PADRE LEONARDO CASTELLANI: ANÁLISIS CERTERO…

Misterios de iniquidad

LA HEREJÍA LIBERAL-LAICISTA

En la ciudad de San Luis, Argentina, ha desaparecido una niña de cinco años.

Ante este nuevo caso, lamentablemente estamos obligados a decir que la historia se repite.

Pero, ¿cuál historia?

Más allá de lo anecdótico del caso, las certeras palabras del Padre Castellani, escritas en 1944, hace setenta y siete años, ponen en evidencia la raíz y el fondo de la enfermedad de la moderna sociedad: la herejía liberal-laicista.

Cámbiense los nombres, las ciudades, los partidos políticos, los funcionarios…, y comprobaremos que estamos ante el mismo caso, que pone al descubierto el desarreglo de la función pública, endémico en el país a causa de la politiquería dominante y, en el fondo, a causa de nuestra imperfecta y deficiente estructura política.

Martita Ofelia Stutz

El caso antiguo se resume con estos datos: era el sábado 19 de noviembre de 1938 cuando Martita, de 9 años, llegó a su casa después de su último día de clase en la escuela Alejandro Carbó. Se sacó el guardapolvo y pidió una moneda para ir a comprar la revista Billiken. Nunca más apareció. Desde entonces, el destino de Marte Ofelia Stutz se convirtió en un misterio.

Cuando la desaparición de Martita se hizo pública, conmocionó a Córdoba y, a medida que pasaban los días, al país. La búsqueda fue intensa, con los medios que había a disposición, que no eran sofisticados como ahora, pero la investigación se hizo con torpeza, fue rudimentaria.

El caso rápidamente trascendió los límites de Córdoba. Sin pistas, la policía estaba “desconcertada”.

Pasaron varios meses hasta que una prostituta apuntó contra Antonio Suárez Zabala, un hombre sin antecedentes, casado, padre de dos hijos, que trabajaba para un laboratorio médico. La joven afirmó que había escuchado que “pedía chicas”. Así nació la historia del “vampiro de Córdoba”.

Las líneas de investigación llevan a José Barrientos, un guarda de tren, con su mujer ligada a las “casas de citas”. Los datos dicen que llevaron a su casa a Martita, ya muerta, y que entregaron el cuerpo a un vecino -Humberto Vidoni- dueño de unos hornos de cal en La Calera, donde la habrían incinerado.

Mono”, el sabueso entrenado que la Policía trajo desde Buenos Aires, encontró un colchón enterrado en el patio de los Barrientos. Ellos y Suárez Zabala fueron presos.

El radical Amadeo Sabattini gobernaba Córdoba en esa época. Por los problemas en la investigación, la oposición demócrata logró interpelar a su ministro de Gobierno.

En tanto, otro hecho ensució aún más la causa: Vidoni, el dueño de los hornos de cal, fue torturado por la policía hasta morir, lo que desembocó en la renuncia del jefe de la fuerza, Argentino Auchter, quien en 1945 fue candidato a gobernador por el peronismo.

Sabattini sufrió un desgaste; como a nivel nacional gobernaban los conservadores, hasta se llegó a plantear la posibilidad de intervenir la provincia.

En 1941 Suárez Zabala fue condenado a 17 años de prisión por proxeneta. Dos años después, el caso –por apelación de la defensa– llegó a la Cámara, que lo dejó libre por falta de pruebas. Entre Mendoza y Chile se perdió su rastro.

El caso Stutz marcó a Córdoba durante años.

Para comprender el problema de fondo, leamos al Padre Castellani, que escribe con el pseudónimo Jerónimo del Rey. Destacamos con distintos colores, en carmesí lo que corresponde a la trama herética liberal-laicista, y en azul los juicios del Reverendo Padre.

MARTITA OFELIA, VICTIMA RITUAL

En el natal de 1938 sacudió a esta nación un caso criminal que parece una verdadera historia de fantasmas.

No porque sea un caso único en los anales policíacos, que conocen la hazaña clásica del que llaman sexual-maníaco y yo llamo espiritado, sino porque reveló de un modo fantástico, como un baño de hiposulfito, la Argentina fantasmal y la Argentina fantasmagórica, que surgió como un espectro ya imborrable a la mente de todos los argentinos adultos —que son pocos hoy día—, tanto de los que creen, como de los que no creen en fantasmas.

Para mayor exactitud, el culpable del rapto, ultraje y muerte de Martita Ofelia Stutz —sea quien sea— escapó demoníacamente a esa ínfima sanción y vindicta social que es la pobre justicia de la Justicia humana; hoy día está vivo y en libertad —sea quien sea—, quizá rico, quizá —¿por qué no?— gobernando en este país —¿que sabemos?—, quizá predicando la moral por radio, y haciendo de vocal —y de presidente ¿por qué no?— de algún Consejo Escolar o de alguna Sociedad Filantrópica. ¿No era un hombre vivo? ¿No era un hombre de recursos? Y ¿quiénes gobiernan este país desde Roca a esta parte?

Fue un crimen atroz, no se puede pensar en él; y, sin embargo, hay que pensar lo mismo.

Parece sacado del monologo del Gran Inquisidor de Dostoiewski; tiene refinamientos blasfemos de dolor desesperante, fulgores sulfúreos de sacrilegio, y como obra de arte del diablo, añade y combina rasgos absurdos y grotescos, todo mezclado, como las carcajadas y silbidos del Mefisto de Arrigo Boito.

