Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 13

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 13

TERCER MISTERIO: VIDA DE SACRIFICIO

PRIMERA MEDITACIÓN: Del acto del Sacrificio Eucarístico o de la Santa Misa

Ya lo dijimos, el Sagrado Corazón de Jesús está siempre en estado de sacrificio. Para él, la inmolación consiste en la ofrenda continua que hace de su amor, de sus méritos, de sus acciones, de sus sufrimientos y de su muerte, que no cesa de aplicarnos. Es, por tanto, con razón que el santo cartujo Molina dice que toda la vida del Salvador, su vida figurada en el Antiguo Testamento, su vida mortal después de la Encarnación, su vida sufriente en la Pasión, su vida gloriosa y eucarística en el cielo y en nuestros altares no eran sino una misa permanente, esto es, un sacrificio incesante.

La inmolación fue corporal y sangrienta y no puede serlo sino una sola vez, en el momento en que moría de amor sobre la cruz, pero existió siempre real y mística en el Sagrado Corazón de Jesús el cual es, propiamente hablando, el amor y la inmolación encarnados.

I. Del propio acto de sacrificio

En la vida eucarística del Salvador, era necesario un acto exterior de sacrificio que hiciera sensible lo que pasaba en su Corazón Divino: este acto es el augusto sacrificio de la misa.

Los elementos que constituyen el Santísimo Sacrificio son:

1º la Transubstanciación, esto es, el cambio de la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Jesús y de la sustancia del vino en la de su Sangre;

2° la ofrenda que el Sagrado Corazón de Jesús hace de sí mismo, de su Cuerpo, de su Sangre, de todos sus méritos, de todas sus acciones, de todos sus misterios y de su muerte sobre el Calvario;

3° la sustitución mística que Él hace de nosotros en Él como víctima y como sacerdote;

4° el acto del sacerdote que opera el prodigio de la Transubstanciación y ofrece a Jesucristo a Dios en nombre de la Iglesia y por la Iglesia.

El Santo Sacrificio no es otro sacrificio sino el de la cruz; es su renovación mística y la continuación, excepto la muerte física que no es esencial para una muerte real, porque la esencia del sacrificio consiste, sobre todo, en la oblación del corazón y no degollar la víctima, cuando esta víctima es un ser espiritual; de modo que la muerte de Jesús es renovada, realmente, por la oblación que de Sí hace su Divino Corazón. Por otra parte, todos los misterios de Jesús están representados en el augusto Sacrificio y también todos los estados de la Iglesia.

II. De los primeros elementos del sacrificio

A. El primer elemento del Santísimo Sacrificio, que hace de él una inmolación real, es la Transubstanciación: mysterium fidei, dice el sacerdote en el momento en que consagra; es, de hecho, lo más inexplicable de todos los misterios; el pan y el vino no son aniquilados, como algunos imaginan, pero su sustancia se cambia en sustancia de Cuerpo y de Sangre de Jesucristo y solo quedan las especies o apariencias. Es así que la Carne del Salvador es verdaderamente un alimento y su Sangre verdaderamente una bebida. No podemos entrar aquí en todas las consideraciones de que se ocupa la teología dogmática y vamos a hacer solo una observación: algunos pensarán que no se encontraba presente sobre el altar más que la propia sustancia de Cuerpo y de Sangre de Jesús; pero esto es imposible, dice Santo Tomás, porque la presencia total del Salvador es inseparable e indivisible, de modo que la Humanidad Santa total del Salvador es inseparable e indivisible, de modo que la Humanidad Santa, totalmente unida a la Divinidad, desciende sobre el altar por el misterio de la Transubstanciación. La Transubstanciación renueva místicamente:

el misterio de la Encarnación, porque, por las palabras sacramentales, Jesús entra en su vida eucarística como, por el fiat de María, entró en su vida mortal; pero, los velos eucarísticos representan en vivo la vida escondida de Jesús en Belén y en Nazaret;

el misterio de la muerte de Jesús por la separación del pan y del vino y también por el cambio de sustancia, aunque este cambio se dé en el pan y en el vino, y no en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús;

los misterios de la vida gloriosa, porque el pan y el vino son cambiados en el Cuerpo y en la Sangre, elevados al estado glorioso y la Humanidad santa glorificada reposa sobre nuestros altares y en nuestros corazones por la santa Comunión.

la Comunión de los Santos o la unión de todos los corazones de los hijos de la Iglesia en el Sagrado Corazón de Jesús por la santa Comunión.

los misterios de nuestra vida de acción de gracias y de alegría en el cielo por el estado que sigue a la comunión de las santas especies;

en fin, los misterios de la vida apostólica fueron representados por el ministro sagrado, al leer el Evangelio y al recitar el Credo.

B. El segundo elemento del Santo Sacrificio, que se une inmediatamente a la Transustanciación, es la ofrenda que el Sagrado Corazón de Jesús hace de Sí mismo, de su Cuerpo, de su Sangre, de sus méritos, de sus misterios y, en particular de su muerte.

Esta ofrenda parte sobre todo del Sagrado Corazón de Jesús. Su boca divina no habla, pero es su Corazón, su amor que se ofrece así, del mismo modo que se ofrecía sobre el Calvario. Es la continuación de su vida de amor y de inmolación.

Esta ofrenda se hace a Dios por el Sagrado Corazón de Jesús, a fin de prestarle la mayor gloria posible; y, una vez que el Sagrado Corazón de Jesús está unido al Verbo de Dios, la ofrenda es infinita, tiene un mérito infinito y presta a Dios una gloria y un amor infinitos.

Esta ofrenda se hace por nosotros, para aplicarnos todos los frutos de la inmolación del Sagrado Corazón de Jesús que recibimos, todavía proporcionalmente las disposiciones más o menos perfectas en las cuales nos encontramos. Los frutos del Divino Sacrificio se dividen en tres partes: la de La Iglesia Universal, la de las personas por las cuales ofrecemos el Augusto Sacrificio, la del sacerdote que ofrece. Los sacerdotes consagrados al Sagrado Corazón de Jesús, al celebrar el Santo Sacrificio, tiene siempre la intención de prestar al Sagrado Corazón de Jesús para la mayor gloria y el mayor amor posibles, abandonando todo lo que pueden abandonarle en los frutos del Santo Sacrificio.

Es fácil ver que el Sagrado Corazón de Jesús tiene la mayor parte en el sacrificio de la Misa. Él es el sacerdote, el altar y la víctima. ¡Oh Corazón sacerdotal, como eres digno de amor y de gratitud!

III. De los otros elementos del sacrificio

C. El tercer elemento que se liga también inmediatamente a los otros dos es la sustitución admirable que el Sagrado Corazón de Jesús hace de nosotros en Él.

El Corazón eucarístico de Jesús, en el momento del Santísimo Sacrificio, ve nuestras disposiciones, nuestras oraciones, nuestros deseos, y se coloca en nuestro lugar para pedir a Dios lo que deseamos, si esto fuera verdaderamente útil para el bien de las almas. Él pide, solicita las gracias que imploramos, como si fuese para Él: “Yo vivo, dice, de tal modo, que hablo en vuestro nombre: concédeme para él la humildad, la dulzura”.

Es lo mismo para las acciones de gracias, las reparaciones, las adoraciones y los actos de amor que hacemos; Él los repite, los hace suyo, y les da enseguida un valor infinito.

Es una especie de Transubstanciación que obra, así, el Sagrado Corazón de Jesús; cambia en vino de amor el agua de nuestras disposiciones imperfectas. ¡Ah!¡Qué infelices son aquellos que llevan a la misa solo una atención distraída, deseos mundanos, a veces criminales. Entonces, nada cambia y salen fríos y vacíos del templo donde el Sagrado Corazón de Jesús los esperaba para acumularnos de gracias.

Sin embargo, el pecador arrepentido obtiene siempre la gracia de la contrición, no solamente imperfecta, más también perfecta, como enseña el Concilio de Trento.

No es preciso decir que la oración, la acción de gracias, el acto de amor, de reparación y de adoración que el Sagrado Corazón de Jesús hace en nuestro nombre es siempre aceite para la Majestad divina, no como si todo aquello viniese de nosotros que no somos nada, sino como del propio Corazón de aquel en el cual el Padre coloca todas las complacencias. Ahí está el gran misterio de la mediación, el acto sacerdotal del Sagrado

Corazón de Jesús, por el cual nuestras acciones hechas en estado de gracia, nuestras intenciones y nuestros afectos se vuelven las suyas, según, todavía, el grado de unión que nosotros tenemos con Él.

¡Ah! No llevemos al santísimo Sacrificio sino un solo deseo, el de amar el Sagrado Corazón de Jesús, de inmolarnos por Él, de vivir de su vida y, únicamente por su amor, y estemos seguros de ser siempre y perfectamente atendidos.

D. El cuarto elemento del Sacrificio es la cooperación del sacerdote; si él no dice las palabras sacramentales, si no tiene la intención de celebrar, el sacrificio se vuelve, entonces, imposible. Jesucristo es, sin duda, el verdadero sacerdote, como es la verdadera víctima, pero une de tal modo al sacerdote a su acción sacerdotal, hace de él su cooperador tan necesario que, si este último falla, el mayor y el más fecundo de los misterios no puede tener lugar.

Para completar lo que dice respecto al santo Sacrificio de la misa, digamos una palabra sobre sus ventajas inmensas.

Él obtiene ex opere operato, esto es, por sí mismo, abstracción hecha de los méritos del celebrante, una gloria infinita para Dios y un bien incalculable para la Iglesia. Esta ventaja es tal que todos los méritos de la Santísima Virgen, de los ángeles y de los santos, todo lo que hay de bello y de santo, todo eso, digo, no es nada en comparación con una sola misa.

En cuanto al sacerdote que celebra, a los fieles por los cuales el Sacrificio es aplicado o que a él asisten, si están en estado de gracia, reciben siempre un bien inmenso del Santísimo Sacrificio, y esto ex opere operato; pero cuanto más estuvieran dispuestos, más aptos estarán para aprovechar estas gracias, cuya medida les es dada, por consiguiente, ex opere operantis. Quien estuviese perfectamente dispuesto, recibiría toda la eficacia del Sacrificio y por la audición o celebración de una sola misa, alcanzaría gracias tales que ninguna inteligencia finita sabría calcular. Nosotros tenemos un medio muy propio para entrar en estas disposiciones: el deseo sincero y eficaz de prestar al Sagrado Corazón de Jesús por la Santa Misa la mayor gloria y el mayor amor que Él pueda recibir.

Resolución.- El espíritu de la misa debe ser el de toda mi vida. Debo imbuirme de él cada mañana, tan fuertemente que mi día esté todo impregnado por él. Unirme a las disposiciones del Corazón de Jesús en la Eucaristía, como la gota de agua se une al vino del Sacrificio.