Padre Juan Carlos Ceriani: VIGESIMO PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

LA ESPERANZA DE MARÍA SANTÍSIMA

Como ya saben, los sermones de la serie comenzada en julio tienen por finalidad hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas, recordar la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

Mucho ayuda a este propósito estudiar las virtudes teologales practicadas por Nuestra Señora. El domingo pasado hemos visto su Fe, consideremos hoy su Esperanza.

Como fruto de la vida de Fe, brota espontáneamente en el corazón la Esperanza.

Si la Fe nos lleva a conocer bien el valor de las cosas de la tierra y del Cielo, la Esperanza nos lleva y arrastra a despreciar las primeras y a desear y confiar en la posesión de las segundas.

Por la Esperanza confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella, apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.

Dulcísima virtud la de la Esperanza; virtud completamente necesaria para la vida espiritual. Sin Fe no es posible agradar a Dios; tampoco sin la Esperanza. Es la desconfianza en Él lo que más le desagrada.

La esperanza y confianza en Dios establece en nosotros relaciones necesarias y obligatorias para con Él; debemos creer que Dios es remunerador, esto es, que dará según su justicia a cada uno lo que merece, y, por eso, con la Esperanza, esperamos y confiamos en que Dios nos salvará, que nos dará gracia suficiente para ello, y, en fin, nos concederá cuanto le pidamos, si así conviene al bien de nuestra alma.

La Esperanza, por tanto, es un verdadero acto de adoración, por el que reconocemos el supremo dominio de Dios sobre todas las cosas; su Providencia, que todo lo rige fuerte y amorosamente; su Bondad y Misericordia, que no desea más que nuestro bien.

Prácticamente viene a confundirse con aquella vida de Fe que se confía y abandona ciegamente en las manos de Dios.

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Destaquemos especialmente en la Santísima Virgen esta Esperanza tan confiada, tan firme, tan segura y cierta.

Recordemos la Expectación del Mesías, sobre todo después de su milagrosa Concepción en su purísimo seno. La vida de María no era más que una dulcísima esperanza, llena de grandes anhelos y de deseos vivísimos por ver ya nacido al Mesías prometido.

En Ella se resumió, acrecentada hasta el sumo, toda la esperanza que llenó la vida de los Patriarcas y Santos del Antiguo Testamento. Seguía, paso a paso, el desarrollo de todas las Profecías, y veía cómo, según ellas, se acercaba ya el cumplimiento de las mismas, que anunciaban la plenitud de los tiempos.

Y como su Fe no dudaba ni un instante de la palabra de Dios, vivía con la dulce y consoladora Esperanza de ver y contemplar al Salvador.

Pero aún aparece más clara y admirable esta confianza de María en la Pasión y muerte de su Hijo y en la certeza que Ella tenía de su gloriosa Resurrección.

La Revelación y la Fe alimentaban su Esperanza. ¡Qué hermoso modelo!

Por eso la Iglesia, en su Liturgia, aplica a María aquellas palabras del sagrado libro del Eclesiástico: Yo soy la madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.

Contemplemos bien este modelo y aprendamos de Nuestra Señora a ejercitarnos en esta virtud. Analicemos nuestra confianza en Dios, si es así de sencilla, segura, humilde, verdadera.

Quizás tenemos gran confianza cuando todo sale bien y las cosas se presentan conforme a nuestra voluntad; pero, cuando el sol se oculta en el alma y vienen las nubes y la tormenta, cuando las tribulaciones y los disgustos interiores y exteriores nos cercan por todas partes, en fin, cuando llega la noche oscura, que tantas veces quiere Dios que venga a las almas, ¿qué hacer?, ¿a quién acudir?…

Es el tedio, la tristeza, la desgana, en fin, la desconfianza la que nos domina entonces…

Levantemos los ojos, miremos siempre a Jesús con nosotros, a María, nuestra Madre, que no nos abandona en la prueba, y lancémonos confiadamente a cumplir con nuestro deber, sin retroceder…; una mirada a María y siempre adelante.

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La virtud está en el término medio, dice el adagio teológico, pues todos los extremos son viciosos.

Esto que ocurre siempre en todo acto de virtud, muy particularmente acontece con la Esperanza.

Se puede faltar a ella por exceso y también por defecto.

Por exceso se falta, cuando se abusa de la confianza que debemos poner en Dios y creemos que, aunque nosotros no hagamos nada de nuestra parte, aunque no trabajemos, ni nos esforcemos, ni cooperemos a la obra de nuestra santificación con la gracia divina, Dios, que es tan bueno y tan misericordioso, ya nos santificará y salvará…

Abuso incalificable es éste que constituye el pecado de tentar a Dios.

Esta falsa confianza, esta presunción, ha sido la causa de las grandes caídas.

