PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXIV

La Santa Misa y la Comunión

Aunque todos los medios que la divina Providencia ha puesto a nuestra disposición para sufragar por las almas del Purgatorio son agradables a Dios, y de grande y segura eficacia, hay uno, sin embargo, que se lleva la palma por su excelencia sobre todos los otros, y éste es el Santo Sacrificio de la Misa, que todos los días, de Oriente a Occidente, de Septentrión al Mediodía, se ofrece a Dios constantemente sobre nuestros altares.

¿No es éste, en efecto, el gran medio por el que rendimos a Dios el culto que le es debido, es decir, le adoramos, le damos gracias, le pedimos y le ofrecemos satisfacción por nuestras culpas? Éste es el sacrificio, copia fiel y aun renovación, si bien de un modo incruento, de aquel otro del Calvario, en el que Jesucristo se ofrece como víctima expiatoria, y al mismo tiempo hace de abogado para con el Padre, para impetrar Él mismo lo que queremos, renovando propiamente aquello por lo que se ofrece la Misa, o sea, el valor infinito del mismo Sacrificio, ofrecido ya sobre la Cruz una vez para salvar, no sólo del infierno, sino también del Purgatorio; a todo el género humano, y dar plena satisfacción de todos los pecados, así mortales como veniales, y por todas las deudas de los hombres para con Dios.

Verdad es, repito, que todas las oraciones por los difuntos son eficaces; todas, como benéfica y refrigerante lluvia, mitigan el ardor de las llamas del Purgatorio; pero, para extinguir más rápidamente aquel fuego devorador, no hay nada comparable con la eficacia de la Sangre del Salvador, del que una sola gota, como dicen los Santos, podría bastar para purificar y salvar al mundo entero.

Del valor y de la eficacia, por tanto, de este Sacrificio, al que San Francisco de Sales llama Sol de la religión, medio principal y eficacísimo para sufragar por las almas del Purgatorio, hablaremos en la primera parte de esta consideración, reservándonos el decir algo acerca de la eficacia de la Sagrada Comunión en la segunda parte.

I

Que también las almas del Purgatorio sean partícipes de los frutos benditísimos de la Santa Misa es una verdad harto conocida en la Iglesia católica, para que nos entretengamos en demostrarlo.

¿No nos dice el Concilio de Trento «que el santo Sacrificio es ofrecido por los vivos y por los difuntos; que las almas retenidas en el Purgatorio pueden ser ayudadas con los sufragios de los vivos y especialmente con el sacrificio de la santa Misa…; que si alguno dijere que el sacrificio de la santa Misa no es propiciatorio, y que no debe ser ofrecido así por los vivos como por los difuntos, sea excomulgado»?

Y en la ordenación de los nuevos sacerdotes, en el acto de conferirles precisamente la sublime prerrogativa, la Iglesia hace que el obispo celebrante pronuncie estas solemnes palabras: «Recibid la potestad de celebrar la Misa tanto por los vivos como por los difuntos.»

Ni basta esto: en la celebración del Santo Sacrificio por los difuntos, en que la Iglesia observa una liturgia especialísima, en la cual van alternándose sentimientos de duelo profundo, de justo temor y de viva esperanza, hay un rito muy instructivo y conmovedor: ya la víctima divina está presente sobre el altar, ya el sacerdote está a punto de comulgar; después de haberse dirigido con sus oraciones a la Santísima Trinidad, a los Ángeles y a los Santos, se dirige entonces por primera vez a Jesucristo en persona, y, con la cabeza profundamente inclinada en señal de respeto, le dice: «Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, concede el descanso eterno a las almas de los difuntos», y repite tres veces esta súplica.

¿No nos hace esto reflexionar y comprender que Jesucristo sobre el altar es la Hostia de propiciación, no sólo por los pecados de los vivos, sino también por los pecados de los difuntos, y que su virtud expiatoria se comunica no sólo a la Iglesia militante, sino también a la Iglesia purgante?

Es cierto, pues, que también las almas de los difuntos pueden participar de los beneficios de este augustísimo Sacrificio, y hallar en sus méritos infinitos la plena satisfacción de sus penas o al menos un gran alivio de ellas.

Esto admitido, veamos cuán grande es la eficacia de este Sacrificio para sufragar por las benditas almas.

Ella es maravillosa sobre toda ponderación, dicen los Santos.

Santa María Magdalena de Pazzi acostumbraba ofrecer al Eterno Padre la Sangre de su divino Hijo con una conmemoración de la Pasión, que hacía por lo menos cincuenta veces al día, y en uno de sus éxtasis el divino Salvador le hizo ver muchas almas del Purgatorio, libres de sus penas gracias a esta su práctica, y le dijo que cada vez que una criatura humana ofrece a su divino Padre aquella Sangre, con la cual fue rescatada, ofrece un don de valor infinito que ningún tesoro del mundo puede igualar.

Si tan grande es la eficacia de una sencilla conmemoración de la Pasión, ¿qué deberá decirse de la Misa, que es la cotidiana renovación verdadera y real de la misma Pasión? Y en efecto, si el ilustre Judas Macabeo recurrió de un modo especial a los sacrificios de la Antigua Ley para obtener el alivio de las almas de los soldados muertos peleando contra el ejército de Antíoco, ¿con cuánta mayor razón deberíamos tener confianza en Éste de la Ley Evangélica, en donde no se inmolan ya viles animales, sino el mismo Jesucristo, cuya Sangre implora gracia para los vivos y para los difuntos?

Y hasta diríase que la Iglesia en el ofrecimiento de la Santa Víctima tiene como mira preferente la suerte de los difuntos antes que la de los vivos, puesto que ruega por aquéllos antes de la consagración, mientras que espera a orar por estos otros a que Jesús haya descendido ya sobre el altar y haya sido inmolado.

Por lo demás, a excepción del buen ladrón, ¿no fueron acaso las almas de los difuntos las primeras en experimentar los beneficiosos efectos de la Sangre preciosísima que caía de la Cruz? Apenas el Salvador del mundo hubo expirado, su Alma santísima descendió al Limbo a consolar a los Santos Padres que allí estaban encerrados, y a anunciarles que se hallaba ya muy próxima su libertad. Visitó también a las almas del Purgatorio y libertó a las que habían cumplido ya su penitencia, según dice Santo Tomás, y consoló a las otras.

Pero es más conforme a la grandeza del triunfo de Jesús el decir, con San Anselmo, San Buenaventura y otros doctores, que todas las almas del Purgatorio fueron entonces libertadas, haciéndoles merced el Salvador del resto de su pena, a semejanza de los reyes, que en el día de su coronación u otra fecha notable de su vida conceden amnistía a todos los presos que no estén detenidos por delitos de pena capital.

Ahora bien, la Sangre derramada en la Cruz es la misma que cada día se vierte místicamente en nuestros altares, por ser la Santa Misa renovación, aunque de modo incruento, del sacrificio del Calvario.

¿Y quién nos prohíbe pensar aquí que esta Sangre, la cual no ha perdido nada de su virtud omnipotente, haga sentir desde el altar su voz divina sobre todo en favor de las prisioneras del Purgatorio? ¿No son acaso estas almas, después de las de los celestiales Comprensores, las más próximas al Corazón de Dios y las más amadas por Él? Por eso Jesús sacramentado ruega por ellas en la Misa; ofrece en expiación por ellas sus humillaciones inauditas en el Calvario, renovadas y continuadas en el transcurso de los siglos por medio del Santo Sacrificio; aplícales una parte de la superabundante satisfacción ganada durante su vida mortal y especialmente en el tiempo de su dolorosa Pasión.

Y cuando los Ángeles de la Eucaristía llevan al Purgatorio el fruto de la Santa Misa, ocurre allí algo semejante a lo que ocurrió en el horno de Babilonia. Ellos hacen circular en aquella cárcel de fuego un viento refrigerador; las llamas obedientes se retiran a los lados momentáneamente, dejando libre paso a la Sangre redentora; y las pobrecitas almas, especialmente las que han sido recomendadas por el sacerdote, hallan en su virtud infinita por lo menos una disminución preciosa de la pena y una prenda no menos preciosa de próxima libertad.

