¿DÓNDE ESTÁN LOS SANTOS DE HOY?

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Sabemos los católicos que las vidas de los Santos contadas en el Martirologio Romano, y en otros libros, son un gran tesoro, que la Iglesia nos regala como testimonio de la fe perfecta que ciertas personas han llegado a tener durante su vida y sobre todo al momento de su muerte.

Podemos ver a lo largo de la historia que los hubo de todas las clases sociales, de todas las etnias, de diferentes capacidades y con diferentes virtudes. Reyes y pobres, blancos y negros, amos y siervos, varones y mujeres, que han sabido atender a las gracias dispensadas por Nuestro Señor y dedicarse a aquello para lo que fuimos creados: El hombre es creado para conocer, amar y servir a Dios Nuestro Señor aquí en la tierra y, mediante esto, salvar su alma.

También ellos vivieron en el mundo, algunos en siglos muy convulsionados, otros no tanto; algunos rodeados de un pueblo y ambiente católicos, otros asediados de paganos; unos recluidos en cuevas o resguardados en monasterios, otros trabajando o haciéndose cargo de una familia; unos perseguidos y exterminados violentamente, otros en paz…; pero todos ellos, supieron no entregar su alma al mundo que los rodeaba para así poder alcanzar lo que más anhelaban: la corona de la Gloria.

Muchos de ellos, han sido paganos buena parte de su vida o han estado alejados de la fe; y encontrando la Verdad (o siendo encontrados por ella, como decía San Agustín) y, en una conversión profunda y verdadera, se tornaron soldados de Cristo, aceptando en este título toda consecuencia.

Con errores, con miedos, con angustias, como seres humanos cuya naturaleza está caída pero redimida, pusieron todo en manos de la Divina Providencia y se entregaron a ella, porque comprendieron con total profundidad que “sólo Dios basta”.

Algunas memorias nos cuentan sobre niños que, ya desde su primer suspiro, han exhalado santidad y que la han guardado toda su vida. Tiernos infantes que se postraban por horas en oración y que a edades muy tempranas hacían penitencias de todo tipo, incluso físicas.

Evidentemente, Dios diseñó para cada uno de ellos un plan de vida acorde a su espíritu para alcanzar la salvación de sus almas, y les entregó el prometido lugar privilegiado en el banquete Celestial.

Y aunque esta promesa es para todos los que quieran aceptarla, porque todos están invitados, muchos no querrán asistir.

Ahora bien, esta promesa es también para nosotros…

Hoy, en el siglo XXI, con similitudes con los primeros tiempos; con gran diferencia de los tiempos de apogeo cristiano; en medio de un cristianismo que pareciera extinguirse; en un siglo de apostasía colectiva que utiliza cuanto medio tiene para desarraigar a Dios de la sociedad, de las familias y de las almas; esparcidos en pequeños rebaños por el mundo…; y todo como está profetizado…, es probable que nos preguntemos: ¿y dónde están los santos hoy?

Algunos podrán responder: “Sólo en los libros”, “Guardados en algún monasterio de por ahí”…

A juzgar por las canonizaciones de los “papanatas conciliares”…, todos son santos…, desde los mismos “papanatas conciliares”, que se canonizan entre ellos mismos, hasta los obispos y sacerdotes guerrilleros, pasando por los simples fieles; entre ellos católicos que murieron en olor de santidad, y entre los cuales habrá muchos, ciertamente, que merecerían ser elevados a los altares.

Algunos se creerán ellos mismos santos…; indudablemente no es poco resistir a este siglo…; pero, atención, porque quien se considere santo, evidentemente no lo es…

Otros dirán que ya no los hay.

Pero, ¿es que Dios no suscitará más Santos hasta el fin de mundo?

Si así fuera, esto entraría en contradicción con lo que la Sagrada Escritura profetiza para los últimos tiempos: “Y si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; mas por razón de los elegidos serán acortados esos días” (San Mateo, 24. 22).

Y, entonces…, ¿dónde están?

Además de que podrían serlo algunas personas desconocidas (o conocidas) y escondidas del conocimiento público, como debe ser, hay muchos niños que muestran ciertas capacidades que no son comunes, comunican virtudes naturales que no son típicas para su edad o hasta se rodean de hechos sobrenaturales; pero que cuando llegan a la edad de poder expresarlas, lamentablemente y por estar criados en familias no católicas, desvían con esta influencia esas aptitudes hacia lados oscuros.

Sabemos que el paganismo, el ateísmo y la new age han hecho estragos con las almas; pero se puede ver que últimamente se han ensañado con la de los párvulos.

Esto es, obviamente, una inteligente estrategia del demonio que utiliza a sus adeptos (conscientes o no tanto) para desparramar la mala semilla incluso en sus propias familias.

¡Hay tantos casos conocidos! La niña que habla con los ángeles, el niño que recuerda “vidas pasadas”, el que volvió de la muerte, el que estuvo en el cielo y volvió, la que ve los espíritus de los muertos, los niños índigo, los niños cristal o arco iris, que “han venido a ayudar en la evolución de la conciencia para mejorar el planeta”, y muchos etcéteras.

Para peor de males, los padres se encargan de hacerlo público, orgullosos de sus particulares retoños, que en muchísimos casos ni siquiera han bautizado… (y no hace falta aclarar que aquí está el centro del obstáculo…).

¿Y cómo terminan estos niños?

En su mayoría, perdiendo sus reales talentos y virtudes en el mundo y haciéndose eco de estas necedades diabólicas, diseminando mentiras como si fueran verdades de fe.

No faltan aquellos que se dedican a lo oculto, con el divertido nombre de “videntes”, “limpiadores de malas energías” y, los más atrevidos, “médiums”; que tienen el poder de comunicarse con los espíritus…, es decir con los demonios, por supuesto…, aunque ni crean en ellos.

Lo que nunca sucede es que terminen postrados en oración, adorando la Santa Cruz y yendo a la verdadera Santa Misa todos los domingos.

Queda claro, entonces, que la formación de los Santos de los últimos tiempos, está, como en todos los tiempos, en nuestras manos; ya sea que se trate de nosotros mismos, intentando colaborar con la gracia para recorrer el buen camino; ya sea que se refiera a nuestros hijos o nietos; tarea nada fácil, pero nunca imposible (porque Nuestro Señor no nos pide lo imposible), que requerirá mucha oración, buen ejemplo y, sobre todo, cultivar en ellos la valentía y el coraje que necesitarán para enfrentarse al mundo, a la ley inicua y, quizás, al mismo anticristo.

Tenemos la promesa del Cielo, tenemos la verdadera fe, tenemos la esperanza…, que no nos falte la caridad sobrenatural.