PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

La voluntad justa de los moribundos es sagrada

No basta se tributen a los restos mortales de nuestros difuntos aquellos honores que la religión, la naturaleza y las conveniencias sociales nos piden, sino que es necesario además que satisfagamos fielmente sus últimas justas voluntades; es decir, que nos mostremos escrupulosos ejecutores de todas sus justas recomendaciones, bien nos hayan sido hechas de viva voz, bien hayan quedado consignadas en un testamento.

Porque si es blasfemo y digno de ser condenado el olvido de los difuntos considerado en sí mismo, ¿cuánto más lo será si a esto se añade la violación de tan santo deber? La última voluntad justa de un moribundo ha sido siempre cosa sagrada.

En todos los pueblos de la tierra se ha considerado siempre como delito la violación de las últimas justas disposiciones, de tal modo que los legisladores de todas las épocas les prestaron siempre su protección; y era tan notable entre los antiguos el respeto para estos privilegios de los difuntos, que elevaron las palabras del testamento hasta la dignidad de ley: Dixit testator, lex est.

Si queremos, en efecto, darnos exacta cuenta de lo que es el testamento, no tenemos que hacer más que referirnos a la definición que da de él el Derecho romano: «El testamento es la expresión legal de nuestra voluntad referente a lo que se debe hacer después de nuestra muerte.»

Por lo demás, la misma palabra define la cosa: testamentum; es decir, atestación de nuestra mente, testatio mentis, nuestro propio testimonio.

Los romanos veían en el testamento un acto religioso, un acto de derecho público y no de derecho privado; y de tal manera había penetrado en sus costumbres, que se atribuía la máxima importancia al morir intestado.

Profundo, por consiguiente, era el respeto en que se tenía la última voluntad del moribundo, y diga lo que diga Quintiliano, el cual parece insinuar que tal respeto era inspirado por el pensamiento, ¡bien poco generoso de veras!, «de que ningún otro consuelo tenían los moribundos», yo soy de parecer que los romanos se inclinaban ante el testamento, porque ningún otro acto a sus ojos ostentaba mejor el sello de la majestad del derecho.

Estas tradiciones de Grecia y de Roma no se han borrado nunca totalmente entre nosotros; y tenemos una prueba magnífica en que nuestros antepasados conservaron al testamento su carácter religioso, y es harto característico y digno de observación el hecho de que el objeto principal de él lo constituían casi siempre piadosas disposiciones.

Y en efecto, el testador comenzaba por lo común por una invocación a la Santísima Trinidad, luego encomendaba su alma a la misericordia de Dios, designaba el lugar de su sepultura, ordenaba se repararan los perjuicios que hubiera podido ocasionar al prójimo, prescribía oraciones y limosnas por el reposo de su alma, recompensaba a sus ancianos servidores, y terminaba nombrando ejecutores testamentarios, los cuales estaban encargados de velar sobre el exacto cumplimiento de su última voluntad.

Verdaderamente no puede ponerse en duda que en todo tiempo se ha considerado como natural y legítimo el derecho a disponer de las cosas propias aun hasta más allá del límite de la vida; y siempre se ha profesado el mayor respeto a la última voluntad de los que perdimos por la muerte.

En un solo caso estaríamos desobligados del cumplimiento de dicha voluntad, y es cuando por ella fueran derogadas las leyes eternas de la justicia.

Esto supuesto, pregunto: ¿Hemos heredado nosotros semejante respeto a la voluntad de los difuntos? ¿Somos escrupulosos en observar todas aquellas minuciosas e innumerables justas precauciones que se empleaban para asegurar la ejecución de dicha voluntad, o, por el contrario, nos servimos de las mismas como de excusa para eximirnos de hacer aquello que sería nuestro deber? Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia presenciamos el espectáculo desolador de hijos y de herederos impíos y degenerados, que no se ruborizan de abusar de la autoridad sagrada de las leyes para anular ciertas justas disposiciones que son contrarias a sus intereses!…

¡Dios mío! ¿No es éste un espectáculo indigno de una sociedad regenerada por el Evangelio, y nutrida durante veinte siglos con las puras y sanas doctrinas del derecho cristiano?

Ved, si no, lo que pasa: padres de familia hay que después de haber consagrado una vida entera de sacrificios, de fatigas, acaso de privaciones, para asegurar una honesta herencia a sus hijos, pero, a fin de perpetuar sus beneficios, querían que una parte de su fortuna, tan penosamente adquirida, fuese empleada en aliviar la miseria de los únicos amigos que dejaban acá en la tierra, los pobres: amos generosos y reconocidos querían asegurar fueran felices y tranquilos los últimos años de la vida de sus servidores fieles y adictos, y que habían consumido su vida en su servicio; cristianos piadosos y convencidos querían dejar al mundo y a la Iglesia un testimonio público y solemne de su fe, consagrando a la religión una pequeña parte de sus haberes; querían asegurarse socorros espirituales para después de su muerte, y aun tal vez, harto justamente inquietos por la legitimidad de sus bienes, querían purificarla de aquel fermento de iniquidad que casi siempre va anejo aun con las riquezas mejor adquiridas.

Pues bien, ¡vanos esfuerzos, precauciones inútiles! Este sagrado derecho les será impugnado, cuando no denegado enteramente; y ni aun en lo que se refiere a esta pequeñísima porción, será respetada su última voluntad.

Cuantas medidas y precauciones tomen para asegurar el cumplimiento de su voluntad serán inútiles y carecerán de fuerza ante los artificios y subterfugios de sus malvados sucesores; y por muy evidentes y claras que sean sus últimas justas disposiciones quedarán vergonzosamente incumplidas.

Considerando lo cual un ilustre autor no podía menos que exclamar:

«Hijos desgraciados, ingratos herederos, ¿cómo os habéis atrevido a contristar por semejante manera al alma de vuestro padre? ¿Era esto lo que él debía esperarse de un reconocimiento sobre el cual había contado con ciega confianza? Y cuando por su muerte os ponía él en posesión de una no despreciable herencia, ¿podía creer que vuestra vergonzosa ambición le disputara aun aquella modesta porción que él se reservaba para alivio de su alma? ¡Ingratos! Si vosotros no queréis respetar ya la autoridad de un padre, temed por lo menos su maldición; ella no os dejará descanso, y os perseguirá hasta el tribunal en donde está sentado el Juez inflexible de vivos y muertos. Y es precisamente allí donde os esperan, hijos desnaturalizados, que tan grande ultraje inferís a la memoria de vuestro padre. Dios tornará de él durísima venganza. En vano procuraréis situaros en lugar seguro recurriendo a la autoridad de la ley, la cual, en resumidas cuentas, ha sido hecha para regular las acciones externas del hombre; pero puede bien poco, por no decir nada, contra las justas reclamaciones de la conciencia. Sabed que las sentencias de la justicia de los hombres jamás llegarán a protegeros contra las sentencias de la justicia eterna. Conocéis, por lo demás, toda la gravedad del delito cuando de tal suerte eludís el cumplimiento de la voluntad de un moribundo. Vosotros creéis usar de un derecho que os corresponde, reduciendo a legítimas proporciones liberalidades muy exageradas, según vuestro modo de ver. Vosotros acusáis a vuestros padres de una generosidad demasiado grande con relación a la desgracia; de una munificencia demasiado vistosa referente a la religión; mas, ¿y quién os dice que cuando vosotros le creíais pródigo, él tal vez no era más que justo? ¿Quién os asegura que aquello que vosotros considerabais como un exceso de caridad hacia el pobre, no fuese sino una triste y rigurosa restitución disfrazada con el velo de la limosna? Yo lo ignoro, diréis vosotros; mas he aquí precisamente lo que constituye vuestro delito. En presencia de una duda tan grande, la presunción estaba en el acto solemne que se pasaba entre Dios y el moribundo. En ningún caso, ninguna voluntad sobre la tierra tiene el derecho de substituirse a la voluntad de un hombre que está para comparecer delante de Dios.»

Este sagrado derecho de los moribundos, del cual todos los legisladores de todos los países se han proclamado altamente protectores, nosotros podremos demostrarlo recurriendo a notables autoridades y a numerosos ejemplos.

