Padre Juan Carlos Ceriani: SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Sermones-Ceriani

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO ROSARIO

El 13 de octubre de 1917, tras la última aparición de la Virgen Santísima en Fátima, también aparecieron ante los pastorcitos San José, el Niño Jesús, Nuestra Señora de los Dolores y, finalmente, Nuestra Señora del Carmen. Al preguntársele si creía que el Escapulario formaba parte del mensaje de Fátima, Sor Lucía respondió: “ciertamente el Escapulario y el Rosario son inseparables”.

Estos dos Sacramentales son, por lo tanto, muy importantes dentro del culto que debe rendirse a Nuestra Señora.

El mes de octubre, está consagrado al Salterio de la Virgen, y en este Primer Domingo solemnizamos la Fiesta del Santísimo Rosario. Aprovechemos para repasar, en general, lo que debemos saber sobre el culto mariano, para detenernos luego en lo específico de esta devoción.

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En cuanto al honor debido a la Santísima Virgen, decimos que la Bienaventurada Madre de Dios debe ser honrada con culto sagrado; y esto porque su excelencia sobrenatural es inmensa, por ser Madre de Dios y estar llena de gracia, y por haber sido consorte de Cristo Redentor en procurar la salvación de los hombres y promover la gloria de Dios.

El honor tributado a María Santísima no lesiona ni rebaja en lo más mínimo la gloria debida a Dios, sino que, por el contrario, la aumenta. Por eso, el culto de la Madre nunca se separó del debido al Hijo; de tal modo que todo enemigo del culto de Cristo ha sido y es enemigo del culto de María Virgen. De aquí que en la verdadera Iglesia se conserva siempre, se extiende y se propaga el honor debido a la Virgen Madre.

Por lo tanto, si alguien separara a María del culto de Cristo, destruye el orden establecido por el mismo Dios y lesiona la religión cristiana.

De aquí que el culto mariano debe contarse entre las notas de la verdadera Iglesia: donde no se da culto a María Santísima no está la Iglesia de Cristo.

Todo católico sabe que la Virgen Bienaventurada no ha de ser honrada con culto de latría, sino con culto de hiperdulía. La adoración de latría absoluta se debe sólo a Dios.

María Santísima, por muy excelente que se la suponga en dones de naturaleza y de gracia, es pura criatura. Además, Ella misma adora a Dios con adoración de latría, y no es propio del mismo sujeto dar y recibir este culto.

No corresponde tampoco a María Santísima la adoración de latría relativa, como la que se tributa a la Cruz y demás instrumentos de la Pasión del Señor; porque, aunque la Santísima Virgen, por el contacto físico que tuvo con Cristo, pudiera teóricamente ser adorada con este culto, no debe dársele en la práctica, por el peligro de idolatría que en ello se encierra, sobre todo para los rudos y desprovistos de la cultura religiosa necesaria, quienes, no pudiendo discernir entre el culto relativo y absoluto dado a una criatura, fácilmente atribuirían a la Virgen una excelencia divina.

Ahora bien, cuanto más excelente es una persona, tanto más excelente debe ser el culto que merece. Luego María Santísima, por la excelencia con que brilla sobre todos los demás Santos, debe ser honrada con culto de dulía más eminente, o sea, de hiperdulía.

De todas las excelencias de Nuestra Señora se deriva otro título que exige para Ella un culto más eminente, es decir, la dignidad de Reina de todo el universo, a quien deben amor, reverencia y vasallaje todas las criaturas.

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Entrando más en detalle, el culto de la Santísima Virgen reviste tres características: culto de honor, culto de invocación y culto de imitación.

Culto de honor, pues reconocemos y alabamos su singular excelencia.

Culto de invocación, pues proclamamos su superioridad y manifestamos nuestra reverencia, y la suplicamos como a Mediadora universal de las gracias y Abogada poderosísima nuestra cerca del Señor.

Culto de imitación, ya que la verdadera alabanza del corazón está en la imitación de sus obras.

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Al culto de honor de la Santísima Virgen pertenece todo lo que de pensamiento, palabra y obra celebra de algún modo la excelencia, la bondad, la hermosura y el poder de María.