¡Y muchos creen que las cosas de la Argentina se pueden arreglar con un Primo de Rivera criollo, con unos cuantos decretos incisivos de militares bienintencionados! No digo que eso no sea bueno para empezar: pero no estará acabado hasta que se expíe a Martita Ofelia.

Créanme, nuestra lucha aquí no es contra la carne yla sangre, sino contra las tinieblas estas, las potestades invisibles que pueblan la región del aire y que nos envenenan desde que nacemos, como una fábrica de azufre y de peste, el aire, el agua y el pensamiento.

Yo estaba en el Chaco santafecino cuando pasó esto: Un paisano de allá me dijo: “Padre, todo esto viene de la herejía. La gente, en general, hoy día es demasiado hereje”.

Hereje, en la lengua popular criolla, significa cruel, o desalmado, no pecador contra la fe. Pero el peón dijo más de lo que supo..., aunque tal vez no, porque se llamaba Obregón, y un Obregón correntino o chaqueño viene de una india y un conquistador, y tiene la teología en la sangre.

Martita Ofelia continua inexpiada; el bofetón del demonio a toda inocencia y toda paternidad continúa enrojeciendo de sangre y fuego cárdeno el crepúsculo de la patria.

El domingo 20 de noviembre de 1938, los diarios de Córdoba, negligiendo la guerra civil de España y las andanzas de Daladier, vociferaban encabezamientos: “El rapto de una niña de 9 años moviliza toda la policía. Una niña ha desaparecido misteriosamente.” Debajo, está el retrato a media página de Marta Ofelia, esa carita redonda con una sonrisa breve que durante un mes obsesionaría al país, esa sonrisa grave que muestra dos incisivos grandes; carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un tórax y un cuello macizos y desarrollados.

¡Nueve años! Esa imagen debía fluctuar tiernamente durante un mes delante nuestros ojos, para disolverse después en la nada, dejándonos abierta una congoja sorda, que a veces parece remordimiento, a todos los que hemos elegido conscientemente la gloria y el dolor de seguir perteneciendo a este país enfermo.

El drama de Martita Ofelia se abre con un prólogo de sainete y novelón policíaco, quiere perderse en un intermezzo fatigado, estalla en un golpe de peripecias trágicas, y al fin, se disloca en una farsa histérica poco noble.

Desenlace: nada.

Apenas lanzada la ruidosa nueva, se produce en la policía y el público un período de agitación febril, que daba la impresión de que la policía estaba embalada; como lo estaba en efecto y algo más serio aún según apareció luego.

Se multiplican las disparadas en todos sentidos y los palos de ciego, llueven las cartas anónimas (3.000 al fin de la pesquisa) pidiendo rescate o dando datos falsos, y entra en escena un pintoresco cuanto desdoroso equipo de astrólogos, videntes y psicómetras, mientras el pueblo muestra la natural reacción de compasión y de ira; y empieza a bullir, por otro lado, la industria nacional de la politiquería.

Al otro día de la alarma, fue detenido un tal Sabattino, de quien constaba que había vendido una revista a la niña al desaparecer esta; y la policía se había precipitado en pos de una voiturette verde, en la que según un telefonazo anónimo de Cruz del Eje se había visto pasar cuatro hombres con una criatura arropada volando hacia La Rioja, a no ser que fuera hacia San Juan o Mendoza.

Este coche —que al fin resultó filfa—, junto con la misteriosa “mujer alta y rubia” que habría interpelado ese día a la nena perdida, polariza toda la atención policial y la trae al reportero durante casi un mes.

Choferes uniformados baten todos los caminos reales, vuelan por la ruta de Pajas Blancas, interrogan nerviosamente los ranchos linderos… Se requisan todos los autos de San Martin; el intendente presta los suyos. Se multiplican los datos contradictorios. La gente que ha visto mujeres rubias y autos verdes o entreverados, aumenta hasta enloquecer…

“Por San Luis huyen los raptores”. “Están en Rosario”. “Los han visto en Ascochinga”. “!Martita Stutz está en San Fernando!”. “¡Van hacia San Juan!”.

Fallan, al mismo tiempo, los allanamientos de quintas de amigos de Sabattino, el cual guarda actitud imperturbable, mientras su mujer no aparece por ningún lado.

Las comparsas estorban enormemente: los detectives aficionados, los astrólogos enigmáticos y los viejitos depravados que, asustados, ponen barba en remojo, y a veces se destapan ellos mismos de puro miedo. Los directores de El País y Los Principios saben varias historias tragicómicas al respecto.

Entretanto, la policía comienza a confesar que, después de haber perdido la sangre fría, está perdiendo el ánimo.

El desolado padre de Marta escribe a los diarios ofreciendo rescate y perdón al feroz raptor, probablemente el mismo día que la inocente victima pisoteada va a morir.

Aquí ha faltado desde el comienzo un gran pesquisante”, dicen con suficiencia los diarios, y Viancarlos se moviliza desde Buenos Aires.

El psicómetra Lucio Berta toma actitudes meditabundas —delicia de reporters gráficos—, se presta a innúmeras entrevistas, suelta respuestas sibilinas y merece un comunicado especial de la Secretaría de turno, juez Wenceslao Achaval, notificando al público que «sus valiosos servicios, coronados de éxito en otras investigaciones, han sido puestos a contribución de la Justicia en este intrincado caso”; que, si fue una broma, no fue este el lugar, y si eran veras, menos todavía.