Nos limitaremos a citar uno solo, que tomamos de la sociedad romana cuando, comenzaba a declinar; cuando, aunque desgastada ya en sus costumbres, se mantenía todavía grande, por su sabiduría y por sus tan célebres leyes que merecieron ser llamadas la razón escrita.

Plinio el Joven estaba en litigio con la ciudad de Como, su patria, a causa de una rica herencia que le había cabido en suerte. Los derechos del ilustre romano eran incontestables; los de la ciudad, por el contrario, eran muy dudosos. Abogado elocuente y respetado, jurisconsulto profundo, ministro poderoso de un emperador que le otorgaba su amistad, Plinio hubiera podido, sin menoscabo de su honor, adjudicarse el beneficio de la ley; pero colocado por encima de estas vulgares consideraciones, el ministro de Trajano no escucha más que la voz de su conciencia, y lega a la posteridad estas bellas palabras, que nosotros citamos para que sirvan de meditación a tantos cristianos:

«Si pregunto a la ley, el legado hecho a la ciudad de Como es nulo; si, por el contrario, consulto la voluntad del difunto, es válido. Yo respeto profundamente el sentir de los jurisconsultos; pero, piensen lo que piensen éstos, la voluntad de un moribundo es superior a mis ojos a la autoridad de la ley. Esta voluntad será, pues, respetada; y los venideros no podrán decir que, después de haber legado a su patria una buena parte de su fortuna personal, Plinio le ha retenido vergonzosamente una modesta porción de una fortuna forastera». Son verdaderamente bien dignas de ser meditadas estas palabras de un pagano, el cual, al juzgar en estas graves cuestiones, era guiado, no ya por la fúlgida luz del Evangelio, de la que él carecía, sino únicamente por pálido resplandor de la ley natural.

LA IGLESIA Y LAS LEYES EXPOLIADORAS

No sin experimentar un impulso de generosa y noble indignación os voy a hacer recorrer con la mente una serie interminable de medios, que una legislación impía y volteriana desde un siglo a esta parte ha adoptado y puesto en ejecución contra los derechos y bienes de la Iglesia.

¡Cuántas leyes, en efecto, vemos promulgadas contra los templos y los santuarios, contra los conventos y los seminarios, contra las hermandades y corporaciones religiosas, y contra el clero así secular como religioso!

Pero entre todas estas leyes sacrílegas e inicuas hay una merecedora más que las otras de la reprobación y condenación de quien todavía conserve una brizna siquiera de sentimientos cristianos en su corazón, la cual clama venganza delante de Dios y de los hombres, y es aquella ley por la que fueron despojadas y destruidas aquellas obras pías que tenían por fin el proporcionar sufragios a las almas de los difuntos, destinando los fondos de las mismas a esto, según la voluntad de cada testador.

¡Ah! Es preciso decir que, para llegar a tan abominable exceso y a crimen tan inaudito, era necesario borrar de lo más profundo del corazón, no sólo la fe, sino también lo que fue en todo tiempo, aun entre los pueblos paganos, tenido por sagrado e inviolable; a saber: la memoria de los pobres difuntos.

Pero ante tan inaudita abominación, ya que no osaron protestar unánimemente los pueblos todos, no pudo callar la Iglesia. La cual, Madre amorosa, no sólo de los vivos que todavía combaten en la tierra, sino también de aquellos que sufren en el Purgatorio, y cuyos intereses, de unos y de otros, vigila y defiende, levantó elocuente e indignada su voz, protestó con todas sus fuerzas, y conminó con terribles penas a los inicuos expoliadores de los bienes de los difuntos.

Y no contenta con esto, abrió, a favor de aquellos pobres despojados, los tesoros de sus gracias espirituales, multiplicó sus oraciones, prescribió en todas las iglesias del mundo especiales sufragios para suplir, al menos en parte, lo que había sido destruido.

Una prueba de esta su celosa ternura la tenemos en el insigne privilegio concedido por el gran Pontífice Benedicto XV a todos los sacerdotes del orbe católico, de celebrar cada uno tres misas el día de la solemne Conmemoración de los Fieles Difuntos.

