Padre Juan Carlos Ceriani: SEPTIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

SEPTIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así es que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego. Por sus frutos pues lo podéis reconocer. No todo aquel que me dice: ¡Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.

En la Fiesta del Corpus Christi comenzamos una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa.

El contenido del mismo toma cada una de las Siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa.

Llegamos hoy al término del mismo, habiendo desarrollado el Prólogo y las seis primeras Palabras de Nuestro Señor.

Una vez más indico la tabla de materias de dicho libro:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos, pues, hoy la Séptima Palabra de Nuestro Señor:

PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

Es una hermosa paradoja que el Último Evangelio nos traslade al principio, pues comienza con estas palabras: En el principio.

Así es la vida. El término de esta vida es el comienzo de la futura.

Con toda propiedad, la última Palabra de Nuestro Señor fue su Último Evangelio: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Como el Último Evangelio de la Santa Misa, también éste conduce al Señor al principio, porque ahora regresa al Padre del cual salió. Había terminado su Obra.

Comenzó su Misa con la palabra Padre y la termina con la misma.

Todo lo perfecto se mueve circularmente, dirían los griegos. Como los grandes planetas, sólo después de un largo período, completan sus órbitas; y entonces regresan nuevamente al punto de partida, como si quisieran saludar a Aquel que los envió a su jornada, así, el Verbo Encarnado, que bajó a celebrar su Misa, terminada ahora su carrera terrena, vuelve de nuevo a su Padre celestial, que le envió a la jornada de la Redención del mundo.

Este bendito y sumiso Hijo Pródigo está a punto de volver a la casa de su Padre, después de prodigar su hacienda durante treinta y tres años.

Dispensó a manos llenas la hacienda de su verdad en la infalibilidad de su Iglesia…

Proporcionó la hacienda de su vida en la Redención y en los Sacramentos…

Entregó la hacienda de su Poder en la autoridad concedida a los Apóstoles y a sus sucesores…

Ahora, que hasta la última moneda ha prodigado, vuelve anhelosamente de nuevo los ojos a la Casa Paterna, y con un poderoso grito entrega su espíritu en los brazos de su Padre; no con la actitud de uno que se sumerge en las tinieblas, sino como quien sabe dónde va, al encuentro con su Padre en el Hogar.

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La Comunión, al hacernos participar plenamente en el Sacrificio de la Misa, que es la renovación del Sacrificio de la Cruz, nos reporta en su plenitud los frutos de la Redención.

Además, nos libra de todo obstáculo en nuestro camino hacia Dios y nos pone en un perfecto estado de dependencia respecto de Aquél a quien glorificamos como primer Principio de todas las cosas y al que buscamos como último Fin, porque para nuestra alma es la única fuente de la Vida divina; para nuestra inteligencia es la única Verdad o verdadera Luz; y para nuestra voluntad el único Bien Supremo.

El fruto por excelencia de la Redención es Jesucristo mismo, porque la gracia divina que anima nuestra alma, la fe que ilumina nuestra inteligencia y la caridad y la esperanza que mueven nuestra voluntad, nos incorporan al Hijo de Dios, haciéndonos entrar por Él, con Él y en Él en el seno del Padre.

Por eso la Iglesia nos hace leer al final de la Santa Misa la página del Evangelio en la cual San Juan nos prueba que Aquél que de toda eternidad nace del Padre, se hizo carne, y que, si lo recibimos con fe y amor, participamos en su filiación divina, ex Deo nati sunt.

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En su Última Palabra y su Último Evangelio, que conducen a Jesucristo al principio de todo cuanto comienza, esto es, a su Padre, se manifiestan la historia y el ritmo de la vida.

El fin de todas las cosas debe, en cierta manera, volver a sus principios. Como el Hijo vuelve al Padre, como Nicodemo debe renacer; como el cuerpo vuelve al barro, así el alma del hombre, que vino de Dios, debe un día volver a Dios.

