Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Y llegándose Jesús a sus discípulos les habló, diciendo: Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo.

Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo. La historia de la humanidad tiene a Cristo como centro.

Pero no podemos concebir ni a Cristo, ni nuestra unión sobrenatural con Dios, si el camino de ascensión a las alturas no estuviese iluminado por el sol de la Santísima Trinidad… Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo…

En líneas generales, los cristianos de hoy en día poco se preocupan de la Santísima Trinidad. Lo peor de todo, es el hecho doloroso de que la Santísima Trinidad nada significa prácticamente en la vida de muchísimos cristianos.

¿El Padre?… ¿Pero quién se interesa en el Padre Eterno? Su existencia, ¿repercute en algo en la conciencia de muchos pretendidos creyentes?…

¿Y tiene mejor acogida el Espíritu Santo?

Y, sin embargo, la Santísima Trinidad es lo Único necesario, el Valor Supremo, que fija cada cosa en el lugar que le corresponde dentro del universo. Y lo que se pone en juego en toda vida humana es la Santísima Trinidad, alcanzada o perdida para siempre, por la salvación o por la condenación eternas.

La historia del mundo es un drama de redención; para unos se acabará todo con la visión de Dios, para otros con una desesperación eterna.

El mensaje de Jesucristo cambió la faz del mundo. En adelante, todas las generaciones de creyentes, que quieran adorar al Padre en espíritu y en verdad, se prosternarán ante la faz de la Trinidad.

¡Cómo cambiaría todo si esta verdad iluminase y guiase la vida de los hombres!

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¿Qué conocemos de este augusto misterio? El Símbolo de San Atanasio lo expone brevemente:

La fe católica es ésta, que veneremos un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad.

No confundiendo las personas, ni separando la substancia.

Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero una es la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Así como en nombre de la verdad cristiana estamos obligados a reconocer singularmente a cada persona como Dios y Señor, así, en nombre de la religión católica, se nos prohíbe hablar de tres dioses o señores.

El Padre no ha sido hecho, ni creado, ni engendrado por nadie.

El Hijo es sólo del Padre, pero no es hecho, ni creado por Él, sino engendrado.

El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, pero no hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede de Ellos.

De modo que se ha de venerar la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad.

Quien quiere, pues, salvarse, es menester que crea esto de la Trinidad.

Este símbolo, la fórmula más simple, sublime y devota del Cristianismo, enuncia límpidamente los términos de nuestro misterio: en Dios hay tres Personas en una sola Naturaleza.

En la enunciación del misterio de la Trinidad:

— No se dice que en Dios hay tres Personas, y que estas tres Personas son una sola Persona.

— No se dice que hay tres Naturalezas que constituyen una sola Naturaleza.

Esto involucraría una contradicción: el misterio enseñaría la identidad del uno y del tres…

¡No!; el misterio afirma solamente que en Dios hay una sola Naturaleza en tres Personas: la Naturaleza es una; las Personas son tres.

Esto mismo sucede con los hombres, en los que se distingue la identidad de la naturaleza humana en la multiplicidad de las personas. Nótese, sin embargo, una diferencia enorme:

— En nosotros, la naturaleza humana está multiplicada en las varias personas.

— En cambio, en Dios, la Naturaleza divina es única, aun cuando es poseída por las tres Personas divinas.

Por esto:

— Las personas humanas se hallan separadas entre sí, y pueden ser numeradas; de modo que podemos decir dos, tres, cuatro hombres; cada uno es una substancia separada.

— En cambio, las Personas divinas no son tres Dioses, sino un solo Dios, precisamente porque les es común la misma, idéntica e indivisible Naturaleza divina, son consubstanciales.

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¿Cómo puede concebirse una naturaleza única poseída por tres personas?

No debemos esperar que la mente humana pueda comprender y explicar la Divinidad, porque lo finito no puede agotar lo infinito; y es claro que en Dios tiene que haber misterios para nuestra razón.

La contradicción y el absurdo no pueden existir ni en Dios ni en los seres; pero el misterio, o sea la obscuridad, es demasiado evidente que existe para nuestra pequeña inteligencia.

Dios es el Ser infinito por esencia; y nosotros, cuando hablamos de Dios o expresamos los misterios de su vida íntima, disgregamos necesariamente lo que en sí se halla unido; y formulamos varias proposiciones como, por ejemplo: “En Dios hay una sola naturaleza”. “En Dios hay tres Personas”. “El Padre engendra al Hijo”. “Del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo”.

