PÈRE ROGER-THOMAS CALMEL, O. P.: FÉTIDA EXPRESIÓN

La armadura de Dios

LA LLAMADA “EDUCACIÓN SEXUAL” ES UNA FARSA

Educatio, quæ sexualis putide dicitur, escribió Pío XI en su Encíclica Divini illius magistri (ver texto completo al final).

Educación sexual, fétida expresión.

Para que ella se generalice, las costumbres generales deben haberse convertido en costumbres de monos.

Una expresión nauseabunda, pero más falsa que repugnante.

Cuando lo piensas, es tan incorrecto decir educación sexual como decir sistema respiratorio orgulloso.

El uso de los órganos respiratorios no se ve afectado por la moralidad; estos órganos, además, no están sujetos a una revuelta moralmente desordenada de los sentidos.

En estos dos puntos hay una diferencia fundamental con los órganos de propagación de la vida humana. (Por eso, después del primer pecado, los hombres no andan completamente desnudos).

Los franceses que todavía quieren hablar francés y, en general, las personas que han conservado el sentido común, que no ignoran las evidencias de la justa razón natural, deben desterrar de su lengua esta expresión falsa, bastarda y pestilente: “educación sexual”.

Diremos: de tres cosas, una.

— O bien diremos un estudio científico del sistema genitourinario; pero, a menos que seamos grandes tontos, ¿quién querría imponer a un pequeño adolescente los estudios especializados de la facultad de medicina?

— O bien diremos formación de la pureza; pero, a menos que uno sea muy vicioso, se admitirá que ella requiere la mayor reserva; pronto mostraremos por qué; más exactamente, intentaremos hacer sentir esta primera evidencia. Porque no se demuestran las primeras verdades; ellas son captadas por intuición espontánea. A lo sumo, podemos promover esta intuición.

— O bien diremos iniciación a la lujuria y a todos los vicios vergonzosos; pero, a menos de ser un sinvergüenza espantoso, se estará de acuerdo en que este no es el papel de los maestros y profesores.

O estudio médico, o formación de la pureza, o iniciación a la lujuria y perversión de los niños: tres realidades distintas, definidas, imposibles de confundir, teniendo cada una con sus propias leyes y sus propios requisitos en la exposición.

En cualquier caso, en este vocabulario, que es clásico, no confundamos las cartas; no se disfraza bajo el nombre de estudio médico el aprendizaje de la fornicación.

Lo intolerable en la expresión “educación sexual” y en la ignominia que encierra este título, es la falsificación del lenguaje y la hipocresía de conducta.

***

En público podemos enseñar sobre la esencia y la dignidad natural del matrimonio y la elevación sobrenatural que le confiere Jesucristo.

Esta enseñanza debe incluso darse en público según las circunstancias y las personas.

En público es apropiado predicar sobre la dignidad de las bodas. Pero otra cosa es dar información sobre la intimidad del lecho conyugal.

Explicar la esencia y la dignidad del matrimonio es una cosa y está abierta al público.

La descripción de las manifestaciones íntimas de amor entre esposos es otra cosa, y esta descripción no se hace frente a una audiencia. Porque estas manifestaciones íntimas conciernen a los esposos que se han elegido a sí mismos en la presencia del Señor; ellas sólo corresponden a ellos y al Señor, no tienen que ser referidas. Estas manifestaciones incumben, en lo que hay de más reservado, al amor de persona a persona; el secreto es, por tanto, su dominio. Echarlas al público es desnaturalizarlas.

Lo que debe decirse en público no es del ámbito de la descripción, sino del ámbito de la ley moral.

En público hay que decir simplemente que la ley del Creador obviamente gobierna estas manifestaciones íntimas de amor para que sean honestas, conformes con su fin, no viciadas, que no se opongan de ninguna manera a la posibilidad de generación, inscrita en el acto matrimonial.

Que la fecundidad sea otorgada o no por el Creador de todos los seres, pero especialmente de los humanos; que haya o no fecundidad, no está en el poder de aquellos que se unen.