¡Oh, haga el Señor que todos los cristianos secundemos estos generosos esfuerzos de la Iglesia, y pongamos en práctica las grandes y necesarias lecciones que ella nos da, sufragando por aquellas pobres almas, a quienes leyes inicuas de expoliación privaron de sus sufragios!

¿Y cuáles son estas lecciones? Tres principalmente: lecciones de recuerdo, de fidelidad y de piedad.

Y esto sea, además de sufragar por las pobres almas del Purgatorio, que se vieron despojadas por leyes inicuas de los sufragios a que tenían derecho, un motivo poderoso para rogar por ellas.

I

Y en primer lugar, es una lección de recuerdo.

¡Oh, cuan desmemoriado y olvidadizo es el hombre! Si escuchamos sus juramentos, creeremos que jamás se borrará de su memoria un rostro amado, un nombre querido y venerado. Y yo no pongo en duda su sinceridad. Pero, desdichadamente, ¡cuán poco debemos confiar en sus promesas! Muy pronto nuevas imágenes vendrán a substituir a las otras en su mente.

El tiempo, que con voraz diente desgasta, como royéndolos, de la superficie de las rocas los caracteres más profundamente esculpidos en ellas, no desarrollará gran esfuerzo para borrar de la movible superficie de nuestro corazón el recuerdo de los que nos precedieron. Pasados algunos años, ya no se pensará en los difuntos, que habían ocupado un puesto tan importante en nuestro corazón durante su vida. Sus casas, propiedad ya de otros, pronto habrán cambiado de aspecto; y será disperso todo cuanto les había pertenecido. La hierba exuberante crecerá en sus sepulturas, y de ellos no quedará nada, acaso ni su mismo nombre.

¿Habéis observado lo que ocurre cuando un muchacho arroja una piedra en un estanque de agua?… Diríase que sufre en el momento en que se sumerge para siempre; el ruido que produce en el instante en que está para desaparecer semeja a un gemido; el choque que produce en el elemento movible, del cual ya queda cubierta, determina en la líquida superficie círculos concéntricos, que cada vez se van ensanchando más, y designan por un instante el punto en que la piedra cayó. Mas, bien presto esos movimientos y círculos se aplanan y cesan, y todo queda en calma, como si nada hubiera ocurrido; ya podéis observar cuanto queráis, ya nada veréis…

Ni más ni menos ocurrirá con los pobres difuntos. Ellos habían creído poder escapar del olvido de los vivos instituyendo por testamento aquellas fundaciones que una ley inicua ha suprimido. «Con esta disposición, pensaban ellos, nuestro nombre será perpetuamente pronunciado en la asamblea de los fieles; confiando en la vida inmortal de la Iglesia, es imposible que naufraguemos en el olvido; nuestra sepultura, como todas las cosas caducas, podrá un día desaparecer, pero no obstante se hablará todavía de nosotros, y, lo que más importa, se hará oración por nosotros.»

Mas ¡ay!, que los hombres, en lugar de respetar estas sabias precauciones que los difuntos en vida tomaron, se deshacen por inutilizarlas.

«Pues los muertos son muertos, y no van a ponerse en guardia y defenderse; ¿para qué tantos miramientos? De una plumada anularemos su voluntad suprema y borraremos del mundo para siempre su memoria. Desde los escaños del Parlamento se pronunciarán unas cuantas frases ampulosas y rimbombantes; se presentará un proyecto de ley; una mayoría inconsciente y servil lo votará, y ¡asunto concluido! ¡De aquí en adelante ya no habrá por qué conservar ningún recuerdo vuestro, oh muertos impertinentes, que, no contentos con poseer un fúnebre monumento en nuestros camposantos, pretendisteis poder conservar y aseguraros un pequeño puesto en nuestras almas!»

Pero no, no está todo terminado; a pesar de tan sacrílego proceder de los vivos, consolaos, oh Almas Benditas, en torno a las cuales se pretende crear el silencio y el olvido; porque si los hombres no quieren acordarse más de vosotras, existe, no obstante, quien no os olvidará jamás, y ésta es la Iglesia, vuestra amorosa Madre; ella así lo ha demostrado en lo pasado, pero más lo demostrará hoy, cuando leyes inicuas os han despojado de unos sufragios a que teníais derecho, y han intentado borrar vuestra santa memoria de la superficie de la tierra.

No contenta con acordarse de vosotras en el día de los Difuntos con funciones y ceremonias especiales, multiplicando el número de Misas en vuestro favor, invitando a los fieles a unirse a Ella para satisfacer con sus oraciones y buenas obras la deuda que todavía tenéis pendiente con la Justicia divina, os tendrá presente todos los días del año, aun en medio mismo de sus más puras alegrías, y, proclamando bien alto vuestro nombre, dará al mundo irreflexivo y olvidadizo una grande y saludable lección.

¡Y haga el Cielo que semejante lección no sean palabras hueras que caigan en tierra árida sin producir el esperado fruto! Cualquiera que sea nuestra edad, ya hemos visto producirse repetidas veces el vacío en torno a nosotros; ¿se podrá decir que este repetido vacío se ha producido en lo íntimo de nuestro corazón? ¿No hemos echado fuera como cosa enojosa e importuna el recuerdo de aquellos que no existen ya?…

Preciso es que en lo futuro así un ocurra; reavívenos en nuestra alma la imagen de aquellos que nos amaron y ya no existen entre nosotros, y evitemos a nuestros queridos difuntos esta segunda muerte, que sería más cruel que la otra: ¡el olvido!

II

La segunda lección que da al mundo la Iglesia es de fidelidad.

No es difícil observar fidelidad respecto de los vivos, porque están ellos presente para recordarnos nuestros compromisos, si acaso estuviéremos tentados de faltar a ellos.

Pero ¡ay!, que tales garantías no las posee la fidelidad referente a los difuntos, y he ahí por qué la humanidad la ha considerado siempre como rodeada de un respeto casi religioso.

Sagrada es la voluntad de los difuntos, se dice con frecuencia, y no sin motivo. En efecto, al transmitir sus intenciones, los que se hallaban en el trance de la muerte, hicieron llamamiento, fiándose entera y ciegamente de nosotros, a todo cuanto hay de más elevado y sublime en nuestra conciencia. Pues bien, el hacerles traición ¿no es, acaso, inferir un ultraje a una sepultura, que es sagrada como un altar?

Y semejante verdad, que, por lo demás, tiene su fundamento en un grave y poderoso sentimiento del alma humana, demostraban comprenderla perfectamente los gobiernos civiles de otros tiempos, de aquellos tiempos en que el espíritu cristiano y de fe viva y sentida lo animaba y dirigía todo. ¡Oh, entonces eran ellos mismos los que se hacían depositarios y custodios de las fundaciones en favor de las almas del Purgatorio! Cuando una persona cristiana manifestaba su voluntad de tener oraciones después de su muerte, el Estado parecía decirle: «Manifestadme simplemente vuestra intención, y yo, no sólo la respetaré, sino que la sancionaré además con mi autoridad soberana. Daré fuerza de ley a vuestras disposiciones, y vigilaré para que sean observadas fielmente.»

Y como lo prometía, así hacía; y en virtud de un acto emanante de su autoridad, se comprometía, delante del Cielo y de la tierra, a asegurar para siempre la ejecución de aquellas voluntades supremas de las que el mismo Estado se había hecho depositario.

¿Qué más podía desearse? ¿Qué garantías más seguras que aquéllas, dadas en nombre de todo un pueblo, el cual tenía a grande honra el constituirse, por medio de sus legítimos representantes, en custodio de la intención manifestada por los moribundos?

Y, no obstante todo esto, ¿quién jamás se hubiera podido solamente imaginar que habría de venir un día en que este mismo pueblo, por mano de otros representantes suyos, había de destruir su firma? Con el especioso pretexto de que el Estado, separado de la Iglesia, no la reconocía ya, no sólo faltó a sus compromisos más sagrados, sino que llegó a tal punto su audacia, que dio otro destino bien distinto a aquello que él mismo había solemnemente reconocido mediante una ley que debía emplearse en sufragio de los difuntos.

