P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

FIESTA DE LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

Había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, principal entre los judíos. Vino de noche a encontrarle y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro, porque nadie puede hacer los milagros que Tú haces, si Dios no está con él.” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el reino de Dios.” Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos. Lo nacido de la carne, es carne; y lo nacido del espíritu, es espíritu. No te admires de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de lo alto.” El viento sopla donde quiere; ni oyes su sonido, pero no sabes de donde viene, ni adónde va. Así acontece con todo aquel que ha nacido del espíritu.” A lo cual Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede hacerse esto?” Jesús le respondió; “¿Tú eres el doctor de Israel, y no entiendes esto? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos lo que sabemos, y atestiguamos lo que hemos visto, y vosotros no recibís nuestro testimonio. Si cuando os digo las cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que descendió del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna.”

Hoy, tres de mayo, celebra la Iglesia la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, en memoria de aquel hallazgo que hizo en Jerusalén la Emperatriz Santa Elena, madre del Emperador Constantino.

El Evangelio de la Fiesta relata las palabras del Redentor: Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna.

Poco tiempo después que el Emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la Cruz, alrededor del año 326 fue descubierto el sagrado trofeo de nuestra Redención.

En el año 312 iba Constantino a presentar la batalla a ese tirano, que le esperaba con un ejército muy superior en número, y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarlo todo el tiempo que duró la marcha.

Era la mitad del día, que había amanecido muy despejado y sereno, cuando vio en medio del aire una resplandeciente Cruz, más brillante que el mismo sol, orlada de una inscripción en caracteres de luz, que decía así: In hoc signo vinces, es decir, vencerás en virtud de esta señal.

Aquella misma noche se apareció Jesucristo a Constantino con el mismo sagrado símbolo que se le había manifestado en el cielo, y le mandó que, haciendo copiarle, se sirviese de él en los combates. Obedeció el Emperador; y dando orden para que viniesen a su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les expuso la figura de la insignia que quería fabricasen, ordenándoles que la hiciesen de oro y la esmaltasen con las más preciosas piedras.

Era una Cruz de dos metros de altura, enriquecida de preciosísimas piedras, cuya parte superior terminaba en un monograma, que explicaba el Nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas.

Pendía de lo ancho de la Cruz un pequeño cuadrado de riquísima tela, color rojo, de la púrpura más fina, bordado de oro y cargado de piedras valiosas.

A este nuevo estandarte se le dio el nombre de Lábaro, y le llevaban delante del mismo Emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.

Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno a cada legión de sus tropas.

No sólo derrotó Constantino a Majencio, sino también a Licinio, Emperador del Oriente, quedando único y absoluto señor de los dos Imperios. Aplicó todos sus desvelos a que floreciese en ellos la Religión verdadera, y a desterrar, si pudiese, hasta las reliquias del Paganismo.

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Por otra parte, los gentiles habían hecho todo lo posible para profanar los Santos Lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante Resurrección de Nuestro Salvador. Con este fin habían aplanado la gruta del Santo Sepulcro, y levantado en el mismo sitio un Templo en honor de la Diosa Venus.

En su ancianidad, Santa Elena, siendo advertida en un sueño, fue a Jerusalén entre el 325-327, movida por el deseo de hallar la Cruz de Jesucristo.

Subió al monte Gólgota con ardientísimos deseos de encontrar el Sagrado Madero donde se obró nuestra Redención, pues los gentiles habían hecho todo lo posible para borrar hasta el nombre del Santo Sepulcro.

Allí tuvo el cuidado de hacer que se derribara la estatua de mármol de Venus, que había estado en el Calvario durante unos 180 años, y que originalmente había sido colocada allí para profanar y destruir el memorial de la Pasión del Señor.

Lo mismo hizo con las estatuas de Adonis y de Júpiter que se levantaban respectivamente en el Pesebre del Salvador y en el lugar de la Resurrección.

