P. Basilio Méramo-SOBRE EL REINO DE DIOS Y LA PARUSIA

Siendo un hecho que el Verbo al encarnarse se hizo Hombre en esta tierra, es Rey como hombre y su reino es en esta tierra, y de ahí se irradia a todo el universo.

Y aunque diga que su reino no es de aquí, lo que en realidad dice es que su reino no es por ahora, por el momento, de aquí, puesto que en el siglo presente no reina de hecho, ya que desde el pecado de Adán, Satanás se enseñoreó y se consolidó como príncipe de este mundo, puesto que Nuestro Señor mismo habla de Satanás como príncipe de este mundo en San Juan 14, 30.

Esta verdad de que el Reino de Cristo es en esta tierra, se volatilizó relegándola a los cielos en la vida eterna y es una grave mutilación, pues si es Rey por el hecho de ser hombre en esta tierra, su reino también es de aquí; un rey sin reino, no es rey.

Y no hay que olvidar que incluso en la Cruz, quedó consignado que era rey de los judíos, Iesus Nazarenus Rex Iudeorum, entonces queda más que claro que es en esta tierra, y no en el cielo donde no hay ya ni judíos ni griegos, ni árabes, etc.

En el evangelio del Domingo I de Adviento, tomado de San Lucas 21, 31, dice: “Así también, cuando veáis que esto acontece, el Reino de Dios está próximo” y acaba de hablar de su Parusía en los versículos anteriores, pues cuatro versículos antes dice: “Entonces es cuando verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con gran poder y gran gloria”, y además nos dice de levantarnos: “Cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención está cerca”. (Lc. 21, 27-28).

No queda ninguna duda que el reino de Dios que está próximo, es el reino de Cristo Rey en el día de su Parusía, aquí en la tierra y no en el cielo, pues baja del cielo a la tierra.

El evangelio del Domingo XXIV y último después de Pentecostés (Mt. 24, 15-35), y que está tomado del discurso esjatológico que es considerado como el Apocalipsis sucinto, y después de hablar de la Abominación de la Desolación, de la Gran Tribulación, de los Falsos Cristos y Falsos Profetas, dice lo mismo sobre la Parusía en el versículo 27: “Porque, así como el relámpago sale del Oriente y brilla hasta el Poniente, así será la Parusía del Hijo del Hombre”, y en el versículo 30: “Y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con gran poder y gloria grande”.

Y aunque no está en este Evangelio del Domingo XXIV y último después de Pentecostés, pero que es parte del mismo discurso esjatológico, vemos que dice en el versículo 14, que es el inmediatamente anterior, que la Parusía es la buena nueva del Reino, o el evangelio del Reino, porque evangelio quiere decir Buena Nueva; dicho versículo dice: “Y esta buena nueva del Reino, será proclamada en el mundo entero, en testimonio de todos los pueblos”.

Entonces queda más que claro y probado y demostrado, que la buena nueva del Reino, que el Reino de Dios está próximo y que la Parusía, son lo mismo; y ese es el Reino de Dios que pedimos en el Padre Nuestro.

Ahora, que los hombres de Iglesia no se hayan percatado de esto ni lo hayan enseñado, porque no lo han visto, por una óptica miope, ese es otro problema, pero que es dogma de fe, ningún católico lo puede negar, pues está en los evangelios expresamente; y este olvido y falta de óptica, ha sido la gran treta de Satanás, y por la negligencia de los hombres de Iglesia ante una verdad tan paladina, es lo único que explica esta gran apostasía. Así como el pueblo elegido, con las Escrituras en la mano, no reconoció al Mesías, así, lo hombres de Iglesia, con las Escrituras en la mano, no han sabido reconocer hasta nuestros días, la buena nueva del Reino, que es la Parusía; y como bien dice el P. Castellani, los judíos se equivocaron esperando al Mesías de la segunda venida y por eso desconocieron al de la primera y que los cristianos al revés, se quedan con la primera, olvidando, relegando la segunda, pero es más exacto, me parece, decir que no vieron el Reino de Dios, que era la Parusía, que se realizaría plenamente con la Parusía en esta tierra. Y eso es lo que lleva al olvido, y aun hasta el mismo rechazo de que el Reino de Cristo es en esta tierra, y para que después que tenga todo reunido bajo sus pies, entregar su Reino al Padre.

Monseñor Straubinger en su nota 32 al capítulo 21 de San Lucas, dice: “El Discurso Escatológico no tiene sino un solo tema central: el Reino de Dios, o sea, la Parusía en sus relaciones con el Reino de Dios”. Y en la misma nota, más adelante, muestra que la Parusía es el triunfo pleno (no el que muchos esperan sin ella) del Reino: “la intención primaria de la pregunta era la Parusía soñada, por lo cual que el tiempo se refiere directamente a la Parusía es por demás manifiesto y en la parábola de la higuera se nos dice que cuando comience a cumplirse todo lo anterior a la Parusía veamos en ello un signo infalible de la cercanía del Triunfo definitivo del Reino”.

Todos aquellos que esperan un triunfo preparusíaco, es decir, antes de la Parusía, se equivocan olímpicamente, pues como observa bien Mons, Straubinger, no se ha prometido a la Iglesia el triunfo en esta tierra, sino todo lo contrario, en la nota 12 al capítulo XXIV de San Mateo: “Nótese que Jesús, fundador de la Iglesia, no anuncia aquí su triunfo temporal entre las naciones, sino todo lo contrario”.

Por eso se dice en San Lucas 18,8: “Pero el Hijo del Hombre cuando vuelva, ¿Hallará por ventura la fe sobre la tierra? Y Mons, Straubinger dice en su nota 8 a este pasaje: “Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta la consumación del siglo. Es el gran misterio que San Pablo llama de iniquidad y de apostasía”.

Hay que tener en cuenta que en la última cena Nuestro Señor Jesucristo vuelve a recordar su reino terrestre, y no en el cielo de la vida eterna (terrícola, para los marcianos, jupiterianos, venusianos y toda clase de extraterrestres) cuando dice refiriéndose a la pascua: “Porque os digo que Yo no la volveré a comer hasta que ella tenga su plena realización en el Reino de Dios”. (Lc. 22, 16) Y hasta aquí cualquiera podría decir ¡Aleluya! será en el cielo; pues no, porque Nuestro Señor dice: “Porque, os digo, desde ahora no bebo el fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”. (Lc. 22, 18).

Y para que no queden dudas de que es el reino de Dios es el Reino de Cristo en la tierra, pues en el cielo no se come ni se bebe, dice Nuestro Señor: “Para que comáis y bebáis a mi mesa, en mi reino, y os sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”.  (Lc. 22, 30). Lo cual será el día de su Parusía.

Y ya sabemos que ese Reino de Dios cuando vuelva, es la Parusía. Y ¿por qué la Pascua tendrá la plena realización en la Parusía?, porque se realizan las Bodas del Cordero: “¡Aleluya! Porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha establecido el reinado. Regocijémonos y saltemos de júbilo, y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado”. (Ap. 19, 6-7).

Aleluya, como hace ver Mons. Straubinger en la nota 5 a este capítulo, no significa alegría, como suele creerse, sino ¡alabad a Yahvé! (Hallelú Yah). Y en la misma nota trae esta interesante reflexión: “Voces celestiales cantan la toma de posesión por el Señor, de su reino universal y eterno al mismo tiempo que las Bodas del Cordero”.

Hay una relación muy interesante que hace Mons. Straubinger entre las Bodas del Cordero y el Cantar de los Cantares, que conviene tener presente: “He aquí ciertamente el punto más avanzado, donde se detiene toda investigación escatológica y que esconde la clave de los misterios postapocalípticos del Cantar de los Cantares (Léase nuestra introducción a este Libro)”. (Nota 3, Ap. 21).