Un psico-rabdomante lituano, por no ser menos, tiene la revelación de que la niña está a dos cuadras de la plaza San Fernando. Crítica anuncia con erudición: Como los antiguos caldeos, el juez Achaval emplea la astrología”. ¿Qué extraño, pues, que en esos días aparezcan en los diarios serios de Córdoba avisos como el siguiente, que textualmente transcribimos:

Profesor Indo-Fakir y su Señora Teytú

Seguirá actuando en Córdoba el prof. I.F. y su Sra. Teytú a criterio y voluntad del público que quiera visitarnos en nuestro estudio privado:

Calle Baigorri No 959 — Alta Córdoba

El profesor Indo-Fakir se dedica al estudio de la astrología y predice el futuro por la conformación de las líneas de la mano y de la cabeza de los seres humanos solamente. Quedando a disposición del público (sic). El profesor Indo-Fakir es una autoridad mundialmente reconocida en esta profesión, siendo siempre respetado por las autoridades porque se dedica al Bien de la Humanidad.

Consulta, $ 5. Horario de 8 a 12 y de 14 a 20.

Nuestra profesión no afecta a ninguna religión.

No somos curanderos ni charlatanes. Respetamos la ciencia médica.

Ómnibus N° 13 y tranvía 3 a la esquina.

Somos Gente Seria

Que lo respetaban las autoridades no había duda: la ‘’profesión” de golpe había ascendido los estrados de Themis.

Que era gente seria, es otra cosa.

El Indo-Fakir era, probablemente, como el famoso Raumsol, algún gallego vivo, bautizado Morrillo o Gutiérrez.

Este golpe de sainete termina la primera parte del doloroso caso, el cual cede el paso a un intermezzo triste.

La guerra española recobra la primera plana, al mismo tiempo que Daladier y la muerte de Codreanu. ¿Habrá o no habrá guerra civil en Francia? Continúan atacando mujeres en las calles de Halifax. Parece que hubo un atentado contra Trotzki. Pasó Cantilo por Mendoza. Rodríguez venció por puntos a Derado. Old Fletcher dio 14,35 a placé. Baile de caridad en el parque Crisol.

Los diarios vuelven a su molinillo necio de noticias variadas.¡Y tanto! Pero el pueblo, tocado en sus fibras vivas, no se distrae, yse desplaza inquieto por las calles en sorda expectación. En Río Cuarto han visto una niña envuelta en mantas. El padre de Martita implora misericordia, dice que nunca ha hecho mal a nadie, se desespera; yentonces es víctima de una tentativa de robo y un grotesco engaño por parte de un chifloide llamado R. G., el cual lo hace ir a Rosario yentregarle $10.000, para hacerse luego pillar por la policía y afirmar que su único objeto fuera un viaje gratis a Córdoba, donde pretendía el cuitadillo haber asesinado en un parque y enterrado a la niña.

El histerismo de los diarios ha provocado en el país una ola de secuestros, de denuncias, de sospechas y de locuras, gran prez de nuestra gran prensa.

Desaparecen cuchillos; una mucama de 23 años, borracha de publicidad, se hace secuestrar por su novio. Cunde la voz de que Viancarlos y el tío de Marta la han rescatado en Buenos Aires: el público se agarra a la menor noticia fausta como a un clavo ardiendo, y rehúsa ser desengañado. La policía empieza a detener a parientes afligidos de los Stutz. El comisario local Meseguez, el pesquisa porteño Finocchietto y el astrólogo Berto declaran que es un “caso intrincado”. La policía dice que tropieza en demasiadas ‘’dificultades técnicas”, y así era nomas. La Municipalidad pega carteles con un retrato de Martita. Nada y nada… Pesimismo…

Las tres pistas seguidas van hacia el vacío. ¿Sabattino y la mujer rubia? ¿La maffia que mató a Abel Ayerza? ¿Un sexual-maníaco? La voiturette verde, que estuvo en Córdoba todo el tiempo y pertenecía a un inocente aunque imprudente legista, es buscada por la Patagonia.

El juez dice: «Si se descarta a Guzmán, a Sabattino y al ingeniero, todo está por hacer aún y la pesquisición vuelve a foja 1”.

¿Quién es el ingeniero?

El domingo 11 de diciembre, Martita desaparece del diario y aparecen las parejas vencedoras double and single del torneo Tennis Córdoba Athletic Club. La Conferencia “para la democracia» se congrega en Lima. Italia reclama Córcega y Túnez. En París, la exposición del ‘‘Libro” premia a La Nación junto con la Crítica. «El Cardenal Copello sería el sucesor del Papa Pio XI”, estampan descocadamente los diarios; conjetura local inventada no se sabe por quién.

Pero el 13 de diciembre, el drama estalla por fin, con el reventar de una serie de tracas.

Aparece en escena Juan B. Barrientos, como altamente sospechoso. Los vecinos de este guardatranvía, casado con una especie de partera sin diploma, han hablado entre sí; y el confronte de una serie de datitos impalpables ha suscitado en la tensa suspicacia de estos días la imagen, informe pero vehemente, de una sospecha concreta: «en esa casa ha pasado algo raro”.