Sin embargo, sin tener la necia pretensión de comprender y explicar la Trinidad, podemos tener una pálida idea de la única naturaleza, poseída por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo, de manera que las tres divinas Personas sean distintas, pero no separadas entre sí, y, aun siendo Dios cada una de ellas, no sean tres dioses, sino un solo Dios.

Desde San Agustín hasta Santo Tomás, siempre se ha buscado un reflejo de la Santísima Trinidad en el alma humana, ya que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.

Dios —así discurren los teólogos— es un espíritu. De donde, su primer acto es el pensamiento.

Pero, a diferencia del pensamiento de los seres finitos, que es múltiple, accidental, imperfecto, y que, por lo mismo, nace y muere a cada instante, en Dios —cuya actividad es infinita, perfecta y eterna— el espíritu engendra desde toda la eternidad un pensamiento igual a Él mismo, que lo representa todo entero, sin que necesite un segundo pensamiento, puesto que el primero ya ha agotado el abismo de las cosas cognoscibles, equivale a decir, el abismo de lo infinito.

Este pensamiento único y absoluto, primero y último nacido del espíritu de Dios, permanece eternamente en su presencia como una representación exacta de sí mismo, como su imagen, el esplendor de su gloria y la figura de su substancia.

Él es su palabra, su verbo interior, como nuestro pensamiento es nuestra palabra y nuestro verbo interior. Pero, a diferencia del nuestro, es el Verbo perfecto y dice todo a Dios en una sola palabra, lo dice siempre sin repetirse nunca.

He ahí al Padre y al Hijo en la naturaleza divina; he ahí el significado de las palabras: el Hijo es engendrado por el Padre; es su pensamiento eterno, consubstancial. He ahí la unidad en la distinción, y la distinción en la unidad. He ahí las dos primeras Personas.

Mas esto no basta. Tampoco en nosotros la generación del pensamiento es el término en que se detiene nuestra vida espiritual. Cuando hemos pensado, se produce en nosotros un segundo acto: el amor, que nos arrastra, nos empuja hacia el objeto conocido; y en nosotros el amor, aun siendo distinto del espíritu y del pensamiento, procede, sin embargo, de entrambos y forma una sola cosa con ellos.

Es lo que acontece en Dios. Del mutuo amor entre el Padre y el Hijo resulta el Amor; y este amor infinito, perfecto, substancial entre el Padre y el Hijo, se llama el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es distinto de Ellos, y, sin embargo, es un solo Dios con Ellos.

Las Personas en Dios no son otra cosa que las relaciones subsistentes mutuas entre el Padre, su Pensamiento y su Amor.

Por consiguiente, no sólo el Padre, sino también el Hijo es Dios; porque el Pensamiento de Dios se identifica con Dios; y lo mismo debe decirse del Espíritu Santo; porque el Amor eterno de Dios es Dios mismo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios.

Se entiende, por lo demás, que el Padre que engendra, no es el Hijo engendrado; ni el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, como de único principio.

Engendrar, ser engendrado y proceder por vía de amor, son tres propiedades diferentes y no confundibles.

Pero, dejando aparte estas propiedades y relaciones, todo es común a las tres Personas: la naturaleza divina y, por consiguiente, la inteligencia, la voluntad, la potencia, la majestad y las operaciones al exterior de su vida íntima, tanto en el mundo de la materia, como en el mundo del alma.

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Dios es Padre. De su propia substancia engendra eternamente un Hijo igual a Sí mismo, su Imagen viviente, la expresión de Sí mismo, el reflejo de su Ser y de sus perfecciones infinitas.

El Padre es Fuente, ésta es su nota característica; es la Fuente suprema de todo lo que existe dentro de la Trinidad como de lo que existe fuera de ella. Todo procede de Él. Él es el Manantial del Hijo por vía de generación intelectual. Él es, con el Hijo, el Manantial del Espíritu Santo por vía de amor. Él es la Fuente creadora de todos los seres del universo, el Manantial divinizador de todos los elegidos, predestinados a la visión de su Faz.

Dios es Hijo. No sale de la nada; procede del Padre en la identidad de naturaleza. Le es consubstancial, igual en todas las cosas, en Divinidad, en Omnipotencia, en Omnipresencia, en inmutable Eternidad.

Dios es Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo como una llama eterna. Él los abrasa de amor, el uno para el otro, en una inefable unidad. Él es el Don mutuo de las Personas divinas, el Don supremo que trae a nuestras almas la Presencia del Padre y del Hijo, la habitación de toda la Santísima Trinidad. Él es el Autor de todas las maravillas de la gracia en la que se manifiesta el Amor.

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Dios es Trinidad y Unidad. Trinidad que no rompe la Unidad, Unidad que se dilata en Trinidad, en la Igualdad absoluta de una misma coexistencia eterna. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen la misma naturaleza divina, las mismas perfecciones infinitas.

Excepto la distinción de origen, todo se identifica entre Ellas, en el orden del Ser, del Pensamiento, del Querer, de la Acción, de todos los atributos divinos entitativos, operativos y morales. La misma Existencia, el mismo Poder, la misma Santidad. Un mismo Dios en Tres Personas, una sola Voluntad, una misma Vida inmutable, una misma Actividad creadora y divinizadora, una misma Gloria en el interior de la Trinidad y en su soberano dominio sobre el universo.

El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu Santo, el Espíritu se distingue del Padre y del Hijo; pero el Padre no es más que el Hijo, ni el Hijo más que el Espíritu Santo, ni toda la Trinidad más que cada una de las Tres divinas Personas.

Allí donde actúa el Padre, allí opera el Hijo y el Espíritu Santo. Allí donde se halla el Padre, allí se oculta el Hijo, todo el Hijo en el Padre, todo el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

Viven de una misma Luz, de un mismo Amor, gozan de una misma beatitud en la contemplación de su propia Belleza eterna, en la posesión de una misma Divinidad a Tres.

El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo.

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Tal es, brevemente expuesto, el dogma de la Santísima Trinidad. Si se prescinde de él, no se entiende nada en el orden sobrenatural.

¿Cómo enunciar, por ejemplo, el dogma de la Encarnación, prescindiendo de la Trinidad?

¿Cómo se puede describir Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, sin una noción de la Trinidad?

Pero hay más. La vida cristiana es inconcebible sin la Trinidad; y cuanto más sobrenaturalmente vivamos, tanto más comprenderemos lo que significa que Dios es Padre, es Hijo, es Espíritu Santo.

Cuando el cristiano piensa en Dios Padre, no puede olvidar que el Padre es aquél “del cual depende toda paternidad en el cielo y en la tierra”, como dice San Pablo.

Dios Padre ha comunicado su vida divina al Hijo, desde toda la eternidad; y en el tiempo, nos la comunica también a nosotros, hijos suyos adoptivos, mientras nos eleva al estado sobrenatural.

Por ello, cuando oramos “Padre nuestro, que estás en los cielos”, con la palabra Padre, recordamos ciertamente a la primera Persona de la Trinidad, pero también toda nuestra vida sobrenatural. Por lo tanto, el que descuida al Padre, descuida por lo mismo su divinización, o sea, su verdadera grandeza.

Cuando el cristiano piensa en Dios Hijo, no puede menos que conmoverse. La vida divina, que deriva del Padre al Hijo, pasa del Hijo a la humanidad que Él unió personalmente en la Encarnación; y del Hombre-Dios se vuelca en las almas en gracia.

No había nada más conveniente que para otorgarnos el don de convertirnos en hijos adoptivos del Padre, se encarnase el Hijo Natural de Dios; el cual, de este modo, como lo observa San Pablo, se convirtió en “el primogénito entre muchos hermanos”.

Los que nunca piensan en la Santísima Trinidad, no pueden vivir sobrenaturalmente; porque no se puede concebir la vida sobrenatural de la gracia, si se olvida al autor de la misma gracia, y al único Mediador entre Dios y el hombre.

Finalmente, el verdadero cristiano no puede menos que pensar en el Espíritu Santo, en el Amor substancial entre el Padre y el Hijo.

Si somos hijos de Dios por los méritos de Jesucristo, también nosotros estamos unidos al Padre y lo amamos. Pero el nuestro es y no puede ser más que un amor natural. Por eso nos une a Dios el amor sobrenatural, que nos es infundido por el Espíritu Santo.

Es Él el que obra en nuestras almas por medio de la gracia, con la caridad, con sus virtudes y con sus dones. El Espíritu Santo es el huésped divino del alma justa.

Y cuando amamos sobrenaturalmente a nuestro prójimo, ¿qué otra cosa hacemos sino tomar a la Santísima Trinidad por modelo? Como las tres Personas de la Trinidad son un solo Dios, así todas las personas verdaderamente cristianas deben ser una sola cosa y un solo corazón.

El mismo Jesucristo ha desarrollado este pensamiento en el discurso de la Última Cena, y oró de esta manera: “que ellos sean una sola cosa, como yo y Tú, Padre, somos uno”.

Plenamente de acuerdo, en su consejo eterno, las Tres divinas Personas han decidido asociamos a su vida íntima para que seamos consumados en Ellos en la unidad.

Así el más inescrutable de los misterios se ha convertido para nosotros en el más familiar, el más caro a nuestras almas. Nuestra vida espiritual no es más que una extensión de la vida de la Trinidad.

Ahí está la Trinidad invitándonos a vivir juntos su amistad. La Trinidad en nosotros y nosotros en la Trinidad, en una vida de unión.

Tal es el secreto de nuestro destino divino y ya, por anticipado, de nuestra felicidad acá abajo.

Dios ha creado el universo de los cuerpos y de los espíritus y ha enviado su Hijo al mundo con el fin de hacer de nosotros hijos de la Trinidad, a imagen del Verbo, bajo el impulso de un mismo Amor.

Cristo es el camino; la Trinidad, el término.

A través de la historia del mundo, la Trinidad conduce a la Trinidad.

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Este título de hijo de Dios es la llave de nuestra vida espiritual. Todo cristiano está llamado a vivir en la intimidad del Padre, en la luz del Verbo, animado en sus menores acciones por un mismo Espíritu de amor.

Nada más fecundo para la vida cristiana; nada más esencial, por último, para nuestras oraciones.

La oración de la Iglesia, la Liturgia Sagrada, es un reclamo continuo de la Trinidad.

Hacemos la Señal de la Cruz y decimos: “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Cantamos el Gloria in excelsis o el Te Deum: y alabamos, adoramos, agradecemos y suplicamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Recitamos el Credo: y proclamamos nuestra creencia en Dios Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo.

Rezamos el Pater Noster: y, si lo decimos bien, necesariamente debemos pensar en la Trinidad.

Ha nacido un niño. Se lo conduce a la fuente sagrada y se lo bautiza en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Cuando el Obispo impone sus manos sobre el confirmando en la Confirmación, es la tercera Persona de la Trinidad que se invoca y el nuevo soldado de Cristo es signado con la señal de la Cruz, es confirmado con el Crisma de la salud, pero siempre en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La Misa es otra continua invocación de la Trinidad. A la Santísima Trinidad es ofrecido el Sacrificio, la Hostia pura, santa e inmaculada, el Pan santo de la vida eterna y el Cáliz de la perpetua salvación.

Si nos presentamos al tribunal de la Penitencia, el ministro de Dios nos absuelve en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El Orden constituye al que lo recibe ministro de Dios, uno y trino; en el Matrimonio, es la Trinidad que bendice y sella el juramento de los esposos; y hasta en el lecho de la muerte, después de la Extrema Unción, el sacerdote recomienda el alma que se halla próxima a partir de este mundo, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Qué más? Todo himno de la Iglesia, termina cantando: “Sea gloria a Dios Padre, a su único Hijo y al Espíritu Paráclito por todos los siglos de los siglos”. Todas las oraciones del Breviario y del Misal imploran gracias “por la intercesión de Nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina en los siglos de los siglos”. Millares de veces, tanto en las preces de la Liturgia, como en las privadas, cantamos: “¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo! —Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto“.

Y el Prefacio de la Santísima Trinidad reúne toda la doctrina sobre este misterio, al mismo tiempo que la rinde la debida alabanza:

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar, oh Señor santo, Padre todopoderoso y eterno Dios. Quien, con tu Hijo unigénito y el Espíritu Santo, eres un solo Dios, eres un solo Señor: no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia. Porque cuanto creemos, por habérnoslo Tú revelado, acerca de tu gloria, lo creemos igualmente de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que, al reconocer una sola verdadera y eterna Divinidad, sea también adorada la propiedad en las personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la majestad. A la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y los Serafines, que no cesan de cantar diariamente, diciendo a coro: Santo, Santo, Santo…

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¡Y quizás nuestro corazón no tiene ni siquiera un saludo o una palpitación de amor para la Trinidad! La misma Señal de la Cruz y el mismo Gloria Patri los mascullamos y los destrozamos distraída e ignominiosamente…

¡Ay! Nos interesamos en tantas cosas, quizás hasta de la política y del deporte; pero ignoramos “los misterios principales de nuestra santa fe”; o, si los sabemos de memoria, los repetimos como loros.

A menudo, el que contempla el mar, siente una fuerza misteriosa que lo subyuga: es la voz de las olas. El ojo forcejea por lanzar la mirada más adelante; pero inútilmente quiere dominar, en vano busca el término de las aguas, que se extienden en lontananza, y dan la sensación del infinito. Es lo que sucede en el misterio de la Trinidad.

Dios nos toma y nos conduce frente al océano de su Esencia, grande, inmensa, infinita. Pensamos abarcarla con la ávida mirada de la frágil razón humana; pero sentimos la nada de nuestra inteligencia y la vanidad de nuestra soberbia….

Ante el misterioso mar del Dios, Uno y Trino, adoremos en recogimiento y cantemos Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo…