PADRE JUAN CARLOS CERIANI: CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTES

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CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTES

Y aconteció que se agolpaban las gentes hacia Él, para oír la palabra de Dios, y Él estaba a la orilla del lago de Genesaret. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; y los pescadores habían saltado a tierra, y lavaban sus redes. Y entrando en una de estas barcas, que era de Simón, rogó que la apartase un poco de la tierra. Y estando sentado, enseñaba al pueblo desde la barquilla. Y luego que acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echa las redes para pescar”. Y respondiendo Simón, le dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber pescado nada; mas fiado en tu palabra soltaré la red”. Y cuando esto hubieron hecho, recogieron un tan crecido número de peces, que se rompía su red. E hicieron señas a sus compañeros, que estaban en el otro barco, para que viniesen a ayudarlos. Y vinieron, y de tal modo llenaron los barcos, que casi se sumergían. Y cuando vio esto Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Porque él y todos los que con él estaban quedaron atónitos de la presa de los peces que habían hecho. Y, asimismo, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y dijo Jesús a Simón: “No temas; desde aquí en adelante serás pescador de hombres”. Y llevadas las barcas a tierra, lo dejaron todo, y le siguieron.

Rema mar adentro, y echa las redes para pescar… Rema hacia aguas profundas…, dirígete a las aguas claras, frescas, puras, sanas y saludables… Apártate del fango de la orilla, de las aguas estancadas, tibias, impuras e insalubres…

Duc in altum significa o se traduce por grandes deseos, ideales nobles y elevados…

¿Y cuál fue la respuesta de San Pedro? Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber pescado nada; mas fiado en tu palabra soltaré la red.

Midamos toda la profundidad, calculemos toda la fuerza, ponderemos todo el peso de esas palabras: fiado en tu palabra, soltaré la red

San Pedro conocía bien su oficio…, sabía que, humanamente hablando, era inútil aventurarse nuevamente hacia alta mar y lanzar las redes…; pero también conocía a Nuestro Señor y por eso, en su Nombre, confiado en su palabra que no se engaña ni engaña, se dirigió mar adentro y echó las redes para pescar…

Para llevar a cabo tal acción tuvo necesidad de la virtud de fortaleza; la cual nos es también muy necesaria a nosotros. Reflexionemos sobre ella.

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La fortaleza se define como la virtud que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil, ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal.

La fortaleza reside, como en su sujeto propio, en el apetito irascible, porque se ejercita para superar el temor y moderar la audacia, que en él residen. Claro que influye también, por redundancia, sobre la voluntad para que pueda elegir el bien arduo y difícil, sin que le pongan obstáculo las pasiones.

Ahora bien, como entre los peligros y temores corporales el más terrible de todos es la muerte, la fortaleza robustece principalmente contra este temor.

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La fortaleza tiene dos actos: atacar y resistir. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia. Y, a semejanza del soldado en la línea de combate, unas veces hay que atacar para la defensa del bien, reprimiendo o exterminando a los impugnadores, y otras hay que resistir con firmeza sus asaltos para no retroceder un paso en el camino emprendido.

De estos dos actos, el principal y más difícil es resistir, porque es más penoso y heroico resistir a un enemigo que, por el hecho mismo de arremeter, se considera más fuerte y poderoso que nosotros, que atacar a un enemigo a quien, por lo mismo que tomamos la iniciativa contra él, consideramos más débil que nosotros.

Por eso, el acto del martirio, que consiste en resistir o soportar la muerte antes que abandonar el bien, constituye el acto principal de la virtud de la fortaleza.

Esta virtud, en su doble acto de atacar y resistir, es muy importante y necesaria en la vida espiritual. Hay en el camino de la santidad gran número de obstáculos y dificultades que es preciso superar con valentía si queremos llegar hasta las cumbres.

Para ello es menester mucha decisión en emprender el camino de la perfección cueste lo que costare, mucho valor para no asustarse ante la presencia del enemigo, mucho coraje para atacarle y vencerle y mucha constancia y aguante para llevar el esfuerzo hasta el fin sin abandonar las armas en medio del combate. Toda esta firmeza y energía tiene que proporcionarla la virtud de la fortaleza.