Dice San Gregorio que, “durante la celebración de la Santa Misa por el alma de un difunto, el fuego que la abrasa suspende su energía”.

Y San Jerónimo afirma «que por una Misa devotamente celebrada muchas almas salen del Purgatorio para volar al Cielo», al cual sigue en esta afirmación San Bernardo, quien hasta tuvo una confirmación de ello, cuando celebrando un día la Santa Misa en la iglesia que hay cerca de las tres Fuentes de San Pablo, en Roma, vio una escalera semejante a la de Jacob, y a los Ángeles del Cielo que por ella subían y bajaban, sacando del Purgatorio a las almas en pena que habían sido recomendadas o conmemoradas por el Santo, y llevándolas todas hermosas a la gloria del Paraíso.

«Celebrando el santo Sacrificio, explica San Cirilo de Jerusalén, rogamos también por aquellos que han muerto entre nosotros, puesto que entendemos que sus almas reciben un grandísimo alivio del augusto Sacrificio de nuestros altares. Si los familiares de un desterrado presentasen al príncipe una corona de oro para calmar su enojo, sin duda que sería esto un excelente medio para obligarle a abreviar el tiempo del destierro. Pues bien, nosotros, ofreciendo a Dios el Santo Sacrificio de la Misa, no le ofrecernos solamente una corona de oro, sino al mismo Jesucristo, muerto por nuestros pecados: ¿cuál no será, pues, el alivio que proporcionaremos con la santa Misa a las almas del Purgatorio?»

II

Y he ahí el motivo por que decimos con el Concilio de Trente que “la Misa no sólo proporciona alivio a las almas del Purgatorio, sino que es también, a diferencia de todos los demás, el medio más eficaz para abrirles las puertas del Cielo”.

«Todas las buenas obras juntas, decía el santo Cura de Ars, no equivalen a la Santa Misa, porque aquéllas son obra de los hombres, mientras que la Misa es la obra de Dios.»

Y convencidísimo de esta verdad, a la Santa Misa recurría aquel santo varón siempre que quería librar alguna alma del Purgatorio.

«Había un buen sacerdote, refería él un día, hablando de sí mismo en tercera persona, según acostumbraba hacer, el cual, afligidísimo por la muerte de un amigo muy querido, pensó que no podía hacer nada mejor por él que celebrar el Santo Sacrificio en sufragio de su alma. Llegado el momento de la Consagración tomó la hostia entre los dedos y dijo: «Padre Eterno, hagamos un cambio; Vos tenéis el alma de mi amigo, que está en el Purgatorio, y yo tengo el cuerpo de vuestro divino Hijo, que está en mis manos; pues bien, librad de aquellas penas a mi amigo, y yo os ofrezco a vuestro Hijo con todos los merecimientos de su Pasión y muerte». En efecto, al momento de la elevación vio el alma de su amigo, radiante de gloria, que subía al Cielo.»

Por lo demás, ¿no están de acuerdo todos los maestros de la vida espiritual cuando dicen que es tan inmenso el valor de una sola Misa, que ciertamente bastaría para despoblar todo el Purgatorio si, como explican los teólogos, con el cardenal Bona en su tratado de oro De la Misa, Jesucristo no limitase su aplicación, conforme a sus altísimos fines, y las disposiciones de quien la ofrece y de quien ha de percibir su fruto?

Y he ahí por qué la Iglesia acostumbra celebrar muchas Misas por un mismo difunto, y con muchas oraciones la acompaña, ut acceptabile fiat, a fin de que sea aceptable, no el sacrificio en sí mismo, sino nuestra intención al destinarlo.

En todos los casos no deja de producir sus efectos en general, ya que la Misa es ofrecida por Cristo en nombre de la Iglesia Universal y por todos, y no se celebra una sin que descienda el celeste rocío hasta el Purgatorio.