Por tanto, el culto que ha de dársele comprende actos internos y actos externos.

Actos internos, como fomentar en el alma la estima más elevada de María, alabarla y reverenciarla con rendido corazón por su inefable dignidad de Madre de Dios, por sus altísimos títulos de Mediadora, Corredentora, Reina del Cielo y de la tierra, Madre nuestra dulcísima, y por las maravillas de los innumerables dones naturales y sobrenaturales que la adornan.

Actos externos, como cantarle alabanzas, recitarle preces, pronunciar su dulcísimo Nombre, visitar frecuentemente y ornamentar sus imágenes y templos, vivir bajo el Patrocinio de María y tributarle otros obsequios.

Con estos y semejantes actos piadosos hemos de ejercitar el culto de honor a la Santísima Virgen sin interrupción, constante y cotidianamente, de tal modo que no pase un solo día sin honrarla con algún especial obsequio.

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La Santísima Virgen María debe ser honrada también con culto de invocación e intercesión cerca del mismo Dios, por el cual buscamos su auxilio y su ayuda para conseguir más fácilmente lo que de Él pedimos y esperamos.

La Santísima Virgen está continuamente intercediendo, junto al trono de Dios, por todos los hombres. Luego, nada más razonable que este culto de invocación por parte nuestra.

La Madre de Dios no es invocada como si su intercesión fuera independiente de su divino Hijo o se verificara posponiéndole a Él, sino que en todo está subordinada a Cristo, que es el intercesor principal. Imploramos, por tanto, la ayuda de la Virgen para que nos obtenga de Dios, por los méritos de Cristo, lo que le pedimos.

Por otra parte, con frecuencia María Santísima intercede por nosotros sin que la invoquemos ex profeso; y puede muy bien decirse que María es implícitamente invocada siempre que rezamos conforme al orden por Dios establecido para nuestra salvación, en el cual ninguna gracia se nos concede si no es por María.

Sin embargo, aunque no sea necesario invocar expresamente a María en todos y cada uno de los casos, es imprescindible acudir a Ella algunas veces, porque de la frecuencia y del fervor con que le roguemos depende el que con mayor largueza derrame sobre nosotros las gracias celestiales conseguidas por su intercesión piadosísima.

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Entre los actos que pertenecen al culto de la Santísima Virgen, el tercero es la imitación de su vida y virtudes excelentísimas, ya que debemos imitar lo que veneramos.

El ejemplar primero y principal de vida que hemos de imitar es, ciertamente, Jesucristo. Mas, como enseña San Pío X, “como la debilidad humana es tanta que fácilmente nos asustamos ante la grandeza de ejemplar tan excelso, por providencia del mismo Dios se nos ha dado otro modelo que, además de asemejarse a Cristo tan de cerca cuanto es posible a la humana naturaleza, se acomoda más a nuestra pequeñez. Este modelo no es otro que la Madre de Dios”.

Por esto, bien puede decirse que imitar a María es imitar a Jesucristo, ya que Ella, mejor que cualquiera otra criatura, expresa en sí la imagen de Cristo y nos representa más plenamente su santidad.

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La oración es necesaria para salvarse. Nuestra oración se dirige primero y principalmente a Dios, de quien hemos de esperar todos los bienes; a los Santos secundariamente, como nuestros patronos e intercesores ante la majestad divina.

Ahora bien, entre todos los Santos, la Santísima Virgen tiene el primer y singularísimo lugar.

Por eso, el culto de la Bienaventurada Virgen María es moralmente necesario para la salvación.

Pero, ¿qué relación tiene con la predestinación?

Es de fe que la predestinación no es cierta en cuanto a nosotros; de tal manera que nadie, sin una revelación divina especial, puede estar completamente cierto de su salvación.

No obstante, hay señales consoladoras de predestinación, como afirma San Bernardo: “No tenemos certeza si somos del número de los elegidos; pero la esperanza confiada nos consuela para que la ansiedad de esta duda no nos atormente demasiado; por lo cual se nos han dado ciertas señales e indicios manifiestos de salvación”.

Ahora bien, la singular devoción a la Santísima Virgen María debe, con razón, colocarse entre los principales signos de predestinación divina, pues es claro que cuando en alguno se enfría esta devoción, toda la vida espiritual se debilita; y cuando ella es más fervorosa, tanto más se aviva la espiritualidad y recibe mayores incrementos.

De este modo, así como la devoción sincera hacia la Santísima Virgen se tiene como señal de predestinación, del mismo modo su desprecio y aversión es fatal augurio de perdición eterna.

Sin embargo, aun con esta señal de la devoción a María, nunca debe abandonarnos el santo temor respecto de la salvación eterna, teniendo siempre en cuenta que la esperanza de salvarse por este medio ha de proporcionarse a la misma devoción; de suerte que será mayor o menor según el grado más o menos perfecto de la devoción a María.

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Llegamos, finalmente, a la Solemnidad que nos ocupa hoy. Entre las varias formas de devoción con que los fieles honran a María, ya hemos dicho que las más excelentes son el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen y el Santísimo Rosario.

En cuanto a la naturaleza del Salterio de la Virgen, sabemos que es una fórmula en la que distinguimos, interponiendo la Oración Dominical, quince decenas de Salutaciones Angélicas, y piadosamente meditamos, en cada una de ellas, otros tantos misterios de la redención humana.

Tres son, por lo tanto, las partes esenciales del Rosario, a saber: los Misterios, el Pater Noster y el Ave Maria.

Sin la meditación de los Misterios, aunque se reciten muchas Oraciones Dominicales y Salutaciones Angélicas, no hay Rosario; así como tampoco puede llamarse Rosario a la meditación de los Misterios sin los Padrenuestros y las Avemarías.

Los Misterios son ciertos pasajes de la narración evangélica que se refieren a los principales hechos de la vida de Jesús y de María. Son hechos históricos, pero se llaman Misterios porque, bajo el velo de la historia, contienen verdades incomprensibles a nuestra razón, como la Encarnación del Verbo, la Maternidad divina de María, etc., que superan la penetración del entendimiento humano y sólo por la revelación pueden conocerse.

Quince son los Misterios que se recuerdan en el Rosario, cinco gozosos, cinco dolorosos y cinco gloriosos, conocidos por todos los cristianos.

Aunque no todos los Misterios sean actos inmediata y formalmente de la Santísima Virgen, al serlo de su propio Hijo, afectan íntimamente a la Madre; de este modo, las alegrías, los dolores y las glorias de Jesús son reflejadas particularmente en el Corazón de su Santísima Madre.

La Oración Dominical es aquella que el mismo Cristo, Redentor Nuestro, enseñó a sus discípulos; y supera a las demás oraciones, ya por la autoridad del Doctor; ya por la brevedad de las palabras, por lo que fácilmente se aprende y se recita; ya por la suficiencia de las peticiones, pues contiene todo lo necesario a la vida espiritual y corporal; ya, en fin, por la fecundidad de los misterios, porque los encierra verdaderamente inmensos.

Por esto, desde los primeros tiempos de la Iglesia, la Oración Dominical fue parte principalísima del culto público; y puesta en el Rosario al principio de cada decena precede como el más valioso ruego que, por manos de la Santísima Virgen, dirigimos al Padre celestial para que por tan excelsa Mediadora podamos obtener lo que por nuestros solos méritos no podemos.

El Avemaría es llamada así por las dos palabras con que empieza. Se llama también Salutación Angélica, porque en las primeras expresiones se contiene el saludo del Arcángel San Gabriel al anunciar a María el misterio de la Encarnación que en Ella había de realizarse.

Esta Salutación Angélica o Avemaría es el saludo a la Santísima Virgen María, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres por el fruto bendito de su vientre, al que se le añade una súplica pidiéndole nos ayude y favorezca en la vida y en la muerte.

El saludo, o primera parte, consta de dos partes: la salutación del Ángel Gabriel, enviado por Dios para anunciar a María el misterio de la Encarnación, y el presagio de Santa Isabel que, visitada por María e inspirada por el Espíritu Santo, prorrumpió en palabras de alabanza.

