SANCHEZ MALAGON- MIEDO A LA VERDAD

LA VERDADERA PANDEMIA

No es el Nerón del odio el que nos hiere, es el Nerón del MIEDO el que nos mata.

Estamos frente al progresismo marxista

El progresismo religioso es sinónimo de inestabilidad espiritual. Responde a la desorientación que prima en nuestra época, y se manifiesta en el arte, en la música, en el relajamiento de la moral, en los conceptos humanísticos, en la dialéctica materialista de la historia, en fin, en todas aquellas disciplinas propias del espíritu.

Lo que es el abstraccionismo para el arte, es el progresismo para la religión.

Una característica muy acusada de los globalitas progresistas modernos es su mal disimulado afán de negarle a la Iglesia el monopolio de la verdad; y lo han conseguido con el conciliábulo Vaticano II.

Pero, en realidad, es una consigna hecha ciento cincuenta años atrás: “Lo que hemos emprendido es la corrupción a gran escala, la corrupción del pueblo por la Iglesia y de la Iglesia por nosotros, corrupción que nos permitirá un día llevarla al sepulcro. Nos dicen que para echar por tierra al catolicismo sería preciso antes suprimir a la mujer. Sea así, pero, no pudiendo suprimirla corrompámosla a la vez que a la Iglesia” (instrucciones de la Alta Venta).

La verdad es inmutable por su propia naturaleza, no puede haber una verdad antigua y una verdad nueva que venga a sustituir a aquella; lo mismo, que no puede haber un vetus ordo y un novus ordo (litúrgico o político); para todos los satanistas globalistas, una es la Iglesia de antes, con su antiguo Orden (cristiano), y otra muy distinta la de ahora, una nueva iglesia para un nuevo orden Anticristiano.

El mensaje evangélico es eterno, eficaz para todos los tiempos y no sólo cosa de moda, como pretenden hacernos creer los progresistas.

Este modernismo teológico nos ha llevado al satanismo y ha encontrado terreno fértil, no ya en un lugar del mundo sino en el orbe entero, no tanto por la ignorancia religiosa del pueblo, sino por una mal entendida obediencia y férrea adhesión a los falsos pastores y principalmente al pastor por antonomasia, el que radica en Roma, el mal pastor como lo deja ver su cruz pectoral, nada que ver con Nuestro Señor Jesucristo, el Buen Pastor, y su verdadero vicario.

Así es como se explica el gusto que tienen por una “liturgia” desbocada, puesta en práctica con el pretexto de que el concilio ha recomendado la participación activa de los fieles; y la pandemia, por su parte, abre la puerta a las más aberrantes practicas blasfemas; que, a decir verdad, no son válidas ni lícitas; pero el grueso de la población (sean católicos o no) cree que la iglesia modernista es la Iglesia Católica; y, de este modo, la masonería monta espectáculos como “sacerdotes” con guantes, tapabocas, pinzas para dar la comunión etc..

Esta nueva etapa que amenaza al mundo lo abarca TODO, desde los más sencillos actos piadosos o cívicos hasta el cambio radical en las estructuras religiosas, sociales, económicas y políticas, para llegar a la subversión de los principios morales.

Los cambios que proponen estos trompeteros del anticristo nos llevarán directamente al totalitarismo de estado y el camino para llegar a él será, aparentemente, el de la justicia y equidad social.

Esta crisis global no es la primera; pero, cuando se trate de la última que padezca el mundo, es difícil predecir los métodos que usarán en un futuro (porque quién se imaginaba en 2019 lo que han armado con la aparición en escena del coronavirus). Sabemos la gravedad de la extensión que habrá de alcanzar hasta llegar al reino del anticristo, y, lo cual es seguro, que la Iglesia saldrá purificada y gloriosa después de esa crisis y que las puertas del infierno no habrán prevalecido contra ella, dudar de ello equivaldría a negar su origen Divino.

Sin embargo, es deber de quienes nos decimos ser Católicos velar, desde la inhóspita trinchera, por su pureza, defenderla según las circunstancias y según la medida de nuestras posibilidades contra los embates de sus enemigos, francos o solapados.

Libertad, ley y orden

El principio fundamental de la libertad solamente puede ser preservado bajo el imperio de la ley; pero hoy la misma ley está oprimiendo nuestra libertad. Hoy, dicha libertad está siendo sacrificada por lo que los anglosajones llaman “expediency”, es decir una salida práctica, que soslaya o pasa por encima de, como dicen ellos mismos, el derecho fundamental de la libertad.

Actualmente se trata de justificar toda clase de subversiones y agitaciones en nombre de la llamada “justicia social”. Así tenemos el caso de muchos líderes religiosos, que consideran, nada menos, como un “don de Dios” las rebeliones que últimamente han tenido lugar en muchas partes, así como también aprueban y apoyan la subversión de los negros de Estados Unidos y de otros lugares.

PANDEMIA

Protestas por la muerte de Giovanni el 4 de mayo a manos de la policía en Guadalajara Mex. Por no llevar bozal (cubre boca)

Queriendo justificar a todo trance la subversión social que hoy día tiene lugar en casi todo el mundo, incluyendo claro está la destrucción del orden socioeconómico desde las más altas esferas del gobierno mundial, se invoca el justificativo que las actuales estructuras económicas y sociales son injustas; y, por consiguiente, todo lo que lleve a destruir el orden social es justo. Políticos demagogos, economistas, religiosos e intelectuales han formado un vasto frente en apoyo a la subversión, para lo que a ellos les conviene y va de acuerdo con sus fines, porque no se llama a la subversión vs. el coronavirus.

Aunque en todas las épocas de la historia no han faltado del lado religioso los reformadores que han reformado y deformado la religión, la Iglesia y sus instituciones, hoy día encontramos, además, que los deformadores ya no se contentan con la reforma del dogma, la moral y las instituciones religiosas, sino que abiertamente se han lanzado por el despeñadero de la “reforma social”, haciendo causa común con sectores que siempre se han caracterizado por su anticristianismo, oposición a la Iglesia en particular y la religión en general, nos referimos a la organización de las naciones unidas, a la organización mundial de la salud y otras.

Queriendo justificar la subversión negra, alegando las supuestas injusticias, incurren en otra injusticia mayor al hablar despectivamente del orden económico todavía vigente, tratando de justificar la “pandemia”, aunque sea pasando por encima del orden jurídico establecido.

Miedo a la verdad enfermedad del mundo moderno

Miedo a lo nuevo, enfermedad del integrismo, (esto ha salido en la página editorial de un diario capitalino); esto nos enrostran por donde sea; el tema es interesante, por eso lo abordamos, por lo que de tenaz insistencia tiene el tratar de dividir el pensamiento y la doctrina de la Iglesia Católica en dos ramas, la conservadora o tradicionalista y la actual o iglesia del anticristo.

Los pretendidos defensores del progresismo cargan a los tradicionalistas una serie de principios y actitudes que van desde la intransigencia, la cual deriva del mismo nombre que le atribuyen, hasta lo que denominan genéricamente prejuicios para aceptar las novedades del siglo que corre.

Aclaremos, ante todo principio, que la doctrina de la Iglesia es eterna e invariable por estar sustentada en la única verdad revelada, por ese motivo sabemos que fuera de la Iglesia no hay salvación; y no reduzcamos el termino salvación a la consecución del fin último de nuestra vida, sino que, ampliándolo, apliquémoslo también a la plena consecución de nuestra función de seres racionales que, a través de nuestra inteligencia, busca la verdad y únicamente puede encontrarla en el sagrado depósito de la doctrina de la Iglesia Católica.

Considero esta aclaración fundamental.

Ciertamente sabemos que la fe, que nos permite estar y permanecer dentro de la Iglesia, es un don gratuito de Dios. Respetamos el pensamiento de otros hombres que, de buena fe, pueden estar en el error; pero jamás este respeto debe llevarnos a aceptar el error como verdad, como menos aún a tratar de igual a igual nuestro pensamiento con el de la revolución. Este ha sido el pensamiento perene de la Iglesia de Dios.

Que el pensamiento de la Iglesia, a través de su historia, ha tomado en cuenta las novedades de todos los siglos, para proyectar su luz de verdad orientadora y dar un criterio cierto de cómo afrontar las nuevas circunstancias dentro del terreno Católico, esto está fuera de toda discusión e históricamente es demostrable.

Cito dos casos: el Concilio de Trento, en concreto sobre el tema de la predestinación; y la Encíclica de su Santidad León XIII “Rerum Novarum” (de las cosas nuevas), en la cual el Santo Padre hace un análisis de las nuevas condiciones de vida en el campo económico y social y de las soluciones que propone la doctrina de la Iglesia.

Para el verdadero Católico de estos tiempos es infantil el que se nos tache de tener miedo a lo nuevo, como pretenden los progresistas. Nuestro, no sólo miedo, sino pavor, es el que, día a día, constatamos: que muchos que considerábamos Católicos y amigos, por miedo a la “pandemia”, han roto los lasos familiares y sociales, y, encausados por no sé qué fuerza extraña se rebelan contra la doctrina de la Iglesia y aceptan con increíble facilidad los principios del gobierno mundial.

¡Sí!, miedo a la actitud de muchos “católicos” que, con un afán mal orientado de lograr una convivencia universal entre todos los hombres, pretenden que nos unamos en aquello que, según ellos, nos une: LA FRATERNIDAD UNIVERSAL absoluta, desechando aquello que nos desune…

¡Oh!, decepción; porque aquello que nos desune es la afirmación ÍNTEGRA de la Doctrina Verdadera de la Iglesia Católica.

Miedo, sí, pavor a pretender aceptar con docilidad un nuevo orden social anticristiano, que no será perene como muchos creen, el cual nos conducirá a la mayor tiranía jamás vista…

Lógicamente, han afinado bien el principio de la verdad subjetiva de cada hombre…

Indudablemente, estos mal llamados criterios tienen repercusiones, no solamente en la conducta individual de cada hombre, sino en los aspectos familiares, sociales, económicos, políticos, tanto estatales, nacionales e internacionales; y sus consecuencias, como son las democracias-cristianas o el catolicismo-socialista, que no son ni católicos, ni demócratas, ni sociales, sino funestas…; y a las mismas las miramos con pavor.

Señores progresistas, para acceder a su espíritu de disección dentro del pensamiento Católico —tradicionalistas y progresistas—, más que pretender afirmar de los primeros un miedo a lo nuevo (nuevo orden mundial, nueva normalidad), ¿no sería más sano que ustedes, progresistas, con un análisis sereno de conciencia, descubrieran que el miedo lo tienen ustedes, y que éste va orientado al reconocimiento pleno y a la afirmación de la verdad?

Esta es la verdadera pandemia: el miedo a la Verdad…

Recordemos la palabra evangélica de Cristo: “Veritas liberavit vos”. “La Verdad os hará libres”, con la auténtica libertad de los hijos de Dios.