Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Como ya saben, estamos considerando y meditando la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas con la intención de sostener a los fieles conociendo los temores más comunes que les inquietan, angustian y hasta agobian.

En vista de los sucesos que nos aguardan, es muy probable que muchas o todas nuestras “seguridades” se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…

Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

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Como anticipé el Domingo pasado, vamos a tratar hoy uno de los temas más consoladores en torno al gran problema de nuestra salvación eterna: la verdadera devoción a María es una de las señales más claras e inequívocas de pertenecer al número de los predestinados y uno de los medios más eficaces para obtener de Dios el gran don de la perseverancia final, conectada infaliblemente con la salvación eterna.

Es sabido que el problema de la divina predestinación no ha logrado aclararlo del todo hasta hoy ninguna escuela teológica.

El enigma indescifrable de la concordia entre la gracia eficaz y la libertad creada, entre la soberana independencia e iniciativa divinas y la cooperación voluntaria del hombre, solamente aparece radiante de luz y claridad ante los ojos de los bienaventurados en la visión beatifica.

Los que vivimos todavía acá en la tierra tenemos que contentarnos con adorar el misterio sin tratar de descifrarlo, lo que sería vano empeño y loca temeridad.

Pero, sea cual fuere el enfoque que se le dé al formidable problema o la escuela teológica a que se pertenezca, todos los teólogos católicos están completamente de acuerdo en los siguientes puntos, que pertenecen expresamente a la fe católica o son doctrina cierta y común en teología, y son más que suficientes para que cada uno trabaje con seriedad en la salvación de su alma, sin preocuparse demasiado de como haya de resolverse el problema de la predestinación:

1° Dios quiere sinceramente que todos los hombres se salven.

2° En consecuencia, Cristo murió por todos los hombres sin excepción.

3° En virtud de su voluntad salvífica y en atención a los méritos de Cristo Redentor, Dios ofrece siempre a todos los hombres las gracias necesarias y suficientes para que de hecho puedan salvarse, si quieren.

4° Dios no ha predestinado a nadie al mal.

5° Que algunos se salven, es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden.

6° Los malos se perdieron, no porque no pudieron ser buenos, sino porque no quisieron ser buenos y por su culpa se condenaron.

7° Dios no manda cosas imposibles a nadie, sino que, al mandar alguna cosa, nos avisa que hagamos lo que podamos y pidamos lo que no podamos y nos ayuda para que podamos.

Por lo tanto, con temor y temblor, debemos trabajar por nuestra salvación, sabiendo que, sea cual fuere la solución del problema de la divina predestinación, la salvación eterna está al alcance de cada uno.

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Por su parte, la perseverancia final es un gran don de Dios, que hace coincidir el estado de gracia con el instante mismo de la muerte. Significa sencillamente morir en gracia de Dios.

Forma parte de la divina predestinación. Por lo mismo, todos los predestinados recibirán de Dios, infaliblemente, el gran don de la perseverancia final, puesto que una cosa supone y lleva consigo necesariamente la otra.

En torno a este gran don hay que tener en cuenta lo siguiente:

1° Ningún justo, por muy perfecto que sea, puede perseverar largo tiempo en el estado de gracia sin un auxilio especial de Dios.

2° La perseverancia final en la gracia es un gran don de Dios, enteramente gratuito, que, por lo mismo, nadie puede merecer.

3° Nadie puede saber con absoluta e infalible certeza, a no ser por revelación especial de Dios, si recibirá o no el gran don de la perseverancia final.

4° Sin embargo, podemos conjeturar en cierto modo nuestra perseverancia final a base de las llamadas señales de predestinación.

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Ahora bien, la verdadera devoción a la Virgen Santísima constituye una de las mayores señales de predestinación que pueden encontrarse en una determinada persona, así como el sentir poco atractivo, y sobre todo tratar de rebajar la importancia de esta devoción, constituye uno de los más temibles síntomas de eterna reprobación.

En efecto, sabemos que Dios ha dispuesto que todas las gracias que han de concederse a los hombres pasen por María, como Mediadora y Dispensadora universal de todas ellas. Por lo mismo, el verdadero devoto de María entra en el plan salvífico de Dios, que lo ha dispuesto libremente así.

Y, por el contrario, el que se aparta voluntariamente de María, se aparta, por lo mismo, del plan divino de salvación.

