Padre Juan Carlos Ceriani: SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Sermones-Ceriani

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Y Juan, al oír en su prisión las obras de Cristo, le envió a preguntar por medio de sus discípulos: “¿Eres Tú «el que ha de venir», o debemos esperar a otro?” Jesús les respondió y dijo: “Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: Ciegos ven, cojos andan, leprosos son curados, sordos oyen, muertos resucitan, y pobres son evangelizados; ¡y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí!” Y cuando ellos se retiraron, Jesús se puso a decir a las multitudes a propósito de Juan: “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Acaso una caña sacudida por el viento? Y si no, ¿qué fuisteis a ver? ¿Un hombre ataviado con vestidos lujosos? Pero los que llevan vestidos lujosos están en las casas de los reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver?, ¿un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Éste es de quien está escrito: “He ahí que Yo envío a mi mensajero que te preceda, el cual preparará tu camino delante de ti.”

San Juan Bautista, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió dos de sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú «el que ha de venir», o debemos esperar a otro?”

¿Por qué San Juan envió sus discípulos hacia Jesús? Él había reconocido en Cristo al Cordero de Dios antes de que hiciera ningún milagro, y no ponía en tela de juicio la mesianidad del mismo.

No dudaba de Jesucristo, pero sí lo hacían sus discípulos. San Juan hizo, pues, este planteamiento solamente por celo para con Jesús y por un verdadero amor para con sus discípulos.

En efecto, por una parte, veía con dolor que varios de éstos, por celosías y por exceso de apego a él, su maestro, se escandalizaban de Jesús y no querían reconocer en Él al Mesías prometido. Por otro lado, sabía que su final estaba cerca, y temía con razón que después de su muerte sus discípulos quedasen como ovejas sin Pastor.

Es por eso que designa dos de ellos y los envía hacia Jesús, sabiendo que el Salvador, en su divina sabiduría, se dignaría responderles e informarlos como era necesario para encauzarlos por la senda recta.

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¿Eres tú «el que ha de venir»? Los que no contemplan a Cristo a la luz de la vida eterna, repiten una y otra vez: ¿eres Tú el que esperamos?, y se enervan, pierden nervio, en medio de sus dudas.

Dejemos ya de interrogar… ¡Jesucristo es el que esperamos! Digamos: Tú eres el que espero. ¿Qué otra cosa puedo querer? He de vivir y obrar conforme a esta realidad.

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Nuestro Señor, infinitamente bueno e infinitamente sabio, conociendo el pensamiento secreto de Juan, y lleno de misericordia para con sus discípulos, va a demostrarles a estos, no por palabras sino por el testimonio de las obras, que realmente es el Mesías.

Por lo tanto, por su propia virtud, realizó ante ellos asombrosos milagros y les hizo comprobar el cumplimiento de las profecías concernientes a su Persona. Y añadió: Id y contad a Juan lo que oís y veis…

Fue como decirles: Todo lo que los Profetas han predicho sobre el Mesías prometido, yo lo hago. Veis realizarse los oráculos de los Profetas, en particular, los de Isaías. Las obras que hago dan testimonio y prueban que el Padre me envió. Así pues, juzgad por vosotros mismos si soy el Cristo anunciado, o si debéis esperar a otro.

Y ¿por qué no respondió directamente a la pregunta? Porque los hombres incrédulos no se quieren convencer con palabras, sino con hechos. ¿Acaso no lo comprobamos todos los días alrededor nuestro?…

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¡Cuántos hombres, aún hoy, se asemejan a estos discípulos de Juan!: no tienen una fe firme y práctica en Jesús; unos por malicia e impiedad, otros por ceguera procedente de las pasiones, otros, en fin, por una ignorancia más o menos culpable.

Que estos incrédulos escuchen y mediten la respuesta de Jesús… Ahora bien, el Salvador prueba su divinidad y su misión: 1) por su doctrina; 2) por la santidad de su vida; 3) por sus milagros.

1) Por su doctrina:

¡Cuán culpables eran, pues, los judíos que no querían oír esta doctrina! ¡Cuán culpables los que, admirándolo por su sabiduría, no querían seguirlo ni reconocerlo como Dios! Pero, ¡cuánto más culpables son los cristianos de hoy!, que imitan a los judíos contemporáneos de Jesús, y se exponen a graves castigos.