En la introducción observa que este Libro, es uno de los más difíciles de entender, incluso que el mismo Apocalipsis: “El breve libro es sin duda el más hondo arcano de la Biblia, más aun que el Apocalipsis, pues en este, cuyo nombre significa Revelación, se nos comunica abiertamente que el asunto central de su profecía es la Parusía de Cristo y los acontecimientos que acompañarán aquel supremo día del Señor en que Él se nos revelará para que lo veamos ‘cara a cara’. Aquí, en cambio, se trata de una gran Parábola o alegoría en la cual, excluida como se debe la interpretación mal llamada histórica, que quisiera ver en ella un epitalamio vulgar y sensual, aplicándolo a Salomón y a la princesa de Egipto, no tenemos casi referencias concretas, salvo algunas (cf. 6, 4 y nota), que permite con bastante firmeza ver en la Amada a Israel, esposa de Yahvé”.

Y más adelante, en la misma introducción dice: “…al Israel histórico oponen el Israel de la época mesiánica, purificado de todos sus pecados y vuelto de todo corazón a su Dios. Las relaciones rotas por el pecado de idolatría se reanudan para siempre. Es preciso, pues, decir que le cántico celebra los amores de Yahvé y de Israel en la edad mesiánica, que es el objeto de los deseos de los profetas y justos del Antiguo Testamento”.

Vemos así cómo hasta el último momento, Nuestro Señor habla del Reino parusíaco o milenario, cuando después de cuarenta días de la resurrección, Nuestro Señor asciende a los cielos, los ángeles el dicen a los apóstoles: “Varón de Galilea, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús que ha subido al Cielo, así volverá, como lo acabáis de ver subir allá”. (Hech.1, 11).

Y estos cuarenta días desde la resurrección hasta la ascensión, Nuestro Señor Jesucristo, se lo pasó hablando del Reino de Dios, que como hemos visto, es su reino terrestre, puesto que: “Siendo visto de ellos por espacio de cuarenta días y hablando de las cosas del Reino de Dios”. (Hech. 1,3).

Mons. Straubinger comentando este pasaje en la nota 3 dice: “Reino de Dios: expresión que San Mateo llama Reino de los Cielos, señalando su trascendencia universal y que designa el reino que debía fundar el Mesías”.

No hay que olvidar que la Transfiguración de Nuestro Señor, fue un anticipo de la gloria y majestad con la que Él habría de volver bajando de los cielos el día de la Parusía, como lo hace notar el mismo Mons. Straubinger: “Con el brillo de su gloria, tal como se mostró en la Transfiguración, que era como un anticipo de su Parusía triunfante”.

San Marcos (9, 1), en el pasaje alusivo a la Transfiguración, dice: “Y les dijo: En verdad, os digo, entre los que están aquí, algunos no gustarán la muerte sin que hayan visto el Reino de Dios venido con poder”.

O también en esta nota 1 al el capítulo 9 de San Marcos: “El anuncio de Jesús se refiere a su gloriosa Transfiguración, relatada en los versículos que siguen, y en la cual Jesús mostró un anticipo de la gloria con que volvería al fin de los tiempos. Tal es la gloria cuya visión nos refiere San Juan y su evangelio (1,14) y San Pedro en su segunda Epístola (1,16ss.)”. “En verdad, os digo, entre los que están aquí, algunos no gustarán la muerte sin que hayan visto el reino de Dios venido con poder”.

Luego, en San Mateo 16, 28 dice lo mismo: “En verdad, os digo, algunos de los que están aquí no gustarán la muerte sin que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su Reino”.

Y en San Lucas IX, 27: “Os digo, en verdad, alguno de los que están aquí, no gustarán la muerte sin que haya visto antes el Reino de Dios”.

Por eso San Juan, que junto con San Pedro, Santiago que fueron los únicos tres apóstoles que presenciaron la Transfiguración, dice: “Nosotros vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre y es, lleno de gracia y de verdad”. (Jn.1, 14).

Cuándo y dónde, vieron la gloria estos tres apóstoles que eran los que no morirían sin antes ver, como les dijo Nuestro Señor Jesucristo, el Reino de Dios. Pues bien, San Pedro dice: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la Parusía de nuestro Señor Jesucristo, según fábulas inventadas, sino como testigos oculares que fuimos de su majestad, pues Él recibió de Dios Padre, honor y gloria cuando de la Gloria majestuosísima le fue enviada aquella voz: este es mi Hijo amado en quien Yo me complazco; y esta voz enviada del cielo la oímos nosotros, estando con Él en el monte santo”.  (II Ped. 1,16-18).

