cierto modo no pudo castigar a Achán mientras Josué permaneció en oración.

Dios ha decidido la condenación de Saúl, infiel y desobediente: Samuel ruega y llora. Dios le reprende por ello, y le reprocha sus lágrimas. La justicia de Dios no pudo hacer nada contra Saúl mientras permaneció Samuel en oración.

¿Y quién no conoce el hecho de Moisés? Mientras este caudillo cruzaba el desierto conduciendo al pueblo judío a la tierra prometida, acaeció que éste, olvidado de tantos beneficios recibidos del Señor, con la más negra ingratitud se rebeló contra Él, hasta el punto de fabricar un becerro de oro al que prestó adoración en lugar del Señor. Irritado por tan monstruosa conducta, el Señor decidió exterminar aquel pueblo, y comunicó a Moisés su resolución: «Este pueblo me ha ofendido gravemente, le dijo; ¡ea! déjame hacer, te ruego; y sobre todo no intercedas por él, pues me impedirías el castigarle.» Pero Moisés, que sabía que la oración es omnipotente, queriendo salvar a su pueblo: «No, Señor, yo no te dejaré, rogaré por los culpables, y no se podrá decir que Tú los has castigado sin que yo haya rogado por ellos.» E insistiendo el Señor en que lo dejase: «No, no puedo», repetía Moisés, y continuaba rogando, y con su oración consiguió aplacar la ira de Dios y obtener que perdonase a los israelitas.

Y ¡cuántos otros ejemplos más hallaríamos, no sólo en el Antiguo Testamento, sino también en el Nuevo, que nos demostrarían semejante verdad!

Y las vidas de los Santos ¿no son testimonio elocuente de esto mismo? A Santa Catalina de Sena, para limitarnos a un solo ejemplo, dijo un día Jesús: «¿Conoces aquel impío X, que es el escándalo de toda Sena?» «¡Sí, Señor!» «Pues bien, me será causa de grande alegría el que tú me ruegues por él, obligándome a darle, sin que mi justicia sufra menoscabo, las gracias poderosas de conversión.»

¡Oh bondad, oh misericordia de Dios!

II

Pues si tan eficaz es la oración para aplacar a Dios airado por las culpas que tantos pecadores cometen en este mundo, y para obtenerles la gracia de la conversión, ¿por qué no lo será también para sufragio de las almas del Purgatorio? Sí, la eficacia de la oración se extiende también a las almas que padecen en el Purgatorio, y el mismo Dios se ha dignado confirmarlo en más de una ocasión.

Un día, Santa Gertrudis, habiéndose puesto en oración suplicando por el eterno descanso de un alma por la que ella particularmente se interesaba, el Señor le hizo oír estas palabras: «Yo experimento un placer especial cuando se me dirigen oraciones por los difuntos, sobre todo cuando veo que la compasión natural va unida con la buena voluntad que la hace meritoria. ¡Oh, entonces ambas cosas juntas concurren admirablemente para dar a esta buena obra la plenitud y perfección de que es capaz! Las oraciones de los fieles descienden cada instante sobre las pobrecitas almas cual lluvia benéfica, cual bálsamo saludable que no solamente endulza y calma sus dolores, sino que con el tiempo líbralas también de aquella cárcel más o menos rápidamente, según sea el fervor y devoción con que sean hechas.»

En otra ocasión, suplicando esta misma Santa al Señor se dignase aceptar las súplicas que le dirigía en favor de los difuntos, recibió esta respuesta: «¿Y cómo podría ser de otro modo? Yo soy como un príncipe lleno de afecto para con algunos súbditos suyos, a quienes por su propia autoridad y por justos motivos tiene encerrados en lóbrega cárcel; y no queriendo hacerles gracia, como podría, en virtud de su poder soberano, para que su justicia no quedase malparada, no obstante, estaría enteramente dispuesto a perdonarles y librarlos de la cárcel si algún personaje de su corte intercediera y suplicase por ellos. Del mismo modo me son altamente agradables las súplicas que se me hacen en favor de las almas del Purgatorio, y tomo ocasión de ellas para librarlas de sus penas y llevarlas a la posesión de la eterna gloria.»

Sé perfectamente que los protestantes, acérrimos adversarios de la devoción a las almas del Purgatorio, niegan toda eficacia a la oración hecha en sufragio de ellas.

Pero, ¡ay!, ¿no se dan cuenta, los infelices, de que, obstinándose en tan errónea doctrina, no hacen sino fomentar una obra diabólica? Oíd, en efecto, lo que dice Santa Teresa de Jesús en su Vida, escrita por ella misma: «En el día de las ánimas, hallándome retirada en mi celda rezando el Oficio de difuntos, se me puso de repente delante un horrible monstruo que, colocándose sobre el libro, me impedía leer y proseguir mi oración. Por tres veces lo ahuyenté con la señal de la cruz, pero viendo que, cada vez que me ponía a rezar, él volvía a estorbármelo, para ponerlo definitivamente en fuga pensé recurrir a un poderoso sacramental de la Iglesia, y, tomando agua bendita, rocié el libro con ella, procurando que cayesen también algunas gotas sobre aquel monstruo. Apenas hecho esto, en el mismo instante aquel maligno espíritu, como acometido por una fuerza invisible superior a él, emprendió precipitada fuga y me dejó terminar en paz mis oraciones en favor de las benditas almas. Terminadas éstas, vi subir del Purgatorio al cielo algunas almas libertadas de él precisamente por aquellas súplicas hechas en sufragio de ellas; por eso el demonio, envidioso, hizo cuanto pudo para impedirme hacer aquella oración.»

Así es: este enemigo eterno de Dios, queriendo impedir cuanto puede ser ventajoso a las almas, no sólo de los vivos, sino también de los difuntos, y conociendo cuan útil y eficaz es la oración hecha a este fin, procura, por cuantos medios puede, apartar de ella a los fieles.

Muy de otro modo piensa y obra la Iglesia católica. Efectivamente, varias veces hemos tenido ocasión de demostrar que esta buena Madre ha enseñado siempre, de acuerdo con la Sagrada Escritura, y aun ahora lo enseña, que es cosa santa y saludable orar por los difuntos, principalmente para que sean absueltos de sus pecados.

Y acompañando la enseñanza con el ejemplo, ¿no vemos cuan incansable es en sus oraciones por estas pobres almas, haciendo memoria de ellas siete veces al día al final del Oficio divino, y no celebrando nunca el Santo sacrificio de la Misa sin dedicar un piadoso recuerdo a las almas de los difuntos?

Además, ¿qué no hace esta buena Madre cuando apenas un hijo suyo ha cerrado los ojos a la luz de este mundo? Primeramente, con el lúgubre sonar de la campana anuncia a los demás fieles su tránsito a la otra vida, para que rueguen por su alma.

Manda luego a sus sacerdotes que acompañen el féretro desde su casa, y sabiendo que aquel cuerpo, reducido ya a frío cadáver, fue un día templo vivo del Espíritu Santo, lo asperja con agua bendita, lo bendice y lo lleva a la Iglesia entonando cánticos litúrgicos, y ruega al Señor que, no mirando sus iniquidades, tenga de él mucha misericordia; en la iglesia, reiteradas sus oraciones e invocaciones, al despedirlo para ser llevado a su última morada, se dirige a los Ángeles, invitándoles a que lleven su alma al seno de Dios.

Y cuando aquel cadáver ha llegado al camposanto, en cuyo centro se eleva la cruz de Cristo, como defensa y esperanza de los que allí reposan, antes de encerrarlo en la sepultura renueva una vez más sus oraciones, dándole por último su bendición rociándole nuevamente con agua bendita.

No obstante todo esto, no ha terminado todavía de rogar por los difuntos, porque ella ordena a sus sacerdotes que no celebren nunca la Santa Misa sin acordarse de un modo especial de los difuntos, y lo que más es, ordena se haga este memento por los difuntos en seguida después de la Consagración; todas las tardes, al toque de oraciones, invita a los fieles a que recen el De profanáis; y continuamente en su liturgia dirige al Señor oraciones conmovedoras en sufragio de los difuntos, y quiere que en ciertas particulares circunstancias se rece el hermoso Oficio de difuntos, y que cada vez que se rece, sea en público, sea en privado, aunque no se rece más que una breve parte o una sola hora del mismo, se termine siempre con un pensamiento en los difuntos, diciendo: Et fidelium animæ per misericordiam Dei requiescant in pace– (Y las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz); de tal manera que esta súplica parece sea el estribillo de todas sus oraciones.