Poco ecuménica era la Emperatriz… Hoy, en nombre del conciliábulo vaticanesco, la excomulgarían; y en nombre de los derechos humanos, la condenarían a prisión…

Santa Elena, guiada por la verdadera Fe y no por herejías modernistas, hizo que se realizasen excavaciones profundas, que resultaron en el descubrimiento de tres cruces, del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilato había mandado poner sobre ella estaba separado, y en medio de las tres cruces.

Viéndose la Santa Emperatriz con este obstáculo, consultó con San Macario lo que se debía hacer; y el Santo Obispo de Jerusalén, que no era conciliar, sino católico, aconsejó que se aplicasen las tres cruces a una enferma, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera Cruz del Salvador.

Después de ofrecer solemnes oraciones a Dios y habiéndose aplicado las dos primeras cruces a una señora distinguida que estaba agonizando, no se vio efecto alguno; pero apenas se le aplicó la tercera quedó repentinamente sana, a vista de innumerable gentío, que fue testigo de esta maravilla.

Aún se hizo después otra prueba. Se tendieron sobre las tres cruces tres cadáveres; y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había sanado a la enferma agonizante.

Con esta experiencia se comenzó desde luego a rendir al trofeo de nuestra Redención el culto que se le debe.

Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz.

Dejando en ella la mitad del Sagrado Madero, engastado en preciosísimas piedras y encerrado en un relicario de plata, llevó la otra mitad a su hijo Constantino, que la recibió con singular veneración, y fue destinada a la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, edificada en Roma, en el palacio Sesoriano. También hizo donación a su hijo de los clavos con que el santísimo Cuerpo de Jesucristo fue clavado en la Cruz.

A partir de este acontecimiento, Constantino dictó una ley prohibiendo que nadie fuese condenado en lo sucesivo al suplicio de la cruz. Así pues, lo mismo que antes había sido objeto de oprobio y deshonor, comenzó a serlo de veneración y de gloria.

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Siendo tan gloriosa a toda la Iglesia la Invención de este sagrado trofeo, se celebró siempre su fiesta con mucha suntuosidad.

El fin de haber señalado el día tercero de mayo para dicha solemnidad fue para acercarla todo lo posible a la memoria de la Pasión del Salvador y de la adoración de la Cruz, que se hace en el Viernes Santo.

Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna.

Tengamos en cuenta que esta Fiesta fue eliminada en 1960 del Calendario Romano Universal.

La Vera Cruz, la Cruz histórica en la que murió Nuestro Salvador, es, por supuesto, la más preciada de todas las reliquias porque es el instrumento de nuestra Redención y Salvación.

La Colecta de la Misa abolida, además, confirma su poder milagroso y lo asocia específicamente al hallazgo glorioso de la Cruz de nuestra salvación:

“Oh Dios, que en la esclarecida Invención del saludable madero de la Cruz renovasteis los milagros de vuestra Pasión; concedednos que, por el precio de este árbol de la vida, obtengamos la gracia de la vida eterna”.

Los Responsorios, que siguen a las lecturas del Breviario, son muy significativos:

“La santa Iglesia venera el día glorioso en que fue descubierto el madero triunfal, en el cual nuestro Redentor, quebrantando los vínculos de la muerte, venció la pérfida serpiente. El Verbo del Padre, pendiente de la Cruz, nos mostró el camino de nuestra salvación”.

“Este es el árbol dignísimo plantado en medio del paraíso; en el cual el Autor de la salvación destruyó, con su propia muerte, la muerte de todos los hombres. Oh Cruz que resplandeces con el más brillante fulgor, la cual Elena, madre de Constantino, buscó con el más férvido deseo”.

“Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección. Por el cual hemos conseguido la salvación y liberación de nuestros enemigos. Adoramos, oh Señor, vuestra Cruz, y veneramos vuestra gloriosa pasión”.

