Padre Juan Carlos Ceriani: DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo: Se llegaron a Jesús los fariseos, y uno de ellos, doctor de la Ley, le preguntó para tentarlo: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el principal y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas. Estando aquí juntos los fariseos, Jesús les hizo esta pregunta: ¿Qué os parece a vosotros del Cristo o Mesías?, ¿de quién es hijo? Le dicen: De David. Les replicó: Pues ¿cómo David en espíritu profético lo llama su Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra, mientras tanto que yo pongo tus enemigos por peana de tus pies? Pues, si David lo llama su Señor, ¿cómo es su hijo? A lo cual nadie pudo responderle una palabra: ni hubo ya quien desde aquel día osase hacerle más preguntas.

Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el principal y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas.

Hace cinco semanas consideramos el Primer Mandamiento, y dijimos que hoy nos detendríamos más particularmente en el Segundo.

Observemos ante todo que, en cuanto al prójimo, este amor es susceptible de medida, ya que se dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mas el amor a Dios no contiene medida alguna, pues allí se dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. El precepto que nos manda amar a Dios no habla de medida sino de generosidad, como se ve por la palabra “todo”. Porque sólo ama sinceramente a Dios aquel que nada reserva para sí.

También debemos tener en cuenta que se ha de considerar como prójimo a todo hombre; y que, por lo tanto, con nadie se debe obrar mal.

Se ama al prójimo como a sí mismo, sin peligro alguno, cuando se le ama, ya sea porque es justo, o ya sea para que sea justo.

Si debemos amarnos a nosotros mismos, no es por nosotros, sino por Aquél a quien debe encaminarse nuestro amor, como a fin rectísimo. No es de extrañar, pues, que amemos al prójimo también por Dios.

El que ama con verdad a su prójimo, debe obrar con él de modo que también ame a Dios con todo su corazón. Por lo tanto, amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad, aunque debemos amar a Dios por sí mismo, y al prójimo por Dios.

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San Francisco de Sales explica esta cuestión de manera clara y precisa. Prestemos atención a las enseñanzas del Doctor de la amabilidad en su Tratado del Amor de Dios:

Comienza por decir que, estando ocupado todo el corazón en el amor sagrado, puede, sin embargo, amar a Dios cumplidamente, y amar también muchas cosas por Dios.

Y explica que el hombre está enteramente entregado a Dios cuando ama enteramente a la divina bondad; de modo que nada ama que pueda apartar su corazón de Dios.

Ahora bien, un solo amor aparta nuestros corazones de Dios, y éste es el amor que le es contrario.

Y hace las aplicaciones correspondientes, y así dice:

1ª) La divina Bondad no se ofende viendo en nosotros otros amores junto al suyo, siempre que éstos conserven hacia Él la reverencia y la sumisión debidas.

2ª) Entre los que aman a Dios de todo corazón, hay quienes le aman más y quienes le aman menos.

3ª) Todos los verdaderos amantes son iguales en que todos se dan a Dios con todo su corazón y con todas sus fuerzas; pero son desiguales en que todos lo dan diversamente y de diferentes maneras, pues algunos dan todo su corazón con todas sus fuerzas, pero menos perfectamente que otros: unos lo dan todo por el martirio, otros por la virginidad, otros por la pobreza, otros por la acción, otros por la contemplación, otros por el ministerio pastoral.

Y dándolo todos todo, por la observancia de los mandamientos, unos, empero, lo dan más imperfectamente que otros.

¿En qué radica, pues, la diferencia?

En que el precio de este amor que tenemos a Dios depende de la eminencia y de la excelencia del motivo por el cual y según el cual le amamos.

Cuando le amamos por su infinita y suma bondad, como Dios y porque es Dios, una sola gota de este amor vale mucho más, tiene más fuerza y merece más estima que todos los otros amores que jamás puedan existir en los corazones de los hombres y entre los coros de los Ángeles, porque mientras este amor vive, es él el que reina y empuña el cetro sobre todos los demás afectos, haciendo que Dios sea, en la voluntad, preferido a todas las cosas, universalmente y sin reservas.

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Por lo tanto, hay diversos grados de perfección con los cuales este mandamiento puede ser observado en esta vida mortal:

Hay almas que, liberadas de sus pecados y resueltas por completo a amar a Dios, son principiantes débiles y tiernas; incluso amando de verdad a Dios, lo hacen con mezcla de diferentes afectos; los cuales retienen su sagrado amor como en infancia; y aman, al mismo tiempo que a Dios, otras cosas superfluas, vanas y peligrosas.

Aman de verdad a Dios, pero con multitud de distracciones y diversiones voluntarias; amándole por encima de todas las cosas, no dejan de deleitarse en objetos a los que no aman como a Él, sino además de Él; objetos que no van, propiamente hablando, contra la voluntad de Dios, pero tampoco van según ella, sino fuera de ella y sin ella.

Hay algunas almas que, habiendo hecho ya algunos progresos en el amor divino, han cortado todo otro amor a las cosas peligrosas; mas, a pesar de esto, no dejan de tener algunos afectos perniciosos y superfluos, porque se aficionan con exceso y con un amor demasiado tierno y más apasionado de lo que Dios quiere.

Dios quería que Adán amase tiernamente a Eva, pero no tanto que, por complacerla, quebrantase la orden que la divina Majestad le había dado. No amó, pues, una cosa superflua y de suyo peligrosa, pero la amó con superfluidad y peligrosamente.

El amor a nuestros padres, amigos y bienhechores es, de suyo, un amor según Dios, pero no es lícito amarlos con exceso.

Las mismas vocaciones (por espirituales que sean) y nuestros ejercicios de piedad (a los cuales debemos aficionarnos) pueden ser amados desordenadamente, cuando son preferidos a la obediencia y al bien más universal, o cuando se pone en ello el afecto como en el último fin, siendo así que no son sino medios y preparativos para la realización de nuestro anhelo final, que es el divino amor.

Y estas almas, que no aman sino lo que Dios quiere que amen, pero que se exceden en la manera de amar, aman verdaderamente a la divina bondad sobre todas las cosas, pero no en todas las cosas; porque a las mismas cosas cuyo amor les está permitido, aunque con la obligación de amarlas según Dios, no las aman solamente según Dios, sino por causas y motivos que, si bien no son contrarios a Dios, sin embargo, están fuera de Él.

Tal fue el caso de aquel pobre joven rico que, habiendo guardado los mandamientos desde sus primeros años, no deseaba los bienes ajenos, pero amaba con demasiada ternura los propios. Por esto, cuando Nuestro Señor le aconsejó que los diese a los pobres, se puso triste y melancólico. No amaba nada que no le fuese lícito amar, pero lo amaba con un amor superfluo y demasiado fuerte.

Estas almas no aman las superfluidades, sino lo que deben amar; pero las aman de una manera demasiado ardorosa y superflua.

Y, por esta causa están ocupadas y distraídas en amar fuera de Dios y sin Él, lo que deberían amar únicamente en Él, por Él y para Él.

Hay almas que no aman ni excesivas cosas, ni con exceso, sino tan sólo lo que Dios quiere y como Dios quiere.

Almas que aman a Dios, a sus amigos en Dios y a sus enemigos por Dios.

Aman varias cosas con Dios, pero no aman ninguna que no sea en Dios y por Dios.

Aman a Dios, no sólo sobre todas las cosas, sino en todas las cosas; y aman todas las cosas en Dios.

Estas almas no aman nada sino es en Dios, aunque amen varias otras cosas con Dios, y a Dios junto con varias cosas.

Distinto del caso del joven rico, refiere San Lucas que Nuestro Señor invitó a que le siguiese a un joven que le amaba mucho, pero que también amaba mucho a su padre, por lo cual deseaba volver a él para despedirse; y el Señor le cortó esta superfluidad de su amor y le indicó un amor más puro, no sólo para que amase a Dios más que a su padre, sino también para que amase a su padre únicamente en Dios. Y le dijo: Deja a los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos; mas tú, ve y anuncia el reino de Dios.

Finalmente, por encima de todas estas almas, hay una absolutamente única, que es la reina de las reinas, la más amable, la más amante y la más amada de todas las amigas del divino Esposo; la cual no sólo ama a Dios sobre todas las cosas y en todas las cosas, sino únicamente a Dios en todas las cosas; de suerte que no ama muchas cosas, sino una sola cosa, que es Dios.

Y, porque solamente ama a Dios en todo lo que ama, le ama igualmente en todo y en todas partes, fuera de todas las cosas y aun sin todas las cosas, según lo exige el divino beneplácito.

Si sólo amamos a nuestro Salvador, ¿por qué no hemos de amarle tanto en el Calvario como en el Tabor, pues es el mismo, en uno y otro monte? ¿Por qué no hemos de decir con el mismo afecto, en uno y otro lugar: Señor, bueno es estarnos aquí?

La verdadera señal de que amamos a Dios sobre todas las cosas es amarle igualmente en todas las cosas, pues siendo Él siempre igual a Sí mismo, la desigualdad de nuestro amor para con Él no puede tener su origen sino en la consideración de alguna cosa que no sea Él.

La sagrada amante de la que hablamos, no ama más a su Rey con todo el universo, que si estuviese solo sin el universo; porque todo lo que está fuera de Dios y no es Dios, es nada para ella.

Alma toda pura, que no ama, ni aun el mismo Cielo, sino porque el Esposo es amado en él; que no sabe amar el Paraíso de su Esposo, sino a su Esposo del Paraíso; y que no tiene en menos estima el Calvario, mientras su Esposo está sacrificado en él, que el Cielo, donde está glorificado.

El buen amor encuentra a Dios solo tan amable, como a Él junto con todas las criaturas, pues no ama a éstas sino en Dios, por Dios y para Dios.

Ahora bien, únicamente la Santísima Virgen, Nuestra Señora, llegó plenamente a este grado de excelencia en el amor de su Amado. Fuera de la Madre de Dios, jamás hubo ni habrá criatura mortal que ame al celestial Esposo con un amor tan perfectamente puro.

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Queda claro, pues, que entre los que aman a Dios de todo corazón, hay quienes le aman más y quienes le aman menos; son desiguales en que todos lo dan diversamente y de diferentes maneras.

Para terminar, consideremos cómo la santísima caridad produce también el amor al prójimo.

Así como Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, así también le ordenó un amor al hombre a imagen y semejanza del amor debido a su divinidad.

El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo.

¿Por qué nos amamos a nosotros mismos en caridad? Porque somos la imagen y la semejanza de Dios.

Ahora bien, puesto que todos los hombres tienen esta misma dignidad, les amamos también como a nosotros mismos, es decir, en su calidad de imágenes santas y vivientes de la divinidad.

De esta manera, la misma caridad que produce los actos de amor a Dios produce, al mismo tiempo, los actos de amor al prójimo.

Un mismo amor se extiende a amar a Dios y a amar al prójimo, levantándonos a la unión de nuestro espíritu con Dios y conduciéndonos a la amorosa compañía de los prójimos.

De tal suerte que amamos al prójimo en cuanto es la imagen y la semejanza de Dios, creada para comunicarse con la divina bondad, para participar de su gracia y gozar de su gloria.

Amar al prójimo por caridad, es amar a Dios en el hombre o amar al hombre en Dios; es amar a Dios por amor a Dios, y amar a la criatura también por amor a Dios.

Cuando vemos al prójimo, creado a imagen y semejanza de Dios, ¿no deberíamos decirnos, los unos a los otros: Ved cómo esta criatura se parece a su Creador?

Pero, ¿por qué le amamos?, ¿por amor a él? No, por cierto, pues no sabemos si, de suyo, es digno de amor o de odio.

¿Pues, por qué entonces?

Por el amor de Dios, que lo ha formado a su imagen y semejanza, y, por consiguiente, lo ha hecho capaz de participar de su bondad, en la gracia y en la gloria.

Por el amor de Dios, de quien es, a quien pertenece, en quien está, para quien es y a quien se parece de una manera tan singular.

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Redondeando la enseñanza de San Francisco de Sales, tengamos en cuenta lo dicho por San Gregorio Magno, cuando en una homilía se pregunta:

Estando todas las Sagradas Escrituras llenas de preceptos o mandamientos del Señor, ¿por qué solamente de la caridad, como de un precepto especial, el Señor dice: Este es mi precepto, que os améis los unos a los otros?

Y responde: Porque todo mandamiento se reduce a la caridad, en la cual todos los preceptos se reúnen en uno solo; ya que todo cuanto se manda está cimentado en la caridad.

Y pone un ejemplo: Así como las muchas ramas del árbol provienen de una sola raíz, del mismo modo por la sola caridad son engendradas todas las demás virtudes. Y no puede la rama de las buenas obras tener lozanía alguna, si no permanece en la raíz de la caridad.

Por consiguiente, los preceptos del Señor son muchos, y no hay más que uno: muchos por la diversidad de obras, uno por la raíz de la caridad.

Y seguidamente, pregunta: ¿Cómo debe ejercitarse esta caridad?

Y dice que el mismo Señor lo indica, ya que en muchos lugares de su Escritura ordena que los amigos sean amados en Él, y los enemigos por Él.

Y reafirma estas sentencias: Ciertamente tiene caridad aquel que ama al amigo en Dios, y al enemigo por Dios.

Y nuevamente las confirma por las intenciones que guían a los amadores: Algunos hay que aman al prójimo, pero con amor fundado únicamente en los vínculos del parentesco y de la carne, amor que, no obstante, no es condenado por la ley de Dios.

Pero hay una diferencia entre lo que se hace espontáneamente, siguiendo la inclinación natural, y lo que se practica por caridad, siguiendo los preceptos del Señor.

Los que aman al prójimo fundados en los vínculos del parentesco y de la carne, ciertamente lo aman, pero, con todo, no consiguen aquellos premios sublimes de la caridad, porque el amor no lo ejercitan espiritualmente sino según la carne.

Por lo cual, después de haber dicho el Señor Este es mi precepto, que os améis los unos a los otros, a continuación añadió Como yo os he amado. Como si dijera terminantemente: Amad con este mismo fin por el que yo os he amado.

Y concluye el Santo Pontífice: En lo cual debemos considerar atentamente que el enemigo antiguo, al procurar atraer nuestros pensamientos al amor de las cosas temporales, se sirve para nuestro mal de lo más débil que hay en las criaturas, esforzándose para arrebatarnos el mismo bien que nosotros amamos.

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San Agustín nos proporciona una regla infalible:

¿Queréis saber si vivís vida de gracia, si estáis bien con Dios, si realmente formáis parte de los discípulos de Cristo, si vivís de su Espíritu?

Examinaos y ved si amáis a los hombres vuestros hermanos, a todos sin excepción.

Y, si los amáis por Dios, tendréis la respuesta.

Y esa respuesta no engaña.