Con cuánta razón decía el Apóstol: El que está en pie, mire no caiga.

Toda nuestra miseria, todas nuestras caídas, todas nuestras debilidades y flaquezas; todo nos está diciendo que tengamos mucho miedo de nosotros mismos, que no nos creamos nunca seguros, porque, aunque nos pareciera que somos mejores que otros, no hay pecado, por grave que sea, ni crimen por muy repugnante, del que no seamos capaces.

Por lo mismo, no hemos de perder de vista aquella sentencia de San Pablo: Trabajad temiendo y temblando en la obra de vuestra salvación.

Cayeron los Ángeles en el Cielo, Adán en el paraíso, Judas y Pedro en la escuela de Jesús, muchos que fueron gran tiempo muy santos…; y cayeron de la altura de su santidad, pues, ¿por qué vamos a estar seguros?

Afiancemos en este principio nuestra virtud y no olvidemos que la esperanza verdadera se asienta en esta santa desconfianza propia.

Pero la consecuencia de esta desconfianza en sí mismo no es la que quiere sacar el demonio, es decir, la desesperación, la desilusión, el cansancio y el tedio, el maldito desaliento, que mata toda actividad y ata nuestras manos, para que no trabajen ya más.

Este es el otro extremo, por el que se peca contra la esperanza. Pecado de defecto, pero que es tan pernicioso o más que el primero, que peca por exceso.

No es eso lo que debemos de concluir al ver nuestra debilidad y miseria; esto es mirar las cosas sólo por un lado; hay que mirarlas en toda su integridad.

Si nos miramos a nosotros solos, podemos encontrar desconfianza; pero, si miramos a Dios, ¿cómo no hemos de alentarnos con una confianza segura?

Solo el hombre, dejado a sus fuerzas, no podría sostenerse; no hay virtud ni santidad tan grande que, si Dios no la sostuviera, pudiera conservarse y salir vencedora de las asechanzas del demonio. ¡Cuánto puede, desgraciadamente!

Pero, si Dios está con nosotros, ¿quién podrá en contra nuestra, si entonces tenemos la misma omnipotencia de Dios? Es fiel el Señor, y no permitirá al demonio que nos tiente más de lo que podemos; y, por otra parte, no nos dejará solos en la lucha, sino que Él peleará a nuestro lado, y nos ayudará con su ejemplo y su gracia; y, en fin, Él nos dará ahora la victoria segura, y luego el premio prometido a los que salgan vencedores.

¡Cómo alienta y consuela todo esto sabiendo que son cosas ciertas e infalibles, que Dios cumplirá fiel y exactísimamente!

En verdad, que podemos decir con la Iglesia: En Ti, Señor, he esperado…, por eso no será jamás confundido. Nunca nos pesará esta confianza en Dios.

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Ahora bien, si alguien hubiese podido confiar en sí misino, en su virtud, en sus méritos, ha sido la Santísima Virgen. ¿Quién como Ella y semejante a Ella?

Y, sin embargo, es la Virgencita humilde, modesta, hasta tímida en cierto punto; jamás hace alarde de lo que es, más bien exagera el deseo de ocultarlo todo, de callarlo todo, su concepción milagrosa, su divina maternidad, su dignidad, sus gracias y sus grandiosas prerrogativas

No se da importancia por nada, no abusa de ninguna de sus gracias; obra y sirve a Dios como la más pequeña e indigna de sus esclavitas, sin rehusar ningún oficio, ni trabajo de ninguna clase; no se mira a sí misma, no se fía ni se apoya en sí misma, sino únicamente en Dios.

Pero, ¡eso sí!…, ¡qué confianza en Dios cuando llega el momento!, sin exageraciones, sin aspavientos que llamen la atención, de la manera más sencilla, natural e ingenua…

¡Qué bien sabe demostrar esta dulce confianza en su Jesús!

Pidamos a la Virgen entender así esta virtud de la esperanza, de suerte que ni abusemos con la presunción, tentando o abusando de Dios, ni desconfiemos de Él y de su gracia; que aprendamos a desconfiar de nosotros para obrar solamente apoyados en Ella y en Dios.

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¿Cuáles son los fundamentos de la Esperanza?

El motivo y la garantía principal de nuestra Esperanza es el mismo Dios con su bondad, su gran misericordia, su omnipotencia y su fidelidad para cumplir todo lo que nos ha prometido.

Ante todo, la bondad y misericordia de Dios. Toda la creación es un efecto de la bondad de Dios, que quiso comunicarla y difundirla a sus criaturas, pero, sobre todo, esto debe decirse de nosotros; ¡qué exceso de bondad en Dios supone nuestra creación, sacándonos de la nada, haciéndonos a su misma imagen y semejanza, elevándonos al orden sobrenatural de la gracia, comunicándonos su misma vida!