La muerte no acaba con todo. La fría tierra que cubre la sepultura no señala el fin de la historia del hombre.

El modo como ha vivido en esta vida determina cómo vivirá en la próxima. Si buscó a Dios durante la vida, su muerte será semejante al abrir de la jaula, capacitándole para usar sus alas y volar a los brazos del Amado Divino.

Si huyó de Dios durante la vida, la muerte será el principio de una eterna huida de la vida, la verdad y el amor –y eso es el infierno.

Ante el trono de Dios, de quien vinimos a nuestro noviciado terrenal, deberemos comparecer un día a rendir cuentas de nuestro servicio.

No habrá criatura humana que, recogida la última gavilla, no sea contada entre los que aceptaron o rechazaron el don de la Redención, y que, en la aceptación o rechazo de ese don, no haya firmado la escritura de su eterno destino.

Como las ventas son comprobadas en la caja registradora al terminar el negocio diario, así nuestros pensamientos, palabras y hechos serán examinados en el juicio final.

Si hemos vivido a la sombra de la Cruz, la muerte no será un fin sino un principio de la vida eterna; en lugar de una separación será un encuentro; en lugar de una partida será una llegada; en lugar de estar al fin será un Último Evangelio, un volver al principio. Cuando una voz susurre Sal de este mundo, la voz del Padre dirá: Hijo mío, ven a mí.

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Hemos sido enviados a este mundo como hijos de Dios para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Debemos ocupar nuestro puesto a los pies de la Cruz; y, como los que junto a Ella estuvieron el primer día, habremos de dar cuenta de nuestra fidelidad.

El Señor nos ha dado el trigo y las uvas de la vida, y, como los hombres del Evangelio, a quienes se dieron los talentos, tendremos que dar cuenta de este don divino.

Dios nos ha dado nuestras vidas como trigo y uvas. Es nuestro deber consagrarlas y devolverlas a Dios como pan y vino, transubstanciadas, divinizadas y espiritualizadas. Debemos llevar las gavillas en nuestros brazos pasada la primavera de la peregrinación terrena.

Para eso está el Calvario erigido en medio de nosotros, y para eso estamos nosotros en la colina sagrada. No hemos sido establecidos allí como meros espectadores, que jugamos nuestros dados como los verdugos de entonces, sino para ser participantes del misterio de la Cruz.

Si hay algún modo de pintar el Juicio con trazos de la Misa, será describiendo la manera como el Padre felicitó a su Hijo; esto es, solazándose en sus manos, que llevaban la señal del trabajo, los callos de la redención, las llagas salvadoras.

Así también, cuando haya terminado nuestra peregrinación terrena y volvamos a nuestro principio, Dios mirará nuestros miembros. Si en la vida nuestras manos se juntaron con las de su Divino Hijo, llevarán las mismas marcas lívidas de los clavos; si nuestros pies caminaron el mismo camino que lleva a la eterna gloria, a través de un descarnado y espinoso Calvario, ostentarán las mismas llagas; si nuestros corazones latieron al unísono con el suyo, también mostrarán el costado herido que atravesó la dura lanza de la envidia humana.

¡Dichosos, sin duda, aquellos que en sus manos estigmatizadas llevan el pan y el vino de sus vidas consagradas, suscritas con la firma y selladas con el sello del amor redentor!

Pero, ¡ay de aquellos que vienen del Calvario con las manos blancas y sin la menor herida!

Quiera Dios que cuando acabe la vida, y la tierra se desvanezca como el sueño de quien despierta, y la eternidad anegue nuestras almas con sus resplandores, podamos con fe humilde y triunfante resonar el eco de la última Palabra de Cristo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

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Y así se termina la Misa de Jesucristo.

El Confiteor fue su oración al Padre por el perdón de nuestros pecados.

El Ofertorio fue la presentación de las pequeñas hostias del ladrón y nuestras en la patena de la Cruz.

El Sanctus fue su encomendarnos a María Santísima, la Reina de los Santos.

La Consagración fue la separación de la Sangre de su Cuerpo y la separación aparente entre su Divinidad y su Humanidad.

La Comunión fue su sed de las almas de los hombres.

El Ite Missa est fue la perfección de la Obra de la Salvación.

Y el Último Evangelio es el retorno al Padre, de donde vino.

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Y ahora, que se acabó la Misa y ha entregado su espíritu al Padre, se dispone a devolver su cuerpo a su Madre bendita a los pies de la Cruz.

Así, nuevamente el fin será el principio; porque, en el principio de su vida terrena, Ella le meció en sus brazos en Belén; y ahora, en el Calvario, Él ocupará de nuevo su puesto en ellos.

La tierra había sido cruel con Él. Sus pies corrieron tras la oveja perdida, y nosotros los horadamos con acero; sus manos nos alargaron el Pan de la eterna vida, y nosotros las fijamos con clavos; sus labios hablaron de la verdad, y nosotros los sellamos con hiel; vino a darnos la Vida, y nosotros se la quitamos. Ese fue nuestro error capital.

Nosotros, en realidad, no se la quitamos. Nosotros, tan sólo, tratamos de quitársela. Él fue el que espontáneamente la dio. En ninguna parte dicen los Evangelistas que Él murió. Dicen: Entregó su espíritu. Fue una voluntaria y libre donación de su vida.

No era la muerte la que se acercó a Él, fue Él quien se acercó a la muerte. Por eso, al aproximarse el fin, mandó a las puertas de la muerte abrirse para Él en la presencia del Padre.

El cáliz se está vaciando gradualmente del rico vino de la salvación. Las rocas de la tierra abren sus agrietados labios para beber, como si estuvieran más sedientas de las aguas salvadoras que de los secos corazones de los hombres; la tierra misma se estremece de horror, porque los hombres han levantado la Cruz de Dios sobre ella.

La Magdalena, conforme a su costumbre, se arroja a sus pies, donde la hallarán también la aurora de Pascua; Juan, con el rostro transfigurado como moldeado en el amor, oye los latidos del Corazón cuyos secretos aprendió, amó y enseñó; la Madre Dolorosa medita el abismo entre Belén y el Calvario.

Hace treinta y tres años la Virgen Madre contemplaba este Sagrado Rostro; ahora es Él quien la contempla a Ella. En Belén los cielos habían buscado la faz de la tierra; ahora los papeles se han cambiado: el suelo busca la faz del cielo; pero de un cielo marcado con las cicatrices de la tierra.

Él la amaba sobre todas las criaturas del mundo, porque era su Madre y la madre de todos nosotros. Fue para Ella su primera mirada al venir a la tierra y será para Ella la última mirada al abandonarla. Se encontraron sus ojos con mirada fulgurante de vida y hablaron su propio lenguaje. Hay rompimiento del corazón, a través de un éxtasis de amor; luego una cabeza inclinada, un Corazón destrozado.

En las manos de Dios Padre, Él entrega, puro e inocente, su espíritu con una voz fuerte y sonora, que canta eterna victoria.

Y la Madre en pie, Stabat Mater, sola… ¡Madre sin Hijo! ¡Jesús ha muerto!

La Madre Dolorosa contempla sus ojos, que son tan claros, aun en presencia de la muerte…

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Sumo Sacerdote del cielo y de la tierra: Vuestra Misa ha concluido. Dejad el Altar de la Cruz y entrad en vuestro Santuario del Cielo, ataviado con las ropas de la humanidad, revistiendo el Cuerpo como pan y la Sangre como vino.

Ahora ha terminado el Sacrificio. Sonó la campana de la Consagración. Ofrecisteis vuestro Espíritu al Padre y vuestro Cuerpo y Sangre al hombre. No queda otra cosa que el Cáliz vacío.