Pero para obtener de ella más amplio refrigerio, y para que descienda con particular beneficio de aquellas almas a quienes la dirigimos, aun en esta obra, entre todas la más santa, vale el mérito particular de quien la dirige y ofrece.

Que la santa Misa sea más eficaz que todos los demás sufragios no es difícil comprenderlo.

El Beato Enrique Suso había prometido a un religioso de su Orden, a quien él mucho amaba, que si le sobrevivía celebraría durante un año, cada lunes, la Santa Misa en sufragio de su alma. Aquel religioso murió, y, pasado algún tiempo, se apareció al Beato y se lamentó amargamente porque le había olvidado. Se excusó Enrique diciéndole que no había celebrado la Santa Misa por su alma, pero había hecho otras oraciones por él. El difunto, con lágrimas y suspiros, exclamó: «¡Es la Sangre de Jesucristo lo que yo quiero para extinguir el fuego que me devora!»

A semejanza de esta alma paréceme oír idénticos clamores de otras infelices que allí están padeciendo: «Sí, es de la Sangre, es de la Sangre divina de la que tenemos necesidad para nuestra pronta y completa liberación de estas ardientes llamas. Todos los sufragios que nos vengan de la caridad de los vivos nos serán útiles y aceptos; pero ¡cuánto más ardientemente deseamos el ofrecimiento de esta Sangre divina, cuya virtud y poder es tal, que las puertas del Cielo no pueden resistirle!»

Sí, así es; y la razón de ello es evidente: en los demás sufragios es la criatura la que intercede, y cuyas súplicas son con frecuencia infructuosas, porque no pocas veces carecen de las condiciones requeridas; pero en la Misa, por el contrario, es el mismo Criador el que suplica, y Jesucristo es escuchado siempre a causa de su infinita dignidad.

Por un lado tenemos una expiación finita, limitada, como todo lo que procede del hombre; por otro, una expiación infinita, como todo lo que procede de Dios. Aquí, quien ofrece satisfacción con frecuencia tiene necesidad de implorar perdón por sus propios pecados; sobre el Altar quien ofrece satisfacción es el Justo, Inmaculado, Aquel cuya santidad se eleva por encima de todos los Cielos.

Por consiguiente, mientras más de una vez el hombre ofrece una expiación que no es acepta a Dios, porque no es del todo pura, si non places non placas, Jesús en la Misa ofrece a Dios satisfacciones que siempre son aceptadas.

¡Pensamiento consolador para los pecadores! Por grandes que sean sus culpas, por muy hundidos que se hallen en los abismos de la iniquidad, pueden estar siempre seguros de que está en su mano ayudar eficazmente a sus parientes y amigos difuntos, no ya por sí mismos, mientras se hallen en desgracia de Dios, sino por medio de Jesucristo, haciendo celebrar por ellos el Santo Sacrificio. Porque a Dios siempre le es acepta la Misa, en la cual la Víctima y el ministro principal no son otros sino su divino Hijo, en el cual tiene puestas todas sus complacencias.

Recurramos, pues, al Santo sacrificio de la Misa, si queremos sufragar de veras por las almas de nuestros pobres difuntos. Y no satisfechos con mandar celebrar cuantas pudiéremos, hagámonos el dulce deber de oír personalmente las que nuestras ocupaciones nos permitieren.

Y aunque, propiamente hablando, sólo los ministros del altar, en su calidad de sacerdotes, puedan ofrecer a Dios el Santo sacrificio de la Misa, se puede también decir en cierta manera que, cada uno de los fieles, según la expresión de San Pedro, siendo «rey y sacerdote al mismo tiempo», ofrece también, asistiendo a la santa Misa, la Víctima divina.

En efecto, ¿no dice el celebrante cuando llega al Memento de los vivos: «Acordaos, oh Señor, de vuestros siervos, de vuestras siervas y de todos los que están aquí presentes, cuya fe y devoción conocéis, por los cuales os ofrecemos y os ofrecen este sacrificio de alabanzas»?

Estas últimas palabras ponen claramente de manifiesto que los fieles ofrecen a Dios, en unión del sacerdote, el Santo Sacrificio de la Misa con esta diferencia, que éste la ofrece inmediatamente con sus manos, mientras que el pueblo la ofrece mediatamente y por las manos del sacerdote.

Se puede, pues, concluir de aquí que todo fiel tiene derecho a ofrecer a Jesucristo a su Eterno Padre por el descanso de las almas de sus parientes y amigos difuntos, a fin de que Él las ponga en el lugar de la paz y del descanso, que es la vida eterna.

III

La Sagrada Comunión

Después de la Santa Misa, la Sagrada Comunión por los difuntos es el sufragio más eficaz con que se puede aliviar a aquellas almas.

Leemos en la historia eclesiástica que entre las conmovedoras costumbres que tenían los primitivos fieles de la Iglesia respecto de sus difuntos, una era reunirse, después de los fúnebres oficios, junto a las sepulturas de sus muy amados familiares y amigos, y después de haber orado largamente celebraban fraternales ágapes, según entonces los llamaban, y en la hermosa sencillez de su fe y de su afecto para con sus difuntos colocaban sobre la losa del sepulcro la porción que le correspondía al querido ausente, como si aún se hallase entre ellos, porciones que, reunidas, eran distribuidas en seguida como cosa sagrada a los pobrecitos.

Cierto que nuestros queridos difuntos ninguna necesidad tienen ya del pan y vino de esta miserable vida; pero hay el pan y el vino de la vida eterna, que es el alimento divino que necesitan las almas del Purgatorio.

Muchos intérpretes, explicando aquel pasaje del libro de Tobías donde dice: Pon tu pan sobre el sepulcro del justo, lo aplican a la Comunión, como si quisiera significar: Sacia a las almas del Purgatorio el hambre que padecen de Dios, ofreciendo en beneficio de ellas frecuentes comuniones.

Admitida esta interpretación, ¿por qué no comulgaremos con frecuencia, y, a ser posible, todos los días, en sufragio de estas pobres almas? La Hostia divina y la divina Sangre harán descender desde nuestro corazón sobre esas almas la abundancia de sus inefables consolaciones.

Hay en el santo Evangelio una palabra muy a propósito para animarnos a recibir la Sagrada Comunión por los difuntos: «Desde hoy, dice Jesús a quienes le reciben, ya no os trataré como a siervos, sino que os llamaré amigos.»

¿Y qué título más dulce podía habernos dado Jesús? Ahora bien, si los amigos de la tierra no pueden permanecer insensibles a nuestras expansiones, ni su corazón cerrado a nuestras peticiones, ni dejar de escuchar benignamente nuestros más pequeños deseos, ¿qué no hará Jesús, este Hombre Dios, que hace alarde de ser nuestro mejor amigo? Unidos con Él por la Comunión, ¿qué favor podrá negarnos, qué cadenas en el Purgatorio podrán resistir a las inflamadas lágrimas que caerán sobre su Corazón? ¿Cometeremos con Él la avilantez de posponerlo a los amigos de la tierra, juzgándole menos caritativo y menos dispuesto a enternecerse? Tanto más cuanto que, según el Apóstol, después de la Comunión, no vivimos ya nosotros, sino que Jesucristo vive en nosotros: Vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus; y, por consiguiente, es Jesús quien ruega en el alma para aplacar a la justicia del Padre, y Él mismo quien gime de una manera inenarrable en el corazón de quien lo recibe.

¡Qué eficacia tan grande, por lo tanto, la de la Sagrada Comunión! ¿Cómo podrá la misericordia divina resistirse a una lengua teñida en la Sangre del Cordero inmaculado, cuando ella le ruega por las almas del Purgatorio? ¿Acaso esta Sangre no clama más fuerte que la del inocente Abel? La sangre de Abel clamaba justicia contra su hermano, y la obtuvo; Ésta hace mejor, pide perdón a Dios por las almas que le son queridas, y lo obtendrá infaliblemente.

La sangre de Abel fue oída, y ¿Ésta no lo será más todavía? A los gemidos de la sangre de Abel, Dios hizo una acción contraria al parecer a sus inclinaciones, infinitas; ¿cómo, pues, no confortará a unas almas destinadas a poseerle a Él un día? Cada una de las gotas de esta Sangre divina son otras tantas voces omnipotentes capaces de conmover y ganarse toda la misericordia divina en favor de las almas del Purgatorio.

No debe, pues, maravillarnos el que la Sagrada Comunión haya sido en todos los tiempos la devoción predilecta de muchos Santos en favor de las benditas almas.

Ella era la devoción favorita de Santa María Magdalena de Pazzi, a quien se le apareció una vez su difunto padre para decirle que tenía necesidad de ciento siete comuniones para salir del Purgatorio; recibidas que hubo la Santa dichas comuniones, vio que el alma de su padre volaba al cielo.

La Beata Juana de la Cruz, franciscana, vio una vez entrar en su celda a un Ángel que le traía una hostia consagrada para que ella comulgase y pudiera librar en seguida del Purgatorio a un alma que en vida había sido devotísima de la Eucaristía.

Y el seráfico San Buenaventura estaba tan persuadido de esto, que se había convertido en apóstol de esta devoción: «¡Oh almas cristianas y devotas!, exclamaba, ¿queréis dar testimonio de verdadero amor hacia vuestros difuntos? ¿Queréis enviarles el más preciado tesoro y la llave de oro del Paraíso? ¡Comulgad con frecuencia por el descanso de sus almas!»

Y en esta intención tan dulce y suave para el corazón, de sufragar a las almas del Purgatorio mediante la Sagrada Comunión, hallaban los Santos acrecentamiento de fervor; y Jesús, que tanto ama la caridad, redoblaba con ellos sus divinas caricias y ternuras.

***

Teniendo a nuestra disposición tan grandes tesoros espirituales, seríamos verdaderamente crueles si dejáramos languidecer en aquella lóbrega cárcel a las almas que allí padecen.

Pensemos que en el día de la cuenta nos arrepentiremos, aunque demasiado tarde, de no haber sabido negociar con tan saneada moneda.

Por eso, no contentos con sufragar a las almas benditas por medio del Santo Sacrificio de la Misa, procuremos hacerlo también recibiendo lo más frecuentemente posible la divina Eucaristía pensando en aquellas pobrecitas almas. Y cuando el divino Salvador esté aposentado en nuestro corazón, reguémosle se digne consolar a aquellas almas a Él tan gratas, y las sature de aquel Pan divino por el cual suspiran con ardor, que es Jesucristo mismo.

Y cuando Jesús sea todo nuestro, ¿podrá acaso negarnos lo que le pidiéremos, sobre todo pidiéndoselo para sus miembros predilectos?

EJEMPLO

El dominico Mateo Lecomte

El año 1887 moría en Jerusalén el Padre Mateo Lecomte, el cual, después de haber ¡lustrado con su elocuencia loa principales púlpitos de Europa, y llevado a cabo ruidosas conversiones, se había trasladado a la ciudad santa de Jerusalén, en donde empleó los últimos años de su vida en fundar un convento de su Orden en el lugar mismo en que el protomártir San Esteban había derramado su sangre por la fe de Jesucristo.

Habiendo caído gravemente enfermo, fue llevado al hospital y confiado al cuidado de una buena religiosa, que de tanto en tanto recurría a su dirección espiritual. A pesar de los más esmerados cuidados, el mal fue empeorando, agravándose el estado del enfermo, acometido por ciertos temores y congojas interiores. Le atemorizaba al buen religioso el pensamiento de la cuenta que en breve debería rendir a Dios; y a todos los consuelos que procuraba prodigarle la buena enfermera, recordándole el mucho bien que durante su vida había hecho a las almas: «iHija mía, le contestó, no basta hacer obras buenas para agradar a Dios, sino que es preciso hacerlas con suma pureza de intención!… ¡Oh, cuando yo ya hubiese dejado de existir, rogad mucho por mí!»

Se lo prometió ella, pero como los temores aumentasen: «Sí, continuó, yo rogaré mucho por vos, y si luego tuvieseis verdaderamente más necesidad, venid a decírmelo, que yo redoblaré mis esfuerzos.»

«Hija mía, replicó el Padre sonriendo dulcemente, no se torna tan fácilmente del otro mundo.»

«Pedídselo a Dios; por mi parte, sea como fuere, yo os prometo no descuidarme, y hacer cuanto esté en mi mano para ayudaros a ir al Cielo cuanto antes.»

Pocos días después moría el Padre, y era enterrado con grandes honores en la cripta del convento de San Esteban.

Durante algunas semanas la religiosa oró mucho por el difunto. Pero, como suele acontecer, atareada por sus muchas ocupaciones, cesó de hacerlo.

Pues bien, sucedió que estando un día ocupada en su celda oyó un ruido espantoso; un olor extraño e insoportable, semejante al azufre quemado, se percibió, y una voz suplicante, que ella conoció al punto ser la del religioso difunto, le dirigió estas palabras: «¡Hija mía, rogad mucho por mí, pues sufro horriblemente!» Y todo quedó tranquilo.

Quince días después, los mismos fenómenos con mayor intensidad. El difunto declaró que había recibido alivio con sus oraciones y otras buenas obras suyas, y añadió: «Gracias, hija mía, vuestra caridad me sirvió de alivio; vuestras oraciones, cual rocío benéfico, refrigeraron las llamas en que me encuentro… Id al Prior del convento fundado por mí, y decidle de parte mía que celebre un novenario de Misas por la libertad de mí alma.»

Sin pérdida de tiempo la religiosa comunicó la orden recibida al Padre Prior del convento. El Padre Menier escuchó el extraño relato de la religiosa, sin hacer manifestación exterior de lo que sentía en aquel caso; la despidió, con la convicción interior, muy a pesar suyo, de que aquello era una alucinación de la buena hermana. Pero, reflexionando después sobre el acento convencido con que la hermana le hablaba y en su buen sentido, de todos conocido, y en su mucha virtud, que no podía admitir mentira, terminó diciendo: «Bueno, celebraré las nueve Misas; aun en el supuesto de que se trate de una aparición ilusoria; con esto el Padre Lecomte saldrá ganancioso.» Y al día siguiente, sin indicar a nadie nada de lo ocurrido, comenzó el novenario de Misas.

Terminados los nueve días, a la hora de costumbre se retiraron los religiosos a sus celdas para descansar; un excelente hermano lego que había en el convento, naturaleza positiva, seria y activa, oyó que golpeaban a la puerta de su cuarto, y, «¡Adelante!», dijo. ¡Cuál no fue su estupor al ver entrar al Padre Mateo, radiante de gozo y esplendor! El difunto avanzó sonriendo hacia él, como lo hacía en vida, y le pidió noticias del convento.

«Todo va bien, Padre; pero ¡qué vacío tan grande dejó en él su muerte!»

«Ánimo, le dijo el Padre, yo me voy al Cielo, desde donde os seré más útil que en la tierra.»

Y al decir estas palabras dio un afectuoso apretón de mano al religioso, pero con tanta fuerza que la tuvo dolorida durante varios días. Luego desapareció por la puerta, dejándola tras de sí cerrada.

El buen hermano se apresuró a abrirla, pero ya no vio ni oyó nada; reinaba la soledad y el silencio de la noche.

A pesar de lo tarde que era, fue presuroso a la celda del Prior, y, conmovido, le refirió cuanto le había acaecido.

Éste, cotejando las fechas y las afirmaciones de los dos testimonios, no pudo menos de comprobar una verdadera intervención sobrenatural y bendecir en su corazón a Dios, por haber seguido el aviso que el Padre Mateo le había enviado por medio de la hermana enfermera.