La casa es rastrillada, y se hallan pedazos de estopa de un colchón con manchas de sangre, y una bolsa sospechosa. Los vecinos atan cabos, conjeturan, recuerdan, acusan. Nuevos detenidos… Nuevos liberados. Vago rumor indeterminado de que se está sobre algo serio. Pero ¿dónde está Martita? Ya es casi imposible pensar en encontrarla viva.

El perro Mono viene de Buenos Aires para rastrear la niña. “Tengo mi espíritu sereno”, dice el ingeniero Suárez Zabala, un conocido rentista de edad madura, que está detenido hace tiempo, laxamente empero, en la Sección Moralidad Pública; que tiene un hermano rico, protector del Partido Radical…

Fatigosos interrogatorios, careos, incomunicaciones que no dan resultado. Otra vez al punto muerto… Chamberlain… Aguirre Cerda… Leopoldo Melo… Franco…

Domingo 18; nueva bomba. La prisión preventiva de Suárez Zabala y Sabattino. Enjambre de testigos: Suárez Zabala sería el hombre de la voiturette; se producen una cantidad de esos falsos reconocimientos descriptos por los psicólogos. Su auto se examina en busca de manchas cruentas, sin resultado seguro: el auto, que ni es voiturette ni es verde, ya ha sido lavado. ¿Por qué se ha dejado salir y entrar a este detenido? El público empieza a murmurar de la policía. La coartada de Suárez Zabala —una menor, amiga suya, lo habría saludado el día del hecho, a las 11 y 15, en calle San Martín y Deán Funes— no prueba ni desprueba nada. Suspensión de un momento…, y segunda bomba.

El día 19, bruscamente, Suárez Zabala anuncia que Martita ha muerto, y acusa a Barrientos de una puñalada al corazón. Inmensa conmoción: una muchedumbre reunida ante el Juzgado aplaude al juez y quiere linchar al ingeniero —maltratado a puñetazos—, al mismo tiempo que acusa al gobernador de haberlo dejado salir de la cárcel por compadrazgo político.

El mismo día surgen ominosamente todos los pormenores de la horrible muerte de Martita. La inocente mártir no será vista más en este mundo; su cuerpo profanado ha sido reducido a cenizas.

El guarda Barrientos, en rueda de presos, reconoce a Suárez Zabala (que niega mordicus) como «el señor que me entregó la niña enferma”.

En los días 20-26 de diciembre, mientras la policía corría desatentada en pos de una voiturette verde que resultó un engañabobos, Martita Ofelia agonizaba en la casa de los Barrientos, con un golpe en la cabeza y violencias producidas en la perpetración de un ultraje nefando.

Suárez Zabala habría encargado al guarda, por $ 200, para que se la cuidase, “una sobrinita enferma».

La hija del guarda, Yolanda, de 10 años, contó con ingenuidad infantil una cantidad de pormenores horrorosos; entre ellos, la escena desgarradora de un ataque de pavor de la niña, que sale huyendo hasta el patio, a los gritos, poco antes de morir, en el delirio de una monstruosa pesadilla de recuerdos.

Martita murió el 26 de diciembre, quizá de las violencias, quizá de una puñalada ultimatoria. Sus restos fueron calcinados en un horno de ladrillos vecino, propiedad de un tal Vidone.

Hasta aquí la confesión del guarda Barrientos, que, cuando apareció textual en Los Principios, dio la impresión neta de que se trataba de la verdad de los hechos; pero que, posteriormente, fue desmentida y atribuida a “torturas”; e incontinente fue acerbadamente negada por su mujer Carmen, que resultó un verdadero pájaro de cuenta, la cual confesó el día 24 —“Sí, la tuve en casa. ¿Qué más quiere saber, señor?”, negó al día siguiente, volvió a confesar y todo el tiempo hizo gala de un carácter torcido, inconsistente y terco.

También Barrientos modificó después su confesión: “yo he entregado la niña viva” —aseveró—, y, como dijimos, al fin acabó por desmentir rotundamente.

Policías y jueces pesquisidores impotentes.

La politiquería se entromete a fondo, desecrando la majestuosa función de la Justicia.

Aparece un extraño grupo de complicados; tres mujeres, llamadas paradojalmente Angélica;entre las cuales, la M.C. es identificada como «la rubia de la cicatriz” que habría actuado como entregadora de Marta; y, de golpe, la cosa más sorprendente: un Fazio, oficial de policía, relacionado con ellas, cuya conducta aparece muy oscura. ¿Dentro de la policía misma habría cómplices del atroz facínere?

Se alza un clamor público formidable. El desarreglo de la función pública, endémico en el país a causa de la politiquería dominante y en el fondo a causa de nuestra imperfecta y deficiente estructura política sale a luz escandalosamente; pero el público, que no sabe filosofía ni es apto a distingos, incrimina a todo el conjunto policial en bloque, y los politiqueros lo aprovechan para su innoble jueguito; “¡El verdadero culpable es el gobernador Sabattini!». Puede ser que, ante Dios, y examinado a la luz del peccatum in causa, tuviesen razón; pero entonces,también ellos, los demócratas, eran verdaderos culpables; porque todo el que hoy día politiquerea en la Argentina, manosea y profana una cosa sacra, que es la autoridad pública, y puede ser sospechado, sin temeridad, de réprobo maldito de Dios.