Y todo esto, ¿lo iba a hacer Dios para luego abandonarnos y no ocuparse de nosotros para nada? ¿Quién, pues, no confiará sabiendo que es hechura de Dios?

Pero aún más, si consideramos su amor de misericordia para con nosotros. La misericordia se funda precisamente y se ejercita en nuestra miseria. A mayor miseria de parte nuestra, mayor misericordia de parte de Dios.

Toda la obra de la Encarnación fue hecha para demostrar su misericordia, pero aún más lo demostró la obra de la Redención y la perpetuidad de la misma en el Santo Sacrificio de la Misa y la Sagrada Eucaristía.

¡Con cuánta razón, decía San Alfonso María de Ligorio que la Pasión de Cristo y el Sacramento del Altar, eran los dos grandes misterios de la esperanza y del amor!

¿Puede haber nada que tanto aliente nuestra esperanza como esto? ¿Qué temer de quién nos ama así?

Si el amor y la misericordia nos dicen que Dios quiere auxiliarnos y ayudarnos en todo, su omnipotencia nos dice que puede, y su fidelidad que así lo hace de hecho con todos…

Dios es fiel y exacto cumplidor de lo que promete; y ¡son tantas las cosas que nos ha prometido!, que realmente, si las cumple, no tenemos que desesperar, ni desconfiar nunca jamás.

En verdad, que cuando se ven las promesas que hizo Dios en el Antiguo Testamento a los Patriarcas, a su pueblo escogido, y la exactitud con que se sujetó a ellas hasta en sus más mínimos detalles, se anima y consuela uno viendo la certeza de lo que nos ha prometido: la gracia, el Cielo, la posesión y el gozo de la visión beatífica, pues se convence el alma de que todo esto no son meras palabras, sino una dulce y grandiosa realidad.

He aquí por qué San Pablo, aun en nuestros dolores y sufrimientos, nos recuerda esta esperanza, y nos dice: No sufráis como aquellos que no tienen esperanza.

Y aún quiso Dios hacernos más sensible este fundamento de nuestra esperanza; y para eso colocó toda esperanza en su Madre y en nuestra Madre.

¡Qué motivo para confiar y nunca desesperar, al ver que Dios y nosotros tenemos una misma Madre!

Si nuestra esperanza en Dios se ha de fundar en su misericordia, en su bondad y en su fidelidad, ¿no vemos claramente que en María ha depositado todos estos títulos, para animarnos mejor a acudir a Él por medio de Ella?

¿Qué nuestra debilidad es mucha?, ¿inmensa nuestra miseria?, pero, una madre, ¿no ama con más predilección al hijo enfermizo y desgraciado? ¿No lo ha cumplido así María en todas las ocasiones? ¿No ha brotado del corazón del pueblo cristiano espontáneamente ese saludo de vida, dulzura y esperanza nuestra?

Mirando a María, no caben las desconfianzas, no tienen razón de ser las desesperaciones, no se explica el más mínimo desaliento.

Es verdad que no debemos abusar de esta confianza maternal que Ella nos inspira.

Fíate de la Virgen y no corras…, así solemos decir, y es cierto. Debemos fiarnos de Ella; pero no creamos que ya está hecho todo con esto. Con Ella y apoyados en Ella, debemos trabajar, esforzarnos por cooperar a la gracia de Dios que nos dispensa María; y así, despacito, sin apresuramientos, sin correr, lograremos cimentar primero, y luego edificar sólidamente nuestra santidad.

No lo olvidemos nunca; en los sufrimientos, humillaciones, tentaciones, luchas y vicisitudes de la vida, siempre una mirada a María, Auxilio de los cristianos, nos alentará, nos dará el consuelo que necesitamos, nos animará a trabajar y a practicar las virtudes, cuesten lo que costaren.

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¿Y cuál es el objeto de la Esperanza? ¿Qué esperamos?

El primer objeto de la Esperanza, el inmediato, es la gracia en todas sus acepciones y en todos sus grados. La gracia habitual, la actual, la final…

Es de fe que nada podemos hacer sin la gracia. Si Dios nos quisiera perder, no tendría más que retirar su gracia, dejarnos con nuestras solas fuerzas, y caeríamos irremediablemente.

Pero Dios nos promete esta gracia suya, y nos la da generosamente y abundantísimamente; muchas veces aun sin pedirla, a veces incluso sin darnos cuenta.

No obstante, lo ordinario es que nos conceda el Señor sus gracias por la oración; y ésta es nuestra esperanza, por la cual esperamos confiadamente esa ayuda, esos auxilios necesarios, que Dios no nos negará, si se los pedimos; y que en miles de ocasiones nos los enviará aun sin eso, sólo por su bondad y misericordia.

Y es tan cierta esta esperanza nuestra, que tenemos obligación de creer que Dios quiere sinceramente la salvación de todos los hombres; y, por lo mismo, que a nadie niega los auxilios indispensables para ello.