Y como si esto no bastase todavía, para impedir que los herederos de los fundadores reivindicasen los derechos de aquella piadosa generosidad, confeccionó y dictó leyes especiales, directamente contrarias a todos los principios del derecho. ¡Dios mío! ¿Se ha visto alguna vez en los tiempos pasados un atentado tan violento y descarado contra la justicia y la fidelidad a los compromisos más solemnes y sagrados, adquiridos en favor de los difuntos, ni tan sacrílega malicia?

Ante tan detestables expoliaciones ¿qué hará la Iglesia? ¿Repudiará ella también su palabra? ¡Oh, bien podría hacerlo, puesto que le arrebataron brutalmente de las manos todos los medios para mantenerla! Pero no temáis, no lo hará; no será ella, ciertamente, quien se crea dispensada de asegurar los legados transmitidos por los difuntos; es demasiado sagrada para ella esa última voluntad; y, por consiguiente, no escatimará sacrificios, ni buscará subterfugios; no se escudará tras excusas e hipócritas pretextos, sino que hará cuanto le sea posible para conseguirlo. La experiencia de lo pasado sírvanos de garantía para lo por venir.

¡Qué lecciones de fidelidad les da, por lo tanto, esta buena Madre a los modernos gobernantes civiles, los cuales, haciendo callar las voces de la humanidad, pisotearon los derechos de los pobres difuntos! Yo quisiera que alguno de los que votaron estas leyes inicuas de expoliación, si todavía viviese, entrase en nuestros templos, especialmente en el día sagrado de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, y presenciando los lúgubres ritos, y observando las negras colgaduras y ornamentos, y escuchando los melancólicos cantos, se preguntara a sí mismo: «¿Para qué todo esto?» Y una voz, tal vez, le respondiese: «Todo esto es para sufragar por las almas de aquellos que después de su muerte han sido despojados por vosotros.» Y estas palabras le harían comprender que, si los hombres tienen necesidad de aprender lecciones de fidelidad a los compromisos contraídos, no tienen más que acudir a la Iglesia, que es buena maestra de ello.

III

La tercera lección, finalmente, que nos da la Iglesia, es una lección de piedad.

¡Ah! Si nuestros pobres difuntos, estando para abandonar esta vida, pudieran estar completamente tranquilos acerca de su suerte futura, nuestro olvido e infidelidad respecto de ellos admitiría alguna atenuación, por más que nunca sería del todo excusable. Pero sabemos demasiado que no todo acaba con la muerte, sino que más bien con ella comienza la verdadera vida, la vida eterna.

¡Qué cosa tan terrible será caer en las manos del Dios vivo; de ese Dios que encuentra manchas hasta en los espíritus más perfectos; de ese Dios que tiene cerradas las puertas de la bienaventuranza eterna a las más leves imperfecciones!

Y nuestros queridos muertos ¿están ya en posesión de la patria bienaventurada y en la paz del perdón, o se hallan todavía lejos de Dios, en los tormentos inenarrables de la expiación?

¡Terrible problema, que, si nosotros los amamos de veras, no nos puede dejar indiferentes, antes debe estimularnos a derramar por ellos sin descanso lágrimas amargas, elevar súplicas a Dios y practicar buenas obras!

Y esto bien debieron comprenderlo todos aquellos que, habiendo llegado al fin de su vida y teniendo que disponer de sus bienes, quisieron antes que ninguna otra cosa asegurarse oraciones por el eterno descanso de sus almas.

Obrando de este modo, demostraron ser, no sólo previsores, sino también caritativos.

Previsores, porque se reservaron ayuda para cuando ellos no podrían hacer nada para sí mismos; caritativos, porque sabían que las oraciones que se aseguraban para sí mismos, una vez inservibles para su salvación por haber entrado ya ellos en la gloria eterna, servirían para aliviar a las almas de otros hermanos suyos.

Y con estas santas disposiciones emprendieron el viaje a la eternidad más resignados y se presentaron más confiados en el tribunal del eterno Juez.

Mas, ¡ay!, no habían contado con la impiedad humana, ni de muy lejos habían sospechado que manos rapaces les habían de despojar bárbaramente un día de aquello que les hacía dulce su última agonía.