Mons, Straubinger comenta este pasaje en su nota 16: “San Pedro conforma el dogma de la segunda venida de Cristo, que algunos negaban preguntando: ¿Dónde está la promesa de su Parusía? (3,4). Testigos oculares de su Majestad en la Transfiguración (Mat. 17,19), donde por primera vez vieron al Señor en la gloria en la cual ha de venir”.

Y en la nota 18: “En el monte santo de la Transfiguración”, es donde lo vieron.

Todo esto está además avalado por el comentario que Santo Tomás trae de Teofilacto en la Catena Áurea (Mc. 8, 39), que dice: “Queriendo manifestar que no prometía en vano cuando habló de su gloria, añade: ‘En verdad digo que algunos de los que aquí están’, etc., que es como si dijera: algunos, esto es, Pedro, Santiago y Juan, no morirán hasta que les muestre en la Transfiguración cuánta gloria ha de acompañarme en mi segunda venida. La Transfiguración no era, pues, otra cosa sino la profecía de la segunda venida, en la cual brillarán el mismo Cristo y los santos”.

El Reino de Dios relegado al puro Reino de los cielos, es decir a la bienaventuranza eterna de la visión beatífica de la Iglesia triunfante, por una interpretación miope, se ha negligido y no se ha visto que en las Escrituras el reino de Dios, del cual habla Nuestro Señor Jesucristo, es primeramente su reino terrestre y que posteriormente cuando todo esté restituido, o restaurado o recapitulado en Cristo, se haya cumplido la Gran Promesa un solo rebaño bajo un solo Pastor, produciéndose las Bodas Pascuales del Cordero y que todo esté sometido bajo sus pies, se entrega el Reino al Padre, y así se perpetúa el Reino del Cristo  en el seno del Padre eternamente, donde ya no habrá tiempo ni historia sino que todo será la beatífica eternidad.

El Reino de Dios es el reino terrestre de Nuestro Señor Jesucristo, es la Parusía, es la bienaventurada esperanza, como dice San Pablo: “Vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo actual, aguardando la dichosa esperanza y la aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo”. (Tit. 2, 13). Y Mons Straubinger comenta dicho pasaje en la nota 13: “La dichosa esperanza; así se llama segundo advenimiento de Cristo en gloria y majestad”.

Y es por eso que en la Segunda carta a Timoteo dice San Pablo: “Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, el cual juzgará a vivos y a muertos, tanto en su aparición como en su reino”.  (II Tim. 4,1) Y dice Mons, Straubinger en su nota 1 a este pasaje: “Este es el Juez de los vivos y de los muertos, es decir, no de los justos y delos pecadores, sino de los hombres que estarán aún vivos en el día de su venida y de los que habrán muerto”.  

Por eso se nos dice de tener paciencia hasta la Parusía: “Tened, pues, paciencia hermanos, hasta la Parusía del Señor”.  (Sant.5, 7). Y vuelve el Apóstol Santiago (5, 8) a decir: “Tened paciencia: confirmad vuestros corazones, porque la Parusía del Señor está cerca”.

Mons. Straubinger en la nota 8 de este pasaje dice: “Los discípulos vivían con los ojos puestos en el cielo velando para no ser sorprendidos por la llegada del Señor, revelando su condición ante el temor de su juicio… y de esta intensidad de su esperanza vino su heroísmo en la santidad, su generosidad en el sacrificio, su celo en difundir por doquiera la vida nueva, según el evangelio”. Esto es justamente lo que falta hoy, por eso prácticamente es nula la santidad, el heroísmo y el sacrificio, porque no tenemos en cuenta la Parusía.

San Pablo hace la siguiente recomendación: “Te ruego, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, –el cual hizo bajo Poncio Pilato la bella confesión–que guardes tu mandato sin mancha y sin reproche hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”. (I Tim. 6, 13-14).

Esto que dice San Pablo a Timoteo, discípulo que era obispo y el cual tenía a su cargo la dirección de la Iglesia de Éfeso, se lo dice a todo el episcopado, a todos los obispos y recae también en primer lugar al obispo de Roma, los Papas, sucesores en la cátedra de San Pedro.

Y así San Pablo exhorta a Timoteo y a todos a amar la Parusía: “En adelante me está reservada la corona de la justicia, que me dará el Señor, el Juez justo, en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida”. (II Tim. 4, 8).

La restitución de todas las cosas a su estado prístino o primigenio: la apocatástasis, la palingenesia, regeneración o renovación, es algo que ha quedado volatilizado por no tener claro el Reino terrestre de Cristo como hombre que por el hecho de encarnarse en esta tierra el Verbo Eterno, es verdadero Dios y verdadero hombre, y verdadero rey de esta tierra y de todo el cosmos o universo, esto es la restauración de todas las cosas en Cristo (Omnia Instaurare in Christo), la cual era la divisa de San Pío X y que Mons, Lefebvre comentaba como la recapitulación de todo en Cristo, “Reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y de la tierra”. (Ef. 1, 10).

La restauración de todas las cosas es universal, o sea cosmológica y no solo puramente sobrenatural o espiritual de la que habla San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: “Arrepentíos, pues, y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas”. (Hech. 3. 19-21).

Son los tiempos de la restauración de la que se habla en las Escrituras: “De modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, en Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A este es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado dese antiguo por boca de sus santos profetas”. (Hech. 3, 20-21).

San Pedro se refiere a lo mismo, la restauración: “Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia”. (II Ped. 3, 13).

Y sobre este pasaje comenta Mons, Straubinger en su nota 13: “Esto mismo es lo que Jesucristo poco antes (Mt. 19, 28) había expresado con el expresivo nombre de palingenesia (Vulgata, restauratio), el nuevo nacimiento, la regeneración, la renovación del mundo presente”.

Y en otra nota, la 5 al Apoc. 21, complementaria a esta, se lee: “Es una renovación de este mundo donde vivió la humanidad caída, el cual desembarazado al fin de toda mancha será restablecido por Dios en un estado igual y aun superior a aquel en que fuera creado; renovación que la Escritura llama en otros lugares palingenesia, o sea regeneración (Mt. 3, 21)”.

“En verdad os digo, vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre su trono glorioso, os sentareis, vosotros también, sobre doce tronos y juzgaréis a las doce tribus de Israel”. (Mt. 19, 28).

Esta renovación es lo que el cosmos entero, o todo el universo creado espera: “La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel quela sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para (participar de) la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, la obra de la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. Ya no tan solo ella, sino que así mismo nosotros los que tenemos las primicias del Espíritu también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo”. (Rom. 8, 19-23). Sobre esto, Mons, Straubinger comenta en la nota 21: “Hasta la creación inanimada, que a raíz del pecado delos primeros padres fue sometida a la maldición (Gen.3, 17), ha de tomar parte en la felicidad del hombre. De la transformación de las cosas creadas nos hablan tanto los vates del Antiguo Testamento como los del Nuevo”.

Como vemos el Reino de Dios es el Reino de Cristo en la tierra y de todo el universo, realizado plenamente con la Parusía y las Bodas del Cordero, realizándose la gran promesa apocalíptica de un solo rebaño y un solo Pastor, con todas las cosas restauradas, renovadas o restablecidas a su estado primigenio (Apocatástasis o Palingenesia)[1]

P. Basilio Méramo

Bogotá, Diciembre 3 de 2021


[1] Apocatástasis que no hay que confundir con el concepto herético que Orígenes tenía, ya que él, siendo consciente de esa famosa gran restauración al estado prístino o primitivo de todo, la extendía hasta los ángeles condenados, puesto que al fin, los demonios serían liberados del infierno y restituidos a su amistad con Dios, lo cual es una inmensa herejía que termina negando la eternidad del infierno. Y así se cumple el adagio: corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor es la peor de las corrupciones.