Padre Juan Carlos Ceriani: TERCER DOMINGO DE PASCUA

 

TERCER DOMINGO DE PASCUA

San Marcos Evangelista

Del Evangelio del Tercer Domingo de Pascua: En verdad, en verdad os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza, porque su hora ha llegado; pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo. Así también vosotros tenéis ahora tristeza, pero yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.

Como ya sabemos, durante los cinco Domingos de Pascua predicaré sobre el Libro del Apocalipsis.

Como se puede comprobar, mi finalidad al hacerlo es mostrar que el Apocalipsis, lejos de ser un libro aterrador, ofrece una literatura consoladora, que confirma nuestra Esperanza en la Fe y la Caridad.

Los últimos dos Domingos hemos considerado que San Juan nos presenta en los capítulos cuatro y cinco la Corte del Cielo, desde donde Dios Padre y el Cordero redentor dominan todos los sucesos de la historia. Hoy contemplaremos parte de la ejecución de los decretos del Libro de los Siete Sellos.

Como veremos, estas visiones quedan bien enmarcadas, tanto en la Fiesta de San Marcos, que murió en Alejandría como mártir el lunes de Pascua, 25 de abril del año 68, como en lo predicho por Nuestro Señor a sus Apóstoles, tal como lo narra el Evangelio del Tercer Domingo de Pascua, que leeremos al final de la Misa.

Repetimos, una vez más, que esto sólo bastaría para infundir confianza, robustecer nuestra esperanza y animarnos en el combate que debemos sostener en la Inhóspita Trinchera.

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Asistamos ahora a la escena de la Apertura de los Siete Sellos, que se realiza en los Cielos. A medida que el Cordero va abriendo los Sellos, van apareciendo, uno a uno, los elementos que entran en los juicios de Dios sobre los perseguidores de los miembros del Cuerpo Místico.

Al abrir el Quinto Sello se eleva al Cielo la plegaria de los que han sido muertos por la causa de la palabra de Dios, pidiendo al Señor que manifieste su justicia. Como respuesta, cuando el Cordero abre el Sexto Sello, el profeta percibe un gran terremoto acompañado con señales del Cielo, que presagian la ira del Cordero contra los impíos.

Después aparece un Ángel que marca a los justos con una señal en la frente para preservarlos de los castigos que han de venir. A estos elegidos se une una gran multitud de vencedores que, uniendo sus voces a las de los Ángeles, entonan himnos de alabanza a Dios y al Cordero.

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Sin perder de vista ni a San Marcos ni al Evangelio del Domingo, asistamos a la apertura del Quinto Sello, los mártires. Degollados como el Cordero, son considerados como holocaustos ofrecidos a Dios, porque el martirio es un verdadero sacrificio soportado por amor de Cristo. Por este motivo son los verdaderos seguidores del Señor, el mejor cortejo que Jesucristo glorioso puede tener en el Cielo:

Y cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados por la causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que mantuvieron; y clamaron a gran voz: “¿Hasta cuándo, oh Señor, Santo y Veraz, tardas en juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?”

Estos mártires claman, como clamaba la sangre de Abel, y piden al Dios, Santo y Veraz, que vengue su sangre en los habitantes de la tierra, es decir, en los enemigos de Dios.

Esta petición de los mártires, que parece un tanto dura y poco conforme con el espíritu cristiano, hay que entenderla en conformidad con todo el Apocalipsis y con el espíritu general del Nuevo Testamento.

No es odio de los enemigos, por los cuales rogaron en este mundo; ruegan, pero con amor de equidad, dice San Beda el Venerable.

Esta súplica de los mártires, el primero de los cuales es San Esteban, que murió pidiendo perdón para sus verdugos, está concebida en la forma de las imprecaciones de los Salmos. Ello se explica porque aquí se trata del tiempo de la justicia, como antes fue el de la misericordia. De ahí también el nuevo aspecto del Cordero, que pasa de humilde y manso a poderoso e irritado.

Los mártires desean ardientemente el triunfo de la palabra divina; de ahí la petición que dirigen a Dios para que se cumpla la justicia. Es más bien el eco de las que leemos tantas veces en los Salmos, en Jeremías y en otros lugares del Antiguo Testamento. La venganza más digna de Dios misericordioso es obligar a sus enemigos a postrarse ante Él pidiendo perdón.

Y les fue dada una túnica blanca a cada uno; y se les dijo que descansasen todavía por poco tiempo hasta que se completase el número de sus consiervos y de sus hermanos que habían de ser matados como ellos.

Los mártires han de esperar a que se complete el número de sus hermanos que han de ser muertos como ellos. El tiempo de espera será corto.

A los mártires se les da una túnica blanca, propia de los que ya han triunfado, pues participan desde ahora del triunfo y de la gloria celeste, que son prenda del pleno cumplimiento de las promesas divinas.

San Juan, lo mismo que los Profetas antiguos, concibe el mundo en lucha continua. De una parte, está la causa de Dios, representada por los fieles; de otra, está la causa del mundo, que combate contra Dios y los suyos.

La satisfacción prometida a los mártires va a ser simbolizada, bajo su doble aspecto, por la visión del Sexto Sello. Las oraciones de los Santos aceleran la acción divina.

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Precisamente, todo el capítulo séptimo está íntimamente ligado al predicho Sexto Sello. Es como una respuesta al grito desesperado de los enemigos del Cordero: ¿Quién puede estar en pie?

El autor sagrado quiere infundir aliento y esperanza a los fieles ante la gran catástrofe anunciada en el capítulo anterior.

Hasta aquí los azotes divinos no hacían distinción entre los siervos de Dios y los impíos habitantes de la tierra. En adelante, los fieles serán preservados… ¡Los fieles serán preservados!… ¡Ánimo, pues!…

Por eso, antes de abrir el Séptimo Sello, un Ángel de Dios marca a los escogidos con una señal en la frente, que los distinguirá de los sacrílegos y blasfemos:

Después de esto vi cuatro ángeles, que estaban en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, y retenían los cuatro vientos de ella para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol. Vi otro ángel que subía del naciente del sol, y tenía el sello de Dios vivo, y gritó con voz fuerte a los cuatro ángeles, a quienes había sido encomendado dañar a la tierra y al mar, diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. Oí que el número de los sellados era de ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

El signo sobre la frente indica la protección divina y la pertenencia a Dios y al Cordero.

El profeta Ezequiel vio un Ángel, con pluma y tintero, que fue señalando con una tau en la frente a los que no se habían contaminado con las abominaciones idolátricas que se cometían en Jerusalén. De esta manera, los sellados con la tau fueron preservados de la matanza de los otros seis Ángeles. La visión del Apocalipsis corresponde perfectamente a esta de Ezequiel. A los marcados con el sello de Dios no les alcanzarán los azotes que van a descargar sobre el mundo los cuatro vientos.

El número de los marcados en la frente es de 144.000, y representan a los cristianos convertidos del judaísmo al fin de los tiempos, como consecuencia de la predicación de Elías; víctimas del Anticristo y sellados con el martirio.

Integrarán de este modo el número de los mártires del capítulo VI; de allí que su elección siga aquí inmediatamente al clamor de aquéllos.

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Asistamos ahora al triunfo de los elegidos en el Cielo.

San Juan, después de contemplar los 144.000 sellados, ve en el cielo una gran muchedumbre de elegidos de todas las naciones, imposible de contar, que estaban de pie delante del trono y del Cordero:

Después de esto miré y he aquí una gran muchedumbre que nadie podía contar, de entre toda nación y tribus y pueblos y lenguas, que estaban de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos de túnicas blancas, con palmas en sus manos.

Si los versículos cuatro a ocho se refieren exclusivamente a los salvados del pueblo judío, aquí se alude en cambio a innumerables cristianos que vienen “de todas las naciones”, o sea de la gentilidad.