Y helos ahora que desde el fondo de aquella cárcel esperan las Misas y oraciones, que se habían asegurado, con mayor impaciencia que un prisionero espera su libertad…; pero ¡en vano! ¡Dios mío! ¿No son mil veces más dignas de compasión que los infelices de este mundo, estas desdichadas almas del Purgatorio, que no pueden ni siquiera alzar sus voces para clamar a los cuatro vientos anunciando su inmensa miseria? ¿En dónde está, pues, la piedad? ¡Ah! La piedad no está, sin duda, ya en el corazón humano, pues los hombres son precisamente los que les han robado aquella gota de agua que sus ardientes labios deseaban con tan grande anhelo.

La piedad está en la Iglesia, está solamente en el Corazón de esta buena Madre, la cual con maternal solicitud se interesa tanto por la Iglesia purgante como por la militante.

«¡No, pobres almas abandonadas y traicionadas por los hombres, en los cuales habíais puesto toda vuestra confianza, vosotras no seréis abandonadas por la Iglesia, y aun en el supuesto de que ella hubiese de ser más duramente perseguida, mayormente despojada, no dejará hasta el fin de los siglos de hacer llover sobre vosotras la dulce y beneficiosa lluvia de la Sangre de Jesucristo!»

***

He ahí las elocuentes lecciones que nos da la Iglesia frente a las sacrílegas expoliaciones cometidas por las modernas legislaciones civiles, en perjuicio de las pobres almas del Purgatorio.

¿Cerraremos nosotros los oídos a sus invitaciones, y no procuraremos por cuantos medios nos sea posible reparar tantas injusticias, de las cuales acaso también nosotros seamos en cierto modo responsables, y cuyas consecuencias terribles, tal vez, si somos negligentes, habremos de sufrir un día?

¿Cómo no sentirse movidos a gran compasión viendo a estas almas santas tan inicuamente despojadas del fruto de las buenas obras y de su sabia providencia, injustamente privadas de las Misas, de los santos Oficios, de las oraciones que ellas habían fundado para alivio y reposo suyo, heridas en sus derechos más sagrados, condenadas, tal vez, por la malicia de los hombres, a una expiación más larga y dolorosa?

No es que yo dude de la bondad y misericordia divina para con ellas; no, bien sé yo que Dios, que tiene presente las piadosas intenciones de los fundadores, que tiene registrados sus actos generosos, no se dejará vencer en generosidad, y no consentirá que los inocentes paguen por los culpables, y mucho menos que el mérito de los beneficios se pierda, ya para aquellos que los han hecho, ya para aquellos que debían aprovecharse de ellos.

Pero es preciso reconocerlo: los designios divinos permanecen para nosotros en el misterio, y seríamos temerarios si pretendiéramos, escrutarlos. Por lo demás, ¿no es verdad que la reparación incontestable que Dios concede a las víctimas de la injusticia de los hombres no dispensa a éstos de reparar ellos mismos su injusticia? Pero, puesto que los Estados civiles que han cometido la sacrílega violación de los derechos de los muertos no están, al menos por el momento, dispuestos a reconocerla y mucho menos a repararla, tomemos a pechos con gusto el substituirlos en esta obra de reparación, seguros de que el Señor, que no deja sin recompensa un vaso de agua dado a un pobre, hará también que un día, cuando nos hallemos necesitados, otras almas piadosas vengan a ayudarnos en la obra de nuestra expiación, y a apresurar el día de nuestro reposo en la patria de la eterna felicidad.

EJEMPLO

La fundadora de las Damas Auxiliadoras del Purgatorio

«El grande y perpetuo milagro de la Iglesia en medio de la humanidad, dice el Padre Félix, es su fecundidad, siempre antigua y siempre nueva, para producir la caridad y socorrer la miseria. Recorred de arriba abajo todos los grados de la humana jerarquía, y veréis que allí donde el desorden del hombre ha creado una miseria, la caridad de Dios, practicada por la Iglesia, ha creado un socorro.»

Y así es, en verdad, y no sería cosa difícil probarlo con hechos fehacientes, pero limitándonos a nuestro argumento, ¿qué mayor miseria ha podido crear en nuestros días una legislación impía y sacrílega, privando a los pobres difuntos de sus sufragios, quitándoles los medios con que podían gozar de ellos?