III

Procediendo de este modo, ¿qué otra cosa hace la Iglesia sino reconocer la eficacia de la oración en favor de los difuntos? Si así no fuese, ¿por ventura se mostraría tan celosa y diligente respecto de ellos?

No de otro modo proceden los Santos con la palabra y el ejemplo.

No se puede leer, sin experimentar vivísima conmoción, la sublime oración con que San Agustín lloraba la muerte de su santa madre, Santa Mónica:

«Dios de mi corazón, mi gloria y mi vida, yo no pienso en las virtudes de mi madre, por las cuales os doy gracias de todo corazón, sino que os ruego por sus pecados. Perdonadla, Señor, perdonadla; no entréis en juicio con ella; acordaos de que, estando a punto de abandonar la tierra, no se preocupó en lo más mínimo de su cuerpo. Solamente mostró deseos de que se hiciese memoria de ella en vuestro Altar Santo, en donde sabía que se ofrece la Víctima Santa, que destruye la sentencia de nuestra condenación. Inspirad, oh Dios mío, a todos vuestros siervos que leyeren lo que yo escribo, que recuerden en el Altar a Mónica, vuestra sierva fiel, a fin de que halle, no sólo en mis oraciones, sino también en las de los demás, el cumplimiento de su última voluntad.»

Y San Bernardo añade: «La oración del alma fervorosa sube hasta el cielo y nunca vuelve sin haber sido escuchada. Si ella pide el amor de Dios, retorna súbitamente llena de él; si pide la humildad, al punto se ve adornada de ella; si pide la libertad de un alma del Purgatorio, tiene igualmente poder para obtenerla.»

«¡La oración!, exclama otro santo Doctor, he ahí el medio de acudir en auxilio de las almas del Purgatorio. Es la llave maestra para abrir aquella cárcel. La oración por los difuntos glorifica a Dios, alivia a las almas purgantes y proporciona al mismo tiempo gran bien a los vivos. Glorifica a Dios, procurándole nuevos adoradores en el Cielo; alivia a las almas purgantes, mitigando sus penas o librándolas completamente de ellas; proporciona gran bien al corazón de donde procede, por la alegría que causa hablar de quien se ama ytratar de quien nos es agradable.»

«¿Quién será capaz de referir, dice San Juan Damasceno, todos los testimonios contenidos en la vida y en las revelaciones de los Santos por los cuales vemos manifiestamente cómo redundan en gran provecho de las almas las oraciones que por ellas se hacen? No en vano oramos por los difuntos.»

De igual manera se expresan los otros Santos y Doctores de la Iglesia, todos los cuales, unánimemente, exhortan a los fieles a que tengan presente siempre en sus oraciones a sus padres y hermanos difuntos, con la firme confianza de procurarles un gran alivio y el descanso eterno por que tanto ansían.

¿Qué más? Esta misma eficacia de la oración en favor de los difuntos es altamente proclamada por los mismos que en ella están más interesados, por los que de ella más se benefician, es decir, las mismas almas purgantes.

En todas las apariciones que, permitiéndolo el Señor, hacen a los vivos, ¿qué es lo que con más empeño solicitan sino la oración, que es lo que les sirve de seguro refrigerio?

Al Padre Conrado de Offida, franciscano, orando una noche al pie de un Altar Privilegiado, se le apareció un hermano lego, muerto hacía poco, suplicándole rogase para que se viese pronto libre del Purgatorio. El buen Padre rezó en seguida un Padrenuestro y el Requiem, y al punto oyó que el difunto le decía: «Padre mío, si supierais el gran alivio que me habéis proporcionado con vuestra oración, vuestra bondad la repetiría de nuevo.» El buen Padre no se hizo repetir la súplica: «¡Ah!, insistió aquella pobre alma, continuad, Padre mío, continuad en nombre de Jesucristo, que mis penas se cambian en consolación.» Y el Padre Conrado continuó repitiendo muchas veces aquella oración, viendo al mismo tiempo cómo la faz del difunto expresaba primeramente un gran sentimiento de alivio, luego un principio de alegría, y finalmente un júbilo extraordinario; sus vestiduras se tornaron blancas y luminosas, y después de manifestar inmenso agradecimiento al Padre, el alma del hermano lego se elevó toda resplandeciente hacia la Patria bienaventurada.