A ella se oponen tres vicios:

uno por defecto, el temor o cobardía, por el que se rehúye soportar las molestias necesarias para conseguir el bien difícil o se tiembla desordenadamente ante los peligros de muerte;

y dos por exceso:

la impasibilidad o indiferencia, que no teme suficientemente los peligros que podría y debería temer;

y la audacia o temeridad, que desprecia los dictámenes de la prudencia saliendo al encuentro del peligro.

Relacionadas con la fortaleza tenemos otras virtudes, como la magnanimidad, la paciencia, la longanimidad, la perseverancia y la constancia. Consideremos cada una de ellas.

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La magnanimidad es la virtud que inclina a emprender obras grandes, espléndidas y dignas de honor en todo género de virtudes. Empuja siempre a lo grande, a lo espléndido; es incompatible con la mediocridad. En este sentido es la corona y ornamento de todas las demás virtudes.

La magnanimidad supone un alma noble y elevada. Se la suele conocer con los nombres de «grandeza de alma» o «nobleza de carácter».

El magnánimo es un espíritu selecto, exquisito, superior. No es envidioso, ni rival de nadie, ni se siente humillado por el bien de los demás. Es tranquilo, lento, no se entrega a muchos negocios a la vez, sino a pocos, pero grandes o espléndidos. Es verdadero, sincero, poco hablador, amigo fiel. No miente nunca, dice lo que siente, sin preocuparse de la opinión de los demás. Es abierto y franco, no imprudente ni hipócrita. Objetivo en su amistad, no se obceca para no ver los defectos del amigo. No se admira demasiado de los hombres, de las cosas o de los acontecimientos. Sólo admira la virtud, lo noble, lo grande, lo elevado; nada más. No se acuerda de las injurias recibidas; las olvida fácilmente; no es vengativo. No se alegra demasiado de los aplausos ni se entristece por los vituperios; ambas cosas son mediocres. No se queja por las cosas que le faltan ni las mendiga de nadie. Cultiva el arte y las ciencias, pero sobre todo la virtud.

A la magnanimidad se oponen cuatro vicios: tres por exceso y uno por defecto.

Por exceso se oponen directamente:

a) La presunción, que inclina a acometer empresas superiores a nuestras fuerzas.

b) La ambición, que impulsa a procurarnos honores indebidos a nuestro estado y merecimientos.

c) La vanagloria, que busca fama y nombradía sin méritos en que apoyarla o sin ordenarla a su verdadero fin, que es la gloria de Dios y el bien del prójimo.

Por defecto se le opone la pusilanimidad, que es el pecado de los que por excesiva desconfianza en sí mismo o por una humildad mal entendida no hacen fructificar todos los talentos que de Dios han recibido; lo cual es contrario a la ley natural, que obliga a todos los seres a desarrollar su actividad, poniendo a contribución todos los medios y energías de que Dios les ha dotado.

En todo ser existe una inclinación natural a realizar la acción proporcionada a su capacidad. Ahora bien, así como el presuntuoso sobrepasa la medida de su capacidad, al pretender más de lo que puede, así también el pusilánime falla al rehusar tender a lo que es proporcionado a sus posibilidades.

La pusilanimidad puede considerarse de tres modos:

En primer lugar, en sí misma. Y así es claro que, según su propia razón, se opone a la magnanimidad, de la cual se distingue como la grandeza y la parvedad respecto de lo mismo; en efecto, como el magnánimo, por la grandeza de alma, tiende a lo grande, así el pusilánime, por la pequeñez de ánimo, renuncia a ello.

En segundo lugar, puede considerarse la pusilanimidad en su causa, que, por parte del entendimiento, es la ignorancia de la propia condición, y por parte de la voluntad, el temor de fallar en cosas que se estiman falsamente que superan la propia capacidad.

En tercer lugar, puede considerarse la pusilanimidad en su efecto, que es renunciar a cosas grandes de las que uno es capaz.

