PADRE JUAN CARLOS CERIANI: JUEVES SANTO

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JUEVES SANTO

En este Jueves Santo, día de la institución del Santo Sacrificio y del Sacerdocio, leamos ante todo lo que enseña el Santo Concilio de Trento sobre ellos:

El Dios y Señor nuestro había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar allí la eterna redención; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria mía; como siempre lo ha entendido y enseñado la Iglesia católica.

Tenemos, pues, que la esencia del Sacrificio de la Misa, relativamente considerado, puede estudiarse, ya en cuanto se lo compara con el Sacrificio de la Última Cena, ya en cuanto dice relación al Sacrificio de la Cruz.

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El Sacrificio de la Misa es específicamente el mismo que el Sacrificio del Cenáculo.

En uno y otro es la misma la víctima que se ofrece, el mismo el oferente principal, la misma inmolación incruenta y la misma manera de ofrecerse.

Sin embargo, el Sacrificio de la Misa se diferencia accidentalmente del Sacrificio de la Última Cena:

a) Por parte de la víctima, porque en la Última Cena se ofreció Cristo víctima mortal, puesto que estaba próxima a la muerte; pero en la Misa se ofrece víctima inmortal.

b) Por parte del oferente, porque en la última Cena Cristo fue sacerdote visible, que se ofreció por sí mismo en Sacrificio; pero ahora el sacerdote visible es el hombre, mediante el cual lo ofrece Cristo, sacerdote invisible.

c) Por parte de la representación, pues el Sacrificio de la Última Cena representaba la muerte futura de Cristo, mientras que el Sacrificio Eucarístico representa sacramentalmente la muerte pretérita de Cristo.

d) Por parte del mérito en Cristo, porque el Sacrificio de la Última Cena, como obra de Cristo, fue meritorio, como todas las demás acciones realizadas por Cristo cuando vivía en esta vida mortal. Ahora, sin embargo, el Sacrificio de la Misa por parte de Cristo oferente no es meritorio, puesto que Cristo glorioso e inmortal ya no está en estado de merecer; es, pues, sólo aplicativo de sus satisfacciones y méritos acumulados y consumados en la Cruz.

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El Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz, no en cuanto nos da una representación insignificante de dicho Sacrificio, no en cuanto excite un recuerdo meramente subjetivo, sino en cuanto es conmemoración objetiva y representación viva y llena, conteniendo a Cristo, Hostia de la Pasión; y representando (haciendo presente nuevamente) la Pasión misma, esto es, la separación del Cuerpo y de la Sangre bajo las distintas especies del pan y del vino.

La Eucaristía fue de tal manera instituida por Nuestro Señor que, en virtud de las palabras de la Consagración, se pone directamente el Cuerpo bajo la especie de pan y la Sangre bajo la especie de vino.

Ahora bien, esta doble Consagración es una separación sacramental, simbólica y eficaz, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; por lo que se la considera como su muerte o inmolación mística que representa objetivamente la muerte de Cristo en la Cruz.

Esta representación objetiva del cruento Sacrificio de la Cruz es esencial al Sacrificio de la Misa; porque Cristo quiso esta representación de la inmolación del Calvario, y de tal manera instituyó el Sacrificio Eucarístico que, por su misma naturaleza y modo de ofrecerse, diga relación al Sacrificio de la Cruz.

Por lo tanto, a la Santa Misa no se le puede negar su cualidad de verdadero y propio Sacrificio; como enseña el Papa Pío XII: El augustísimo Sacrificio del Altar no es una pura y simple conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, sino que es Sacrificio propio y verdadero, en el cual el Sumo Sacerdote, por incruenta inmolación, hace lo que hizo una vez en la Cruz ofreciéndose a sí mismo al Eterno Padre como hostia gratísima (Encíclica Mediator Dei).

El Sacrificio de la Misa es, pues, uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz; sin embargo, se diferencia de él según la diversa manera de ofrecerle.

La hostia o víctima ofrecida en el Sacrificio de la Cruz fue Cristo Nuestro Señor según la naturaleza humana, que derramó su propia Sangre y sacrificó su vida para honrar y aplacar a Dios y procurar la salvación de los hombres. Pues bien, la víctima en el Sacrificio de la Misa es el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo, y, por tanto, el mismo Cristo, en cuanto se hace presente bajo las especies de pan y vino.

Pero es diverso el modo con que Cristo ofreció entonces el Sacrificio de la Cruz y ofrece ahora el Sacrificio Eucarístico; porque aunque sea una y la misma en la Cruz y en la Misa la acción sacrificial interna de Cristo, esto es, su oblación inflamada de amor a Dios y a los hombres; sin embargo, hay diversidad en la acción sacrificial externa, porque en la Misa, según enseña el Concilio de Trento: Se inmola de modo incruento el que en el ara de la Cruz se ofreció una sola vez cruentamente.

El Sacrificio de la Misa se distingue, pues, accidentalmente del Sacrificio de la Cruz. La diversidad accidental entre el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz surge:

a) De parte de la víctima, la cual, aunque sea la misma en uno y otro Sacrificio, sin embargo, en la Cruz la víctima era Cristo pasible y mortal, mientras que en la Eucaristía Cristo se ofrece impasible e inmortal.

b) De parte del oferente. En la Cruz, Cristo se ofreció por sí mismo al Padre de modo visible, mientras en la Misa se ofrece de modo invisible por ministerio de los sacerdotes.

c) Por parte del efecto, que en el Sacrificio de la Cruz es la satisfacción y el mérito para llevar a cabo la obra de la Redención; mientras que en la Misa es la aplicación del mérito y satisfacción consumada en la Cruz, toda vez que Cristo nada ya de nuevo merece después de su muerte.

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En la Consagración separada de las especies del pan y del vino se halla, pues, la verdadera representación del Sacrificio del Calvario.

Por eso enseña Santo Tomás que se reparte en doble especie por su significación, por ser el memorial de la Pasión del Señor, por la cual se separó del Cuerpo la Sangre de Cristo; por cuya razón, en el Santo Sacrificio, se ofrece por sí la Sangre, aparte del Cuerpo Porque la Sangre, consagrada por su lado, representa de modo especial la Pasión de Cristo, por la cual su Sangre quedó separada del Cuerpo y, por consiguiente, en la consagración de la Sangre era conveniente se expresase la virtud de la Pasión de Cristo. (In Ep. ad Cor. I Cor 11, 23-26, lect. 5 y 6).

La Sangre consagrada separadamente del Cuerpo es representación viva y expresa de la Pasión de Cristo. Por eso se menciona su efecto en la Consagración de la Sangre más bien que en la Consagración del Cuerpo, que es el sujeto de la Pasión, como lo indican las palabras del Señor: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros, como si dijera: que se somete a la Pasión por vosotros (III, q. 78, a. 3, ad 2).

Donde se ve que Santo Tomás atribuye a la Consagración de la Sangre la parte principal en la representación del Sacrificio de la Cruz que se verifica en la Misa, toda vez que enseña que en la Consagración del Cuerpo se representa el sujeto de la Pasión, pero en la Consagración de la Sangre el misterio mismo de la Pasión de Cristo, operada por la efusión de su Sangre.

Por lo tanto, queda claro que la doble Consagración Eucarística es Sacrificio, en cuanto que Cristo es incruenta, mística o sacramentalmente inmolado y sacerdotalmente ofrecido por la separación sacramental de su Cuerpo y de su Sangre bajo las distintas especies que representan su inmolación cruenta en la Cruz.

Esa inmolación mística o sacramental de Cristo, sacerdotalmente ofrecida, tiene verdadera razón de signo sacrificial, puesto que significa y representa el Sacrificio de la Cruz, de tal manera que el mismo está contenido realmente bajo las especies, aunque en el orden sacramental.

Las especies de pan y vino, en virtud de las palabras de la Consagración, ponen separadamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y por eso representan y contienen a Cristo paciente formalmente como víctima de la Cruz.

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Notemos que no es suficiente hablar de inmolación puramente simbólica, representativa y conmemorativa, pues siendo la inmolación elemento esencial y formal del Sacrificio Eucarístico real y verdadero, ella debe ser también real y verdadera, aunque incruenta, mística o sacramental.

León XIII enseña claramente que el sacrificio de la misa es la renovación verdadera y admirable, aunque incruenta y mística, de la muerte de Cristo:

Cristo ha querido que toda la virtud de su muerte, tanto para la expiación como para la impetración, permanezca en la Eucaristía, que no es una mera conmemoración vacía de la misma, sino una verdadera y admirable renovación, aunque incruenta y mística de ella. (Encíclica Miræ Charitatis).

Y Pío XII, en la Encíclica Mediator Dei, afirma:

El Augusto Sacrificio del altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el cual el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima gratísima.

Una sola y la misma es la víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes es el mismo que se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse.

Idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona es representada por su ministro. Este, en virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo; por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano.

Idéntica asimismo es la Víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre.

Es diferente, en cambio, el modo como Cristo se ofrece. En efecto, en la Cruz, Él se ofreció a Dios totalmente, con todos sus sufrimientos; pero esta inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta, voluntariamente padecida. En cambio, sobre el Altar, a causa del estado glorioso de su naturaleza humana la muerte no tendrá ya dominio sobre Él, y por eso la efusión de la Sangre es imposible.

Con todo, la divina sabiduría halló un medio admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias a la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente su Cuerpo, también lo está su Sangre; y las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre.

De este modo la memorial demostración de su muerte, que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los Sacrificios del Altar, ya que la separación de los símbolos índica que Jesucristo está en estado de Víctima.

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La explicación de Santo Tomás salva plenamente la identidad del Sacrificio de la Cruz y el del Altar, así como su diferencia en cuanto al modo de realizarse.

Es uno y único Sacrificio porque el Sacramento realiza lo que significa; es decir, la doble Consagración de las dos especies realiza lo que significa y representa: la muerte de Jesucristo en la Cruz por la separación del Cuerpo y de la Sangre.

Esta exposición del pensamiento de Santo Tomás es, al mismo tiempo, explicación teológica y complemento de las enseñanzas del Concilio de Trento y de los Romanos Pontífices, especialmente León XIII y Pío XII, que son los que con más detenimiento determinan en qué consiste el Sacrificio de la Misa y su relación con el de la Cruz.

Mas no afirman los Papas, como tampoco Santo Tomás, que el Sacrificio Eucarístico, formalmente considerado, consista en la sola representación, en los signos externos, señales de muerte, memorial demostración, por los cuales Jesucristo es mostrado y significado en estado de víctima.

Su pensamiento completo se sintetiza en esta frase: “El sacrificio eucarístico representa y renueva a diario el de la cruz”.

¿Cómo lo renueva? Sacramentalmente; por eso enseña: La Eucaristía es el sacramento perfecto de la pasión del Señor, conteniendo al mismo Cristo paciente (Eucharistia est sacramentum perfectum dominicæ passionis, continens ipsum Christum passum).

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Para terminar, deseo presentar una meditación de San Pedro Julián Eymard, Apóstol de la Sagrada Eucaristía, Fundador de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, de las Siervas del Santísimo Sacramento y de la Archicofradía del Santísimo Sacramento.

El centro de su vida espiritual fue siempre la devoción al Santísimo Sacramento, y escribió varias obras sobre la Sagrada Eucaristía, que han sido traducidas a varios idiomas. De allí extractamos el siguiente texto:

LA EUCARISTÍA Y LA MUERTE DEL SALVADOR

Quotiescumque enim manducabitis panem hunc, mortem Domini annuntiabitis donec veniat. Cuantas veces comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor (I Cor., XI, 26).

La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

Fue instituida la víspera de su muerte, la noche misma que fue entregado Jesús: Pridie quam pateretur; In qua nocte tradebatur.

Le da el nombre de testamento que se funda en su sangre —Hic calix novum testamentum est in sanguine meo.

El estado de Jesús en el Santísimo Sacramento es un estado de muerte. En las apariciones de Bruselas y de París, de 1290 y 1369, se dejó ver con las cicatrices de sus llagas como nuestra Víctima divina.

En la Hostia santa está sin voluntad y sin movimiento, como un muerto que hay que llevar.

A su alrededor reina silencio mortal. Su altar es sepulcro que encierra huesos de mártires; la lámpara lo alumbra como alumbra las sepulturas; el corporal que envuelve la Santa Hostia es nuevo sudario, novum sudarium. Cuando el sacerdote va a ofrecer el Santo Sacrificio lleva sobre sí insignias de muerte: no hay vestidura sagrada que no esté marcada con la cruz, que lleva por delante y por detrás.

Siempre muerte, siempre cruz, es el estado de Jesús en la Eucaristía en sí misma considerada.

Si la consideramos como Sacrificio o como Sacramento que se recibe en la Comunión, patentiza ese estado de muerte de Jesús de una manera, todavía más viva.

El sacerdote pronuncia separadamente las palabras de la Consagración, sobre la materia del pan y sobre la del vino, de modo que, por virtud de la significación rigurosa de estas palabras, el Cuerpo de Cristo debiera estar separado de su Sangre, es decir, muerto.

Si no hay muerte real es porque a ello se opone, después de su Resurrección, el estado glorioso de Jesucristo; pero Él toma de la muerte lo que puede, es decir, toma el estado de muerte y le vemos así como Cordero inmolado por nosotros.

Jesucristo, por esta mística muerte, continúa el Sacrificio de la Cruz, renovándolo millares de veces por los pecados del mundo.

En la Comunión se consuma esta muerte mística del Salvador. El corazón del comulgante viene a ser su sepulcro, pues disueltas en su interior las santas especies por la acción del calor natural, cesa el estado sacramental; Jesús sacramentado ya no está corporalmente en nosotros, sino que muere sacramentalmente, verificándose la consunción del holocausto.

En el corazón del justo halla Jesús una sepultura gloriosa, pero ignominiosa en el del pecador. En el primero no pierde su estado sacramental sin dejar su divinidad, su Espíritu Santo, y por lo mismo un germen de resurrección. En el segundo, esto es, en el culpable, no sobrevive Jesús, quedan frustrados todos los fines de la Eucaristía. La Comunión en estas condiciones es una verdadera profanación; es la muerte violenta e injusta de Nuestro Señor, crucificado por estos nuevos verdugos.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía?

Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús.

La Eucaristía es un testamento, un legado, que no puede tener valor sino por la muerte del testador. Jesús debía, por lo tanto, morir para convalidarlo.

Por eso, cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo, y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos.

La prueba suprema del amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía.

¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía! Y, sin embargo, bien a las claras nos lo dice Jesús con su presencia. Pero nosotros, como hijos desnaturalizados, no pensamos más que en sacar provecho y disfrutar de nuestras riquezas, sin acordarnos de Quien nos las adquirió a costa de su vida.

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones que hemos dicho para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros.

Los cuales son:

Primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas.

Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo: Mihi mundus crucifixus est et ego mundo.

Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad.

Por último, la Eucaristía nos hace partícipe de la Resurrección gloriosa de Jesús. Jesucristo es sembrado en nosotros y el Espíritu Santo se encargará de vivificar este divino germen y nos concederá por él una vida eternamente gloriosa.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este Sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera cómo debemos corresponder a su amor.

Por todo lo considerado y meditado, junto con la Santa Iglesia y su venerable Liturgia, le pedimos:

¡Oh, Señor!, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu Pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu Redención.