Un santo religioso tenía la piadosa costumbre de rezar el Requiem æternam cada vez que pasaba por delante de un cementerio; un día, en que, sumido en tristes pensamientos, omitió esta oración, vio que salían muchos cadáveres de sus sepulturas y le seguían cantando a coro este versículo del salmo: «Y no dijeron los que pasaban: La bendición del Señor venga sobre vosotros.» A tales palabras, habiendo respondido el religioso confuso con el final del mismo versículo: «Sed benditos en el nombre del Señor», los muertos se volvieron a sus sepulturas, satisfechos suficientemente con aquella breve oración.

De estos hechos podemos deducir el valor sobrenatural de la oración y su eficacia para aliviar a los difuntos. Notemos, no obstante, que cuando se trata de la total liberación de un alma no debemos hacernos ilusiones de poderlo conseguir a tan poca costa, porque, hablando de la duración de las penas del Purgatorio, Dios exige un rescate más considerable; de tal forma que San Roberto Bellarmino llega a decir que no debemos cesar nunca de orar por un difunto aun después de su aparición.

La oración, pues, debe ser perseverante y fervorosa, puesto que se trata de hacer violencia con ella al Corazón de Dios, y de obtener a un alma la gracia de la visión beatífica, la mayor de todas las gracias, la cual no se obtiene sino con suma perseverancia.

Decía una vez Nuestro Señor a Santa Lutgarda: «Hijita mía, has hecho tanta violencia a mi Corazón, que no puedo resistir a tus oraciones; permanece, pues, tranquila, ya que el alma por la cual ruegas será prestamente libertada de sus penas.»

Además, para que nuestra oración sea escuchada es necesario que nos encontremos en estado de gracia. En efecto, el que por el pecado mortal se ha hecho enemigo de Dios, ¿cómo podrá servir de intermediario entre la Justicia divina y las almas del Purgatorio? Scimus quia peccatores Deus non audit, dice la divina Sabiduría; por consiguiente, si el alma no se halla limpia de pecado mortal es estéril su acción.

IV

En cuanto a las oraciones que se pueden hacer útilmente en favor de los difuntos, además del Santo Sacrificio de la Misa y la Sagrada Comunión, de que ya hemos hablado, diré con el Padre Faber que está en nuestra mano el elegir las que más se adapten a nuestro espíritu y sean más conformes a nuestra inclinación; no obstante, queremos indicar aquí algunas que la experiencia nos ha demostrado ser más eficaces.

Y en primer lugar debemos enumerar la oración canónica, o sea, el Oficio de Difuntos, oración saludable que la Iglesia eleva a Dios en favor de las almas que padecen, y que, presentada a Él en nombre de la misma Iglesia, es de creer le será acepta con preferencia a muchas otras.

También el rezo del Salterio puede considerarse muy útil para las almas del Purgatorio, «¡Cuántas de estas almas, dice un piadoso autor, a los dulces acentos de esta divina salmodia, inspirada al Profeta Rey por el mismo Espíritu Santo, y que expresan hermosamente todos los sentimientos que puede experimentar un alma aquí abajo, han entrado en posesión del reino eterno!»

Otra piadosa práctica, todavía más cómoda y breve, es rezar el salmo De profundis, que es también eficacísimo para interceder por las almas del Purgatorio.

El Padre Pablo Montorfano, teatino, queriendo un día demostrar a un incrédulo la excelencia de los sufragios en favor de las almas de los difuntos, tomó una buena suma de dinero y la depositó en el platillo de una balanza; en el platillo opuesto clocó una hoja de papel en que estaba escrito el salmo De profundis. Con gran estupor de los presentes, la hoja de papel hizo inclinar la balanza a su lado, demostrándose de este modo el valor de aquella oración.

Es también muy hermoso el uso del Via Crucis, ya por las muchas indulgencias que hay concedidas a esta piadosa práctica, ya también por la excelencia de la oración en sí misma, la cual conmemora la sublime inmolación del Calvario.

Es preciso advertir que, para ganar las indulgencias, excepto el caso de concesión especial, es necesario seguir realmente las estaciones, es decir, trasladarse de la una a la otra, colocándose enfrente de cada una, en cuanto nos sea posible, siguiendo de este modo al Salvador en su camino doloroso desde el pretorio de Pilato hasta el lugar de la crucifixión. Es preciso, además, meditar durante algunos instantes sobre el paso de cada estación, o al menos sobre la Pasión del Hombre Dios en general, o sobre alguna de sus circunstancias. Esto puede ser suficiente para las personas poco instruidas, incapaces de larga reflexión; a estas personas bástales pensar afectuosamente en cualquier punto de la Pasión que más impresión les cause. No hay obligación de rezar ninguna oración vocal.

En caso de que no se pudiese practicar con facilidad y comodidad este piadoso ejercicio, se puede de algún modo suplir dedicando algún espacio de tiempo a meditar con este fin sobre algún punto de la Pasión de Jesucristo. Decía San Agustín que una sola lágrima vertida recordando la Pasión del Redentor tiene más valor que una peregrinación a Jerusalén o un año de ayuno riguroso a pan y agua.

Y Santa Gertrudis asegura en una de sus revelaciones que, cuantas veces un alma dirige una amorosa mirada a un crucifijo, Jesús la mira a ella con ternura verdaderamente paternal, y se conmueve de tal modo ante esta muestra de compasión hacia Él, que está dispuesto a conceder cuanto se le pida para los vivos y para los difuntos.

Es también muy eficaz el rezo del Santo Rosario. Si una sola Avemaria dicha con intención de ayudar a las almas del Purgatorio les proporciona tan gran alivio, según dicen los Santos, ¿qué será si se reza el Rosario completo, que se compone de tan gran número de Avemarias y se halla enriquecido con tantas indulgencias aplicables también a las almas del Purgatorio?

Una doncella libertada del Purgatorio por las oraciones de Santo Domingo se apareció a este gran siervo de María y le dijo: «En nombre de las almas del Purgatorio, yo os conjuro prediquéis por doquiera y deis a conocer en todo el mundo la devoción al Santo Rosario. Que los fieles apliquen a estas pobres almas las indulgencias y demás favores espirituales anexos a esta santa devoción. La Santísima Virgen y los Ángeles disfrutan viendo esta piadosa práctica, y las almas libertadas rogarán en el Cielo por sus libertadores.»

Ya habéis visto en compendio las varias oraciones que más eficazmente pueden ofrecerse a Dios en favor de aquellas almas pacientes y que todos los fieles deberían ser generosos en practicarlas, al menos en parte, a fin de merecer la protección de Dios y el eterno reconocimiento de aquellas pobres almas.

En vista de esto, ¿por qué no las adoptaremos nosotros gustosos, obligándonos a practicarlas fielmente del mejor modo posible?

A imitación, además, de la Iglesia roguemos también por los difuntos en particulares circunstancias, como cuando uno acaba de entregar el alma a Dios; en los funerales; al tercero, séptimo y trigésimo día después de la muerte, y en el aniversario de la misma.

Como también cuando nos hallamos próximos a un cementerio o entramos en él; cuando presenciamos un acompañamiento fúnebre y, sobre todo, cuando nosotros formamos parte de él.

Ya desde los antiguos tiempos la Iglesia pone entre las obras de misericordia el acompañar a los muertos a su última morada y rogar por ellos; y a este acto, del cual las Sagradas Escrituras hacen gran elogio, están concedidas numerosas indulgencias.

Pero hay todavía otra circunstancia en la que quisiera que oraseis de un modo especial por los difuntos, y es, cuando se recibe la noticia de una defunción. ¿Qué ocurre, generalmente, al recibir una esquela o participación de defunción? Se lee rápidamente: «Don Fulano de Tal, o doña Mengana de Cual…, ha muerto.» Y después, sin pensar más en la persona que se ha ido al otro mundo, nos entretenemos en leer los nombres de las personas o razones sociales que por su parentesco o amistad, etc., participan del dolor de haberla perdido, sin que dejen de indicarse los títulos que poseía el finado y demás familiares, pues la vanidad encuentra pábulo hasta en la misma muerte, y luego, sin acordarnos tal vez de rezar un Padrenuestro por su alma, se deja a un lado la esquela y se sepulta al muerto en el olvido, como el enterrador que echa sobre el féretro la última palada de tierra.

Pero, ¡Dios mío!, hay algo más en la esquela en lo cual generalmente no paramos mientes; se nos pide en ella la limosna de una oración por el alma del finado, práctica inspirada en el más puro cristianismo; pero, como he dicho, la mayor parte de las veces no pensamos en ello.

No lo hacen así las personas verdaderamente cristianas; sino que éstas, en cuanto han leído la noticia de la defunción de un pariente, amigo o conocido, rezan por su alma por lo menos un Padrenuestro y el De profundis, si lo saben, u otra breve oración.

Y ¿por qué no imitaremos su ejemplo? Roguemos, siquiera sea brevemente, por estas almas, pues la oración hecha por ellas, que tal vez están padeciendo en el Purgatorio, producirá ciertamente sus saludables efectos.

EJEMPLO

Roguemos por nuestros difuntos

De las narraciones de un sacerdote tomamos el siguiente hecho en el que fue parte y testigo.

«Nos habíamos conocido en N, en cuya parroquia yo era vicario. Pronto se estableció estrecha intimidad entre nosotros, y con frecuencia nos visitábamos. Si yo no podía ir a su casa, venía él a la mía, y, sin hacerse anunciar siquiera, entraba en mi gabinete de trabajo, dando tres golpes en la puerta con la mano, los dos primeros rápidos y secos, y el otro más distanciado y prolongado, y sin más preámbulos abría y entraba; esta circunstancia de los tres golpes convenía hacerla notar para comprender lo que sigue.

Poco duró nuestra amistad, pues el día 26 de mayo de 1888 murió, y fue sepultado, con gran acompañamiento de gentes, tres días después, dejando en todos la impresión de que, por su mucha piedad y excelentes virtudes, se habría ido directamente al Cielo.

Por la tarde del día en que fue sepultado, yo debía partir con otro amigo mío al pueblecito de X, en cuya rectoría debíamos hospedarnos, para tornar temprano el tren a la mañana siguiente y trasladarnos a la cabeza de partido, adonde debía ir para resolver algunos asuntos urgentes. Al retirarnos a descansar le dije a mi compañero que, muy a pesar mío, por lo cansado que me sentía y por lo temprano de la hora en que salía el tren, me sería imposible celebrar la Santa Misa al día siguiente.

Me hallaba sumido en un sueño profundísimo, cuando de pronto un fuerte golpe dado a la puerta de mi cuarto me despertó sobresaltado. Instintivamente grité: ¡Adelante!, esperando que alguien entrase; encendí entretanto la luz y miré el reloj, cuyas saetas señalaban la medianoche.

Transcurrieron diez minutos sin que nada diera señales de vida, y estaba ya para conciliar nuevamente el sueño, cuando me pareció oír como roce de paño en la parte externa de mi puerta, y luego dar tres golpes en ella con los nudillos, dos rápidos y secos, y el tercero más distanciado y prolongado.

Confieso con toda ingenuidad que en aquel momento no respondí, como al principio, que abriesen, pues muy otra fue mi preocupación; sencillamente, ¡sentía miedo! Aquel modo de llamar a la puerta me era familiar. ¡Ay de mí!, pensé por fin, es el alma de mi pobre amigo, que sin duda se halla en el Purgatorio… ¡Debe sufrir horriblemente!… Sin duda implora de mi amistad oraciones…

Pasaron algunos minutos, y se volvió a oír aquel como roce de ropa y los tres golpes. Mi reloj señalaba las doce y veinte minutos de la noche.

Desde aquel momento una paz relativa comenzó a reemplazar en mi alma el espanto que sentí al principio. El pensamiento de que los muertos jamás han causado daño a los vivos y que mi amigo —-o tal vez otro — era indudable de que iba al Cielo, y que yo debía justificar su confianza en mí apresurándome, por cuantos medios me fuese posible, a procurar su eterna felicidad, me tranquilizó no poco.

Tomado el Breviario, recé el Oficio de difuntos, los siete Salmos Penitenciales, algunas oraciones enriquecidas con indulgencias; y luego recurrí al dulce y consolador rezo del Santo Rosario.

Entretanto, tiempo que a mí me pareció larguísimo, continué oyendo cada diez minutos el roce de la tela y los tres golpes; continuando así hasta las tres y veinte minutos, después de lo cual todo quedó en el más profundo silencio. Yo no dudé de que el querido difunto se hubiese marchado. En todo caso los golpes yo no debían volverse a oír más.

A las tres y cuarenta y cinco me levanté, abrí la puerta de mi cuarto sin miedo alguno, y con dos de mis colegas, que nada insólito habían advertido, me fui a ofrecer el Santo Sacrificio por aquella alma querida que de tal modo había querido acordarse de la mía. Después ya no oí nada más, por donde concebí en mi corazón la dulce esperanza de que mi amigo era ya finalmente feliz en el seno de Dios”.