Y entre estas gracias, la más importante es la gracia final o la gracia de la perseverancia, ya que sabemos que sólo el que persevere hasta el fin se salvará. Por otra parte, es también cierto que, por eso mismo, el demonio redobla sus esfuerzos para dar la última batalla en aquella hora definitiva.

¡Cuántas almas han sentido entonces la tentación de la desconfianza, de la desesperación! El demonio, que tantas veces quitó importancia a los pecados cuando se cometían, en ese momento trata de exagerarlos, en el sentido de convencernos de que no hay solución, que el perdón es imposible, y que no queda más que el desesperarse y condenarse.

He aquí, pues, uno de los objetos más importantes de la esperanza cristiana. Dios, que nos creó, que nos redimió y nos asistió con toda bondad en nuestra vida, no nos dejará entonces, ni nos arrojará en brazos de Satanás para que haga lo que quisiera con nosotros.

Sin abusar de esta confianza, hay qué esperar en Dios, que no nos negará entonces su gracia última, con la cual saldremos triunfantes de todo.

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El objeto principal de nuestra Esperanza es el Cielo, la posesión de Dios.

Verdaderamente que es demasiado grande esta recompensa. No sabemos lo que será su posesión; pero basta su promesa para que con ella sepamos ya endulzar todas las amarguras de esta vida.

Consideremos cuántas son y qué amargas estas penas; toda la vida del hombre es un tejido continuo de sufrimientos… Mirándolo así, con ojos terrenos, el hombre es el ser más desgraciado de la creación.

Es verdad que no fue creado así por Dios, pero, de hecho, después del pecado, no es más que un montón de asquerosa podredumbre. Con el pecado vino la muerte, y con ésta todo su triste y fúnebre cortejo de dolores, penas, amarguras…

Pero, si consideramos todo eso como un paso, como algo que rápidamente terminará; y al final de todo contemplamos a Dios, con cuya posesión hemos de gozar por toda la eternidad, ¡qué cambio tan grande en nuestra vida!

Ahora, un momento de padecer y sufrir; para luego, siempre ver a Dios y verle como es en Sí mismo, sin nubes ni rodeos, cara a cara, abismarnos en el océano de su hermosura infinita, unirnos a Él con lazos íntimos e indisolubles, amarle con amor ardiente y abrasado; y con ese amor gozar de Dios en una felicidad y dicha inenarrable…

¿Cómo no sentir inundarse de gozo el alma ante esta esperanza? Con razón decía San Pablo: No son comparables todos los sufrimientos de esta vida con el más pequeño gozo que nos aguarda en el Cielo, porque aquello nadie puede imaginarse lo que es, pues ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni en el corazón del hombre cabe una partícula siquiera de lo que allí Dios tiene preparado.

Sin embargo, por muy delicioso que sea aquel torrente de delicias en el que beberán los bienaventurados, lo más grande y lo que más satisface nuestro corazón es la esperanza de poseer al mismo Dios.

Ésta es la esperanza que alentaba a todos los santos, la que animó a todos los mártires, la que sirvió no sólo para endulzar, sino para convertir en inmenso gozo, lo que no era más que dolor y sufrimiento.

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También la Santísima Virgen es el objeto de nuestra Esperanza; y no sólo porque de Ella también hemos de gozar en el Cielo, contemplando su belleza encantadora, la hermosura de su virtud, la blancura de su pureza, sino, además, porque de Ella ha de venirnos la gracia que necesitamos, a Ella debemos pedir diariamente, frecuentemente, la gracia de la perseverancia final.

¡Qué fácil es distraerse en este camino de la vida, cansarse de luchar y combatir, huir cobardemente, dejar de seguir a Cristo y enredarse en las mallas de nuestros enemigos!

Pero, si sabemos acudir a la Santísima Virgen, entonces, en esos momentos de mayor oscuridad, de vacilación y cansancio, Ella nos alentará y nos conseguirá la gracia de perseverar.

¡Cuántos han perseverado por Ella, y que, sin Ella, hubieran caído!

¡Si los desgraciados desesperados la hubieran invocado a tiempo, no se habrían desalentado ni abatido!

Además, contemplemos a María viviendo siempre con la vista en el Cielo, sobre todo después de la Ascensión de su Hijo; no vivía más que de Jesús y para Jesús.

Pidámosle nos dé un poco de esa vida, para que así estimemos como basura todo lo de la tierra y no vivamos más que suspirando por la vida verdadera; para que comprendamos bien aquello de Santa Teresa: Tan alta vida espero, que muero porque no muero

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Como llevo dicho en todos estos sermones, conociendo los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles, es necesario recordar la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

En efecto, ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, las enfermedades, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras «seguridades» se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…

Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

Salve, Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra salve…