El primero lleva consigo, por consiguiente, una gran señal de que pertenece al número de los predestinados a la gloria; el segundo, en cambio, lleva consigo — por su voluntaria resistencia a entrar en los planes de Dios— un espantoso signo de eterna reprobación.

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Este argumento ha sido invocado siempre por la Tradición católica y por el Magisterio de la Iglesia, a través de los Sumos Pontífices y de la Liturgia.

La prueba sacada de la Tradición es sencillamente abrumadora; se cuentan por millares los textos de los Santos Padres, teólogos y expositores sagrados. Citamos tan sólo unos pocos por vía de ejemplo.

San Ireneo: “María ha sido constituida causa de salvación para todo el género humano”.

San Juan Damasceno: “¡Oh Soberana mía!, acepta la plegaria de uno de tus siervos. Es verdad que es pecador; pero Te ama ardientemente, Te mira como a la única esperanza de su alegría, como a la protectora de su vida, como a su Mediadora ante el Señor, como a la prenda segura de su salvación”.

San Anselmo: “Es imposible que se pierda quien se dirige con confianza a María y a quien Ella acoge bien”.

San Bernardo: “Recurre a María… Te doy garantía segura: Ella será oída por su reverencia. El Hijo oirá a la Madre, de la misma manera que el Padre oye al Hijo. Hijitos, María es la escala de los pecadores, es mi más grande esperanza, es la razón de toda mi esperanza…”

Ludovico Blosio: “Tú, después de tu Unigénito Hijo, eres la esperanza segura de los fieles… ¡Salve, oh esperanza oportuna de los desesperados! No puede perecer quien haya sido constante y humilde devoto de María”.

San Luis María Grignion de Montfort: “Es una señal infalible de reprobación… el no tener estima y amor a la Santísima Virgen; así como, por el contrario, es un signo infalible de predestinación el entregársele y serle devoto entera y verdaderamente”.

La Jerarquía Católica, con su Magisterio Ordinario, a través de los Sumos Pontífices, de la Liturgia y de los Obispos esparcidos por todo el mundo, ha bendecido, aplaudido y fomentado de mil diversas formas esta convicción profunda de todo el pueblo cristiano, en el que no es posible el error común o colectivo.

Escuchemos, por vía de ejemplo, la voz autorizada de los Sumos Pontífices del pasado siglo:

Benedicto XV: “Es muy constante entre los fieles la opinión, comprobada por larga experiencia, de que no perecerán eternamente los que tengan a la Virgen por Patrona”.

Pio XI: “No puede sucumbir eternamente aquel a quien asistiere la Santísima Virgen, principalmente en el crítico momento de la muerte. Y esta sentencia de los doctores de la Iglesia, de acuerdo con el sentir del pueblo cristiano, y corroborada por una ininterrumpida experiencia, se apoya muy principalmente en que la Virgen dolorosa participó con Jesucristo en la obra de la redención, y, constituida Madre de los hombres, que le fueron encomendados por el testamento de la divina caridad, los abrazó como a hijos y los defiende con todo amor”.

Pio XII: “Tú eres luz en las dudas, consuelo en las tristezas, alivio en las angustias, refugio en los peligros y tentaciones. Tú eres, después de tu Unigénito, salvación cierta. ¡Dichosos los que te aman!”

“Tenemos por cosa averiguada que, dondequiera que la Santísima Madre de Dios es obsequiada con sincera y diligente piedad, jamás puede fallar allí la esperanza de salvación”.

“El culto de la Virgen Madre de Dios, como dicen los teólogos, es señal de predestinación”.

Esta enseñanza del Magisterio oficial de la Iglesia se manifiesta también a través de la Liturgia. Como es sabido, la ley de la fe establece la ley de la oración, ya que la Iglesia no puede proponer a la oración universal de los fieles una doctrina errónea o no del todo conforme con la doctrina de la fe. Por eso el argumento litúrgico tiene un gran valor en teología.

Pues bien, en la Liturgia se nos inculca claramente la doctrina que venimos exponiendo en torno a la devoción a María como señal de predestinación. Véanse, por ejemplo, los siguientes textos de la Sagrada Escritura, que, aunque en su sentido literal y primario, se refieren directamente a Cristo, la Iglesia los aplica también, extensivamente, a su Madre Santísima:

“Quien me hallare, hallará la vida y alcanzará la salvación del Señor” (Prov 8, 35).