Hagan juego, caballeros. Renuncias, sospechas y acusaciones gravísimas cuanto confusas, se lanzan y se barajan en todas direcciones. Renuncia el jefe de Policía Auchter y queda como jefe provisorio el ingeniero José de la Peña. ¡Un condenado por la Justicia de la Capital Federal por delitos de costumbres, fugado y luego prescripto, era funcionario policial de la “ínsula de la libertad» de Sabattino! Suárez Zabala ha hecho un viaje a Alta Gracia después de su detención y ha recibido a amigos disfrazados de “médicos legistas”.

“¿Quién es el alto funcionario que ha favorecido la ocultación de Martita mientras creyó que podía curarse?”, pregunta el vulgo. Si él existe, es un criminal monstruoso.

Nuevos pormenores atroces sobre la muerte de la dulce criatura, corren de boca en boca. Ha sido muerta de una puñalada al corazón cuando los criminales vieron que no sanaba y su ocultación devenía peligrosa.

Un gran psiquiatra de la Capital Federal, en una declaración a los grandes diarios, dice que no son criminales sino irresponsables; sin ver, en su ignorancia filosófica, que las dos palabras significan en muchos casos lo mismo: el que se vuelve a sí mismo irresponsable, es el criminal más grande.

Un cuñado del jefe Auchter aplica un tremendo puñetazo al diputado Manubens Calvet; el cual, en pleno Comunas, declara que, si la Cámara no lo venga, renunciará a su banca. La Cámara tiene demasiadas venganzas en vista, y no lo venga nada. Razonablemente, el diputado radical entiende razones y no renuncia.

Entretanto, había estallado la última bomba: Vidone, el ladrillero, esta gravísimo; estando atado y engrillado, ha sido molido a patadas y a golpes por un grupo de policías; ha sido sometido a una máquina eléctrica de hacer cantar, traída de Buenos Aires, de la que los pasquines publican dibujos espeluznantes. El publico asevera, persistente, que ha sido muerto, no para hacerlo hablar, sino para hacerlo callar. Puesto en libertad, muere en el hospital San Roque el 27 de diciembre, protestando su inocencia. El clamor público se desplaza en todas direcciones convulsoclónicamente, sólo intacta su irritación con el gobierno y su convicción de la culpabilidad de Suárez Zabala, el cual hace juramentos espectaculares y es llevado y traído en camión blindado, mientras la Carmen Barrientos, declarada libre, no se atreve a salir de la cárcel.

Un diario de Córdoba publica con dibujos animados —¡y cuánto!— una historia para niños grandes, con esta leyenda:

Denunciado el rapto de Marta, la policía inicio una sensacional pesquisa;

Removió cielo y tierra, alborotó, escandalizó;

Allanó, atropelló, torturó…

Y mientras distraía la atención del pueblo, ayudaba al raptor a borrar los rastros del crimen”.

¿Cómo explicar al pueblo que lo que él llama porquerías (con razón) tiene una profunda raíz intelectual herética que se llama liberalismo, raíz desenvuelta aquí en enorme tronco de ombú, en follaje que cubre el país, en flores hediondas y frutos inútiles, algunos de los cuales el mismo pueblo tiene por grandes conquistas del progreso y la civilización?

Bien está poner el cauterio a cada uno de esos cráteres de pus que explotan vuelta; vuelta; pero la desintoxicación del virus productor no se producirá sino por la inteligencia iluminada, superadora de la herejía liberal-laicista. Luchamos contra un espíritu, contra un virus espiritual. Asegún el hombre piensa, ansina el hombre camina. La herejía, el error en la fe, es la fuente última inagotable de innúmeros desordenes morales. Con razón Santo Tomas enseñó que se puede condenar a muerte al heresiarca con mucha más razón que al monedero falso.

Entretanto, sepultada en el olvido la niña mártir, surgía el epílogo del espectáculo, en forma de ruidosa farsa alegóricogrotesta.

A la manera que toda vivencia emotiva de un mono desemboca en conductas sexuales, así toda vivencia emotiva de la masa argentina va a desaguar al cauce genérico y profundo de la politiquería, a quien proporciona sangre y fuerza motriz. La desgracia de la niña mártir y de su familia, que, juro al Dios Vivo, fue desgracia de toda la familia argentina, vengable del furor divino, se convierte en un asunto de comité.

La minoría demócrata y la mayoría radical trabajan con entusiasmo y verdadero gusto; las cosas más graves ytiernas se convierten en misiles contra el enemigo comiteril; y las más sacras palabras del vocabulario humano adulteran su contenido con significado de votaciones; de cosas morales, se vuelven cosas cívicas.

Hay interpelaciones y denuestos puñetazos y renuncias amenazadas. Todo el personal de investigaciones es puesto en disponibilidad, y la “intervención”, temida por unos y golosamente solicitada por los otros, acaba por convertirse en el vértice del triángulo de fuerzas y el lamentable término de todo; como si un cuerpo y alma de criatura, la paz de una familia, un muerto y el decoro y la religión del país, no existieran sino para birlar o afirmar por medio de don Roberto Ortiz el resultado de unas elecciones con mula.

A tal extremo ha llegado en el país la pérdida del sentimiento de lo sacro, pérdida que es la condición y el clima de todos sus males morales y políticos, que son irremediables y crecerán día a día; sin la restauración de Aquello Otro.

«El gobernador es el culpable”. «Ningún cordobés toma en cuenta la palabra de honor de Sabattino. Se debe procesar al jefe de Investigaciones. ¡Intervención!».

El Partido Demócrata publica un comunicado demagógico acerca de la muerte del “ciudadano demócrata” Humberto Vidone, que, si no obtuvo piedad humana por ser persona, obtendrá en compensación después de muerto “funerales cívicos”, por ser demócrata.

Odiosa politiquería, infinitamente más corrupta que el diario que regaló una muñeca el día de Navidad a Yolanda Barrientos, con grandes ceremonias a doble columna para hacerse propaganda, o como dice gráficamente el pueblo, para “mandarse la película”.

La grita de los diarios liberales cuando se descubrió lo de las torturas de Vidone —descubrimiento de la pólvora—, resulta hipócrita y ridícula. Todos saben que la tortura ilegal existe, y deben saber que ella resulta rebote inevitable del régimen penalista erróneo que produjo y alimenta el sentimentalismo liberal.

La Asamblea del ano XIII suprimió las torturas; pero no suprimió ni los criminales ni la policía, y mientras la lucha a muerte entre ambos sea un hecho, nada gana el liberalismo con desarmar a la policía, la cual, por instinto de conservación, se armará a escondidas y malamente.

Hay que dejar entrar de nuevo en el enteco sistema jurídico policial del positivismo las grandes nociones cristianas de culpa, responsabilidad, penitencia, reivindicación social, persona humana y conciencia humana; pero eso no es posible mientras la Teología no vuelva a ingresar en la Universidad y nuestros estudios generales continúen siendo ese vivero de sofistas dañinos y diletantes vulgares, animales sin hueso, que se pusieron en ridículo en este caso con su ineficacia, con sus doctrinas absurdas y declaraciones figuronescas contra el buen sentido y a veces sin sentido: como esos variados psiquiatras, legistas, juristas y moralistas a la violeta, cuyas «declaraciones” en los grandes diariones serios los ponían a la altura del psicómetra Berto.

En tanto, el acusado Suárez Zabala dice lo siguiente: “Mi inocencia no se discute. Existe una confabulación en contra mía… Dónde viene no sé, pero veo dónde va; se dirige a perjudicarme, arruinarme a mí y a mi familia, destruir un hogar como el mío, que siempre ha sido digno. ¡Mi mujer inocente y mis inocentes hijos!…

Después, acusa salvajemente a Barrientos. “Es un sujeto que ha querido enlodarme. Debe estar pagado por alguien. A lo mejor es él quien la raptó. Si no es él, es su mujer. O si no, esta pagado para acunarme. Algún día saldrán a luz los culpables y llegará la reivindicación para mí, para mi mujer y mis inocentes hijos…”

No se ha cumplido, para desdicha nuestra, la predicción de que “algún día aparecerán los culpables”. Todos los acusados han sido recientemente absueltos; incontinenti a lo cual, Suárez Zabala torno un avión y se marchó a Chile.

Pero, aunque se hubiese cumplido, yo no sé si hubiese sido para dicha nuestra. El régimen jurídico liberal no es capaz de sacar de un crimen justicia y una alta lección teológica, que es lo único que se puede y debe sacar de un crimen; para eso los permite Dios.

Moler a patadas al culpable hasta que muera (y eso antes de saberlo culpable) como se hizo con Vidone, es añadir otro crimen y no remediar nada: Martita sigue muerta como antes y se le añade otro que muere maldiciendo a Dios, porque las imágenes de Dios sobre la tierra se le han aparecido como demonios, y la Justicia, que es uno de los nombres de Dios, se le presenta como una cosa abominable.

Visitando en 1934 el Museo de los Horrores de Nuremberg, me dijo un gran jurista europeo, el dominico Renard, una sentencia notable:

La Edad Media ocultaba el crimen y ostensionaba el castigo; y hacía ostentación del castigo para posible corrección del culpable y, en todo caso, para gloria de Dios y enseñanza del pueblo…

La Edad nuestra oculta el castigo y re-super-publica el crimen; y el crimen, así vehiculizado en publicidad macabra, se convierte en una imagen obsesiva morbosamente atractiva para el pueblo y altamente ofensiva a Dios».

Tenía razón.

Roberto Gache ha escrito en su librito Argentinos en París la siguiente macana: “La Edad Media era una época que odiaba al cuerpo».

Yo digo: si odiaba al cuerpo, ¿cómo es que tuvo un cuerpo tan sano? En realidad, la Edad Media fue una época que odiaba al pecado, el cual destruye el cuerpo y el alma, después de sublevarlos uno contra otro.

Eso es lo que prueban con toda evidencia el Museo de los Horrores de Nuremberg y el Museo de Cluny de París para quien tenga abiertos los ojos de la inteligencia y la suficiente cultura para ver museos con inteligencia: cosa no siempre segura de todos los Argentinos en París.

¿Y Martita, a todo esto?

A todo esto, Martita, sus padres, sus hermanitos, su alma, su cuerpo y su figura tierna y acusadora, se habían perdido de vista entre la polvareda de la política y discusiones de incultura sublevante.