Cornelius a Lápide, dice que Esta turba se distingue de los 144.000 sellados; lo cual consta por el texto: pues los signados son un número definido y cierto, a saber 144.000, en cambio esta turba es innumerable; aquellos son de todas las tribus de los hijos de Israel, estos de los gentiles. La palma para los historiadores sacros y profanos es símbolo de la victoria. Esta turba que ve Juan es la de los vencedores, pues de ellos dice el capítulo XV, 2: “vencieron a la bestia y a su imagen y al número de su nombre”.

Las túnicas blancas, las palmas y la tribulación los vincula con los sacrificados del capítulo sexto, aquellos que pedían vengar su sangre en los habitantes de la tierra y a los que se les dijo que descansasen todavía por poco tiempo hasta que se completase el número de sus consiervos y de sus hermanos que habían de ser matados como ellos. Por donde parecería que aquí se ha completado el número que allí se anuncia.

Los Profetas han predicho de muy diversas maneras la incorporación de las naciones al pueblo de Dios en los tiempos mesiánicos.

La gran muchedumbre que ve San Juan parece designar un gran número de mártires cristianos, que vienen de la gran tribulación y ya poseen la bienaventuranza eterna.

La inmensa turba toma parte, juntamente con los espíritus celestiales, en la gran liturgia del Cielo, en el sacrificio de alabanza, el más grato al Señor:

Y clamaban a gran voz diciendo: “La salud a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero”.

En su acción de gracias entonan un cántico en el que reconocen que la salvación de que gozan la han recibido del que está sentado en el trono y del Cordero; porque Éstos son los únicos que la pueden dar. El cántico de alabanza va dirigido a ambos, con lo cual confiesan su unidad y la consubstancialidad del Padre y del Hijo.

Las miríadas de Ángeles que estaban en torno al trono de Dios, los Veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes, se unen a la aclamación de los Mártires postrándose en tierra y respondiendo con un solemne amén.

Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios, diciendo: “Amén, la alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén”.

Luego entonan una doxología de alabanza a Dios, que consta de siete términos. Con este septenario de plenitud y totalidad se celebran la sabiduría y el poder divinos por haber hecho triunfar a tan inmensa multitud.

Así, los Cielos y la tierra, los Ángeles y los hombres se juntan, en esta solemnísima liturgia celeste, para aclamar a una al Dios soberano, que está sentado en el trono, y al Cordero.

Y uno de los Ancianos, tomando la palabra, me preguntó: “Estos que están vestidos de túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?” Y yo le dije: “Señor mío, tú lo sabes”. Y él me contestó: “Estos son los que vienen de la tribulación, la grande y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero”. Por eso están delante del trono de Dios y le adoran día y noche en su templo; y el que está sentado en el trono fijará su morada sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed; nunca más los herirá el sol ni ardor alguno. Porque el Cordero, que está en medio del trono, los pastoreará, y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida; y Dios les enjugará toda lágrima de sus ojos.

En el Cielo, los elegidos gozarán de una salud plena y perfecta, pues Dios los librará de todas las miserias de la presente vida. No tendrán hambre ni sed, ni sufrirán los ardores del sol, ni el dolor y la tristeza. El mismo Cristo los apacentará como pastor y los conducirá a las fuentes de la vida eterna, pues Jesucristo es el camino verdadero y único para ir al Padre, es la fuente de la vida.

Estas figuras, tan dulces y emocionantes, reaparecerán en los dos últimos capítulos del Apocalipsis.

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Siguiendo con la contemplación del Cordero y sus fieles seguidores, pasamos a los primeros cinco versículos del capítulo catorce. San Juan nos ofrece allí un cuadro radiante de felicidad bienaventurada, que va como a coronar esta sección del Apocalipsis.

A los seguidores de la Bestia, opone San Juan los fieles seguidores del Cordero, los 144.000 elegidos que allí ofrecen a Dios y al Cordero las primicias de sus alabanzas y, al mismo tiempo, celebran el triunfo de Cristo que se dibuja en el horizonte.

El Cordero está aquí como un Rey glorioso entre su corte resplandeciente.

