Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE PENTECOSTÉS

 

FIESTA DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras. Y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Estas cosas os he hablado, estando con vosotros, y el Consolador, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas; y os recordará todo aquello que yo os hubiere dicho. La paz os dejo: mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Ya habéis oído que os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amaseis, os gozaríais ciertamente, porque voy al Padre: porque el Padre es mayor que yo. Y ahora os lo he dicho antes que sea, para que lo creáis cuando fuere hecho. Ya no hablaré con vosotros muchas cosas, porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y cómo me dio el mandamiento el Padre, así hago.

Después de la Ascensión del Salvador, San Pedro y sus compañeros volvieron al Cenáculo meditando en las últimas palabras de Jesús. Motivos sobrados se presentaban a su espíritu para desalentarse.

¿Cómo podrían ellos, hombres sin letras, desprovistos de ciencia, de dinero, de prestigio, predicar el Evangelio en toda la tierra, presentar a la adoración de judíos y paganos aquella Cruz en que su Maestro acababa de expirar? ¿No era esto tentar lo imposible y no era preferible volver a sus redes?

La humana prudencia les aconsejaba, evidentemente, volver a tomar el camino de Galilea; pero tenían confianza en Jesús y en el Espíritu que, según su promesa, debía enseñarles todas las cosas.

Se encerraron, pues, en el Cenáculo y se pusieron a orar con la Santísima Virgen María, la Madre de Jesús, los Discípulos y las Santas Mujeres, esperando la visita del Espíritu Santo.

San Pedro comenzó por cumplir un primer deber de su cargo, y se procedió a la elección del que reemplazaría a Judas. La suerte, dirigida por la mano de Dios, designó a San Matías, quien fue inmediatamente agregado a los Apóstoles.

Llegó, por fin, el gran día de Pentecostés, en el que los Israelitas celebraban la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Multitud de judíos y prosélitos venidos de todas las regiones de la tierra, llenaban la ciudad santa. Jesús escogió aquel día para manifestar su Iglesia a las naciones e inaugurar la Nueva Ley.

Hacia las nueve de la mañana, mientras las ciento veinte personas reunidas en el Cenáculo oraban con la Virgen María, de repente, un gran ruido semejante al de un viento impetuoso, llenó toda la sala; luego, aparecieron lenguas de fuego que, semejantes a lucientes llamas, se posaron sobre cada uno de los presentes.

Bajo aquel emblema de fuego, el Espíritu Santo venía a comunicarles todos los dones celestiales: la inteligencia, para interpretar las Escrituras; la fortaleza, para luchar con sus enemigos; el don de lenguas, para enseñar a todos los pueblos.

Transformados en un instante por aquella efusión milagrosa de la gracia, los Apóstoles comenzaron inmediatamente a manifestar, en diversas lenguas, los pensamientos que el Espíritu divino les sugería. Pronto se encontraron rodeados de una inmensa multitud que les escuchaba con verdadero estupor.

Nadie podía explicar aquel misterio, cuando ciertos judíos mal intencionados clamaron: “Nada hay de maravilloso en todo esto; son hombres que se agitan y aturden bajo la acción del vino”.

San Pedro aprovechó este insulto estúpido y grosero para instruir a la multitud: “Lo que veis ha sido predicho por el Profeta Joel”; y prosiguió con un magnífico sermón.

El inmenso auditorio estaba profundamente conmovido. Se leía en los semblantes el dolor que penetraba las almas. De todos lados se oían gritos: “Hermanos, ¿qué debemos hacer, pues?”

Haced penitencia, respondió Pedro, y que cada uno reciba el bautismo. Obtendréis el perdón de vuestros pecados y los dones del Espíritu Santo, como se os ha prometido, a vosotros, a vuestros hijos, a los extranjeros, a todos los que Dios se digna llamar hacia Él.

San Pedro continuó largo rato manifestando las pruebas que certificaban la misión de Jesús, exhortando a sus oyentes a apartarse de los perversos; y tres mil hombres escucharon al Apóstol y recibieron el bautismo. La Iglesia de Jerusalén estaba fundada y millares de voces iban a anunciar a todas las naciones el nombre de Jesús.

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Algunos días después, la curación de un paralítico impresionó vivamente a la multitud; de manera que cuando San Pedro y San Juan, acompañados del cojo curado, se dirigieron al pórtico de Salomón, millares de hombres les salieron al encuentro. San Pedro aprovechó aquel gran concurso para predicar nuevamente el nombre de Jesús.

El auditorio, aterrado, parecía implorar gracia. San Pedro mostró enseguida que Jesús era el gran Profeta anunciado por Moisés; Aquél en quien debían ser bendecidas todas las naciones de la tierra; y cinco mil hombres movidos, por la palabra apostólica, se convirtieron al Señor Jesús.

El número de los creyentes aumentaba en proporciones considerables, y la fe en el poder de los Apóstoles se hacía tan general que los enfermos y achacosos eran llevados en camillas, desde los campos y ciudades, a las plazas públicas a fin de que San Pedro, al pasar, siquiera les cubriese con su sombra y así los librase de sus enfermedades.

