Padre Juan Carlos Ceriani: MISA DE LA AURORA

Sermones-Ceriani

MISA DE LA AURORA

En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

Nota: gran parte de la presente homilía se basa en la doctrina del Cardenal Pie.

Los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado … Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

Es, sin duda, para todos, pero especialmente para los pobres de espíritu que el Hijo de Dios se hizo hombre, que vino a este mundo.

Escuchemos las palabras de San Pablo: Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros por su pobreza os enriquezcáis.

No es de extrañar, sin duda, que el misterio de la Encarnación, siendo la base de toda religión y el centro de todo el Cristianismo, se exprese en los Libros Sagrados por palabras sobrecogedoras de grandeza y de majestad.

¿Acaso, independientemente del precepto de la rúbrica, no doblamos espontáneamente las rodillas cuando confesamos que el Verbo coeterno con Dios, el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas, el Verbo que es la vida, que es la luz de los hombres, se hizo carne?

En unos instantes, cuando la Iglesia nos haga recitar su Símbolo, y que, después de haber profesado con inigualable pompa y altura de expresión nuestra fe en el Señor Jesucristo, el único Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los tiempos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no creado, consustancial con el Padre, confesemos que por nosotros los hombres y para nuestra salvación descendió del cielo, y que se encarnó, por la operación del Espíritu Santo, en el vientre purísimo de la Virgen María, y que se hizo hombre: Et homo factus es…, ¿no será nuestro primer movimiento inclinarnos y adorar?

¡Descendió de los cielos! ¡Qué camino! ¡Qué descenso!

¡Qué punto de partida!: nació del Padre antes de todos los tiempos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no creado, consustancial con el Padre…

¡Y al final de su camino, el vientre de una mujer, luego una cuna que nunca fue la de nadie, un pesebre, bajo el techo de un establo!

¡Del trono del cielo a la paja del establo…!

Bajar, sin duda, no es del gusto de la mayoría; pero descender algunos grados en la jerarquía de la dignidad, para ascender algunos otros en la escala de la fortuna, eso se ve bastante bien hoy en día; y muchos se resignan a ser segundones en una posición más lucrativa que la primera…, ¡tanto es el dinero una de las principales pasiones de este siglo!

Sin embargo, es otra palabra sobre la que quiero llamar la atención. Es la palabra de San Pablo, que mide de otra manera la distancia recorrida por el Verbo Encarnado: El Verbo, nos dice, por vosotros se hizo pobre, siendo rico…

El Verbo, no sólo se hizo hombre, sino que adoptó la naturaleza humana en un estado que no podía revestir ningún estado de grandeza, de gloria, de fortuna…; el Verbo se hizo pobre…

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Lección necesaria; lección de aliento, de ánimo, de consuelo…

En este momento en que los sufrimientos de la pobreza se sienten tan cruelmente, bajo ese techo de adobe, en ese lecho de paja, en una estación rigurosa, vemos a este pobrecito Niño que acaba de nacer, que no tiene para ser abrigado más que el amor atento y cariñoso de su Madre y el aliento cálido de dos pobres animales.

¿Reflexionamos sobre Quién es este ser que nace bajo los auspicios de la miseria, de la angustia más extrema?

Él es el unigénito Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los tiempos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no creado, consustancial al Padre…

Ciertamente, se precipitó del extremo de la fortuna al extremo de la pobreza, del Cielo al pesebre. ¿Comprenderemos esta lección?

Pensamos que las riquezas son el mayor de los bienes, que la fortuna es lo más deseable. La perseguimos con los deseos, si no la tenemos; atamos el corazón a ella, si la tenemos; nos lamentamos sin medida, nos desesperamos, si no le tenemos ya…

¡Qué durezas, qué injusticias, qué crímenes, qué asesinatos producidos por este fatal amor al dinero!

He aquí la actitud contraria de nuestro Dios al venir a este mundo: desprecia tan absolutamente las riquezas que incluso prohíbe a la comodidad acercarse a su cuna.

¡Sublime enseñanza práctica de la primera Bienaventuranza! ¡Conmovedor consuelo para esa inmensa multitud de personas desafortunadas de las que se compone en gran parte la raza humana!

Proclama con su estado lo que más tarde proclamará con sus discursos: ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!

Escuchen todos aquellos que sufren, quejándose sólo con resignación. Vuestro destino es el que eligió Jesucristo, y vuestra pobreza aún no iguala la de su pesebre…

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Os anuncio una gran alegría, había dicho el Ángel a los pobres pastores.

Si las palabras del Santo Evangelio no fueran infalibles y eternamente verdaderas, ¿creeríamos en esta noticia que nos trae en estos momentos, en este anuncio de gran alegría?

Las noticias felices, los anuncios felices son raros bajo el sol, y especialmente en este momento triste, cuando todo es dolor y decepción.

La noticia de una gran alegría se ha vuelto tan inusual en la tierra que debemos explicarnos para hacer creíble nuestra palabra.

Gran alegría es lo que el mundo tan a menudo nos ha prometido, y nunca nos ha dado; esto es lo que nuestro corazón ha perseguido a menudo, y nunca lo ha encontrado…

Esto es lo que se nos ofrece diariamente, y lo que finalmente regularmente nos disgusta…

Os anuncio una gran alegría, nos ha dicho más de una vez el predicador de la vanidad y del placer, invitándonos a sus fiestas, a sus espectáculos, a sus entretenimientos…

Y hemos respondido a su llamado; hemos corrido a sus pasatiempos, diversiones, distracciones…

Pero, seamos sinceros, el mundo y nuestra imaginación, ¿no han exagerado mucho, no han excedido mucho la verdad diciéndonos: os anuncio una gran alegría?

¿Existe, realmente, una gran alegría en lo que llaman las reuniones y los placeres del mundo?

¿Es una gran alegría lo que dura sólo unos instantes, y lo que la hora que viene se lleva?

¿Es una gran alegría la que convierte la hora del deber serio y la hora del descanso necesario, en la hora del cansancio y del sufrimiento?

¿Es una gran alegría aquella que deja detrás de ella tanto vacío en el fondo del corazón, y que apenas proporciona una fugaz desviación de las habituales tristezas?

¡No!, sólo los niños y los tontos pueden llamar a una cosa tan endeble con un nombre tan suntuoso.

¡No!, eso no es una gran alegría; y la mayoría de las veces, ni siquiera es una alegría; suele ser un engaño, porque el amor propio lo encuentra ofensivo; más aún, es un delirio, porque el pecado se encuentra allí como un envenenamiento, cuando no es la base misma de este plato peligroso.

Por lo tanto, el apóstol de la vanidad y del placer mintió…

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Os anuncio la noticia de una gran alegría, dice, a su vez, la pasión, el vicio…

El vicio, una gran alegría… ¡Oh, perfidia! ¿Es una gran alegría esa vergonzosa intoxicación de los sentidos, que contamina en nosotros la imagen de Dios, que degrada nuestra naturaleza, que apaga la luz de la razón, que seca la juventud en su flor y precipita su decadencia, que pone en el fondo de la conciencia implacables remordimientos, que empuja a los celos, a la sospecha, a la venganza, a la furia, al asco de la vida, a veces al suicidio?

¿Es un gran gozo ese conjunto de tantos males, por hermoso que esté disfrazado?

¡Ah! Lejos de ser la pasión una alegría, es la extinción de toda alegría en el fondo del corazón al cual tiraniza; es la pérdida de toda alegría para el tiempo y para la eternidad.

Por lo tanto, el apóstol del placer y de las malas inclinaciones también mintió…

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Se presentan también la gloria y la fortuna, y dicen: Os anuncio una gran alegría.

Y los hombres corren tras la fama, tras la riqueza…

Pero, ¿han cumplido su palabra estas divinidades fantasiosas e inconstantes?

Gloria, fama…; ¿acaso hay algo más caprichoso e injusto? Ni la buena ley, ni el talento, ni la virtud son un título seguro de sus favores.

La gloria, la moda, la fama, los avances y los honores suelen ser para el primero en llegar, el más audaz, el más aventurero, y le dan la espalda al mérito verdadero, sólido y probado.

El elogio de los hombres, ¿no habéis notado que tiene preferencia por la mediocridad y aversión del hombre superior?

¡Oh gloria mundana, vanidad de vanidades!, aferrase a ti es unirse a la nube pasajera. Como ella, cambias en un instante, tanto de color como de forma y de lugar. La busco por encima de mi cabeza, ya está perdida detrás de mí; como ella también encierras la tempestad en tu seno, y los truenos siguen de cerca el torrente de tus relámpagos.

Como hemos observado, a medida que vienen, se va todo lo dulce, la juventud, la salud, la libertad.

Así que la gloria y la fortuna también han mentido cuando anunciaron una gran alegría…

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Nadie en la tierra puede decir con sinceridad a los hombres: Os anuncio una gran alegría; nadie, excepto el mensajero de Dios, el que es enviado del Cielo, como el Ángel que habló a los pastores, o que, estando en la tierra, ejerce un ministerio celestial entre sus hermanos.

Por tanto, ustedes, que tantas veces han sido engañados por voces traicioneras, escuchen finalmente una voz sincera y veraz, la voz de la religión.

Os anuncio, pues, a todos un gran gozo, que os toca a todos saborear, un gozo infinito en su objeto, en su extensión, en su duración: es que os ha nacido un Salvador.

Nacido para todos los hombres, hace dos mil años, sólo pide nacer de nuevo de alguna manera para nosotros.

Viene a salvarnos de nuestro enemigo más mortal e íntimo, del que no nos dará ni paz ni tregua, y que no nos permitirá saborear ninguna felicidad; viene a salvarnos de nuestros pecados.

Al redimirnos de nuestros pecados, viene a librarnos de la ira de Dios, que Él aplacará; del remordimiento de nuestra conciencia, que Él calmará; de la tiranía de nuestras pasiones, que Él apagará; de la furia de hombres y demonios, que Él encadenará; de los secretos dolores de nuestra alma, que Él aliviará; de los horrores de la muerte y los terrores del juicio, que Él templará.

Sí, os anuncio una gran alegría: hoy os ha nacido un Salvador…

Pues esta gran alegría, que nadie ni nada nos ha dado en la tierra; que no hemos encontrado en las fiestas del mundo, ni en los placeres, ni en la gloria, ni en el dinero, ni en las funciones de la vida pública, ni en las relaciones de la vida privada, ni en los placeres más legítimos del hogar doméstico, ni en la dulzura misma de una casta amistad, ni en el triunfo permanente de los regímenes públicos a los que habíamos dado nuestras simpatías y depositado nuestras esperanzas; esa gran alegría, esa alegría incomparable, ilimitada, sin adulterar, que no hemos encontrado en ningún lado, es la que os mostraré. Seguidme… Vayamos a Belén; Transeamus usque Bethlehem…

¡Sí!, pasemos por sobre todo lo demás, y vayamos hasta allá…

Allí encontraremos la alegría, la mayor alegría, escondida bajo los rasgos del Niño Dios que acaba de nacer para nosotros.

El mundo, la gloria, la política, la familia, todo eso no nos alcanza para llenar nuestro corazón…

Vayamos derecho a Belén, a Jesucristo…

Fuera de Él, nunca tendremos suficiente…

Allí está el gozo; el gozo de los Ángeles y de los hombres; el gozo del Cielo y de la tierra; allí está el principio de todo gozo, de todo bien.

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Pero alguien puede decir: Belén ya no existe…

Y respondo. Belén todavía es. Jesucristo fue ayer, es hoy, será para siempre.

Id, pues, a este Belén permanente…

El Niño divino renace cada día en los corazones que Jesús inunda, por el tiempo y por la eternidad, con una alegría que no se puede expresar, con ese gozo tan vasto que, en lugar de entrar en nosotros, somos nosotros los que entramos, los que nos sumergimos en él, para quedarnos allí para siempre: Intra in gaudium Domini tui.

Y mientras los pastores se volvían glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían visto y oído, María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su Corazón…

Al igual que Nuestra Señora, conservemos en nuestro corazón todo lo que el Niño nos ha dicho y la alegría que nos ha proporcionado, y no permitamos que nada ni nadie nos robe el comienzo del gozo sempiterno que disfrutaremos en el Belén eterno…