“Los que me honran, obtendrán la vida eterna” (Eclo 24, 31).

Queda, pues, asentado que el Magisterio de la Iglesia, a través de los Sumos Pontífices y de la Liturgia, se hace eco del sentir de la Tradición y de todo el pueblo cristiano, que ha visto siempre en la verdadera devoción a María una de las señales más claras y eficaces de eterna predestinación.

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Una de las cuestiones más íntimamente relacionadas con la divina predestinación es la de la perseverancia final en la gracia, o sea la muerte en gracia y amistad con Dios, que lleva consigo, infaliblemente, la salvación eterna.

Ya hemos dicho que nadie puede saber con absoluta e infalible certeza si recibirá o no de Dios el gran don de la perseverancia final en la gracia divina; pero que, sin embargo, podemos conjeturarlo por las llamadas señales de predestinación, entre las cuales entra la verdadera devoción a María Santísima.

De este modo, es moralmente imposible que deje de obtener de Dios el gran don de la perseverancia final quien se lo pida ferviente y diariamente por intercesión de su Madre Santísima.

A la eficacia de la oración, se añade la intercesión eficacísima de María como Mediadora universal de todas las gracias y como Omnipotencia suplicante, que obtiene cuanto quiere de Dios.

Como el próximo viernes comienza el Mes de Octubre, llamo la atención sobre la eficacia incomparable del rezo piadoso y diario del Santísimo Rosario en orden a obtener de Dios, por intercesión de María, el gran don de la perseverancia final, que corona todos los demás dones de Dios y sin el cual para nada nos aprovecharían todos los demás.

Por lo tanto, es moralmente imposible que deje de obtener de Dios, por intercesión de María, el gran don de la perseverancia final todo aquel que rece diaria y piadosamente el Santísimo Rosario con esta finalidad.

El Rosario mariano, en efecto, recitado diaria y piadosamente, reúne en grado superlativo todas las condiciones para la eficacia infalible de la oración, añadiendo, por si algo faltara, la intercesión omnipotente de María.

Nada tiene, pues, de extraño que Pío XI finalizase una oración en honor de la Virgen del Rosario con estas hermosísimas palabras:

“¡Oh corona del Rosario de mi Madre!, te aprieto contra mi pecho y te beso con veneración. Tu eres el camino para alcanzar toda virtud, el tesoro de los merecimientos para el Paraíso, la prenda de mi predestinación, la cadena fuerte que tiene a raya al enemigo, fuente de paz para quien te honra en vida, auspicio de victoria para quien te besa en la muerte. En aquella hora extrema, te aguardo, ¡oh Madre!; tu aparición será la señal de mi salvación, tu Rosario me abrirá las puertas del Cielo”.

Además del rezo piadoso del Santísimo Rosario, existen otras devociones marianas relacionadas íntimamente con el problema formidable de nuestra salvación eterna. Las principales son la Comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes y la de llevar piadosamente y con buena conciencia el Santo Escapulario del Carmen, tan venerable por su antigüedad y por la piadosa tradición de haber recaído sobre él una promesa mariana de salvación.

La experiencia ha mostrado también ser muy eficaces —sobre todo para la conversión de los pecadores— la llamada Medalla Milagrosa y el Escapulario Verde.

Dios mediante veremos todo esto el próximo Domingo.

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Por el momento, tengamos en cuenta que nuestra vida es una lucha continua. Desde la cuna al sepulcro debemos luchar. Si queremos salir victoriosos en esta batalla, debemos usar los medios que el Señor nos ha concedido.

Todos estamos necesitados del auxilio de lo alto, sobre todo en tres momentos esenciales de nuestra existencia:

1º) en los contratiempos y peligros constantes de la vida;

2º) en la hora de la muerte, para morir en la gracia de Dios;

3º) para salir pronto del Purgatorio, si debemos purgar nuestros pecados en esa mansión de sufrimiento.

Pues bien, como veremos, Dios mediante, el próximo Domingo, la piadosa y santa devoción al Santo Escapulario soluciona estos tres problemas.

Por llegar su protección a todos los momentos de la vida, al momento crucial de la muerte e incluso más allá de ella, las credenciales del Santo Escapulario son: «En la vida protejo; en la muerte ayudo; después de la muerte salvo».

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A la luz de esta doctrina y sus enseñanzas, insisto en que es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección, tanto en esta vida como en la otra.