Pero he ahí que la caridad de Dios, obrando por mano de la Iglesia, ha creado un socorro y reparado en cierto modo el desorden del hombre, no sólo encendiendo más vivamente en el corazón de los fieles una devoción más fervorosa hacia aquellas pobres almas, sino también suscitando en el seno de la misma Iglesia una institución religiosa que tuviese como fin especialísimo el orar, obrar y sufrir por las almas del Purgatorio, y de consagrar a ellas con un voto santamente heroico todas las oraciones, acciones y sufrimientos; en una palabra, la parte satisfactoria de las obras de toda su vida.

Recorriendo los anales de la Iglesia nos encontramos con frecuencia con almas grandes y generosas que, animadas de viva devoción a las almas del Purgatorio y compadecidas de sus penas, ofrecían a Dios sus buenas obras para que les sirvieran de ayuda, como una Santa Gertrudis, una Santa Teresa, una Santa Brígida, un San Francisco de Sales, un santo Cura de Ars, para no nombrar a otros innumerables.

Mas, si consultamos la historia, en el transcurso de dieciocho siglos no se ha encontrado una orden religiosa que a esto exclusivamente se dedicase. Esta obra santa estaba reservada a nuestros tiempos, en que, por la inicua expoliación en perjuicio de los pobres difuntos, se hacía sentir más particularmente su necesidad; esta piadosa asociación se llama Pía Sociedad de las Religiosas Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio, la cual debe su nacimiento a la señorita Eugenia María Smet, más generalmente conocida con el nombre de Madre María de la Providencia, nacida en Lille, el 25 de marzo de 1825.

Madre María de la Providencia

Desde que se despertó en ella el uso de la razón, esta alma elegida pareció oír la voz potente de los muertos, aquella voz a la cual generalmente no se presta oídos en el mundo, y que, sin embargo, desde la profundidad del Purgatorio se eleva sin descanso hasta los vivos despreocupados.

Con frecuencia se la veía en medio de las diversiones más estruendosas ponerse de pronto seria y pensativa:

«¿En qué piensas?», le preguntaban sus compañeras.

«Pienso en las almas del Purgatorio; estas almas están en una cárcel de fuego, y el Señor que allí las tiene detenidas no quiere de nosotros sino una oración para abrirles las puertas; y esta oración ¡nosotros no la hacemos!»

Mas la ingenua jovencita hacía esta oración con mucha frecuencia y de todo corazón, y, no satisfecha con orar, ofrecía también al Señor en sufragio de las pobres almas los pequeños sacrificios propios de su edad.

«¡Y esto sea para las almas del Purgatorio!», se la oía decir cada vez que tenía que sufrir alguna cosa.

Esta devoción, en lugar de disminuir, cada día iba en aumento, a medida que avanzaba en edad, tanto que, no contenta con practicarla ella misma, impulsada por una necesidad invencible de comunicarla también a los demás, pensó en fundar una congregación religiosa que se consagrara enteramente a aliviar a las almas del Purgatorio, con la oración, las buenas obras y los sufrimientos.

Grandes fueron las dificultades que encontró en esta generosa iniciativa, pero, no obstante, su obra fue adelante, y ya desde el principio vio descender sobre ella las bendiciones del Cielo.

Fundada, en efecto, el año 1856, humilde y obscura, como todo lo que ostenta el sello de Jesucristo, esta obra obtuvo bien pronto la aprobación de la autoridad eclesiástica, de tal manera que en el espacio de breves años pudo extender sus ramas por todas las partes del mundo para mayor alivio de las almas del Purgatorio.

La Madre María de la Providencia pasó santamente de esta vida a la otra el 7 de febrero de 1871, pero con su desaparición no sufrió menoscabo su santa obra; y hoy día sus hijas, verdaderos ángeles de consolación y de libertad, desde el fondo de sus numerosos retiros ruegan por los difuntos, encomendados a su caridad, y especialmente por aquellos que no han dejado tras de sí ninguna persona interesada que rogara por ellos, o cuya memoria se acabó con su último suspiro, o que fueron víctimas de las modernas inicuas legislaciones.

Hermanas Auxiliadoras