2) Por la santidad de su vida:

Nuestro Señor es el modelo vivo de todas las virtudes y de todas las perfecciones. Bienaventurados los que lo reconocen como su Maestro y se esfuerzan en seguirlo.

3) Por sus milagros:

Los discípulos de Juan, en aquella ocasión, fueron testigos, con todos los judíos, de los diversos y numerosos milagros que hacía Jesús. Podían y debían reconocer claramente por estos prodigios que era el Mesías prometido, anunciado, esperado; ya que Jesús obraba estos milagros precisamente con esta finalidad. Y estos milagros eran evidentes, públicos, multiplicados, perpetrados en nombre propio y por una sola palabra.

Y con todo, ¡se negaron a creer en Él! Era necesario tener el corazón endurecido como ellos para negarse a adorar y seguir a Jesús, a pesar de tantos milagros.

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Nuestro Señor concluye su respuesta con estas sorprendentes palabras: “¡Y bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí!” Estas palabras debieron conmover e impresionar a los enviados de Juan; ya que ellos, efectivamente, se escandalizaban internamente de Jesús, y era precisamente para curarlos que Juan los habían enviado a Jesús.

La sentencia no podía emitirse con mayor delicadeza y bondad, aunque con fuerza. Es como si Jesús les dijese: Bienaventurados seréis si, después de haber visto tantas pruebas de mi divinidad, no os escandalizáis de la debilidad de mi humanidad; si lo que hay del hombre en mí no os impide reconocer que soy Dios.

La posición en pro o en contra de Jesús fue, es y será el último factor de la única legítima discriminación de los hombres.

Jesús es signo de contradicción, y todo su Evangelio y la historia de la Iglesia por Él fundada son una demostración de ello.

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí. Es decir, dichoso el que sabe reconocer que los oráculos de los Profetas se cumplen realmente en Mí y no tropieza y cae en la duda como los demás, escandalizados por las apariencias de que soy un carpintero, y porque mi doctrina es contraria a la de los hombres tenidos por sabios y virtuosos como los fariseos.

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Por estas palabras, Nuestro Señor reconoce por sus verdaderos discípulos a aquéllos que no se avergüenzan de Él y que lo siguen de todo corazón…

Pero también declara excluidos de su Reino a todos los incrédulos, orgullosos, tibios, que se niegan a reconocerlo, adorarlo, seguirlo…

Consideremos lo que les pasó a los judíos, por escandalizarse de Jesucristo: Según su horrendo pedido, la Sangre de Nuestro Señor recayó sobre ellos y sobre sus hijos. Se constituyeron en el pueblo deicida y maldito, aún hoy, y hasta su conversión.

¿Qué ocurrió con esos pueblos, antes tan florecientes, que se escandalizaron de tal o cual punto de la doctrina católica y permanecen desde el siglo once siempre en rebelión contra el Primado de Pedro? Encontraron la ruina, la depravación, la dominación del comunismo o de Mahoma…

Contemplemos esas naciones paganas, endurecidas en su idolatría, negándose por orgullo a recibir la doctrina de Jesucristo…

Desdichados, especialmente, todos los malos cristianos (naciones, familias o individuos), que se escandalizan de Jesucristo y de su Iglesia, que se burlan de los dogmas y prácticas de la religión, que son apóstatas de hecho…

¡Qué decadencia moral! ¿Dónde está en ellos la justicia, la honradez, la virtud?… Se niegan a adorar a Jesucristo; pero van a prosternarse delante del becerro de oro, delante de los ídolos de carne, ante el mismo Satanás… No hay paz…, por todas partes hay guerras, confusión, ruinas…

Desdichados todos los católicos que se escandalizan de la Tradición…; que en estos tiempos postreros no quieren seguir la consigna apocalíptica de conservar los restos de lo que han recibido, y se prometen un reflorecimiento, sin reconocer los signos de los tiempos y poniendo sus esperanzas en esos restos que, de todos modos, son cosas perecederas… y ya hieden delante de sus narices…

Desgraciados y mil veces desdichados los individuos, las familias y las sociedades que han renegado de Cristo y han edificado sus destinos sobre otro fundamento, contrario al del Salvador.

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Luego que se fueron los discípulos de Juan, empezó Jesús a hablar de él, y dijo al pueblo: ¿Qué es lo que salisteis a ver en el desierto?

¿Con qué fin lo hizo? Con el de evitar que los presentes, que habían oído la embajada, pensasen que el Bautista, encomiador magnífico de Cristo, había cambiado de sentir y empezado a dudar del Señor, con lo cual también los oyentes vacilarían en la fe.

Asombrados quedamos cuando leemos estas alabanzas. El Corazón de Jesús se entusiasma cuando se encuentra con un alma tan espléndida; y la honra con el ardor de su entusiasmo.

Como si dijera: Juan no es hombre liviano, como la caña, ni cambia de sentir temerariamente. El hombre del desierto no es caña, sino roble; la pompa de todo un rey palidece ante la dignidad de esta alma. Este hombre es más que rey, aunque traiga un vestido de pelos de camello. El mundo, el respeto humano, la moda, los inestables ambientes —ese cañaveral que se inclina al menor soplo del viento— no tienen cabida en su alma; lo que predomina en él son los principios, el carácter, un espíritu consecuente, la fuerza de la voluntad.

Su fe, sus sentimientos, su fervor, su proceder no cambian según las impresiones pasajeras. Parece duro y cruel, mas esta dureza y esta crueldad son la lógica consecuencia de sus principios, el sublime estilo de su espíritu.

Los principios son rudos, por cuanto quieren imponerse en todo; son sublimes, y al mismo tiempo penetran en las pequeñeces de la vida y del sentimiento; urgen un estilo perfecto, es decir, exigen que la vida se forme y conforme, hasta en los más insignificantes pormenores, de una manera unificada y armónica.

No contemporicemos con los caprichos de nuestro ánimo inestable y ligero, con la pesadez de nuestro espíritu, que se hunde en las tinieblas y la apatía; todo esto afea, hace inconsecuente e inseguro nuestro mundo espiritual.

Sursum corda, levantémonos hacia los principios elevados; levantémonos a la conciencia clara del valor de nuestra alma, a Dios que nos rodea y se manifiesta en nosotros, a la sublimidad del Evangelio.

Abajo se mueve el cañaveral de los sentimientos; sabemos que el cañaveral no es un robledal, y que siendo cañaveral se inclina de una parte a otra. Mas nosotros no debemos movernos con él, sino que hemos de formar nuestra alma y nuestro carácter, según principios inconmovibles.

Aun cuando nos sintamos decaídos, no dejemos de querer y de obrar…; aun cuando parece que se entibia nuestro fervor, no dejemos de rendir nuestro profundo homenaje a Jesús y su doctrina…; aun cuando se entenebrece nuestra alma, no perdamos la dirección.

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¿Qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con lujo y afeminamiento?

Juan el Bautista es un espíritu independiente, poderoso. Palacios reales, blandos vestidos llenos de encajes, alfombras y asientos muelles no le importan; al contrario, le son antipáticos; ve que hay poco ánimo en un modo de vivir afeminado. Con su tosco vestido de pelos de camello pregona la lucha sostenida por el espíritu, y su victoria.

Debe ponerse tenso en nosotros el espíritu, porque el Reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza. Hemos de ayudarnos a nosotros mismos, emulando y escalando las alturas del espíritu mediante la abnegación; exigiendo el tributo que debe pagar el cuerpo al espíritu, renunciando a la propia comodidad.

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En fin, ¿qué salisteis a ver? ¿Algún profeta? Eso sí, yo os lo aseguro, y aún mucho más que profeta.

No os habéis de arrepentir de haber ido a ver a Juan como a un varón extraordinario, porque es mayor de lo que entonces pensabais cuando salíais a verle.

Y prueba lo que acaba de decir: que Juan es más que profeta, porque de alguna manera es un ángel, y no uno cualquiera, sino uno nobilísimo, del cual Dios había predicho en Malaquías: He aquí que yo envío un ángel delante de ti.

El Profeta llama ángeles a los demás profetas y sacerdotes, pero de otra manera que a Juan. Los otros, porque habían sido enviados a hombres, y éste, porque era enviado a Cristo, esto es, al mismo Dios. Y más aún ante su faz, esto es, para que le precediese inmediatamente, que es propio de amigos muy favorecidos, ya que los demás siervos no preceden al Señor.

El alma semejante a la de San Juan necesariamente se llena de Dios. La gracia de Dios le acompaña, y él comunica la dicha a otras innumerables almas. Dios acompaña sus pasos, y así aparece él como figura característica del Advenimiento del Señor, es decir, prepara sus caminos.

Todas las almas proféticas trabajan en el Adviento. Alientan, amonestan, levantan a los hombres para que se acerquen a Dios; toda su personalidad, su fervor y su espíritu están al servicio de esa causa transcendental.

El profeta es como el monte; descuella sobre los demás hombres; es el hombre de los grandes pensamientos, del ardoroso entusiasmo.

San Juan es más que profeta, porque es el “Ángel de Dios”; es el mensajero de Dios; vive para la causa de su Señor y no se deja guiar por el propio interés; es siervo fiel en todo, es decir, cumple con prontitud la voluntad del Señor. Y todo esto se manifiesta en él como fuerza y hermosura.

San Juan es el varón de Dios, el que ama con intensidad, y debido a este amor no se preocupa del mundo que padece desamor; él sigue impertérrito irradiando el calor de su corazón, y procura llevar los demás a este camino. Anuncia la gracia de la aurora para generaciones enteras.

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La voz de San Juan Bautista fue como el trueno que conmovió los desiertos; y, sin embargo, Israel no escuchó su mensaje ni preparó el camino.

San Juan Evangelista expone el misterio de la Encarnación y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino para ser la luz del mundo: Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció. Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.

Esas mismas tinieblas son las que se ciernen sobre el firmamento del fin de los tiempos… Los hombres dubitativos preguntan: ¿Eres Tú «el que ha de venir» o esperamos a otro?

Y la respuesta de Cristo es la misma, ayer como hoy: Id y anunciad lo que habéis oído y lo que habéis visto…

Él es el Mesías, el Hijo de Dios, que ya vino una vez y pronto ha de volver, en gloria y majestad…

Pero Él tarda… se hace esperar… la espera se prolonga…

Llegan momentos de angustia en la vida de un hombre, de una familia, de una sociedad; momentos en los cuales se piensa que ya no se puede sufrir, soportar más la situación… La carga nos aplasta, sentimos que las fuerzas nos abandonan y que hasta la voluntad está como paralizada para seguir luchando… En esos momentos queremos poner fin a tal situación; de cualquier manera deseamos terminar con ella, sea huyendo hacia otro ambiente, sea, si no sabemos dónde ir, huyendo hacia la muerte…

Pero quien confía en esa Piedra angular, que es Cristo, quien ha puesto toda su confianza en esta Roca inconmovible, sigue luchando, aunque más no sea con la consigna de no dejarse vencer.

Quien así confía y combate, permanece en el lugar que Dios le ha asignado, y lleva toda su pena, sus desengaños, su desaliento, su cansancio, su misma miseria, al huerto de Getsemaní y al pie del Calvario…

Y allí, junto a la Cruz, si no encuentra alegría gustada, al menos halla resignación, incluso conformidad y fortaleza para cumplir la voluntad divina…

Como decía Santa Teresita: ¡Viva Jesús!… ¡Qué bien entregarse a Él, sacrificarse por su amor!… Tengo necesidad de olvidar la tierra… Aquí todo me cansa, todo me pesa… Sólo encuentro una alegría, la de sufrir por Jesús… Pero esta alegría, incluso no gustada, ¡está por sobre toda alegría!…

Esta alegría está por sobre toda alegría…

Por hoy, es suficiente. Dios mediante, de esto hablaremos el próximo domingo…

Mientras tanto, ¡Id y contad al mundo todo lo que habéis visto y oído! ¡Bienaventurado aquel que no halle escándalo en Jesucristo…!