PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y abriendo entonces la boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren con mentira toda clase de mal contra vosotros por causa de Mí. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Ayer, último Domingo del mes de octubre, fue un día de acción de gracias al Padre por haber constituido a su divino Hijo Rey y Señor de toda la creación.

Fue un día de acatamiento al Hombre-Dios, a Jesucristo, al cual se le ha concedido todo poder sobre el Cielo y sobre la tierra, después de haberse anonadado tan profundamente en su encarnación, pasión y muerte.

Dice el Gradual de la Fiesta de Cristo Rey que Él domina de un mar a otro, y que le acatan todos los reyes de la tierra. Le sirven todos los pueblos.

Acatémosle y sirvámosle también nosotros, hoy y siempre.

Un gran momento en la historia de la humanidad ha sido aquel en el que Jesús, arrastrado por los judíos, fue presentado ante Pilatos, representante del poder pagano, del poder romano.

«Eres tú el Rey de los judíos?» — le interrogó Pilatos. E insistió nuevamente: «Luego, ¿tú eres Rey?»

Y Jesús le respondió: Sí; yo soy Rey. Para esto precisamente he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; para fundar el reino de la verdad y de la vida, el reino de la gracia y de la santidad, el reino de la justicia, del amor y de la paz, como dice el Prefacio de la Fiesta.

Es el reino divino en el que se proporciona la salud a los enfermos, la luz a los ciegos, la libertad a los cautivos.

Es el reino divino en el que nos libertamos del dominio y del poder de Satanás y del pecado; en el que nos hacemos dueños de la vida divina, de la libertad divina, de los bienes divinos.

Es el reino de la santa sociedad con Dios. Una sociedad llena de paz, de alegría y de felicidad. Un gozoso y beatificante dominio de Dios en nuestra alma.

Este señorío divino consiste en la presencia y en la acción de Dios en nosotros; en el fundamento en Dios de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de nuestra voluntad y de toda la vida de nuestra alma.

Todo esto, en virtud de nuestra unión vital, de nuestra unidad de ser con Cristo Rey, con la Cabeza.

Este reino de Dios fue fundado por Jesús con sus enseñanzas, con su ejemplo y, sobre todo, con su muerte de cruz.

Él es el Rey de este reino. Él fue quien creó sus leyes y sus estatutos. A Él se le concedió también toda la potestad judiciaria.

Ante Él tienen que doblar su rodilla todos los seres del Cielo, de la tierra y de los infiernos.

Todos tienen que confesar: Tú eres el Señor.

Nosotros acatémosle alegremente y cantemos con el Introito de la Misa: Digno es el Cordero, que fue inmolado en la cruz, de recibir la potestad regia y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor. A Él sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos.

Alegrémonos con la Santa Iglesia de que el Padre lo haya constituido Rey y Señor de todo. Jesucristo es Rey; dirige y gobierna con mano fuerte su Reino, la santa Iglesia, nuestra alma.

Los poderes enemigos acometerán en vano a este reino. No temáis, pequeño rebaño, lo plugo al Padre daros a vosotros el Reino. Nosotros consagrémonos a Cristo, al Rey, y consagrémosle también todo lo nuestro.

Dios nos trasladó al reino de su amado Hijo, y nos hizo participantes de los bienes de este Reino. En Jesucristo poseemos la redención por su Sangre, el perdón de los pecados.

Y, con la redención, con la liberación del dominio del pecado, poseemos también la vida de la gracia, la filiación divina, el poderío sobre el mundo, sobre la carne y sobre el poder de las malas pasiones, el triunfo sobre Satanás y sobre la muerte eterna en el infierno, la libertad interior del espíritu y del corazón en la posesión de la vida divina por medio de la gracia santificante.

Además de esto, poseemos también la esperanza de ser admitidos algún día en el futuro reino de la bienaventuranza eterna. Demos gracias al Dios Padre que nos hizo dignos de participar de la herencia de los Santos en la luz. Él nos arrancó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su amado Hijo.

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Y todo esto se enlaza perfectamente con la Fiesta que celebramos hoy, inmediatamente, al día siguiente de la de Cristo Rey, la Fiesta de Todos los Santos.

Gaudeamus ! ¡Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar la fiesta de Todos los Santos! De esta solemnidad se alegran también los Ángeles y alaban todos juntos al Hijo de Dios, como dice el Introito de la Misa.

Cantemos también nosotros jubilosamente y alabemos con los ángeles al Rey de todos los Santos, a Cristo, al Señor, al Redentor.

Hoy es la fiesta de todos, pues nosotros formamos una misma comunidad con nuestros dichosos hermanos del Cielo, nuestros verdaderos Hermanos Mayores, formamos con ellos la comunidad del Cuerpo Místico de Cristo.

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Vi una ingente muchedumbre, que nadie podía contar, compuesta de todas las gentes y tribus y pueblos y lenguas. Estaban todos de pie, ante el trono y en presencia del Cordero, vestidos de albas túnicas y con palmas en sus manos. Y clamaban con grandes voces, diciendo: ¡Salud a nuestro Dios, que está sentado sobre el trono, y al Cordero! Y todos los Ángeles estaban de pie en torno del trono, de los ancianos y de los cuatro animales. Y se prosternaron ante el trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición y gloria y sabiduría y acción de gracias y honor y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Los Bienaventurados del Cielo… Todos se han salvado, y ahora glorifican al Señor.

En efecto, como dice el Gradual, Nada les falta a los que temen al Señor. A los que buscan a Dios nunca les faltará ningún bien. Poseen a Dios y, en Dios, poseen la plenitud de todos los bienes. En Él están siempre saciados, son eternamente felices.

Por eso el Aleluya canta: Venid a mí, todos los que trabajáis y estáis cargados: yo os aliviaré.

Nosotros alegrémonos con nuestros hermanos salvados y felicitémosles por haber logrado alcanzar felizmente su fin. Recordemos que también nosotros hemos sido creados para el Cielo.

El camino por el que ellos se dirigieron y llegaron a su fin es el camino del Sermón de la Montaña, jalonado por las Ocho Bienaventuranzas.

Dijo Nuestro Señor: El reino de los cielos padece violencia, y sólo los violentos, los esforzados, logran arrebatarlo… El que quiera venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome todos los días su cruz y, después, sígame…

El que crea que puede arrebatar el cielo sin hacerse violencia, sin vencerse a sí mismo y sin morir todos los días a su propia voluntad, es un iluso.

En el Cielo sólo pueden penetrar los pobres de espíritu, los que se desprenden de todo lo que no es Dios.

Sólo pueden penetrar los mansos, los que sufren con calma todas las injurias e injusticias, los que no se encolerizan ni devuelven mal por mal, los que devuelven amor por odio y bien por mal.

Sólo pueden penetrar los que lloran, lo que renuncian gustosamente a los vanos placeres y alegrías del mundo y ponen toda su felicidad en solo Dios.

Sólo pueden penetrar los que tienen hambre y sed de justicia y se esfuerzan con todo empeño en santificarse.

Sólo pueden penetrar los misericordiosos, los que tienen verdadera compasión de las miserias corporales y espirituales de sus hermanos y están dispuestos a prestarles su ayuda, siempre que puedan, por amor del Rey, de Cristo, de la Cabeza.

Sólo pueden penetrar los limpios de corazón, los que aborrecen y evitan todo pecado y toda imperfección deliberada, por insignificante que ésta sea.

Sólo pueden penetrar los pacíficos, los que ven a Dios y el beneplácito divino en todas las cosas y sucesos de la vida, los que no se dejan robar la tranquilidad y la serenidad espiritual por ningún movimiento de las pasiones desordenadas o del egoísmo.

Son santos los que, sin culpa, padecen persecución por amor de la justicia y los que sufren con paciencia el que los injurien y calumnien.

A todos estos se refiere la promesa del Sermón de la Montaña: Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será muy grande en el cielo. En el cielo están los que padecieron gran tribulación y lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero.

Por eso ahora están ante el trono de Dios; ya no padecerán más hambre ni sed; el mismo Cordero los apacienta y los conduce a las fuentes de las aguas vivas, y Dios enjuga todas las lágrimas de sus ojos; contemplan su Rostro y llevarán su Nombre escrito en sus frentes; Dios, el Señor, es su luz y reinan por los siglos de los siglos…

Realmente, las almas de los justos están en la mano de Dios; el tormento del pecado no los tocará; parecieron morir, aquí en la tierra, a los ojos de los insensatos, pero viven en la paz del Cielo… Así reza el Ofertorio de esta Misa.

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La Fiesta de Todos los Santos es, pues, el día del triunfo de la Gracia sobre la naturaleza humana corrompida por el pecado…

Es también la mejor apología de la Iglesia y de su actuación en la tierra…

Es el resumen de la historia de la Iglesia y de la Teología de la Historia…

Es el triunfo de la doctrina, de la predicación, de los sacramentos y del sacerdocio de la Iglesia…

Es, sobre todo, el triunfo del Santo Sacrificio de la Misa y de la Sagrada Eucaristía…

Con la fuerza y la eficacia de la Santa Eucaristía, del Santo Sacrificio y de la Sagrada Comunión, la Iglesia transformó a los pecadores, transformándolos en Bienaventurados, convirtiéndolos de prevaricadores en Santos.

Con la fuerza de la Sagrada Eucaristía recorrieron nuestros hermanos en Cristo, débiles y pecadores de sí, el camino de las Ocho Bienaventuranzas y, de ese modo, lograron santificarse.

Permanezcamos también nosotros fieles a la Iglesia, a sus enseñanzas, a su Santo Sacrificio y a sus Sacramentos, tal como los instituyó Nuestro Señor y Rey, y tal como los administró sabiamente la Santa Iglesia.

De este modo estaremos en el verdadero camino que conduce al Cielo.

En el Ofertorio de la Santa Misa contempla hoy la liturgia a los justos cuando ellos vivieron aquí en la tierra y asistieron a la celebración de los santos misterios; y ve cómo depositaron sus almas sobre la patena y se hicieron con Cristo una sola ofrenda agradable a Dios…

Parecieron morir a los ojos de los insensatos; pero viven en la paz…

Supieron sacrificarse, en la santa Misa, con el Señor que se inmola a sí mismo.

Por eso ahora saborean el precioso fruto de su sacrificio: poseen la paz, la eterna Comunión del Cielo.

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Gocémonos, pues, todos en el Señor, celebrando esta fiesta en honor de todos los Santos, de cuya solemnidad se alegran los Ángeles, ensalzando al Hijo de Dios…

Concédenos, Te rogamos, Señor, la gracia de celebrar con alegría la fiesta de todos los Santos, y la de que estos nos protejan con sus continuas oraciones…

Oh Dios omnipotente y sempiterno, que nos concedes la gracia de celebrar los merecimientos de todos los Santos juntos en una misma solemnidad; Te rogamos que derrames la deseada abundancia de tu propiciación en atención a tanta multitud de intercesores como ruegan por nosotros. Amén