PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las almas del Purgatorio

PLÁTICA XXIX

Deber de justicia

Es deber de caridad el sufragar por las almas de los fieles difuntos, deber que debemos tomar muy en serio, especialmente si se trata de personas que de algún modo nos están unidas por algún parentesco, y contra el cual no podremos obrar impunemente sin violar la ley de todas las leyes cristianas, que es la caridad.

Esto es cuanto hemos demostrado en la plática precedente.

Pero hay más aún; puede acaecer a veces, quizá, que sean rigurosos deberes de justicia los que debamos cumplir para con las almas del Purgatorio, deberes que nos obligan de tal forma que, si por negligencia los omitimos, no nos vemos libres de incurrir en pecado.

¿No es la justicia aquella virtud cardinal que nos obliga a dar rigurosamente a cada cual lo que le compete o pertenece según sus méritos y derechos? Por eso, aunque en materia de caridad puede, el que da, escoger las personas, el modo y el objeto que quiera dar, en materia de justicia se debe dar lo suyo a quien pertenezca, sin que le sea lícito al deudor la elección.

Se trata de asunto harto importante y al que desgraciadamente en nuestros días apenas se concede atención, ¡triste signo de los tiempos!, para que nosotros dejemos de tratarlo algo a fondo; porque no solamente se deben defender e impedir que sean conculcados los derechos de los vivos, sino también los de los difuntos: la justicia lo exige, y lo reclama el infeliz estado en que se hallan tantas almas en el Purgatorio.

I

Víctimas de la Justicia divina, las almas del Purgatorio deben a menudo sufrir mucho de la injusticia de los hombres, y de aquellos, con preferencia, en los que habían confiado ciegamente, especialmente en los últimos momentos de su vida.

«En el trance de la muerte, dice un autor antiguo, tienen lugar con frecuencia contratos, los cuales, o son en seguida olvidados, o se hace todo lo posible por olvidarlos cuanto antes, a pesar de los justos lamentos de la conciencia y de los mismos difuntos, si pudiésemos oírlos».

Era voluntad formal de un padre o de una madre que exigían se hiciesen oraciones o se ofreciese el Santo Sacrificio de la Misa por el eterno descanso de sus almas. Este padre, estrechada afectuosamente la mano del hijo, le había pedido su palabra de honor; la madre había confiado en la piedad filial de la hija. No juzgaron necesario, y casi hubieran temido ofenderles, el manifestar por escrito sus últimas disposiciones, confiando ciegamente en el afecto y piedad filial de sus queridos hijos.

¡Cuánto se engañaron! Apenas habían sido sepultados, cuando sus sagradas disposiciones o voluntades eran olvidadas juntamente con las promesas juradas de los hijos, que hubieran hecho más sagrado su cumplimiento.

Y los bienes que estaban destinados a satisfacer por las deudas de sus pecados son consumidos y gastados en satisfacer el lujo y las comodidades, o atesorados por la avaricia de sus mismos hijos.

¡Oh dureza del corazón humano! ¡oh monstruosa ingratitud! Si quien no ama a su hermano es homicida, dice el Apóstol San Juan, ¿cómo deberá calificarse el que no sólo niega a sus difuntos padres la caridad, sino que les niega además lo que les debe por estricta justicia, uniendo al homicidio el más criminal latrocinio?

«¿Cómo?, exclama San Juan Crisóstomo, los bárbaros junto con los cadáveres queman los objetos más preciosos que pertenecieron al difunto, y los cristianos retienen para sí aquellos que les deberían dar, no para quemarlos con ellos, sino para lavar sus culpas y ponerlos en posesión de los bienes eternos. Aquéllos queman las cosas en honor vano de las personas; éstos dejan arder, no el cuerpo, sino el alma, reteniendo para sí unos bienes que no les pertenecen. ¡Oh, qué delito!»

