PADRE JUAN CARLOS CERIANI:DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

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DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos esta parábola: “Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena”.

Dios, Nuestro Señor, nos ama, nos aprecia, nos honra, y dispone una cena para nosotros, es decir, nos considera amigos, a los cuales prepara alegrías y consuelos; somos sus hijos, y nos trata con confianza; nos hace sentar a su mesa y nos alimenta con su pan espiritual.

Debemos alegrarnos de estas relaciones tan dulces y honrosas para con nosotros; con sumo gusto debemos tratar y comunicar con Dios, como quien participa en una gran cena.

Hemos de considerar deber nuestro el pertenecerle con todo el corazón, con toda el alma.

Ahora bien, como en la parábola, muchos, cada vez más, hoy por hoy casi todos, rechazan la invitación presentando excusas…

Tres fueron los pretextos que se exhibieron para no asistir.

En la granja comprada se da a conocer el dominio; por eso, el primer castigado es el vicio de la soberbia.

Así, pues, se prescribe al varón de la santa milicia que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que, atendiendo a cosas de poco mérito, compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.

Las cinco yuntas de bueyes representan los cinco sentidos corporales. Se llaman yuntas de bueyes porque, por medio de estos sentidos carnales, se buscan todas las cosas terrenas; y porque los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, entregados a las cosas de la tierra, no quieren aceptar, y menos creer, otra cosa sino aquellas que perciben por cualquiera de estos cinco sentidos corporales.

Y como los sentidos corporales no pueden comprender las cosas interiores y sólo conocen las exteriores, puede muy bien entenderse por ellos la curiosidad, que sólo se ocupa de verlo todo por el exterior.

El que ha tomado mujer se goza en la voluptuosidad de la carne, y en eso se ve la pasión carnal que estorba a muchos.

Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y, por tanto, convierten una cosa justa en indebida e inmoral.

Se dieron por excusado; prefirieron las cosas materiales y desdeñaron las espirituales.

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Ahora bien, hay una diferencia entre las complacencias del cuerpo y las espirituales. Entre las delicias corporales y las espirituales hay, por lo común, este contraste:

– las corporales, antes de disfrutarlas o gozarlas, despiertan un ardiente deseo; mas, después de gustarlas ávidamente, no tardan, por su misma saciedad, en causar hastío.

– las espirituales, por el contrario, causan hastío mientras no se han gustado, parecen desagradables; mas después de gozarlas, se despierta el apetito de estas; y son tanto más apetecidas por el que las prueba, cuanto mayor es el apetito con que las gusta.

Hay, pues, una gran discrepancia entre los goces del mundo y los goces de la religión.

En los deleites mundanos, el deseo agrada, más la posesión desagrada; los religiosos, en cambio, apenas si se desean, mas su posesión es sumamente agradable.

Se ansían ardientemente los materiales antes de que se los posea, porque no se conoce todo su vacío y la impotencia que hay en ellos para hacernos felices; y después de haberlos obtenido con mucha solicitud y penas, traen el fastidio, porque la experiencia hace sentir su vanidad.

Lo contrario sucede con los goces de la religión: antes de gustarlos no se anhelan, porque no se han conocido sus encantos; pero, una vez que se los ha saboreado, que se ha sentido su excelencia y dulzura, se los solicita más vivamente, y cuanto más se degustan, más se los pretende, porque se conoce más su alto precio.

En los placeres carnales, el apetito engendra la saciedad, y la saciedad produce el hastío; pero en los espirituales, el apetito también engendra la saciedad, más la saciedad produce apetito.

Las delicias espirituales al saciar el alma fomentan su apetito, porque cuanto más se percibe el sabor de una cosa, tanto mejor se la conoce, por lo cual se la ama con mayor avidez; por esto, cuando no se han experimentado no pueden estimarse porque se desconoce su sabor.

¿Quién en efecto, puede amar lo que no conoce? He ahí por qué dice el Salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor”. Como si dijera: No conoceréis su suavidad si no la gustáis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento de vida, para que, experimentando su suavidad, seáis capaces de amarle.

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El hombre perdió estas delicias cuando pecó en el Paraíso; salió de él cuando cerró su boca al alimento de eterna suavidad. De aquí proviene que, habiendo nacido en las penas de este destierro, lleguemos aquí abajo a tal hastío, a punto tal que ya no sabemos lo que debemos desear.

Esta enfermedad del hastío se aumenta tanto más en nosotros cuanto más el alma se aleja del alimento lleno de suavidad. Llega hasta el límite de perder todo apetito por esos goces interiores, a causa precisamente de haberse mantenido alejado de ellos, y haber perdido el hábito de gustarlos.

Es, pues, nuestro hastío el que hace que nos debilitemos; es esa funesta prolongada inanición la que nos agota. Y, por cuanto no queremos gustar interiormente la suavidad que se nos ofrece, preferimos, insensatos, el hambre y carencia a que nos condenan las cosas externas.

La virtud es tan bella, se aviene tan bien con el alma del hombre que, cuanto más se la practica, más celo hay por ejercitarla. Dice el Libro del Eclesiástico: Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben; es decir, que desearán siempre avanzar más en la práctica de la virtud; el mundo y sus falsos goces le serán insípidos y le disgustarán, según esta otra palabra del Señor: Quien beba el agua que yo le daré, no tendrá jamás sed (se entiende, de los vanos placeres de la tierra), sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna.

El contraste entre ambos pasajes contiene una enseñanza magnífica: la sabiduría, al mismo tiempo que quita la sed de vanagloria y el hambre de las bellotas que ofrece el mundo, nos despierta un ansia insaciable por penetrar cada vez más en los pensamientos de Dios que Él nos descubre, y una ambición sin límites por alcanzar su amistad y sus promesas.

El Divino Padre se complace al ver que sus hijos aprecian así sus dones, y entonces los aumenta cada vez más.

Todos sus deseos se dirigirán a los puros goces de la virtud y quedarán a la vez saciados y hambrientos, sedientos y refrigerados; porque tal es la propiedad de los bienes espirituales, que sacian y excitan el hambre, calman y avivan la sed.

Uno se sacia, porque encuentra en Dios todos los bienes; siente hambre, porque, en gustando estos bienes, se les encuentra tan deliciosos, que se les desea siempre más.

El corazón regocijado canta las alabanzas de Dios y de la virtud; pero ello es un cántico siempre nuevo, porque siempre halla nuevas bellezas que admirar y amar.

Juzguemos, pues, por la medida de nuestros deseos en qué grado de virtud estamos.

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Y todos a una comenzaron a excusarse… Indignado el Padre, borra sus nombres del puesto honorífico que ocupaban, y dirige su invitación a los pobres y desgraciados, es decir, a la gente humilde y sencilla del pueblo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares…

Mas no hallándose todavía llena de invitados la sala, el Padre manda llamar a los forasteros, a los extranjeros: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa… Y con ellos se completó el número de comensales y comenzó el festín.

Si en los convidados al banquete están representados los judíos, en los desgraciados, y sobre todo en los extranjeros, estamos figurados nosotros, los que no pertenecíamos al Pueblo de Dios, los que no podíamos alegar título alguno al Banquete de la Redención.

La magnanimidad del Padre es tan grande, que hasta para nosotros ha dispuesto un lugar en su Cena; a nosotros ha hecho llegar su invitación, y así hemos podido sentarnos en la gran Cena. Aún más, hemos llegado a formar el grupo de los preferidos.

¡Oh inmensa bondad la del Padre! ¡Oh dicha incomparable la nuestra! No lo meditamos como es nuestro deber. No nos damos cuenta del particularísimo favor que importa el haber recibido las aguas bautismales.

¿Por qué, pues, tenemos la dicha de figurar entre los bautizados en Cristo? Por pura misericordia.

Respondamos, pues, a esa misericordia con un canto de gratitud…

En la gran cena de la parábola está también figurado el Festín de la Gracia y de todos los favores sobrenaturales de que el Señor nos ha hecho partícipes.

¡Muchísimas gracias ha derramado sobre nosotros desde el primer momento de nuestra existencia!

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Finalmente, el banquete de la parábola puede ser referido en sentido místico al Banquete Eucarístico. No en vano la divina Providencia ha dispuesto que este domingo llegase a ocupar el de Infraoctava del Corpus Christi.

Hemos considerado el Jueves pasado que Cristo Señor Nuestro, al terminar el curso de esta vida mortal, bajo el exceso de su inmensa caridad para con los hombres, dejó la Sagrada Eucaristía como poderoso auxilio para la vida del mundo.

Conocer con fe íntegra la eficacia de la Santísima Eucaristía, es lo mismo que conocer cuál sea la obra que para perfeccionar al género humano realizó el Dios hecho hombre, con su poderosa misericordia.

El que atenta y religiosamente considere los beneficios que emanan de la Eucaristía, entenderá ciertamente que Ella excede y sobrepuja a todas las demás cosas, cualesquiera sean los beneficios que se contienen en las mismas; pues de Ella procede para los hombres la vida, que es la verdadera vida: El pan que yo les daré, es mi carne por la vida del mundo.

Cristo es vida; para esto vino y vivió entre los hombres, para darles abundancia de vida más que humana: He venido para que tengan vida y la tengan abundantemente.

Mas como quiera que ésta que llamamos vida tiene manifiesta semejanza con la vida natural del hombre, así como ésta se sostiene y robustece con el alimento, así aquélla conviene tenga también un alimento o comida que la sustente y fortalezca.

Este pan, advierte Nuestro Señor, no es aquel maná celestial de la peregrinación por el desierto; sino que Él mismo es este pan: Yo soy el pan de vida.

Y de esto mismo nos persuade más ampliamente nos invita e incluso impele: Si alguno comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi Carne por la vida del mundo…

Y muestra la gravedad del precepto de este modo: En verdad, en verdad os digo si no comiereis la carne del hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

¿Qué más puede desearse, que ser hechos en cuanto sea posible, participantes de la naturaleza divina? Pues esto es lo que principalmente nos da Cristo en la Sagrada Eucaristía, por la cual el hombre, con el auxilio de la gracia, es elevado al consorcio de la divinidad y unido a Cristo íntimamente.

Esta es, precisamente, la diferencia que existe entre el alimento del cuerpo y el del alma, que, así como aquél se convierte a nosotros, así éste nos convierte a nosotros en él; a este propósito San Agustín pone en boca de Jesucristo estas palabras: Tú no me transformarás en ti, como si fuese el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí.

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Pues bien, a este Banquete Celestial hemos sido invitados. Aunque pobres y desgraciados, se ha dignado el Padre recibirnos en su sala. Humillémonos y respondamos agradecidos.

Pero tengamos en cuenta que el afán de riquezas y de placeres es lo que impide la percepción del fruto de este Banquete.

Procuremos, pues, mortificar en esas bajas tendencias. No seamos de los que no pudieron tomar parte en la Gran Cena porque habían comprado una granja o unos bueyes, o porque habían contraído matrimonio.

Seamos de los pobres de espíritu, y así tendremos la dicha de albergar en nuestro corazón al Rey de Cielos y tierra y de poseer el Reino de los Cielos.

Terminemos con las dos oraciones previstas para después de la Comunión, la de este Domingo y la de la fiesta del Corpus Christi:

Habiendo recibido estos sagrados dones, Te suplicamos, Señor, que con la frecuente participación de los Sagrados misterios se aumenten en nosotros los efectos de nuestra salvación.

Te rogamos, Señor, nos sacies con el sempiterno goce de tu divinidad; prefigurado en la recepción temporal de tu Preciosísimo Cuerpo y Sangre.