Jesús, Crucificado y Resucitado, estaba triunfante: en unos cuantos días millares de hombres se habían enrolado bajo su estandarte; Jerusalén servía de centro a su Reino.

Los judíos veían perfectamente que la obra era divina; no obstante, resolvieron, contra la opinión del sabio Gamaliel, no solamente impedir sus avances, sino anonadarla por completo dando muerte a los Apóstoles como habían hecho con el Maestro.

A sus propias expensas aprenderían lo que debe esperar un pueblo que combate contra su Dios.

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A luz de este resumidísimo compendio, comprendamos que la solemnidad de Pentecostés contiene los más ricos tesoros de luz y de gracia. Nos revela la teología más elevada, la más sublime, y nos muestra hasta qué punto agradó a Dios elevar a su criatura al orden sobrenatural.

Que otros erijan altares a la razón divinizada del hombre; celebren ellos a su antojo los atributos y los derechos soberanos de la humanidad; nosotros decimos que la revelación divina ha colocado al hombre en un trono de gloria muy superior a todas las glorias de su condición natural.

Vayamos al origen de las cosas.

El Todopoderoso, después de haber preparado durante los seis días de la creación esta magnífica morada para una criatura privilegiada, finalmente había amasado con sus manos el limo que formaría el cuerpo del hombre. Inclinado sobre esta estatua inanimada, nos dice la Escritura, sopló en su rostro un soplo de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente.

Ya, en los días anteriores, la vida había hecho su aparición en la tierra, y Dios había introducido seres animados en el escenario de la creación. Pero esta vida, vegetativa, sensitiva, menos noble, menos elevada, Dios la había sacado de la nada con un simple mandato.

Cuando se trata del hombre, es el propio aliento de Dios lo que despertará la vida en él; no sólo la vida vegetativa y animal, no sólo la vida de la razón, de la inteligencia, de la mente, del corazón, como puede existir en el estado de naturaleza simple, sino es algo más…

Esta alma, que es la forma sustancial del cuerpo y que le comunica la vida, es en sí misma un alma viviente; y la vida que la operación divina acaba de verter en ella es una vida superior y trascendente, una vida sobrenatural y divina, es la vida de la gracia y de la gloria.

Al inspirar en su rostro el aliento de vida, el Espíritu Santo, que es el aliento de Dios, había pasado al alma del hombre; había sido, desde el principio, una segunda creación, superior a la primera; un segundo y más admirable estado de la condición humana: Emitte Spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terræ… Emite tu Espíritu y serán creadas todas las cosas, y renovarás la faz de la tierra…

Desde ese primer día Dios había comunicado al hombre su propio Espíritu. Pero el hombre no supo retener el Espíritu de Dios en él; lo echó de su alma por el pecado; e inmediatamente, con la segunda creación desvaneciéndose, la misma primera creación fue profundamente afectada y herida, y la faz de la tierra fue desorientada. El mal era tan grande que parecía irremediable.

Y aunque inmediatamente había proporcionado al hombre caído los medios para reconquistar el Espíritu de vida, la Escritura nos enseña que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, y que, en su profundo sentimiento de dolor, al ver sus designios engañados, se decía a sí mismo: “Mi Espíritu no permanecerá en el hombre, porque el hombre es carne”.

Ahora bien, dada esta incompatibilidad entre el Dios espíritu y la criatura carne, como el amor de Dios quiso triunfar sobre estas dificultades, llevó a cabo una obra magnífica, admirable…, sola digna de Dios…

Siendo el hombre, que era carne, incapaz de ascender a Dios, que es espíritu, será Dios mismo en la persona del Verbo, el que descenderá al hombre, haciéndose carne: Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis… Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…

Y después de haber realizado en la tierra su obra de redención, después de haberla consumado en la Cruz, habiendo salido glorioso del sepulcro y subido a su Padre, nos envía de nuevo, desde el Cielo, su Espíritu.

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Y este es el cambio más grande que jamás se ha realizado en el mundo: Emitte Spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terræ… Envía tu Espíritu, habrá una segunda creación, y renovarás la faz de la tierra.

Es el misterio del día de Pentecostés; como fruto de la Encarnación y de la Redención, el Espíritu de Dios fue dado a la tierra.

El Verbo divino, mediante una insuflación aún más poderosa que la del primer día, ya había comunicado el Espíritu Santo a la persona de sus Apóstoles: Insufflavit et dixit eis: Accipite Spiritum sanctum. Pero tenía que haber un descenso más solemne y más general del Espíritu Santo sobre la tierra.

Y tuvo lugar el día de Pentecostés. Desde ese día, la presencia del Espíritu Santo en las almas y en las sociedades humanas, es para la faz de la tierra una segunda creación y una verdadera renovación…, et renovabis faciem terræ

Para las almas es una segunda creación. Jesucristo lo dijo desde el comienzo de su misión docente: Oportet vos nasci denuo: Debes nacer por segunda vez, dijo a Nicodemo…; si no renacieras del agua y del Espíritu Santo, no puedes entrar en el Reino de Dios…

La entrada al reino espiritual de Dios es con la condición de renacer del agua y del Espíritu Santo. En el bautismo, es el Espíritu Santo, por medio de la virtud de la Sangre de Jesucristo, quien opera a través del agua; y esta operación no es material y carnal, sino espiritual y sobrenatural.

El hombre, una vez introducido en este reino de Dios, es superior a la naturaleza; entra en un orden que sobrepasa el de la primera creación. Hay menos distancia entre la nada y el ser, hay menos distancia entre el ser animado y el ser razonable, que entre el hombre natural y el cristiano.

Un átomo de gracia es más grande que todas las riquezas de la naturaleza. Lo que hay de menor en el elemento divino es más hermoso que todo lo que es superior en las facultades humanas.

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Entonces, como nos advierte el Apóstol, “no contristemos al Espíritu Santo, no apaguemos el Espíritu Santo”: Nolite contristare Spiritum. Spiritum nolite extinguere.

Debilitamos, entristecemos, desterramos al Espíritu Santo, cuando perdemos la gracia; lo apagamos sin recurso, cuando perdemos la fe. No queda entonces más que la naturaleza debilitada, la razón herida y la libertad atenuada, por el divorcio violento que ellas sufren respecto de la divinidad.

¿Cómo? ¿No basta la razón? Preguntan algunos.

Y respondemos: ¿Se puede estar seguro de ser razonable, si no se es cristiano?

Escuchemos a San Atanasio: ¿Cómo serían razonables los que prohíben a la razón conocer al Verbo, que es la razón de Dios? Cuando Dios habla, ¿es razonable no obedecerle?

De todos modos, dicen algunos, no soy ateo, no soy materialista; hago profesión de espiritualista.

Que escuchen a San Hilario: Nemo espiritualis, nisi qui regitur a Spiritu Sancto… Nadie es un hombre espiritual, a menos que esté gobernado por el Espíritu Santo.

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En cuanto a nosotros, dice el Apóstol, tenemos el sentido de Cristo, el sentido cristiano. Este sentido sobrenatural nos ha sido dado “para que conozcamos al Dios verdadero, y seamos establecidos en su verdadero Hijo”.

“Si alguien no tiene el espíritu de Cristo, no tiene el espíritu de Dios”: Si quis autem spiritum Christi non habet, hic non est ejus.

“Los que están bajo la acción de Dios, estos son hijos de Dios”: Quicumque enim Dei aguntur, ii sunt filii Dei.

Envía tu Espíritu, Señor, y será una segunda creación, y renovarás la faz de la tierra.

Esto se debe a que la misión del Espíritu Santo, no sólo pretende modificar y perfeccionar las almas, sino también renovar y perfeccionar la tierra, es decir, los pueblos, las sociedades.

El cristianismo ha transformado la faz del mundo con la nueva civilización con la que lo ha enriquecido.

Y lo que ahora existe para nosotros, en el estado de demostración adquirida, es la necesidad de la permanencia del Espíritu de Dios en las sociedades.

Nuestros países han visto con sus ojos lo que pasa con los pueblos cuando el espíritu del hombre exilia, expulsa, el espíritu de Dios…; y sus consecuencias siguen a la vista…; y mucho peor es lo que está previsto para el final…

¿Qué sería del mundo, si la Iglesia no mantuviera allí el Espíritu de Dios?

Pero Ella mantendrá este Espíritu sólo con la condición de luchar contra el espíritu contrario.

Lo que se ha anunciado a su divino Esposo, es su propia historia: Dominare in medio inimicorum. Siempre reina, siempre debilitada, su papel aquí abajo es militante.

Más de una vez habrá parecido derrotada. En los últimos días, su reinado exterior parecerá estar menguando. Los profetas le han anunciado que pelearán contra ella, y no prevalecerán (Jer. I: 19).

Pero el Profeta de los últimos tiempos habla otro idioma: Datum est bestiæ bellum facere cum sanctis et vincere eos: A la bestia le fue dado hacer guerra contra los santos y vencerlos…

Pero esta victoria de la Bestia, en el último momento, será el preludio de una derrota inminente y de su ruina final. Lo hemos contemplado los Domingos Cuarto y Quinto de Pascua.

Los que estén forzados a ver el triunfo del mal, nunca lo aclamen; nunca digan al mal: tú eres el bien; jamás declaren a la decadencia, tú eres el progreso; de ninguna manera alaben a la noche diciéndole, tú eres la luz; en ningún tiempo afirmen de la muerte, tú eres la vida.

Jamás de los jamases acepten esa sociedad de la mentira, del mal, de la fealdad, de las tinieblas, de la muerte…

Santifiquémonos en los tiempos en que Dios nos ha puesto; gimamos por los males y desórdenes que Dios tolera, opongámosle la energía de nuestras obras y esfuerzos, una vida pura de errores, libre de malas prácticas, para que, después de haber vivido aquí abajo unidos al Espíritu del Señor, seamos admitidos a ser uno con Él por los siglos de los siglos: Qui adhæret Domino unus spiritus est. Amén.