Pero lo que está en su poder y su deber es no hacer nada contra la posibilidad de fecundidad que está en la naturaleza misma de este acto.

Proclamar esta doctrina es mucho más que dar una descripción al público. Si la intimidad del lecho conyugal no tiene por qué mostrarse en público, no es porque sea, en sí misma, deshonesta o abominable.

Si, por honesta que sea en sí misma, se hiciese inmediatamente, a través de la exhibición y la demostración, deshonesta y abominable, es porque traicionaría la naturaleza de su ley profunda, que exige modestia y secreto.

Porque tal es la naturaleza del amor, que las manifestaciones más íntimas del don entre el hombre y la mujer son necesariamente privadas.

Esto no se demuestra.

Tampoco demostramos los primeros principios de la razón.

Cualquier hombre normal, cualquier mujer que no sea radicalmente pervertida, siente esto. Quien no lo sintiese, sería un monstruo.

Todo lo que se puede explicar es que aquí se requiere pudor, modestia y reserva por dos razones diferentes pero inseparables; primero por una noble razón que tiene que ver con el amor de manera muy general, luego por una triste razón ligada a nuestra condición de pecadores.

Porque el amor entre hombre y mujer, al ser un don de persona a persona, y por tanto todo lo contrario a un don público, no tiene por qué ser entregado al público en sus manifestaciones íntimas.

Por otro lado, desde el primer pecado, el amor entre hombre y mujer, estando sometido al desorden, a la codicia, a la rebelión de la carne contra el espíritu, sería antinatural que, en sus manifestaciones íntimas, se exponga a los ojos del mundo, como si el mundo fuera angelical y no tuviera deseos perturbadores.

Una tal exhibición sería una provocación despreciable.

Entonces, por estas dos razones, el amor requiere pudor, modestia y secreto cuando se trata de la intimidad del lecho conyugal.

Esta intimidad no tiene por qué ser entregada al público, ni de forma directa –nos disculpamos por hacerlo ver–, ni por medio de descripciones y representaciones imaginativas.

La llamada “educación sexual” ignora las leyes primarias del amor: el pudor, la modestia y el secreto.

Haciendo alarde de la intimidad del amor en público, la nauseabunda “educación sexual” distorsiona y desnaturaliza esa intimidad.

Es una farsa.

***

Pero el niño, dicen, necesita saber lo que se relaciona con la propagación de la vida humana.

Ciertamente tiene derecho a la verdad en este asunto; pero esto significa que tiene derecho a que se le diga la verdad de una manera que respete y honre el objeto sagrado de sus preguntas.

Además, en estas cuestiones profundamente humanas, el niño también tiene derecho a saber que el matrimonio no es la totalidad del hombre; el hombre y la mujer pueden ser llamados por el Señor a renunciar a la unión matrimonial y a tener hijos, para entregarse al Señor con un impulso más directo y con una determinación más radical.

En todo caso, la verdad a la que tiene derecho el niño sobre la propagación de la vida y el amor humano es una verdad en cuya presentación entran necesariamente la reserva, el pudor y la modestia. Por lo tanto, es contra naturaleza, contra la naturaleza de esta verdad, exponerla en público, describirla frente a toda una clase. Así como también lo es el proyectar películas pornográficas frente a toda la clase.

***

A las preguntas del niño, a sus dificultades o sus ansiedades con respecto al don de la vida humana, con las atracciones, los deseos y las tentaciones que se relacionan con ella, sólo podemos responder verdaderamente si tenemos en cuenta cuál es el secreto y el misterio de cada niño.

Así lo requiere la naturaleza de las preguntas de cada uno, con la admiración, las dificultades o la ansiedad de cada uno.

Es decir, que esto no es responsabilidad del profesor que se dirige a la clase en su conjunto.

Es asunto de las familias, de cada familia; es su derecho más sagrado.

Todo profesor honesto y con sentido común comprende este lenguaje.