Jesucristo dice de sus servidores que le seguirán adonde quiera que Él fuere, y que estarán en donde Él estuviere. Pero ¿adónde le han de seguir y a qué? San Agustín responde: A gozarse con Cristo, de Cristo y en Cristo, por Cristo y sin perder a Cristo:

Y miré y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en sus frentes el nombre de Él y el nombre de su Padre.

La multitud de ciento cuarenta y cuatro mil vírgenes rescatados de la tierra hace como de contrapeso a la apostasía de los moradores de la tierra del capítulo trece, que siguieron al Anticristo y al Falso Profeta.

Tanto el Cordero como los ciento cuarenta y cuatro mil vírgenes estaban sobre el monte Sión. En el Antiguo Testamento, el monte Sión era el símbolo de la fuerza y de la seguridad para Israel, porque Dios habitaba en él y lo protegía contra todo enemigo. De igual modo, Sión significa en nuestro pasaje del Apocalipsis un sitio seguro de refugio en el que el Cordero reúne a sus pacíficos ejércitos.

Mientras que el Dragón y la Bestia estaban apostados sobre la arena movediza de la playa y las olas del mar, el Cordero está sobre el monte Sión, símbolo de seguridad y estabilidad.

Los ciento cuarenta y cuatro mil vírgenes llevaban el Nombre del Cordero y el nombre de su Padre escrito en sus frentes, lo cual simboliza la consagración de la vida al servicio de Dios, además de la protección especial de Dios, por la cual no pueden ser ni seducidos ni muertos por el Anticristo.

Y mientras el vidente de Patmos contempla esta visión, oye la música de armoniosos cánticos con los cuales los Bienaventurados celebran en el Cielo la gloria del Cordero. La felicidad celeste en el Apocalipsis es litúrgica:

Y oí una voz del cielo semejante a la voz de muchas aguas, y como el estruendo de un gran trueno; y la voz que oí se parecía a la de citaristas que tañen sus cítaras. Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro vivientes y de los ancianos; y nadie podía aprender aquel cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados de la tierra.

El cántico que entonaban, acompañándolo con el son de las cítaras, era algo secreto y misterioso, pues sólo podía ser cantado por aquellos ciento cuarenta y cuatro mil. Es, por lo tanto, un cántico nuevo, como todo lo que sucederá a partir del capítulo 21.

El rumor de este canto, entonado por un coro tan colosal de ciento cuarenta y cuatro mil voces, lo compara San Juan al fragor de una inmensa masa de agua al caer o al estrépito aterrador e impresionante de una terrible tempestad de truenos. Este inmenso himno de alabanza a Dios y al Cordero se contrapone al acto de adoración y reconocimiento de la Bestia por sus seguidores.

Los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos que entonaban el cántico son los que fueron rescatados de la tierra, es decir, de entre los hombres. Fueron rescatados por la Sangre del Cordero, y ahora reinan con Cristo en el cielo. Constituyen las primicias de la masa de los redimidos ofrendadas a Dios y al Cordero:

Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero doquiera vaya. Estos fueron rescatados de entre los hombres, como primicias, para Dios y para el Cordero. Y en su boca no se halló mentira, son inmaculados.

El Cordero, a quien siguen los elegidos, es al mismo tiempo su Pastor. Jesús les precede, llevando su Cruz hasta el Calvario, y ellos caminan en pos de Él, llevando también cada uno su cruz.

Tales son los que forman esa multitud de almas escogidas de entre la masa de los hombres. De ellos se dice que en su boca no se halló mentira, porque su vida se ajusta plenamente a la verdad revelada tanto en la doctrina como en las obras.

La mentira aquí no significa falta de sinceridad en las relaciones sociales con el prójimo, sino, sobre todo, designa la idolatría.

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Finalmente, en el capítulo quince, San Juan los verá una vez más, como triunfadores, entonando el Himno de los vencedores de la Bestia:

Vi como un mar de cristal mezclado con fuego, y a los triunfadores que escaparon de la bestia y de su estatua y del número de su nombre, en pie sobre el mar de cristal, llevando cítaras de Dios. Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero.

Hallamos aquí una especie de introducción litúrgica, en la que los triunfadores de la Bestia cantan el Cántico de Moisés; no solamente oran, sino que cantan con entusiasmo, al dar por cierta la victoria divina y la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

La felicidad de los Bienaventurados nos es presentada nuevamente bajo la forma de una liturgia, que se desarrolla en la presencia de Dios.

Los triunfadores de la Bestia, son presentados sobre un mar de vidrio, mezclado de fuego, entonando un cántico de victoria.

El acto litúrgico tiene como cuadro el Cielo. Los reflejos de fuego que ve San Juan producidos sobre el mar de cristal deben de ser causados por la gloria de Dios, o sea, por el resplandor luminoso que se desprendía de su Esencia divina. Esta luminosidad era concebida por los israelitas como un vestido que rodeaba a la Divinidad.

Los vencedores son los que en medio de las persecuciones se mantuvieron fieles al Cordero y no quisieron adorar la imagen de la Bestia ni aceptar su marca. Se trata de los vencedores de la persecución descrita en el capítulo trece, que celebran el triunfo de su nuevo éxodo de Egipto, de este mundo, con un nuevo cántico.

Estos son los elegidos de los que habla Nuestro Señor en el discurso Escatológico, en atención a los cuales se abreviarán los días de la tribulación. Por esta razón, son ellos los únicos que pueden aprender el Cántico de los mártires que causará el Anticristo.

Están de pie y acompañan su canto con cítaras sobrehumanas pertenecientes a la liturgia divina del Cielo. Por eso, el autor sagrado las llama cítaras de Dios, muy superiores a las de los mortales.

El Cántico que entonan es el de Moisés, es decir, el cántico pronunciado por el gran liberador, sea después del paso del mar Rojo, sea antes de morir, en donde canta las bondades de Dios con Israel y la justicia de las cóleras divinas contra su pueblo infiel.

Pero también es llamado el Cántico del Cordero, porque Cristo es el verdadero héroe de esta victoria, el verdadero libertador del pueblo de Dios, el Redentor que, con su Sangre salvadora, nos redimió de la esclavitud del demonio.

El cántico es un mosaico cuajado de reminiscencias bíblicas, inspirado principalmente en varios Salmos y Cánticos del Antiguo Testamento; y celebra el poder de Dios omnipotente, que obra maravillas en favor de los suyos:

Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo. “Grandes y sorprendentes son tus obras, oh Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, Señor, y no glorificará tu Nombre?, pues sólo Tú eres santo; y todas las naciones vendrán, y se postrarán delante de Ti, porque los actos de tu justicia se han hecho manifiestos”.

Jesucristo es el Rey de las naciones; por eso los hombres han de temerlo y glorificar su nombre, observando sus mandamientos. Porque sólo Él es santo, es decir, trascendente e incontaminado, totalmente opuesto al Dragón y a las Bestias, que estaban llenos de iniquidades e inmoralidades.

Todas las naciones conocerán que Él es su Rey, y como tal le acatarán, viniendo a Él y postrándose delante de Él, pues reconocerán que Dios ha obrado justísimamente en los juicios punitivos contra el mundo y en la destrucción de la Bestia.

La conversión de los paganos, por consiguiente, es presentada como el resultado de las últimas intervenciones divinas. En los Profetas y en los Salmos hallamos también muchas veces que las naciones se convertirán a Dios a la vista de los prodigios que obra en favor de su pueblo.

La fuerza indestructible de la Iglesia, en virtud del poder de Dios que la sostiene y defiende de sus enemigos, es uno de los argumentos de su origen divino. Este argumento atrae las almas a la fe o las sostiene en ella. Todo esto es un anticipo de la victoria.

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Por todo esto, como dice el Prefacio Pascual, en verdad es digno y justo, equitativo y saludable que, en todo tiempo, Señor, te alabemos, pero principalmente con mayor magnificencia en este en este tiempo glorioso en que Jesucristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida.