PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

En verdad, en verdad os digo, el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Disputaban entre sí los judíos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos de comer de su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre, verdaderamente es bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, No sucederá como a nuestros padres, que comieron el maná, y murieron. Quien coma este pan, vivirá eternamente.

En esta Fiesta del Corpus Christi, la Santa Iglesia, a través de la Sagrada Liturgia, propone a nuestra consideración el Sermón o Discurso de Nuestro Señor sobre el Pan de Vida, es decir, Él mismo presente en la Sagrada Eucaristía.

La parte destacada en azul es el texto propio del Evangelio del día, pero retomamos desde un poco antes.

Nuestro Señor Jesucristo se proclama a sí mismo pan de vida: Yo soy el pan de vida, y lo es en el sentido que Él causa y dispensa la vida.

Poco antes, le habían argüido los judíos con el prodigio del maná, que Dios hizo en favor de los padres en el desierto. Y Cristo recoge ahora aquella alusión para decirles, una vez más, que aquel pan no era el pan verdadero, que era sólo un alimento temporal; y que por eso los padres comieron de él, pero murieron.

Hay, en cambio, un pan verdadero; y éste es el que está bajando del cielo, precisamente para que el que coma de él no muera.

Este es sólo el aspecto negativo, es decir, no morir. No morirá en el espíritu, ni eternamente en el cuerpo. Porque este pan postula, incluso, la misma resurrección corporal.

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Y este pan hasta aquí aludido encuentra de pronto su concreción: Cristo es el pan bajado del cielo… Yo soy el pan vivo que bajó del cielo.

Hasta aquí Jesús se había dado a conocer como el pan de vida, destacando el efecto que causaría su manducación en el alma; ahora se define por la naturaleza misma viviente: tiene en sí mismo la vida.

En efecto, poco antes había dicho: En verdad, en verdad os digo, vendrá el tiempo, y ya estamos en él, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oyeren, revivirán. Porque, así como el Padre tiene la vida en sí mismo, ha dado también al Hijo el tener la vida en sí mismo.

Se llama a sí mismo el pan vivo; y en vez de que baja, dice bajado.

Nuestro Señor es el pan bajado del cielo para dar la vida… Este es el aspecto positivo: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre.

Tiene la vida, porque ese pan es el mismo Cristo, que bajó del cielo en la Encarnación; es el Verbo que tomó carne; y al tomarla, es pan vivo, porque es la Carne del Verbo, en quien, en el principio, ya estaba la vida, que va a comunicar a los hombres.

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Y al final del versículo introduce, manifiestamente, una nueva idea: y el pan que Yo daré es mi carne para vida del mundo. Hasta ahora el pan de vida era dado, en pasado, por el Padre. A partir de ahora, será dado, en el futuro, por el Hijo mismo.

Si ese pan es viviente, no puede menos que conferir esa vida, y así vivificar al que lo recibe. Y como la vida que tiene y dispensa es eterna, se sigue que el que coma de este pan vivirá para siempre, eternamente.

Y aún se matiza más la naturaleza de este pan: Y el pan que yo os daré es mi carne, en provecho de la vida del mundo.

Por lo tanto, el pan que hasta aquí podía ser tomado en un sentido metafórico espiritual, es identificado a la Carne de Jesús.

Este Pan de vida, que se anuncia para el futuro, es la Santa Eucaristía, que aún no había sido instituida, y lo sería un año más tarde de esta promesa.

Este pan es la Carne de Jesucristo dada en favor y en provecho de la vida del mundo.

Este pasaje es, doctrinalmente, muy importante, pues se trata, manifiestamente, de destacar la relación de la Eucaristía con la muerte de Nuestro Señor, resaltando el valor de sacrificio de la Sagrada Eucaristía. Se trata de la Carne de Cristo en cuanto sacrificada e inmolada, entregada a la muerte para provecho del mundo.

San Juan ha querido establecer la identidad existente entre el pan eucarístico y la Carne de Cristo en su estado de Víctima inmolada por el mundo.

En esa frase se hallan confundidas la predicción de la Pasión y la promesa del Pan Eucarístico, y esto sin que haya equívoco, pues la Sagrada Eucaristía es, al mismo tiempo que un Sacramento, un verdadero Sacrificio sacramental, que representa, hace presente de nuevo, sacramentalmente, la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

La enseñanza trascendental que aquí se hace es la de la realidad eucarística del Cuerpo y la Sangre del Señor como medio de participar en su Sacrificio Redentor.

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Ante la afirmación de Jesucristo de dar a comer un pan que es precisamente su Carne, los judíos no sólo susurran o murmuran, sino que generan una protesta y disputa abierta, acalorada y prolongada entre ellos. Preguntaban despectivamente el “cómo” podía darles a comer su carne. ¡El eterno “cómo” del racionalismo!

Ante este alboroto, Nuestro Señor, no sólo no retracta su afirmación, ni la atenúa, sino que la reafirma, exponiéndola aún más clara y fuertemente, con un realismo máximo.

La expresión se hace con la fórmula introductoria solemne de “En verdad, en verdad os digo”.

El pensamiento es expuesto con el ritmo del paralelismo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre, verdaderamente es bebida.

La doctrina que aquí se expone se resume en tres puntos:

– 1°) la necesidad de comer y beber la Carne y la Sangre de Cristo;

– 2°) porque sin ello no se tiene la vida eterna; se trata de una realidad que ya está en el alma, y que ya la sitúa en la vida eterna;

– 3°) y, como consecuencia de la posesión de la vida eterna, que esta comida y bebida confieren, se enseña el valor escatológico de este alimento, pues a los que así hayan sido nutridos, Jesucristo los resucitará en el cuerpo en el último día.

Por cuarta vez Jesús promete, juntamente, la vida del alma y la resurrección del cuerpo. Antes hizo esta promesa a los creyentes; ahora la confirma hablando de la Comunión Eucarística.

Dice San Jerónimo: Peligra quien se apresura a llegar a la mansión deseada sin el Pan Celestial.

Por eso, la Iglesia prescribe la Comunión Pascual y recomienda la Comunión diaria; y San Pío X estableció que la edad de la discreción para la Comunión es aquella, en la cual el niño sepa distinguir el Pan Eucarístico del pan común y material, de suerte que pueda acercarse devotamente al altar; y que no se requiere un perfecto conocimiento de las verdades de la Fe, sino que bastan algunos elementos, esto es, algún conocimiento de ellas; ni tampoco se requiere el pleno uso de la razón, pues basta cierto uso incipiente, esto es, cierto uso de razón.

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Y Nuestro Señor continúa con su explicación: Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece y yo en él.

San Cirilo de Alejandría compara esta unión con la fusión en una de dos velas de cera bajo la acción del fuego: ya no formaran sino un solo cirio.

Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí.

Notemos que Cristo se complace amorosamente en vivir por el Padre, vivir del Padre, no obstante haber recibido desde la eternidad el tener la vida en Sí mismo.

Y esto nos lo enseña para movernos a que aceptemos aquel ofrecimiento de vivir totalmente de Él, como Él vive del Padre, de modo que no reconozcamos en nosotros otra vida que esta que Él nos ofrece gratuitamente.

Es para destacar que por el Padre y por Mí (yo vivo por el Padre … el que me come, vivirá por mí) puede también traducirse para el Padre y para Mí.

San Agustín y Santo Tomás admiten ambos sentidos. Vivir para Aquel que, muriendo, nos dio vida divina, como Él vivió y vive para el Padre.

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Resumamos, reflexionando sobre algunos pasajes de este sexto capítulo del Evangelio según San Juan.

Allí Jesús se nos presenta como el pan de vida y como queriendo permanecer con nosotros.

1º) Jesús, pan de vida

A los judíos que lo buscaban, Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida la eterna; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.

Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.

Y Jesús comienza a desarrollar el magnífico Discurso sobre el Pan de Vida, sobre la Sagrada Eucaristía:

Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

– Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.

– Y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.

– En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

– El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

– Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.

Jesús, presente verdadera, real y substancialmente en la Sagrada Eucaristía, es la vida de nuestra alma, porque Él es el alimento espiritual que necesitamos para no morir.

Si no comulgásemos, moriríamos de hambre y de sed espiritual. La Sagrada Eucaristía es el alimento que necesitamos para crecer en la vida espiritual, para fortalecernos, para seguir viviendo y para llegar al Cielo.

Jesús es el Pan de Vida…, entonces, que Jesús en la Eucaristía, que el Santísimo Sacramento, sea la vida de nuestra alma; digamos como los judíos, pero con otra intención: Señor, danos siempre de ese pan…

2º) Jesús permanece con nosotros

Un día, San Juan el Bautista vio a Jesús venir hacia él y dijo a sus discípulos: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, repite: He ahí el Cordero de Dios.

Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Este se volvió, y al ver que le seguían les dijo: ¿Qué buscáis?

Ellos le respondieron: Maestro, ¿dónde vives?

Les respondió: Venid y lo veréis.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día.

Sabemos que los discípulos de Emaús, cuando Nuestro Señor insinuó seguir su camino, le dijeron: ¡Quédate con nosotros!, porque se hace tarde.

¿Cómo hará Jesús para quedarse con nosotros?

Sabiendo Jesús que había llegado el momento de regresar al Cielo junto con su Padre, quiso permanecer entre nosotros hasta el fin del mundo. Para ello instituyó la Sagrada Eucaristía.

Gracias al Santísimo Sacramento, Jesús se queda con nosotros y nosotros podemos estar con Él.

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.

Si recibimos a Jesús, Él se queda con nosotros y nosotros con Él; Él vive en nuestra alma y todo nuestro ser se queda con Jesús.

¡Qué bueno que es Jesús!, que quiere estar con nosotros. Nos ama y nos demuestra su amor permaneciendo con nosotros en el Santísimo Sacramento.

Si amamos a Jesús, también debemos acompañarlo, permaneciendo junto al Santísimo.

Estemos con Jesús, junto a Jesús. Tengamos una verdadera vida de piedad eucarística.

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.

Comulguemos para responder al deseo de Jesús; para alimentarnos de Jesús; para unirnos a Jesús; para que Jesús nos transforme en Él.

¡Danos siempre de ese pan!

Vivamos de la Sagrada Eucaristía. Comulguemos con frecuencia. Acordémonos de Jesús, que está en el Santísimo.

He aquí, pues, las maravillas de la Sagrada Comunión explicadas por el mismo Jesús: nos da resurrección gloriosa y la vida eterna, siendo una comunidad de vida con Jesús, que nos hace vivir su propia vida como Él vive la del Padre.

Meditemos estos días el hermoso capítulo sexto del Evangelio según San Juan.

Pidamos a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento que nos haga comprender todas estas verdades, penetrarlas, gustarlas, saborearlas.