Padre Juan Carlos Ceriani: QUINTO DOMINGO DE PASCUA

 

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Llegamos al Quinto Domingo de Pascua, y con él a la última prédica sobre el Libro del Apocalipsis.

Espero que haya quedado claro que mi propósito ha sido mostrar que el Apocalipsis, lejos de ser un libro aterrador, ofrece una literatura consoladora, que confirma nuestra Esperanza en la Fe y la Caridad.

Para terminar, contemplaremos hoy el exterminio de las dos Bestias y de los enemigos de Jesucristo, el encadenamiento de Satanás en el abismo, el reino de mil años de Cristo y de los elegidos y el Juicio Final.

Repetimos, una vez más, que esto sólo bastaría para infundir confianza, robustecer nuestra esperanza y animarnos en el combate que debemos sostener en la Inhóspita Trinchera.

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Asistamos en primer lugar al Exterminio de las dos Bestias.

Después de la caída de Babilonia, San Juan da un paso más para describirnos el exterminio de las Bestias y de sus aliados.

Jesucristo en persona se reserva el exterminio de los anticristos. Reaparece triunfante sobre la tierra para dar la batalla definitiva contra todos los anticristos que se oponen al reino de Dios.

Jesucristo aparece como un caballero sobre un caballo blanco, al frente de su ejército. Al otro lado se presenta la Bestia con el Pseudoprofeta y los reyes que los siguen.

La Bestia y el Pseudoprofeta son capturados y lanzados al lago de fuego, mientras que todos los demás son muertos con la espada del Rey de reyes:

Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que montaba es el que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia. Sus ojos son llama de fuego, y en su cabeza lleva muchas diademas, y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino Él mismo. Viste un manto empapado de sangre, y su Nombre es: el Verbo de Dios. Le siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, y vestidos de finísimo lino blanco y puro. De su boca sale una espada aguda, para que hiera con ella a las naciones. Es Él quien las regirá con cetro de hierro; es Él quien pisa el lagar del vino de la furiosa ira de Dios el Todopoderoso. En su manto y sobre su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores.

El Jinete viene del Cielo a combatir al Dragón infernal que procedía del abismo.

Se le dan los nombres de Fiel y Veraz, porque efectivamente Él cumple siempre las promesas que ha hecho a sus fieles servidores; y ahora se dispone a ejecutar lo que tantas veces prometió: va a juzgar con justicia y a hacer la guerra también con justicia, para aplastar al impío y hacer desaparecer la iniquidad de la tierra.

Los fieles servidores de Cristo no quedarán defraudados en sus esperanzas. Todos los que han sufrido por Cristo serán recompensados, pues el Señor nunca deja incumplida su palabra.

Como Rey de reyes, lleva ceñidas a la cabeza muchas coronas.

El Dragón tenía siete diademas sobre siete cabezas, y la Bestia llevaba diez coronas sobre diez cuernos; pero Jesucristo lleva muchas más que sus antagonistas, como dominador que es de todos los pueblos.

Tiene también un nombre escrito, que nadie conoce, porque, siendo divino, es trascendente y está fuera del alcance de la humana inteligencia. Ese nombre es el de Verbo de Dios. Sólo Dios puede conocer su propia esencia, de la cual el nombre es la expresión.

El Verbo de Dios aparece vestido con un manto empapado en sangre. Esta imagen significa la sangre de los enemigos que ya venció, y es augurio de los que vencerá.

Detrás del jinete montado sobre un caballo blanco avanzan los ejércitos celestes. Todos montan, como su jefe, caballos blancos y van vestidos con ropa de lino blanco, que es el vestido común de todos los justos, son los Santos que lograron triunfar de los enemigos de Dios y de la Iglesia, cuando vivían en este mundo. Ahora pelearán a las órdenes de Cristo contra los reyes enemigos, y vencerán.

De la boca del Jinete divino, galopando al frente de sus huestes, sale una espada aguda para herir con ella a las naciones. Es la espada del poder y de la justicia de Dios. Es el símbolo de su poder judicial y del rigor de sus sentencias, con las cuales castigará al impío y herirá al tirano con los decretos de su boca, y con su aliento matará al impío.

Cristo regirá con cetro de hierro las naciones, como se le promete en el Salmo dos, y pisotea a sus enemigos, amontonados como uvas en el lagar del vino del furor de la cólera de Dios todopoderoso.

Jesucristo, durante su vida, no cumplió estas profecías, pues su mesianismo estuvo lleno de dulzura, mansedumbre y sufrimiento. El mesianismo de perspectivas gloriosas, de dominación universal, no se ha realizado. Los cristianos esperamos el cumplimiento de esta parte del programa.

Para declararnos quién sea este personaje, cuyo nombre propio, Verbo de Dios, no es inteligible, nos da otro nombre suyo, que resulta más claro e indicaba su alta dignidad. San Juan nos dice que llevaba escrito en su manto y en su muslo, el nombre más inteligible por ser más humano: Rey de reyes y Señor de señores.

Del Mesías se dice muchas veces que su imperio se extenderá hasta el cabo de la tierra, y que los reyes le rendirán homenaje.

A un tal Soberano siguieron los ejércitos del Cielo, las legiones de Ángeles y Santos montados en caballos blancos y vestidos de lino blanco y puro, todo ello en señal de victoria.

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A continuación, un Ángel proclama el exterminio de los enemigos de Cristo:

Y vi un ángel de pie en el sol y gritó con poderosa voz, diciendo a todas las aves que volaban por medio del cielo: Venid, congregaos para el gran festín de Dios, a comer carne de reyes, carne de jefes militares, carne de valientes, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de todos, de libres y esclavos, de pequeños y grandes.

San Juan contempla un nuevo Ángel, de pie sobre el sol, que lanza con poderosa voz una invitación a todas las aves carnívoras de la tierra, diciéndoles: Venid, congregaos para el gran festín de Dios.

Se utiliza una especie de superlativo para significar la mayor carnicería que la tierra haya visto, ejecutada sobre los enemigos de Dios.

Seguidamente, las Bestias son arrojadas al estanque de fuego y sus partidarios trucidados:

Y vi a la bestia, y a los reyes de la tierra, y sus ejércitos, reunidos para dar la batalla contra Aquel que montaba el caballo y contra su ejército. Y la bestia fue presa, y con ella el falso profeta, que delante de ella había hecho los prodigios, por medio de los cuales había seducido a los que recibieron la marca de la bestia y a los que adoraron su estatua. Estos dos fueron arrojados vivos al lago del fuego encendido con azufre. Los demás fueron trucidados con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de la carne de ellos.

Tenemos en este pasaje la descripción del aniquilamiento de las dos Bestias del capítulo trece.

La Bestia salida del mar, juntamente con el Dragón, habían logrado extender su dominio sobre el mundo, reuniendo a los reyes en una guerra contra Dios. Pero al presente son enteramente derrotados por Cristo y por su ejército.

San Juan nos presenta reunidos los ejércitos de la Bestia y de los reyes sus aliados, ya preparados para hacer la guerra a Cristo y a sus huestes. Pero, de pronto, el vidente nos presenta a los dos jefes principales del ejército contrario a Cristo acorralados y sujetados fuertemente. La Bestia, en efecto, cae prisionera, y con ella el Falso Profeta, que con sus falsos prodigios extraviaba a las gentes, induciéndolas a que adorasen a la Bestia. Ambas son arrojadas vivas al lago de fuego que arde con azufre.

De este modo, los dos aliados a los que alentaba el Dragón, quedan fuera de combate, impotentes para dañar; y el ejército que los seguía, junto con los reyes que lo mandaban, fue desbaratado, y todos los miembros que lo componían fueron muertos por la espada que salía de la boca del Verbo de Dios, o sea por el poder de su palabra. Y sus cuerpos fueron pasto de las aves carnívoras.

Así termina la lucha tantas veces anunciada. El que se llama Fiel y Veraz cumple su palabra, acabando totalmente con los enemigos y perseguidores de sus fieles.

San Juan parece como querer mostrarnos con su descripción que fue cosa fácil para Jesucristo omnipotente vencer a las dos Bestias y a sus secuaces.

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San Juan nos fue presentando la destrucción de los adversarios del Cordero. Babilonia ha sido destruida y quemada por la misma Bestia y los reyes de la tierra; después son vencidas por la espada del Verbo y arrojadas al lago de fuego las dos Bestias. Pero todavía quedaba con vida el Dragón, el instigador a la lucha contra Cristo y su Iglesia, del cual eran instrumentos los demás enemigos del reino de Dios.

San Juan se propone describirnos ahora la derrota final del Dragón. En esta visión, el autor sagrado prosigue la narración lógica, interrumpida en el capítulo doce, con la inserción de cierto número de visiones particulares.

El Dragón también es vencido, encadenado y encerrado durante mil años. Con esto llega la paz del milenio. Al final del milenio, es soltado de nuevo el Dragón, que intenta otra vez destruir a la Iglesia. Se plantea la batalla final de Satanás contra la Iglesia, en la que el Dragón es definitivamente derrotado y encerrado por siempre en el infierno:

Y vi un ángel que descendía del cielo y tenía en su mano la llave del abismo y una gran cadena. Y se apoderó del dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años, y lo arrojó al abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no sedujese más a las naciones, hasta que se hubiesen cumplido los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por un poco de tiempo.

Tenemos aquí dos cuadros bien distintos: el encadenamiento de Satanás en el abismo, y el Reino de mil años de Cristo y de los elegidos.

Condenadas al lago de fuego y azufre las dos Bestias, el Anticristo y el Falso Profeta, va a ser aprisionado ahora, finalmente, el mismo Dragón.

El Abismo en el cual será encerrado el Dragón es el lugar en que se encuentran las potencias infernales. Dios tiene el poder de abrir y cerrar este abismo, pues posee la llave del Hades y de la muerte. La prisión en la que es encadenado y encerrado el Dragón es distinta del lago de fuego, al que fueron arrojados la Bestia y el Falso Profeta, y en el que será arrojado luego el mismo Dragón.

San Juan identifica expresamente al Dragón encadenado con Satanás, o, lo que es lo mismo, con el Diablo y la serpiente antigua, el seductor de nuestros primeros padres, el que introdujo la desobediencia en el mundo y, con ella, el pecado y la muerte.

La prisión del Dragón en el Abismo durará mil años. No podrá seguir seduciendo a las naciones contra la Iglesia de Cristo. De este modo, los cristianos se verán libres de sus más fieros enemigos, que les perseguían a muerte. Y podrán gozar de paz durante todo este tiempo.

San Juan continúa describiéndonos su visión:

Y vi tronos; y se sentaron en ellos, y les fue dado juzgar, y vi a las almas de los que habían sido degollados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, ni habían aceptado la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

San Juan ve que se colocan tronos y sobre ellos se sientan ciertos personajes para juzgar, son los mártires que habían sido degollados por el testimonio de Jesús y los que no habían adorado a la Bestia ni habían recibido su marca.

Todos éstos vivirán y reinarán con Cristo por espacio de mil años.

¿Qué significa esto? Ante todo hemos de advertir que reinar con Cristo es participar de su autoridad soberana de rey, que consiste en distribuir a los hombres la gracia que nos mereció con su Pasión.

Esta gloria que los Santos reciben después de su muerte es la primera resurrección, en la cual no toman parte los demás muertos, es decir, todos los demás que no han pasado por el fuego de la persecución:

Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. ¡Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección! Sobre éstos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con el cual reinarán los mil años.

El vidente de Patmos quiere consolar a los cristianos y animarlos para que se mantengan firmes en su fe. El que esto haga será dichoso y santo, tendrá una relación más íntima, una especial vinculación con Dios.

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El encadenamiento del Dragón durante mil años significa la limitación de los poderes subversivos del demonio. Es la neutralización de su poder, de su actividad, disminuyendo aún más la libertad que se le había dejado en 12: 9.

Pasados los mil años, se le dará suelta al Dragón un poco de tiempo para que ponga en ejecución su postrera insolencia, a la que seguirá la derrota definitiva. Tendrá lugar la última batalla escatológica de Satanás contra la, Iglesia.

Cuando se hubieren acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, y reunirlos para la guerra, cuyo ejército será como las arenas del mar. Subirán sobre la anchura de la tierra, y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada. Pero descenderá fuego del cielo y los devorará. El diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.

Pasados los mil años en que el Diablo estuvo encadenado, será soltado, y entonces se dedicará a seducir al mundo y a juntar fuerzas para dar el último asalto contra Dios. Como los enemigos simbolizados por las dos Bestias ya habían desaparecido, aniquilados por Jesucristo y su ejército, Satanás busca aliados y colaboradores en las hordas bárbaras.

Al Diablo, una vez suelto, se le permitirá desarrollar su labor ordinaria, que es extravían a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra; reunirá una inmensa horda salvaje y bárbara al fin de los siglos para destruir a la Iglesia de Cristo, que subirá por la llanura de la Tierra Santa para asediar el campamento de los santos y la ciudad amada, que es la Iglesia, y acabar con ella.

Luego cercan el campamento de los santos, es decir, a los cristianos, que constituyen el verdadero pueblo de Dios, y a la ciudad amada, la Sión del Antiguo Testamento, que aquí representa la nueva Jerusalén, la Iglesia de Cristo. Pero Dios acudirá en auxilio de los suyos y la victoria se obtiene sin necesidad de lucha.

Satanás, que había tratado por todos los medios de destruir a la Iglesia, será definitivamente encarcelado. Ya no podrá volver a intentar la ruina de la nueva Jerusalén. Así terminarán las luchas seculares entre las dos ciudades: la de Dios y la del Diablo.

Se trata, naturalmente, de las luchas de las naciones infieles y de las herejías contra la Iglesia, que al final de los tiempos se desencadenarán con redoblado encarnizamiento. Una vez vencido el Dragón en este combate final, será arrojado en el lago de fuego, en donde le habían precedido la Bestia y el Pseudoprofeta, y en donde serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.

Lo que no puede dejar de señalarse es lo que esto significa como “etapa” final de la invariable apostasía del hombre frente a Dios: “Empezó en el paraíso, y se repitió dieciséis siglos más tarde en el diluvio y cuatro siglos después con la torre y ciudad de Babel. Después de la elección de Abrahán, la era patriarcal termina paganizada en la esclavitud de Egipto, y luego de otros quince siglos el pueblo electo de Israel, seducido por sus jefes religioso-políticos, reclamó y consiguió una cruz para el Mesías tan esperado.

¿Acaso las naciones de la gentilidad habrán de ser más fieles? Las hemos visto siguiendo al Anticristo y las vemos aquí, apenas suelto Satanás, precipitarse de nuevo a su ominoso servicio.

¡Triste comprobación para la raza de Adán!

La derrota de Satanás será definitiva. Ya no volverá a salir más del infierno, en donde se encontró con los emperadores que encarnaron a la Bestia, y los sacerdotes paganos y pseudodoctores que combatieron el nombre de Cristo, tratando de seducir a los fieles. Allí serán atormentados sin fin, eternamente.

Se cierra el tiempo para dar principio a la eternidad.

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El autor sagrado pone en escena el punto final a todas las luchas y agitaciones terrestres. Toda oposición contra Cristo y su Iglesia es desterrada para siempre. De este modo se podrá volver a una paz y a una felicidad que superarán con mucho la paz y la felicidad de nuestros primeros padres en el paraíso terrenal; será la felicidad ininterrumpida del Cielo:

Y vi un gran trono esplendente y al sentado en él, de cuya faz huyó la tierra y también el cielo; y no se halló más lugar para ellos.

Es el Juicio Final, con el cual se pone término al drama terrestre. Dios va a asignar a cada uno la suerte que le han merecido sus obras por toda la eternidad. Dios mismo es el que juzga.

El Juez supremo aparece sobre un trono. Y ante su presencia se produce un cataclismo, pues desaparecen el cielo y la tierra. Cuando Dios interviene, los elementos del cosmos se conmueven ante la presencia de su soberano Señor. La magnitud del cataclismo presente indica la importancia de la intervención divina.

La majestad del que se sienta en el trono es tan grande, que los cielos y la tierra no pueden soportarla y desaparecen sin dejar ningún vestigio. Serán reemplazados por un cielo nuevo y una tierra nueva.

La victoria de Cristo sobre el pecado lleva consigo la victoria sobre la muerte, que nació del pecado. San Pablo nos dice que “el último enemigo reducido a la nada será la muerte”.

Con esto termina la historia del mundo.

La última visión del Apocalipsis no puede ser más consoladora y fortificante:

Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía más. Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono, que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron.

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Por esto, y por todo lo contemplado durante estos cinco Domingos, manifestemos y confesemos, con el Prefacio Pascual, que en verdad es digno y justo, equitativo y saludable que, en todo tiempo, Señor, te alabemos, pero principalmente con mayor magnificencia en este en este tiempo glorioso en que Jesucristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida.