PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXII

Multiplicidad y facilidad de los sufragios

Tres cosas hay que el amor puede depositar sobre un sepulcro: recuerdos, honores y lágrimas; cosas buenas las tres, inspiradas por el corazón y consagradas por la religión.

Porque no será ciertamente la religión de Cristo la que nos aconsejará olvidar a nuestros queridos difuntos; antes precisamente ella nos dice que es cosa santa el recuerdo de ellos y tener su memoria esculpida en el corazón.

Tampoco será ella la que nos prohíba honrar, juntamente con la memoria, los restos mortales de los difuntos, y adornar cristianamente sus sepulturas, pues ella, por el contrario, los bendice y protege a la sombra de la cruz.

Mucho menos será esta tierna Madre la que nos prohíba las lágrimas, dulce desahogo de nuestro dolor y bálsamo precioso para nuestros corazones afligidos y desolados.

Con todo, el creyente verdadero no puede ignorar que ninguna de estas tres cosas va más allá del sepulcro. Recuerdos tiernos y fieles, homenajes magníficos y suntuosos, ríos de lágrimas, sangre del corazón…, nos puede, en cierta manera, consolar; pero, ¡ay!, no pueden traspasar los umbrales de la eternidad; no pueden llegar hasta aquellas queridas almas, cuyos cuerpos allí se hallan.

¿Nos veremos, pues, reducidos a la tristísima condición de no poder dar a nuestros difuntos muy amados más que lágrimas estériles e infecundas, fríos y mudos sepulcros, vanos e inútiles recuerdos?

Dios, que hizo al amor inmortal, ¿no habrá puesto en nuestro corazón y en nuestros labios algo más poderoso, que, volando al otro lado de la sepultura, pueda penetrar en la eternidad y llevar alas almas elegidas, que la muerte nos ha arrebatado, nuestras lágrimas y simpatías, y juntamente con ellas nuestro socorro?

En otras palabras: ¿no habrá el Señor podido proveernos de medios más eficaces para ayudar y ofrecer sufragios por las almas de nuestros seres queridos, y librarlas de las penas que sufren en el Purgatorio, o al menos disminuir su intensidad o abreviar su duración?

Sí, Él lo ha hecho, y es dulce y consolador para nosotros el ver que tales medios no solamente son numerosos, sino de segurísima eficacia, y tan fáciles de practicar que están al alcance de todos.

Y éste será el argumento o tema que nos proponemos desarrollar en la presente plática.

I

Si alguna devoción hay que tenga a su disposición más medios para conseguir su fin, ciertamente ésta es la devoción a las almas del Purgatorio.

Y la infinita misericordia de Dios, así como a todos da los medios necesarios para obtener la propia salvación, así también, deseando que nosotros trabajemos en liberar a estas pobres almas pacientes o en aliviarlas al menos en sus penas, nos proporciona abundancia de medios para conseguirlo.

Oíd lo que Santa Catalina de Sena dice hablando de esta misericordia divina:

«Vuestra clemencia, oh Dios mío, da la vida; da la luz que nos hace conocer vuestra clemencia para con todas las criaturas, con los justos y con los pecadores. Vuestra misericordia triunfa en lo más alto de los Cielos, en vuestros Santos, y resplandece aquí en la tierra a los ojos mismos de quien la niega, y resplandece hasta en el mismo infierno, puesto que Vos no hacéis padecer a los condenados todo cuanto se merecen. Vuestra misericordia endulza vuestra justicia, y mediante ella nos habéis purificado con la Sangre de vuestro Hijo; por ella, acumulando amor sobre amor, habéis querido permanecer en medio de vuestras criaturas. No os bastaba con encarnaros, sino que también quisisteis morir; no os bastaba morir, sino que quisisteis además descender al Limbo paraliberar a vuestros Santos… ¡Oh misericordia divina! El corazón se siente inflamar pensando en Vos. Adondequiera que vuelvo la vista, yo no descubro sino misericordia. ¡Oh eterno Padre! Perdonad mi ignorancia, que osa hablaros de esta suerte; el amor de vuestra misericordia me servirá de excusa ante vuestra divina Bondad.»

Y antes que la santa doncellita de Sena, ¿no había cantado el real Salmista: «Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia»?

Por efecto, pues, de esta su misericordia infinita los vivos tienen a su disposición tantos medios para interesarse y ayudar a los difuntos.

«Los medios de que podemos disponer para ayudar a los difuntos, dice un antiguo escritor, son tan numerosos cuanto lo son los latidos de nuestro corazón, los movimientos de nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras acciones; porque cada una de estas cosas les pueden ser útiles. Desde la mañana, cuando nos despertamos del sueño, hasta la noche, cuando tomamos de nuevo el descanso, y aun en medio del tráfago de los negocios, de las alegrías de las fiestas, del estrépito de las diversiones y bajo el peso de las tareas y fatigas cotidianas, todo puede suministrarnos medios para una obra tan sublime y santa por poquito que pongamos atención en ello. Todo, repito, todo, aun las acciones más insignificantes y humildes de nuestra vida, hecho con intención de aplicarlo en bien de las almas del Purgatorio, puede servirles de grandísimo consuelo y alivio”.

“Hija mía, decía Jesús a un alma santa, yo siempre tengo dispuestas para ti todas las riquezas de mi misericordia, para que tú puedas disponer de ellas en beneficio de las almas del Purgatorio… Hasta lo que a ti nada te cuesta, o poco menos que nada, les sirve a ellas de suave refrigerio en medio de aquellos atroces dolores. Tus humillaciones, tus padecimientos, tu pobreza; las angustias de tu alma, las enemistades e ingratitudes que experimentes por parte de los hombres, las enfermedades, la pérdida de los bienes, y otras suertes de calamidades que te aflijan, ¡oh, cuántos medios te proporcionan todas estas cosas de ofrecer sufragios en beneficio de aquellas mis esposas predilectas que sufren en aquella cárcel de expiación! Pues ¿qué diré de tus oraciones, que cual nubes de incienso olorosísimo subirán hasta el trono de mi misericordia y harán descender sobre aquellas almas el más consolador refrigerio, y de las indulgencias, de las cuales tan rica es la santa Iglesia, y de los méritos de todos los Santos y de la Virgen Santísima, y de los Sacramentos, especialmente el de la santa Eucaristía, por medio de los cuales inundarán tu alma torrentes de gracias celestiales, que tú podrás aplicar en provecho de las almas del Purgatorio?»

Con toda razón, por tanto, podemos exclamar que jamás llegaremos a ser lo reconocidos que debemos a la misericordia del Señor, que ha dado a los hombres tantos y tan poderosos medios para satisfacer los unos por los otros y pagar así por lo que le es debido a la Justicia divina.

II

Pensamiento consolador, y más consolador todavía si nos paramos a considerar que estos medios son todos de una eficacia segurísima. Así es; se trata aquí de una obra que cuenta con un resultado eficaz, a diferencia de tantas otras, aún santísimas, que nos dejan siempre en la duda de su éxito.

En efecto, ¿no es cierto que los Santos mismos, trabajando con celo por la salvación de las almas, no siempre vieron sus fatigas coronadas por un resultado feliz? Muchas veces, ciertas almas que parecían ya del todo convertidas y aun encaminadas por el sendero de la santidad, ¡ay!, volvieron atrás y recayeron en sus pasadas culpas.

Pero en la obra de procurar la libertad de las almas de la cárcel de sus penas no acontece lo mismo, porque todos los medios que empleáremos a ese fin, todos darán buen resultado, y ninguno quedará baldío, porque Jesucristo mismo ha empeñado su palabra divina respecto del valor de cada uno de estos medios; de tal suerte, que San Gregorio Magno dice que, si no se nos hubiese revelado esta benignísima disposición, sería grandísima presunción nuestra el tenerla.

Sí, es el divino Redentor el que nos manda creer que todo cuanto pidiéremos en nuestras oraciones en su nombre, lo obtendremos infaliblemente, con tal que lo que le pidamos se refiera a la gloria de su eterno Padre.

Quien dice todo no excluye nada.

No hay, pues, nada que Dios no haya de concedernos, si se lo pedimos como se debe, porque Jesucristo añadió también: «En verdad os digo, todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre, Él os lo concederá.»

Ahora bien, ¿qué cosa más propia para glorificar a su divino Padre, qué cosa más conforme con los deseos de su divino Corazón, que el libertar a las pobres prisioneras de los rigores de su justicia?

Así, pues, los latidos de nuestro corazón a esta intención, las miradas dirigidas al Cielo en memoria suya, los suspiros de compasión por su lastimoso estado, los pensamientos de piedad por los padecimientos que ellas sufren, las repetidas invocaciones de los nombres de Jesús y de María pronunciados con devoción en sufragio de ellas, las obras, aunque insignificantes, practicadas en provecho suyo, todas estas cosas, no sólo pueden disminuir sus penas, sino que de hecho las disminuyen por poco que la caridad las informe.

Porque, en efecto, ¿cómo no ha de prestar Dios atención a los suspiros, por ejemplo, de un hijo que, dirigiéndose a Él, que es Padre de las misericordias, le diga, penetrado de los sentimientos de la más viva gratitud: «Dios mío, ya que Vos me habéis ordenado honrar al padre y a la madre, yo no puedo rendir un honor más grande a aquellos de que Vos os habéis servido para darme la vida y todos los bienes que poseo, que rogaros con todo mi corazón tengáis piedad de ellos y les concedáis el eterno reposo»?

Esta doctrina tan consoladora está confirmada también con las enseñanzas de los Santos y Doctores de la Iglesia.

Y en primer lugar se nos presenta San Agustín, el cual enseña explícitamente que “los sufragios favorecen a los difuntos, o para obtener la entera remisión de sus penas, o para hacérselas más tolerables”.

Y para no alargarnos demasiado citando a otros, diremos solamente que el príncipe de las escuelas, Santo Tomás, que, haciéndose eco del primero, dice: “un cristiano cualquiera puede satisfacer por otro en rigor de justicia, habiéndolo Dios dispuesto así y lo prometió a su Iglesia; de modo que si aquel que tiene intención de ganar sufragios para otro cumple todas las condiciones requeridas, es cosa infalible que dichos sufragios obtienen su objeto y son siempre provechosos para las pobrecitas almas”.

Y en efecto, para demostrar esta misma verdad, Dios, por un favor extraordinario, permite a veces que las almas del Purgatorio se aparezcan a sus parientes y amigos con el fin de implorar el socorro de sus oraciones y buenas obras, para abreviar la duración de sus suplicios o disminuir su intensidad.

Así se lee de Inocencio III, que se apareció con este fin a Santa Lutgarda, según lo refiere Tomás de Cantimprato, citado por Surio, por el Cardenal de Vitry y por San Roberto Bellarmino.

Ahora bien, si estas oraciones y obras buenas, practicadas a favor de las almas del Purgatorio, no fuesen eficaces, ¿no podríamos decir que Dios dispone una cosa inútil?

A más de esto, ¿no sería forzoso desmentir a miles y miles de buenos autores, a miles y miles de hechos auténticos, a miles y miles de razones convincentísimas y fortísimas, y a toda la venerable y sencilla antigüedad que siempre ha creído, enseñado y defendido esta poderosa eficacia?

Igualmente, leemos en la vida de Santa Brígida que, en uno de sus éxtasis, transportada en espíritu en medio del Purgatorio, oyó a un Ángel que decía: «Bendito sea quien, estando en el mundo, ayuda a las almas con oraciones y buenas obras y con su trabajo corporal; puesto que la justicia de Dios no puede mentir cuando dice que las almas se han de purificar, después de la muerte, con las penas del Purgatorio, y ser lo más presto posible libertadas por las buenas obras de sus amigos.»

Testimonio más claro y explícito, ciertamente no podremos encontrarlo para demostrar la eficacia de los sufragios en bien de las almas del Purgatorio.

Notemos aquí, en primer lugar, que, si bien todas las obras meritorias pueden servir de sufragio por los difuntos, existe, no obstante, notable diversidad entre ellas, bien sea por su diferencia específica, bien por el modo de practicarlas.

En cuanto al modo de practicarlas, según la doctrina de Santo Tomás, aprovechan éstas a los difuntos en razón de la caridad y de la intención de que los vivos están animados para con ellos; por eso cuanto con más pura caridad e intención más fervorosa en favor de ellas un devoto de aquellas almas practica sus buenas obras, tanto les serán más provechosas.

Ahora, en cuanto a su diferencia específica, debernos considerar que el valor de las obras no depende intrínsecamente de la dificultad que entrañan en su ejecución; por donde tal vez las pobres almas puedan ser mejor auxiliadas con obras de misericordia practicadas en favor de los pobres de este mundo, y con las oraciones y frecuencia de los Sacramentos, que no con actos de penitencia corporal y sensible, que son más desagradables.

De suerte que no es difícil el aliviarlas en cualquier estado o condición en que nos hallemos; y no nos hemos de espantar, ni hemos de mirar como gravoso encargo el pretender llevar almas del Purgatorio al Cielo. Basta con que hagamos lo que buenamente podamos.

En segundo lugar, hemos de notar que, aunque Dios haya revelado que nuestros sufragios sirven para los justos que se hallan en el Purgatorio, no obstante, no nos hace saber de ningún modo quién se halle y quién no en el Purgatorio, ni cuáles sean los castigos, ni de qué manera aplica Él a los difuntos el mérito de nuestros mismos sufragios.

Sin embargo, esto no debe hacernos perder ánimo, antes esforzarnos a trabajar con tanta mayor asiduidad y empeño, cuanto más ignoremos que haya sido ya suficiente lo que hasta entonces hubiéremos hecho.

Los males posibles y desconocidos, con frecuencia mueven más nuestra solicitud que los que tenemos constantemente ante los ojos; y Dios, no revelando el estado de las almas salidas de este mundo, quiere activar nuestro celo, puesto que al fin, si no se halla en el Purgatorio el pariente o amigo por quien nos interesábamos particularmente, hay, no obstante, allí otros hermanos nuestros en Jesucristo.

Y, además, es preciso que todo cuanto hagamos lo hagamos con fe y pongamos en sus manos nuestras cosas, puesto que esta confianza acrecienta mucho más el mérito de nuestras obras.

La certeza más hermosa consiste en que ningún bien que hagamos en beneficio de las almas santas quedará sin efecto para alguna de ellas.

III

Una consolación última, que debe servirnos al mismo tiempo de estímulo y de esfuerzo para procurar sufragios a las almas de los difuntos, es que los medios puestos por la divina Misericordia a nuestra disposición son facilísimos y están al alcance de todos.

Los Santos, hablando de la caridad para con las almas del Purgatorio, permanecían como extasiados ante estos dos pensamientos: «¡Obra tan grande, y no obstante tan fácil!»

¿Qué se requiere, en efecto, para practicar esta devoción? ¿Acaso grandes penitencias, ayunos prolongados, sangrientas disciplinas? ¿Tal vez notables privaciones, largas peregrinaciones, obras dispendiosas, sacrificios costosos, etc.?

¡Oh! Ciertamente que, siendo tan sublime el fin que nos proponemos, y tratándose, por otra parte, de un acto de caridad tan eminente y perfectísimo, nada de cuanto hagamos debería parecemos excesivo.

De Santa Catalina de Sena se lee, que a la muerte de su padre, a la manera de Jacob, luchó con Dios mismo, para que aquella alma que le era tan querida fuese directamente al Cielo sin pasar por el Purgatorio, Y habiéndole hecho comprender el Juez supremo que era absolutamente necesario que su divina Justicia quedara cumplidamente satisfecha, se ofreció ella misma a soportar todos los rigores de aquélla. Su proposición fue aceptada, y desde aquel instante su vida no fue sino una cruz y un martirio.

Santa Catalina de Génova dice de sí misma, que durante dos años sufrió los tormentos del Purgatorio, con tanta intensidad como puede soportarlos un cuerpo humano sin llegar a morir.

Lo mismo leemos de otros, cuya caridad para con las almas del Purgatorio los impulsó a abrazar tales excesos de padecimientos voluntarios, que el pensamiento huye de recordarlos.

Mas todo esto es superior a las fuerzas de la generalidad de los mortales, y por eso el Señor, todo bondad y misericordia, no lo pretende de nosotros.

«Ved la diferencia de obrar de Dios y de los hombres, exclama a este propósito un piadoso escritor: cuando los hombres tienen alguna cuenta que liquidar con sus hermanos no se conforman generalmente con ser saldados como les venga bien a sus deudores, sino que exigen sea finiquitada la deuda en la cuantía y especie en que fue contraída. Quien fue perjudicado en sus intereses no se conforma con una excusa, sino que lo que quiere es el dinero; quien lo fue en la honra no se da por resarcido con una suma de dinero, sino que exige sea deshecha la calumnia y reparada la maledicencia. No se porta Dios así: sino que es tanta la largueza de su Corazón, que no sólo condona fácilmente la mayor parte de nuestras deudas, y principalmente la pena eterna, sino que ha inventado además tantos y tan fáciles medios para que podarnos librarnos y librar a otros, hasta de la pena temporal después de la muerte, dejándonos a nosotros la libertad de elegir el modo de darle satisfacción. Cualquier acto meritorio puede tener valor de sufragio: Sacramentos, oraciones, limosnas, penitencias y actos concernientes a cualquiera virtud cristiana. Nada, en efecto, se opone a que nosotros apliquemos el mérito satisfactorio de tales actos o prácticas a los difuntos. Y así consuélense aquellas fieles que, por escasez de bienes u otras circunstancias de su estado, no pueden hacer muchas limosnas, ni mandar celebrar misas, ni dedicarse a largas oraciones y otras obras de piedad».

¡Oh! ¡Cuán perfectamente cuadra aquí aquel célebre dicho de San Agustín!: «Amad, y haced todo cuanto queráis».

Sí, que vuestro corazón esté revestido de la gracia y amistad del Señor, y podéis hacer lo que queráis; un suspiro de vuestro corazón, una mirada al Cielo, una buena palabra, la más pequeña fatiga, el sacrificio más ligero, mil particularidades de vuestras ordinarias ocupaciones…, todo, todo será bueno y servirá de sufragio por las pobres almas del Purgatorio.

¡Oh! No pensamos en el grande agradecimiento que estas almas nos tendrán por esa multitud de actos, que las más de las veces no nos cuestan nada y a ellas les sirven de alivio, hechos con rectitud de intención y en sufragio suyo.

Ciertamente, si ellas pudieran hacernos comprender los efectos benéficos de nuestros pequeños sufragios, estoy seguro de que nosotros mismos haríamos gran caso de estos inefables confortamientos que ellas reciben por medio de estos pequeños sacrificios.

***

Siendo, pues, tan fácil el sufragar por las almas purgantes, y tan numerosos y eficaces los medios para hacerlo, no hay lugar a excusas; y quienquiera que seáis, sea cual fuere vuestra condición social, por numerosas que sean vuestras ocupaciones, que estéis sanos o estéis enfermos, seáis ricos o pobres, doctos o ignorantes, jóvenes o viejos, no descuidéis el cooperar a la libertad de las almas de aquella cárcel de dolor.

Aplicaos con santa sencillez a la práctica que más se adapte a vuestras actuales condiciones; haced las obras cotidianas de vuestro estado con vivo deseo de aplicarles el fruto; si podéis, mandad celebrar algunas Misas; si no, oíd cuantas podáis, y uníos con frecuencia al Corazón de Cristo, que a todas las horas del día se está ofreciendo en una u otra parte del mundo sobre los altares por los vivos y por los difuntos.

No os dejéis desviar por el maligno espíritu o por los impíos, que hoy más que nunca claman contra la devoción a las almas del Purgatorio, y especialmente contra la Santa Misa en sufragio de las mismas, representándolas como materia de negocio ilícito para los sacerdotes.

¡Oh, quisiera el Cielo que quienes tanto temen el negocio pecaminoso de las cosas santas en esta materia de los sufragios, manifestaran al menos su diligencia en practicar tantas maneras de sufragios como hay que no cuestan ningúndinero! Sin duda que si los tales sometieran de cuando en cuando a penitencia su propia carne, si fuesen asiduos en orar por los difuntos, si fueran generosos en dar limosnas a los pobres, entonces sería menos sospechoso su celo contra el supuesto comercio y su temor de enriquecer a los sacerdotes.

EJEMPLO

Maravillosos efectos de causas pequeñas

Una excelente religiosa perdió una amiga a quien mucho amaba. Pocos días después de su muerte le acaeció sentirse abrasada de ardiente sed, cuando ya se disponía a beber un poco de agua, le vino de pronto a las mientes el recuerdo de su amiga difunta y tuvo la inspiración de abstenerse de beber en sufragio de ella.

Hacer el sacrificio de un vaso de agua es tan poquita cosa, que un hombre de mundo la tacharía de puerilidad, pero parece que Dios lo juzgó de muy diversa manera; pues la noche siguiente se apareció a la Hermana la amiga difunta, dándole efusivamente las gracias por el sacrificio que había hecho por ella, y diciéndole que aquellas gotas de agua se habían convertido para su alma en un baño saludable que había templado los ardores de aquel fuego abrasador.

¿Y qué os diré de aquella humilde doncellita llamada María Villani? Sabemos de su vida que con humildes y pequeñas penitencias libró a muchas almas del Purgatorio, las cuales le hizo ver Dios un día formando parte de una procesión de personajes ricamente vestidos y capitaneados por ella.

Ella había tomado la costumbre de ofrecer cada día el mérito de sus obras en sufragio de aquellas almas, y procuraba no descuidar esta obra santa. Un día, Conmemoración de los Fieles Difuntos, hallándose ocupada en la copia de un manuscrito, y deplorando consigo misma que aquel deber impuesto por la obediencia le impidiese el consagrar toda la jornada en provecho de los difuntos, se le apareció Nuestro Señor y le prometió que cada línea escrita por ella aquel día libraría a un alma del Purgatorio.

De estos hechos se puede deducir qué cosas tan insignificantes bastan para socorrer y aliviar a las almas del Purgatorio, y que en la presencia de Dios no existe distinción entre obras grandes o pequeñas cuando están inspiradas por la caridad.