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En cuanto a la paciencia, es la virtud que inclina a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales.

Es una de las virtudes más necesarias en la vida cristiana, porque, siendo innumerables los trabajos y padecimientos que inevitablemente tenemos todos que sufrir en este valle de lágrimas, necesitamos la ayuda de esta gran virtud para mantenernos firmes en el camino del bien sin dejarnos abatir por el desaliento y la tristeza.

Por no tener en cuenta la práctica de esta virtud, muchas almas pierden el mérito de sus trabajos y padecimientos, sufren muchísimo más al faltarles la conformidad con la voluntad de Dios y no dan un solo paso firme en el camino de su santificación.

Contra la paciencia pueden señalarse dos vicios opuestos:

uno por defecto, la impaciencia, que se manifiesta al exterior con ira, quejas, murmuraciones y otras cosas semejantes;

y otro por exceso, la insensibilidad o dureza de corazón que, por falta de sentido humano o social, no se inmuta ni impresiona ante ninguna calamidad propia o ajena.

Joseph Pieper establece una relación importante entre la paciencia y la fortaleza; y dice así:

“La paciencia es para Santo Tomás un ingrediente necesario de la fortaleza. La causa de que esta coordinación de paciencia y fortaleza nos parezca absurda no reside sólo en el hecho de que hoy tendamos a malentender en un sentido fácilmente activista la esencia de la fortaleza, sino sobre todo en la circunstancia de que a los ojos de nuestra imaginación la virtud de la paciencia ha venido a significar —como antítesis de lo que fue para la teología clásica— un padecer incapaz de llevar a cabo cualquier discriminación sensata, ávido de desempeñar su papel de «víctima», consumido por la aflicción, falto de alegría y de médula, y abierto de brazos sin distinción a todo género de mal que le salga al paso, cuando no es que se lanza a buscarlo por propia iniciativa.

Pero la paciencia es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal: «paciente es no el que no huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por la presencia del mal a un desordenado estado de tristeza».

Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien.

La virtud de la paciencia no es incompatible con una actividad que, en forma enérgica, se mantiene adherida al bien; ella es inconciliable únicamente con la tristeza y el desorden del corazón.

La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza.

De ahí que la paciencia no es el espejo empañado de las lágrimas de una vida «rota», sino el rutilante emblema de una invulnerabilidad última.

La paciencia es, como dice Santa Hildegarda de Bingen, «la columna que ante nada se doblega».

Y Santo Tomás, basándose en la Sagrada Escritura, resume lo esencial con la infalibilidad de su extraordinaria puntería: «por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma».

El que es valeroso es también —y precisamente por ser valeroso— paciente.

Pero no a la inversa: la paciencia está lejos de implicar la virtud total de la fortaleza, tan lejos o más aún de lo que pueda estarlo, por su parte, el acto de resistencia, al que la paciencia se ordena.

Porque el valiente, no sólo sabe soportar sin interior desorden el mal cuando es inevitable, sino que tampoco se recata de «abalanzarse» acometedor sobre él y desviarlo, cuando puede tener sentido hacerlo.

A esta segunda eventualidad se ordena, como actitud interna del valiente, la disposición para el ataque: la animosidad, la confianza en sí mismo y la esperanza en la victoria: «la confianza, que es parte de la fortaleza, lleva consigo la esperanza que pone el hombre en sí mismo y que naturalmente supone la ayuda de Dios»”.

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La longanimidad, por su parte, es una virtud que nos da ánimo para tender a algo bueno que está muy distante de nosotros, o sea, cuya consecución se hará esperar mucho tiempo.

En este sentido, se parece más a la magnanimidad que a la paciencia; pero, teniendo en cuenta que si el bien esperado tarda mucho en llegar se produce en el alma cierta tristeza y dolor, la longanimidad, que soporta virtuosamente este dolor, se parece más a la paciencia que a ninguna otra virtud.

La longanimidad es una virtud que consiste en saber aguardar. Saber aguardar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. ¿Aguardar qué? El bien que de ellos esperamos.

Por consiguiente, la longanimidad consiste en evitar la impaciencia que podría causarnos la demora o tardanza de este bien. Saber sufrir esta tardanza, he aquí, en realidad, lo que es la longanimidad. Por eso algunos la llaman larga esperanza.

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La perseverancia, a su vez, es una virtud que inclina a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación nos ocasione.

Se distingue de la longanimidad en que ésta se refiere más bien al comienzo de una obra virtuosa que no se consumará del todo hasta pasado largo tiempo; mientras que la perseverancia se refiere a la continuación del camino ya emprendido, a pesar de los obstáculos y molestias que vayan surgiendo en él.

Lanzarse a una empresa virtuosa de larga y difícil ejecución es propio de la longanimidad; permanecer inquebrantablemente en el camino emprendido un día y otro día, sin desfallecer jamás, es propio de la perseverancia.

Todas las virtudes necesitan la ayuda y complemento de la perseverancia, sin la cual ninguna podría ser perfecta, ni siquiera mantenerse mucho tiempo; porque la especial dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa hasta el fin ha de ser vencida por una virtud también especial, que es la perseverancia.

Para perseverar en el bien hasta la muerte (perseverancia final) se requiere un auxilio especialísimo de Dios enteramente gratuito, que, por lo mismo, nadie puede estrictamente merecer, aunque puede impetrarse infaliblemente con la oración revestida de las debidas condiciones.

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Finalmente, la constancia es una virtud íntimamente relacionada con la perseverancia, de la que se distingue, sin embargo, por razón de la distinta dificultad que trata de superar; porque lo propio de la perseverancia es dar firmeza al alma contra la dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa, mientras que a la constancia pertenece robustecerla contra las demás dificultades que provienen de cualquier otro impedimento exterior.

Esto hace que la perseverancia sea parte más principal de la fortaleza que la constancia, porque la dificultad que proviene de la prolongación del acto es más intrínseca y esencial al acto de virtud que la que proviene de los exteriores impedimentos, de los que se puede huir más fácilmente.

A la perseverancia y la constancia se oponen dos vicios:

uno por defecto, la inconstancia, molicie o blandura, que inclina a desistir fácilmente de la práctica del bien al surgir las primeras dificultades, provenientes, sobre todo, de tener que abstenerse de muchas delectaciones;

y otro por exceso, la pertinacia o terquedad del que se obstina en no ceder cuando sería razonable hacerlo.

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Regresando al episodio de la acción de San Pedro, ¡cuántas veces pensamos nosotros, y estamos seguros, y tenemos razón, de que, humanamente hablando, algo es difícil, inútil y hasta imposible!

Pero, ¡cuán pocas son las ocasiones en que reaccionamos sobrenaturalmente y, confiados en la palabra, apoyados en la acción divina de Nuestro Señor, emprendemos lo que Él nos pide y que a nosotros nos parece un disparate!

¡Qué escasas son las oportunidades en las que en nuestra vida confiamos en Jesucristo, confiamos en su palabra y, contra toda esperanza, contra todo cálculo humano, remamos con fortaleza mar adentro y lanzamos con magnanimidad y longanimidad las redes, permaneciendo en la pesca con paciencia, perseverancia y constancia!

Cuando llega el momento de conducir nuestra vida hacia alta mar, cuando después de días y años de trabajo infructuoso el Señor insiste una vez más, cuando las dificultades aprietan y los hombros son débiles para cargar la Cruz…, preferimos la orilla, la playa; la seguridad que ofrece la tierra firme, sí; pero que implica la tibieza, el fango, la suciedad de la ribera…

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En torno nuestro aparecen peligros y tormentas; sin embargo, con el Introito de la Misa de hoy, nos exhortamos a nosotros mismos: El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién podré temer?

Debemos mantenernos junto al Señor; Él tiene en sus manos las riendas del gobierno del mundo; Él hará que el curso del mundo camine para nosotros pacíficamente, y que nosotros podamos servirle a Él confiada y alegremente, como se lo pedimos en la Oración Colecta.