Y no para aquí todo, sino que hay algo más: aquel moribundo que durante largo tiempo fue injusto poseedor de los bienes ajenos, siempre había pensado restituir antes de morir, y por medio de sus herederos, lo mal adquirido. Una falsa vergüenza, el deseo de llevar bien su familia, el fastidio de tener que poner en orden y regularizar justamente semejante enojoso asunto, hasta aquel momento había mantenido inmóvil su pluma y rígida su mano. Mas, en presencia de la muerte, toma una resolución suprema, descarga finalmente su conciencia del oneroso peso que por largo tiempo la tenía oprimida y le impedía hablar. Se confiesa, declara su culpa ante sus herederos, deplorando amargamente su negligencia y recomendándoles con insistencia que ellos la reparen. Le prometen cumplir enteramente su deseo; cree aquel pobre moribundo, arrepentido, que puede morir tranquilo y comparecer confiado ante el tribunal del eterno Juez, pues sus últimas voluntades serán fielmente cumplidas. Muere, pero, ¡ay!, no se piensa de ninguna manera en mantener las promesas que se le hicieron, y que tal vez, ¡engaño atroz!, ni siquiera se tenía intención de cumplirlas en el instante mismo en que se hacían; ¡de tal manera ciega la ambición de las riquezas y hace insensible a los intereses de los moribundos! Si algo se trasluce al público de los deseos del moribundo y de las promesas hechas junto al lecho de muerte, se procura con toda rapidez sofocar tales rumores, se hace lo posible por hacer creer que el moribundo deliraba y no estaba en el uso completo de su razón. Cosa que acaece, por desgracia, con harta frecuencia en nuestros días.

¡Dios mío! ¡Y por este motivo tal vez este infeliz deberá permanecer largo tiempo en el Purgatorio! Y no se diga que esta conclusión parezca poco conforme con las reglas de la equidad que debe presidir a los diversos juicios.

El moribundo, se dice comúnmente, habiendo hecho saber a sus herederos la obligación de restituir, ha hecho cuanto debía hacer y ha puesto en seguro su conciencia.

Harto sé que así es cómo se razona en el mundo; pero, ¡ay!, que no siempre ocurre lo mismo a los ojos de Dios, y puede muy bien ocurrir que esta conciencia permanezca gravada delante de Él, por no haber puesto todos los medios que la prudencia exigía a fin de que quedase asegurada la ejecución de sus postrimeras voluntades, habiéndonos enseñado la experiencia que frecuentemente los herederos faltan a sus promesas a causa de su sórdida avaricia.

Además, ¿quién no ha oído decir que la justicia de Dios con frecuencia se hace sentir aun en el otro mundo, precisamente para castigar a las almas que no habían hecho en vida por sí mismas ciertas restituciones a que estaban obligadas y habían encomendado su ejecución a otros?…

Pero todavía hay peor: he ahí un testamento hecho en debida y requerida forma, en el cual la expresión de la propia voluntad está claramente manifestada por aquel que la hizo, mientras hallábase en la plena posesión de todas sus facultades intelectuales. En él está prescrita una limosna, la cual, bajo un cierto título honorífico cualquiera, puede muy bien ocultar un deber gravísimo de una verdadera restitución, o también la obligación de celebrar cierto número de Misas, las cuales deben serlo conforme a la intención del donante, Misas que acaso constituían la satisfacción de una obligación gravísima, impuesta ya desdé hacía largo tiempo a la conciencia del difunto.

¿Qué nos impide suponer que el moribundo hubiera cometido algunas injusticias —cosa que ocurre con frecuencia aun entre personas que a los ojos del mundo pasan por honestísimas—, y que antes de comparecer ante Dios, queriendo reparar el mal causado y no queriendo revelar a los hijos o parientes su triste secreto, cubre su restitución con la apariencia de un legado piadoso? Y entonces ¿qué ocurre? Que no obstante la voluntad clara y legalmente manifestada por el testador, no obstante las riquezas de la herencia, no se hará caso, o se hará muy poco, del tal pío legado, y se dejará que la Justicia divina se ejerza sobre un alma so pretexto de derechos desconocidos durante la vida.

«Es éste un hecho, observa Louvet, que experimentamos, por desgracia, cada día, cuando vemos familias que heredaron acaso un pingüe patrimonio, regatear vergonzosamente los pocos sufragios que el difunto se había reservado, y en donde la insuficiencia o la astuta interpretación de las leyes civiles se preste, buscar por todos los medios, hasta recurriendo, no raras veces también, al pretexto de codicia clerical, para hacer declarar nulo el testamento y librarse de la obligación de cumplir los píos legados del difunto.»

Pero recuerden tales individuos y tales familias que la justicia no admite caprichos o arbitrariedades, no acepta arreglos ni compensaciones cuando se debe y se puede satisfacer; ella no se satisface con pretextos, ni para ella sirven las dispensas usurpadas con engaño a la autoridad legítima, que no acepta por buena la futura enmienda sin reparación y restitución de lo pasado.

Los bienes de que el difunto dispone para su alma no son del heredero; apropiárselos, pues, gastarlos, es pura y simplemente un robo.

II

Mas, no basta poner en ejecución la pía voluntad de los difuntos, sino que es menester, además, cumplirla prontamente y sin restricciones; porque el diferir las pías intenciones del testador es prolongar el juicio privado del deudor.

Si bien algunos teólogos han afirmado que, a pesar de esta tardanza, el difunto no sufría perjuicio, porque habiendo él hecho de su parte lo posible para asegurarse los sufragios, no sería justo que se viera privado de ellos por la negligencia de otro; no obstante, esta razón no es bastante convincente, especialmente cuando se piensa que en el Purgatorio se vive bajo un régimen de estrecha y severa justicia, y que, cuando en vida se han cometido culpas, es preciso expiarlas allí, a no ser que se hayan ofrecido a Dios obras satisfactorias.

¿Se deberá, pues, decir en este caso que dependerá de nosotros el prolongar el Purgatorio de un pobre difunto, sin que él tenga culpa ninguna? Así es, respondemos nosotros, y precisamente en esto consiste el delito de aquellos avaros herederos que difieren indefinidamente la ejecución de algunos píos legados que deberían haber sido satisfechos cuanto antes.

¿Deberá, por tanto, esta alma ser retenida indefinidamente en el Purgatorio? Sería cosa muy dura, es verdad, pero muchísimas almas aparecidas dan fe de este hecho, asegurándonos que, mientras la justicia de Dios está ofendida, no pueden ser admitidas a la eterna bienaventuranza.

Por otra parte, siendo en cierto modo culpable de tanto retraso en satisfacer las deudas a sus acreedores, a los cuales les podía haber restituido lo suyo en vida, sin esperar el momento en que no le sería posible hacer la restitución por sí mismo, justo es que Dios alguna vez se sirva de nuestro olvido para castigarle adecuadamente.

Si ellos efectivamente sufren, el pobre prójimo ofendido y perjudicado por ellos ¿no ha sufrido y sufre también? Res clamat domino suo, y hasta que la restitución no esté cumplida, este grito de lesa justicia repercutirá siempre en los oídos de aquellas almas.

Me parece, pues, mas seguro atenerse al axioma teológico, es decir: sin restitución no hay perdón, y por tanto no hay Paraíso.

Mas, entretanto, ¡qué responsabilidad no tienen delante de Dios los que por completo omiten o dejan transcurrir días, semanas y aun meses y años antes que satisfacer deudas tan sagradas dejadas por los difuntos! ¡A qué castigos tan terribles no se exponen los que así obran! ¡Oh, sí! Es imposible que Dios deje sin castigo —y sépanlo bien las familias cristianas— conducta tan abominable.

El que en las Sagradas Escrituras truena tan terriblemente contra los opresores de los huérfanos y de las viudas, ¿cómo no hará justicia por tantas almas tan indignamente traicionadas? ¿No son ellas sus esposas, privadas todavía de sus abrazos? ¿No son huérfanos que no han podido aún reunirse con su padre? Mas Él será el padre y el esposo que vive siempre para pedir cuentas a quien pisoteó la miseria de ellas.

Aquello poquito que el difunto se reservó para sus grandes necesidades en la otra vida es la única ovejita del pobre; y contra el raptor ya pronunció David la sentencia de muerte: «Es hijo de la muerte el que hizo eso». Y los sagrados Concilios, ¿no lanzan contra los tales excomunión? «Aquellos que injustamente retengan las oblaciones de los fieles difuntos, sean arrojados, como infieles, de la Iglesia». Y no deja Dios de castigarlos aun en esta vida; pues los bienes de los muertos exterminaron a muchas familias y devoraron con frecuencia el patrimonio de los mayores.

Y por eso cuando nos maravillamos viendo fortunas bastante importantes desaparecer en manos de ávidos herederos, reduciéndose éstos a la miseria, pensamos que, el día en que todo quedará de manifiesto, veremos que la causa de tan grandes ruinas con frecuencia estaba en la avaricia y en la dureza de corazón que tuvieron siendo negligentes en satisfacer los legados dejados por los difuntos.

Pero será especialmente en el otro mundo en donde la Justicia divina herirá seriamente a los culpables detentores de los bienes de los difuntos. Dijo el Espíritu Santo por boca de Santiago que «un juicio sin misericordia será reservado a quien no tuvo misericordia».

¡Qué rigurosa justicia pesará sobre aquellos miserables que, por imperdonable avaricia, han dejado que padezcan las almas de sus parientes durante meses, años y tal vez siglos enteros, en el Purgatorio, por no haberse cumplido sus pías voluntades! ¡Ojalá que estas palabras hagan que entremos en nosotros mismos, si por desdicha fuésemos culpables de semejante delito, y al mismo tiempo nos induzcan a pensar seriamente en nuestros amados difuntos y sacar partido de la recomendación que, no sin motivo, el docto y piadoso autor de la Imitación de Cristo hace a todos los fíeles, a saber: “hacer muchas obras satisfactorias en provecho de la propia alma durante la vida, sin fiarse demasiado de los herederos que dejemos en este mundo, los cuales son casi siempre tan negligentes en cumplir nuestras voluntades acerca de las obras destinadas por nosotros al alivio de nuestras almas, como son diligentísimos en entrar en posesión de los bienes que les hemos dejado».

Finalmente, también debemos orar por deber de justicia por aquellos que de un modo u otro se hallan en el Purgatorio por causa nuestra.

Pensemos que rara vez se comete un pecado completamente a escondidas, y que las más de las veces ejerce una acción perniciosa sobre los que fueron cómplices o testigos.

¡Ay de mí! ¡Cuán grave mal es siempre el escándalo! ¡Cuán espantosa responsabilidad alcanza al que lo da! Y, no obstante, ¿quién de nosotros puede decir que jamás ha cometido acto alguno o pronunciado palabra que no haya ofrecido ocasión de caída a alguno de sus hermanos, los cuales deberán expiar su culpa o en este o en el otro mundo?

Diréis tal vez que no siempre es fácil conocer cuáles sean estas almas. No importa; Dios las conoce, y es deber nuestro dedicar cada día un recuerdo especial a aquellas que a nosotros nos deben su desventurada suerte.

***

Conclusión: el pensamiento, por tanto, de que podamos acaso ser deudores de una suerte de acreedores que por ahora no puedan reclamarnos nada por sí mismos, ni llevarnos ante ningún tribunal terreno, pero que algún día es posible formen parte de un tribunal más terrible, sírvanos de acicate para examinarnos con escrupulosa diligencia aquí abajo sobre cuanto anteriormente se ha dicho.

Por todo lo más amado que tengamos, huyamos de imitar la crueldad de los hermanos dé José. Refiere el libro del Génesis que José, habiendo ido a llevar la comida a sus hermanos, que guardaban los rebaños de Jacob, su padre, en vez de agradecérselo después de haber andado largo tiempo buscándolos por aquellas soledades, le despojaron de sus vestiduras y lo bajaron al fondo de una cisterna seca y vieja, y allí le dejaron que llorase y se lamentase, mientras ellos, sentados en el brocal de la misma, comían y bebían el pan y el vino que él les había llevado, burlándose y haciendo chacota de los gritos lastimeros de su hermano, que les suplicaba con lágrimas y suspiros desgarradores lo sacaran de aquel abismo.

La insensibilidad de estos hermanos desnaturalizados pareció tan horrible al profeta Amos, que no halló comparación más elocuente para reprochar a los judíos su ingratitud para con el Padre celestial. No puede contenerse el profeta sin lanzar imprecaciones contra los desnaturalizados hermanos de José, quienes comían y bebían con gran algazara lo que él les había traído, y, no contentándose con cerrar los oídos a sus lamentos, le hacían objeto de sus risas y escarnio.

No ocurra lo mismo con nosotros; y de todo cuanto nos han legado nuestros queridos parientes sirvámonos con generosidad para alivio de sus almas, y si alguna vez halláremos dificultad o embarazo en la solución de algún legado dudoso o no cumplido fielmente, no resolvamos por nosotros mismos, sino consultemos con un confesor docto y prudente, y si fuere preciso recurramos a la santa Iglesia, que tiene autoridad para ligar y desligar aun en tales materias, y sobre todo recurramos con valor y con el ánimo dispuesto más bien a mostrarse generoso con las almas del Purgatorio.

Que no nos quede motivo de remordimiento en la hora de nuestra muerte, ni de dudas o dificultad para nuestros herederos, sino que dejemos bien asentado y claro todo cuanto en materia de legados o mandas pías a nosotros se refiera.

Desde ahora ofrezcamos larga compensación de sufragios a las almas a que por desgracia hubiéramos perjudicado por nuestra culpa, inadvertencia o escándalo, no cumpliendo con exactitud nuestras obligaciones para con ellas, o arrastrándolas con nuestro mal ejemplo al mal. Tengamos presente ser máxima de los teólogos, que el sufragio no aprovecha por su naturaleza, mientras no se ha llevado a efecto, por donde solamente el diferirlo es pecado, y comporta obligación de restituir al alma perjudicada que a él tenía derecho.

EJEMPLO

¡Ay de los que desprecian la voluntad de los difuntos!

No se creerá, demasiado lo sé, pero ¿quién puede asegurarnos que muchas veces las calamidades, desgracias y desventuras que se abaten sobre los individuos, las familias y las ciudades no son permitidas por el Cielo en castigo de la falta de cumplimiento de las promesas pías en favor de los fieles difuntos?

Refiere Rossignoli que en Milán una propiedad fertilísima fue destruida enteramente por el granizo, mientras que las otras fincas vecinas habían quedado intactas. Nadie sabía a qué atribuir este fenómeno, cuando la aparición de un alma del Purgatorio hizo conocer que aquello era justo castigo enviado por Dios a hijos irreconocibles y crueles que no habían cumplido la voluntad de sus difuntos padres.

Las historias abundan en hechos en que se habla de casas totalmente destruidas o hechas inhabitables con gran detrimento de los propietarios, de terrenos desolados por la piedra, de ganados diezmados por el contagio, de desventuras sinnúmero recaídas sobre familias hasta ayer felices; y examinando bien las cosas hallaremos en el fondo siempre algún olvido de algo no satisfecho por las almas del Purgatorio abandonadas, las cuales en vano reclamaron los piadosos sufragios.

Pero especialmente en la otra vida será donde Dios castigará a los despreciadores de la voluntad de los difuntos.

En tiempos del emperador Carlomagno, según refieren las antiguas crónicas, un valiente soldado, que había guerreado en todos los campos de batalla de Europa, viéndose cercana a la muerte mandó llamar a un sobrino suyo, único heredero que tenía, y le habló de esta manera: «Hijo mío, todos mis bienes consisten únicamente en las armas y en el caballo que poseo. Es inútil, pues, que para disponer de tan poca cosa hagamos testamento. Te digo, pues, que las primeras serán para ti, y el caballo deberás venderlo, para distribuir su importe entre los pobres y los sacerdotes, a fin de que los unos me socorran con oraciones, los otros ofreciendo por mi alma el divino Sacrificio”.

El sobrino, compungido, prometió al tío que cumpliría fielmente su última voluntad; mas, muerto éste, tomó el caballo y trató de venderlo; pero, viendo que por la hermosura y vigor de aquella bestia le ofrecían un precio muy superior al que le daban por las armas, comenzó a pensar que, no siéndole muy urgente el deshacerse de él, podría conservarlo para sí, y que, esperando una ocasión más propicia, lo podría vender en condiciones más ventajosas y en mayor provecho del difunto. Comenzó entretanto a servirse de él para pequeños viajes, y transcurriendo de esta suerte días y semanas sin que el sobrino pensase ya en la promesa, de la que, no obstante, Dios sí que se acordaba, se cumplió el sexto mes después de la muerte del tío; cuando he ahí que una mañana se le apareció y le dijo: «¡Desgraciado, desgraciado, que no has tenido compasión del alma de tu tío! ¿Así es como has cumplido la promesa que me hiciste en el lecho de muerte? ¡Hombre sin entrañas y de corazón más duro que el pedernal, has de saber que a causa de tu infidelidad he sufrido hasta ahora suplicios inenarrables en el Purgatorio; pero, habiéndose compadecido el Señor de mí, hoy mismo entraré en la gloria de los Santos! Muy presto vendrá también para ti la muerte, y por justo juicio de Dios deberás padecer en el Purgatorio todas las penas que me restaba expiar a mí, más las debidas por tus pecados».

En efecto, pocos días después el joven cayó enfermo e hizo venir a un sacerdote, al cual, habiéndose confesado con mucho arrepentimiento, le refirió la visión que había tenido, y expiró, yendo sin duda a expiar en la otra vida aquellas penas que le habían sido anunciadas en castigo de su injusticia.

¡Oh, quisiera el cielo que como somos puntuales y escrupulosos en satisfacer las deudas que tenemos con los vivos, lo fuésemos igualmente con los difuntos! No solamente serían aliviadas aquellas pobres almas, sino que también se evitarían los castigos del Cielo y mereceríamos además sus más amplias bendiciones.