Para otros, los que no comprendan o los que quieren usurpar el dominio de los padres, estos últimos sabrán constreñirlos, con argumentos contundentes, a ceñirse a su función, que es del dominio público. Ella es, además, bastante noble; y, si la honraran un poco más, tendrían horror, como de un crimen particularmente sucio, de ir a abrir las cortinas de las alcobas a los ojos de sus alumnos, en lugar de enseñarles a leer los libros de buenos autores, a escribir correctamente y a conocer la historia verdadera y no disimulada del mundo y de sus países.

El niño, o más bien tal o cual niño, a una edad que no es la misma para él que para su compañero, se plantea sobre el misterio del don de la vida ciertas cuestiones particulares que no son intercambiables con las de tal o cual otro camarada. Espera, sin siquiera formularla, una respuesta que no hiera en su corazón el respeto que porta por su padre y su madre, o bien una respuesta que no lo vuelva vil a sus propios ojos en la lucha que debe librar para permanecer puro.

¿Cómo responder adecuadamente a preguntas esencialmente individualizadas? Toda respuesta que, dada en público, pretenda llegar a cada niño en su misterio individual, traiciona por lo mismo la pregunta del niño.

Lo que pedía el niño no estaba abierto al público como la solución a un problema de geometría o una lección sobre la médula espinal.

Lo que el niño, cada niño personalmente, necesita saber en este asunto no es competencia de un profesor.

***

Pongamos fin lo antes posible a la farsa de la así llamada “educación sexual”.

Que los padres no cedan sus sagrados derechos a los señores maestros del colegio.

Que los profesores se nieguen categóricamente a transformar las clases en anfiteatros de facultad de medicina, en pasillos de hoteles sombríos o en cines pornográficos.

Que todos los cristianos que todavía enseñan a sus hijos el Ave Maria redoblen sus oraciones y actúen para poner fin a la iniciación pública a la lujuria que personajes infames pretenden imponer por autoridad y oficialmente a todos los niños de nuestras patrias.

Roger-Thomas Calmel, O. P.

Nota: Texto completo de la cita de la Encíclica de Pío XI:

Peligroso en extremo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros tiempos invade el campo de la educación en materia delicadísima, cual es la de la honestidad de las costumbres.

Está muy difundido el error de los que, con pretensión peligrosa y con fétida expresión, promueven la llamada educación sexual, estimando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la concupiscencia con medios puramente naturales, cual es una temeraria iniciación e instrucción preventiva para todos indistintamente y hasta públicamente, y, lo que es aun peor, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones para acostumbrarlos, según dicen ellos, y como para curtir su espíritu contra aquellos peligros.

Yerran estos tales gravemente, al no querer reconocer la nativa fragilidad de la naturaleza humana y la ley de que habla el Apóstol contraria a la ley de la mente, y al desconocer aun la experiencia misma de los hechos, los cuales nos demuestran que, singularmente en los jóvenes, las culpas contra las buenas costumbres son efecto, no tanto de la ignorancia intelectual, cuanto principalmente de la débil voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la Gracia.

En este delicadísimo asunto, si, atendidas todas las circunstancias, se hace necesaria alguna instrucción individual en el tiempo oportuno, dada por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas, conocidísimas en la educación cristiana tradicional, que el citado Antoniano suficientemente describe, cuando dice:

Es tal y tanta nuestra miseria y la inclinación al pecado, que muchas veces de las mismas cosas que se dicen para remedio de los pecados, se toma ocasión e incitamento para el mismo pecado. Importa, pues, sumamente que el buen padre, mientras hable con su hijo de materia tan lúbrica, esté muy sobre aviso y no descienda a particularidades y a los diversos modos con que esta hidra infernal envenena tan gran parte del mundo, a fin de que no suceda que, en vez de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, mientras dura la niñez, bastará usar de los remedios que con un mismo influjo fomentan la virtud de la castidad y cierran la entrada al vicio”.