De conexión en conexión, el aparato de maleducar al pueblo que funciona eficientemente en la Argentina para el provecho del desorden en todas sus formas, había convertido el natural sentimiento del pueblo, indignación y curiosidad, en un revoltillo de pasiones ciegas y en un loquero vivo; en vez de sublimarlo en sentimiento sacro y en gran lección de humanidad y justicia, como hacían aquellos barbaros de la Edad Media.

El presidente Ortiz no intervino a Córdoba. La policía se llamó a mudez. El público se cansó. El juez cerró el sumario y empezaron las vistas. Más de dos años después, el juez condenó a Suárez Zabala a 17 años de cárcel, que, si era culpable, eran pocos, y, si era inocente, eran demasiados. Un año después, el 31 de diciembre de 1942, la Cámara de Apelaciones irritó la sentencia del juez Abales, y puso en libertad a todos los acusados.

Todo el ruido y el escándalo, toda la mentada “conmoción popular en la Republica entera” de los pasquines, desemboca en la confusión y el vacío, como un ataque de histeria, como un baile de San Vito. Cuando lee las grotescas descripciones de la vida política de South-America que hace en sus cuentos el yanqui O’Henry en Cabbaces and Kings, el sudamericano se siente ofendido y calumniado. Pero este caso de Martita Ofelia…

Y, sin embargo, ¡no!… El caso no prueba nada, prueba otras cosas de lo que O’Henry se piensa. Los sudamericanos son bandar-log, gente explosiva, simiesca y falluta, sin controles intelectivos ni cabal estructura social, deshuesados y lúbricos como ebrios, incapaces de convivir en la ley y adaptarse a las instituciones. Eso dicen. En realidad, crean ustedes, señores anglosajones, que hay algo más profundo que eso.

Nos han falsificado nuestras instituciones. Han roto nuestra tradición moral y política, que bien hidalgamente ha funcionado en manos de un Rosas o de un Hernandarias. Nos han impuesto desde afuera instituciones exóticas —incurriendo en el sofisma del “trasplante de constituciones» de que se burla Aristóteles al final de su Ética—, instituciones inadaptadas a nuestras costumbres, nuestra idiosincrasia y nuestras creencias, y que son hijas de otros climas poco ortodoxos.

Tomemos un ejemplo cualquiera: el juez. El viejo juez romano y español fallaba en conciencia delante de Dios y ante el pueblo que lo escuchaba reverente y mudo, hecho imagen de la formidable y eterna Justicia Divina, ante la cual lo acreditaba la severa y pública rectitud de su vida. El juez encargado de condenar el adulterio, no era, desde luego, un adúltero público, divorciado en México. No era preciso que pudiese llevar la evidencia de la prueba tangible al globo de la muchedumbre incapaz y alborotada; bastaba que se hiciese conciencia el mismo.

Justicia debe ser hecha, y ese ataque a la convivencia que es el crimen, debe ser expiado. ¡Tanto peor para él, si se equivoca! Pero el juez cuando falla es como el jefe cuando manda, es infalible por presupuesto. Católicos, sabemos que hay Providencia y que Dios ha puesto al frente de la Iglesia la promesa de un hombre infalible. Por su unión con Dios, un hombre puede ser parado infalible. Ese era el juez antiguo.

El hombre moderno, hijo de la Protesta, no cree más que en el experimento, ignora las certezas morales y metafísicas. Loco por la técnica y emborrachado de falsa democracia, quiere que lo convenzan experimentalmente, con maquinitas, con impresiones digitales, con informes incomprensibles de químicos o bacteriólogos —o bien, psicómetras—, y eso no sólo a unos cuantos, sino a todo el pueblo. ¿Falta el corpus delicti? Imposible de probar el crimen. ¿Y el anima delicti? De manera que, si un protervo es criminal hasta el fin, se libra del castigo; es castigado, si es criminal a medias. Si los malhechores no hubiesen ultimado a Martita, estarían ahora en la cárcel; pero añadieron bastantes crímenes como para escapar al castigo del primer crimen; y la Justicia argentina registra en Martita Ofelia la más flagrante y peligrosa convicción de impotencia. Martita inexpiada vibra y vibrará hórridamente en el corazón del pueblo.

Otro ejemplo. Nuestra gente se había habituado al modo de pensar latino. Se necesitan siglos para un hábito tal. Los siglos allí estaban. Vinieron unos desmadrados —como aquél de quien Carlos Obligado dice: “gran escritor y bárbaro absoluto«—, y por darnos el modo anglosajón, quitaron el latino. El resultado: ahora no tenemos ninguno. No hay estilo de pensar argentino, somos copistas; y a esta hora debería haber un modo de pensar argentino. No digo que no haya argentinos muy inteligentes; más aun, en general, el argentino es inteligente. Pero ya no tiene pensamiento. Nuestros padres próximos pensaban que bastaba atosigarse de Renan o de Bourget, de revistas y libros franceses, para ser cultos. ¡Que ingenuidad fatal! La cultura es una planta: la tenemos sin raíces.

Así como Sarmiento quería vestir de húsar francés a los montoneros del Ejército Grande, el liberalismo vistió de smoking y le puso monóculo al criollo curtido y al gringo recién llegado, y los llevó a jugar al golf. Martin Fierro hace un papel ridículo y yerra tiro a tiro. Pero un día se va a enojar, y revoleando a guisa de rebenque el palo de golf, va a dar una sorpresa a los gentleman de la City o de Wall Street, que lo miran riendo.

Todo, entre nosotros, era de a caballo: desde el poder del Virrey hasta la noble autonomía comunal, sin contar los misioneros. La justicia, el gobierno, la milicia, la religión, eran cosas caballerescas.

Nos dejaron de a pie, con el pretexto de que ellos nos llevarían en auto; y ahora hay cada choque y andamos caminando chuecos.

Es necesario que vuelvan a montar los caballeros.

A setenta y siete años de escritas estas páginas, no sólo no han vuelto a montar los caballeros, sino que la degradación social ha ido aumentando hasta llegar a lo contranatural, y ha irrumpido escandalosamente incluso en el seno de lo eclesiástico; a tal extremo que los males morales y políticos son irremediables, crecerán día a día y la restauración del sentimiento de lo sacro sólo llegará con la Venida de Jesucristo en Gloria y Majestad.

A modo de expiación y reparación por tanto mal, valga el siguiente poema compuesto por el Padre Castellani:

ROMANCE DE MARTITA OFELIA

Martita Stutz, ¿será cierto
que no hay infierno?
Martita Stutz, por lo menos
yo estoy seguro que hay cielo.

¡Hubierais visto la entrada
de Marta Stutz en el cielo!
San Dominguito del Val,
que mataron los hebreos,
Justo y Pastor que mataron
los fachistas de aquel tiempo.
El Santo Niño Pelayo
muerto por los sarracenos.
Santa Inés, muerta de niña
por un lascivo frenético,
y los Santos Inocentes
que por el Niño murieron.
(Cristo a nosotros nos salva,
y a Cristo salvaron ellos),
con los niños bautizados,
que son las flores del séquito,
con las vírgenes intactas,
con las madres que cumplieron,
brincan y gritan y chillan
y con bulla de jilgueros
en torno de un gran soldado
que porta dormido un cuerpo,
entonan el coro antiguo,
inventan un coro nuevo.

“Como una madre bañando
su niñito desnudito,
San Sebastián trae un cuerpo
muerto como un pajarito,
que viva Martita Stutz”.

“San Sebastián pisa fuerte,
como haciendo el ejercicio,
y el cuerpo está recién hecho
por Santa Inés y Tarsicio,
que viva Martita Stutz”.

“El cuerpo está recién hecho
nieve, nácar, rosa y luz.
La niña viene durmiendo
con los bracitos en cruz,
que viva Martita Stutz…”

La Virgen besa sus ojos
para borrar lo que vieron.
El Niño Jesús le pasa
las manitos por el pelo.
Y el Niño Jesús le dice,
del regazo descendiendo:
“—Vamos a jugar, Martita
—tironeándola de un dedo—.
No te avergüences de nada,
que sin querer vos te hicieron”.

Pero Martita no juega
ni en la tierra ni en el cielo:
“—De la tierra en que he nacido
—dice Marta—, me avergüenzo”.
Y se pone de rodillas
entre el coro boquiabierto.

“—Vamos a jugar, Martita
—de noche no más yo rezo—;
ahora es tiempo de jugar,
vamos a jugar primero”.

“—Ahora es tiempo de rezar
por el argentino pueblo,
y los que son para más,
besen la cruz del acero”.
Y se puso de rodillas
Martita Stutz en el cielo.
“—Ruego a Dios, que me ha sacado
de un horror que no me recuerdo,
que no castiguen al monstruo
que vi en el mal sueño, sueño”.

“—Martita, Martita, calla;
Martita, ¡no pidas eso!
Eso es crueldad excesiva,
peor que matarlo a tormentos”.

“—¿Qué pedir al Niño, entonces,
en el primer dulce encuentro?”

“—Pide, Marta, por la tierra
donde reposan tus huesos.
La Conferencia de Lima
con los premios, y los premios,
y los premios literarios
y el progreso y el progreso.
La Avenida, el Obelisco,
la democracia y el crédito.
El libro criollo en París
y el libro francés-porteño.
La prensa mejor del mundo
y el libro barato a un peso.
Las elecciones frecuentes
y los gordos presupuestos.
Mar del Plata, las ruletas,
el Hipódromo, el Congreso,
la plata en poder de pocos
y la Escuela del Gobierno…”

“—¿Y yo qué sé de política?”
—dice Martita sonriendo.

“—Es que con tu vida, Marta,
compramos ese progreso.
Ese progreso epatante,
todo ese progreso inmenso,
con sangre y almas de niños
pagamos ese progreso.
Tú no sabías, Martita,
los avances del progreso.
Tú naciste en esta tierra,
bandera color de cielo.
Te enseñaron qué es la Patria,
que es amor como el paterno.
Te decían en la Escuela
que hay que amar el patrio suelo.
Que Dios mismo lo mandaba,
que es de Dios como un reflejo…
Saliste un día a la calle;
cayó sobre ti el infierno.
Ahora veremos qué dice
la sangre del criollo pueblo.
¡Oh Dios, que no hagan discursos,
que alce un grande y noble gesto!
¡Oh, que limpien los que pueden
la forma de nuestro ensueño!”

“—Mi misión —dice Martita—,
ha de ser rogar por eso”.

“—¡Oh Dios, escucha a Martita
y el grito de todo un pueblo!
¡Que no caiga sobre todos
lo que unos cuantos hicieron!”