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En conformidad con una tradición antigua y venerable, el Santísimo Rosario fue instituido, bajo la inspiración de la Santísima Virgen, por Santo Domingo de Guzmán, aunque no totalmente en la forma definitiva que hoy tiene.

Como la herejía de los albigenses, acerba enemiga de la sacrosanta Madre de Dios, se difundiera impíamente por Tolosa, en Francia, y ahondara cada día más sus raíces, Santo Domingo, que poco antes había fundado la Orden de Predicadores, se dedicó por completo a combatirla y destruirla.

Para lograrlo más eficazmente imploró con fervorosas preces el auxilio de María. Advertido por Ella que predicara a los pueblos el Rosario, como defensa singularísima contra las herejías y los vicios, fue verdaderamente asombroso el fervor y el éxito felicísimo con que se llevó a cabo la misión que se le había encomendado.

Después de algunos años de la muerte de Santo Domingo, el santo ejercicio del Rosario, aunque en sus principios fue fervorosamente recibido, decayó poco a poco, ya fuere por las horribles pestilencias que asolaron casi toda la Europa, ya por el nefando cisma de Occidente, que tanto tiempo tuvo dividida a la Iglesia; ya, en fin, por otras causas, hasta que por los trabajos del Beato Padre Alano de Rupe, con la ayuda decidida de sus hermanos los Padres Predicadores, refloreció nuevamente y se difundió con rapidez por todo el orbe.

Con gran ayuda favoreció esos trabajos la Santísima Virgen, la cual, apareciéndose el año 1470 al Reverendo Padre Jacobo Springero, Prior del convento de Santo Domingo en Colonia, le mandó que en sus predicaciones enseñara al pueblo cuán grata es a Dios y saludable a todos esta devoción del Santísimo Rosario. Y desde entonces jamás decayó; antes bien, hecha casi litúrgica y recomendada por los Sumos Pontífices, obtuvo siempre el primer lugar entre las distintas formas de honrar a María.

Cuánta sea la dignidad y excelencia del Rosario y cuán agradable y honrosa es a la Santísima Virgen, lo demuestra León XIII diciendo: “Ahora bien, entre las varias formas y modos de honrar a la divina Madre, debiendo optar por las que son mejores en sí mismas y las más agradables a ella, nos place indicar nominalmente el Rosario y recomendarle con todo afán”.

La misma Virgen María recomendó esta fórmula de oración, no sólo cuando el año 1858 se dejó ver en la gruta de Lourdes y enseñó con su propio ejemplo a recitarla a Bernardita, sino también y especialmente en sus apariciones en Fátima.

Finalmente, cuán sabrosos frutos, qué consuelo y alivio consiguió en sus angustias el pueblo cristiano de la frecuente y devota recitación del Rosario lo demuestran en todos los países y regiones los muchos peligros superados y los favores obtenidos.

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Resumiendo todo lo dicho, vemos que el Santísimo Rosario mariano contribuye mucho a acrecentar en los fieles la piedad, a promover las virtudes y robustecerlas.

Por su medio se recuerdan los principales misterios de nuestra Religión que:

— nutren y sostienen la fe y elevan la mente hasta las verdades divinamente reveladas;

— robustecen la esperanza, ya que el triunfo de Cristo Jesús y de su Madre, que en la recitación de la última parte meditamos, al presentarnos abiertos los Cielos, nos invita a la conquista de la eterna patria;

— inflaman la caridad con la consideración de los grandes trabajos e intensos dolores padecidos por Cristo moribundo y por María dolorosa, compaciente y casi agonizante con Él, por la redención y salvación de los hombres.

Esta es la oración del Santísimo Rosario, que dirigimos a la Santísima Virgen para que interceda ante el Trono de Dios por nosotros y nos obtenga la gracia de agradarle en esta vida y la de gozarle eternamente, en el Cielo.

Santa María, Madre de Dios, Nuestra Señora del Santísimo Rosario, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.