Entrad de nuevo en vuestro Santuario del Cielo. Despojaos de las vestiduras de la mortalidad y recobrad los blancos ornamentos de la inmortalidad.

Mostrad vuestras manos, pies y costado a vuestro Padre celestial y decidle: Con estas heridas fui llagado en la Casa de los que me amaban.

Entrad, Sumo Sacerdote, en vuestro celeste Santuario; y, como vuestros embajadores de la tierra levantan en alto la Hostia Santa y el Cáliz de Salvación, así Vos mostraos a Vuestro Padre en amorosa intercesión por nosotros hasta la consumación de los siglos.

La tierra ha sido cruel con Vos, pero Vos seréis bueno con la tierra. La tierra os levantó en la Cruz, pero Vos atraeréis a la Cruz la tierra. Abrid la puerta de la celestial sacristía, oh sumo Sacerdote. He aquí que nosotros somos ahora los que estamos a la puerta y llamamos.

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¿Y qué diremos a Vos, oh Madre Dolorosa? Vos sois el Ministro del gran Sacerdote. Vos fuisteis su Ministro en Belén. Vos fuisteis su Ministro en la Cruz, cuando se convirtió en Hostia Inmaculada por medio de la Crucifixión. Vos sois su Ministro ahora, cuando Él llega del altar de la Cruz trayendo tan solo el Cáliz vacío de su Sagrado Cuerpo.

Cuando el Cáliz es colocado en vuestro regazo, puede parecer que Belén ha vuelto de nuevo, porque es aún vuestro. Pero sólo lo parece, porque Belén era el Cáliz cuyo oro tenía que ser probado por el fuego; y ahora es el Cáliz cuyo oro ha pasado por los fuegos del Gólgota y del Calvario. En Belén era blanco, como salió del Padre, y ahora es rojo como vuelve de nosotros.

Pero Vos sois todavía su Ministro. Y, como Inmaculada Madre de todas las víctimas que van al altar, llevadnos a él puros y conservadnos puros hasta el día en que entremos también en el Santuario del Reino de los Cielos, donde Vos seréis nuestra eterna Intercesora.

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Y ahora me dirijo a vosotros, amigos del Crucificado; vuestro Sumo Sacerdote ha bajado de la Cruz, pero nos ha dejado el Altar.

En la Cruz estaba solo, en la Misa está con nosotros.

En la Cruz sufrió en su Cuerpo físico; en el Altar sufre en su Cuerpo Místico, que somos nosotros.

En la Cruz fue la única Víctima; en el Altar somos todos pequeñas hostias y Él la grande, renovando su Calvario a través de nosotros.

En la Cruz fue el vino de su Sangre, y en la Misa somos las gotas de agua unidas al vino y consagradas con Él.

En este sentido, Él sigue todavía en la Cruz, todavía diciendo su Confiteor con nosotros, todavía perdonándonos, todavía encomendándonos a su Madre, todavía sediento de nosotros, todavía acercándonos al Padre; porque, tanto como dure el pecado en la tierra, quiere el Padre que su Hijo permanezca en la Cruz…

 

Cuando en torno el silencio me recubre,

en las horas del día o de la noche,

resuena un grito que me pone tenso,

clamor que rueda de la Cruz del Monte.

La vez primera que me hiere, vuelo,

ansioso busco, y sólo encuentro un Hombre

en congojas de Cruz.

«Te voy a liberar de tus horrores»,

le grito, y corro a desclavar sus pies.

Mas al punto su voz me sobrecoge:

«¡No! Déjame en la Cruz.

Cuando todos los hombres,

las mujeres, los niños,

a mis pies se congreguen, sólo entonces

me podrían desclavar».

Grito: «Mas soportar tus clamores…

No resisto. ¿En qué puedo, di, aliviarte?»

Y escucho: «Vete, tierra y mar recorre,

Y di a todo mortal en tu camino:

¡En la Cruz pende un Hombre!»

Elisabeth Chaney