“Al descubrirse, por una gracia del cielo, la sagrada prenda, se fortalece la fe cristiana; y se realizan los divinos prodigios ya anteriormente figurados en la vara de Moisés. Al contacto con la Cruz, resucitan los muertos y se muestra el poder de Dios”.

“Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo, cuando el Señor vendrá a juzgar. Entonces se manifestarán los secretos de nuestro corazón. Cuando se sentare el Hijo del hombre en el trono de su majestad, y empezare a juzgar el siglo mediante el fuego”.

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La historicidad de este descubrimiento fue aceptada por la Iglesia, principalmente por el testimonio de San Cirilo, obispo de Jerusalén (315-386). Siendo un residente de la zona desde su infancia, es posible que incluso haya visto las excavaciones, o al menos haya oído hablar de ellas.

Más tarde mencionó, con particular referencia a la Cruz, que los Santos Lugares, que habían estado ocultos, fueron revelados durante el reinado de Constantino.

En sus Catequesis, San Cirilo hizo varias referencias al madero de la Cruz, “que, dice él, se ve aquí entre nosotros hasta el día de hoy”.

Y predicando en el año 348, en la iglesia fundada por Constantino en el sitio recientemente descubierto de la Crucifixión, afirmó: “Aquí fue crucificado por nuestros pecados. Si lo niegas, este lugar te refuta visiblemente, este bendito Gólgota, en el que estamos ahora reunidos por causa de Aquel que estuvo aquí unido a la Cruz, al igual que el madero de la Cruz, del cual ya se han extraído innumerables fragmentos, ý han sido llevados por todo el mundo.”

Sobre este punto será publicado un interesante artículo.

El testimonio de San Cirilo fue considerado auténtico por la Iglesia por varias razones:

– Fue un hombre de gran estatura espiritual e integridad personal, y fue uno de los pocos Obispos de la época que defendió valientemente la fe durante la herejía arriana, sufriendo la persecución de sus hermanos obispos.

– No solo tenía un conocimiento detallado de la topografía del área, sino que también estaba familiarizado con los eventos locales y los informes contemporáneos.

– Sus referencias al madero de la Cruz se ubican en circunstancias históricas específicas y, por lo tanto, su conocimiento de los eventos se basó en hechos reales, no en leyendas fantasiosas.

Por lo tanto, podemos estar moralmente seguros de que las reliquias de la Vera Cruz se encontraron durante su vida, y de inmediato recibieron una veneración generalizada.

No hay razón para dudar de la veracidad de Santa Elena o de la veneración de fragmentos de la Vera Cruz simplemente porque primero circularon por medio de testimonios orales. Pronto fueron registrados por escrito por personas que vivieron en el mismo siglo.

Aparte de San Cirilo, tenemos otros testimonios escritos:

– de San Ambrosio (340-397), quien menciona cómo Santa Elena fue a Jerusalén y encontró la Santa Cruz;

– de San Paulino, obispo de Nola (354-431), que había adquirido un fragmento de la Cruz de Jerusalén;

– de San Juan Crisóstomo (349-407);

– de la monja Egeria, que peregrinó a Tierra Santa en el año 380;

– y del historiador Rufinus (340-410).

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Aunque era una Fiesta de significado universal en la Iglesia, habiéndose celebrado en Roma desde el siglo VI y antes en Oriente, los reformadores modernistas consideraron que no tenía cabida en el Calendario Universal.

Su afirmación de que el Hallazgo de la Cruz fue una duplicación de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), y que, por lo tanto, debería eliminarse con el propósito de “simplificar”, es manifiestamente absurda.

Se desacredita fácilmente comparando los textos de las dos Fiestas, tal como nos fueron transmitidos en el Misal tradicional. Se puede ver que no se trata de Misas duplicadas, sino de dos liturgias muy diferentes.

Los Propios (Colecta, Evangelio, Ofertorio, Secreta y Postcomunión) del Hallazgo de la Cruz difieren completamente de los de la Exaltación.

Además, los textos del Hallazgo contienen frases que no se encuentran en los de la Exaltación, por ejemplo, “miracula” (milagros); “bellorum nequitia” (los horrores de la guerra); “ad conterendas potestatis adversae insidias (pisotear las asechanzas del poder del enemigo); “ab hoste maligno defendas” (nos defiendas del enemigo maligno).

La desdicha de esta reforma es que los Propios de la Invención, teológicamente ricos y que enfatizan la lucha cristiana contra las fuerzas del mal, se perdieron para la Iglesia en general cuando se suprimió la Fiesta.

Y eso se hizo en 1960, incluso antes que Bugnini y el Consilium ingeniaran la liturgia del Novus Ordo, de la que eliminaron o atenuaron referencias de este tipo porque eran “demasiado negativas” para el hombre moderno.

Las dos fiestas también difieren porque estas oraciones reflejan dos temas distintos: primero, el descubrimiento milagroso y, luego, el glorioso triunfo de la Santa Cruz.

La fiesta de mayo conmemora el hallazgo de la Cruz en el año 326 y pone especial énfasis en su significado como reliquia; mientras que la fiesta de septiembre celebra dos eventos históricos: la dedicación de la Iglesia del Santo Sepulcro de Constantino construida en el Gólgota en 335, y la restauración de la Cruz Verdadera en Jerusalén en 629 después de haber sido robada y perdida temporalmente para la Iglesia.

En definitiva, sin el hallazgo inicial de la Cruz, no habría justificación fáctica de la Fiesta de la Exaltación, que conmemora su posterior pérdida, redescubrimiento y regreso seguro a su patria.

Por lo tanto, la Fiesta de septiembre depende de la Fiesta de mayo por su significado e historicidad.

No tiene sentido mantener una y abolir la otra.

Ahora se afirma que la Fiesta de la Exaltación conmemora todos los temas en uno, para que nadie tenga motivos de queja por la pérdida del Hallazgo…, valga la ironía…

Pero esta es una ofuscación clásica, ya que las dos liturgias, tal como estaban hasta 1960, cada una tenía su propia razón de ser teológica, que determinaba su lugar en el Calendario.

Significativamente, fue el Hallazgo de la Cruz lo que dio lugar a su veneración, no sólo en Jerusalén, sino en todas partes del Imperio Romano donde se dispersaron fragmentos desde el año 326.

Por lo tanto, era natural que el Hallazgo en sí mismo se conmemorase en un día festivo especial propio y tuviera un lugar de honor en el Calendario Romano General.

Debemos concluir que su supresión en 1960 fue totalmente injustificada, ya que se llevó a cabo bajo falsos pretextos.

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El Viernes Santo tiene lugar la exposición, la ostentación y la adoración de la Santa Cruz.

La Santa Iglesia no se limita a exponer en este momento a los ojos de sus hijos la Cruz que los salvó, sino que los invita a adorarla y a imprimir respetuosamente sus labios sobre el instrumento de la Redención.

Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza.

En primer lugar, están los Improperios o reproches que el Mesías hace a los judíos.

A los Improperios, sigue una Antífona solemne, en la cual, a la memoria de la Cruz, se une el recuerdo de la Resurrección, para la gloria de Nuestro divino Redentor:

Adoramos, Señor, tu Cruz, y ensalzamos y glorificamos tu santa Resurrección, porque es a través de la Cruz que vino el gozo al universo mundo.

Se termina con el magnífico Pange lingua gloriosi (Canta la voz la corona del combate glorioso: cómo en la Cruz venció inmolado el Redentor del mundo) intercalando la antífona Crux fidelis:

¡Oh Cruz fiel!, el más noble entre todos los árboles. Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso!

Renovemos, hoy, la adoración de la Santa Cruz, y pidamos la gracia de alcanzar la Sabiduría de la Cruz… El conocimiento interior y sabroso de la Santa Cruz…

Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna.

Ecce lignum Crucis, in quo salus mundi pependi… Venite, adoremus…