MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SANTA MARGARITA REINA DE ESCOCIA (1046 – 1093)

CUANDO Canuto II el Grande, rey de Dinamarca, se apoderó de Inglaterra, desterró a Suecia a los príncipes Eduardo y Edmundo, hijos de Edmundo II, rey inglés asesinado. El rey de Suecia, viendo que Canuto quería deshacerse de esos dos niños, no accedió a los deseos del danés, sino que los envió a la corte de San Esteban, rey de Hungría, donde fueron muy bien recibidos y educados conforme a su regia estirpe. El joven Edmundo murió sin sucesión, pero Eduardo, llamado «de Ultramar» o «el Proscrito», casóse con Águeda, sobrina del santo emperador Enrique II de Alemania y hermana de la reina Gisela, esposa del rey San Esteban. De este matrimonio y en esa misma Corte nació en 1046 la niña Margarita, a la que Dios predestinaba a ser reina y santa. No fue muy larga su estancia en la corte húngara, pues la Providencia dispuso las cosas de tal modo, que muy en breve —entre los años 1054 y 1057— se trasladaron sus padres a la corte inglesa en la que, como en Hungría, se mostraba también a la sazón la santidad en egregio ropaje de realeza.
EN LA CORTE INGLESA. NUEVA HUIDA
LA princesa Margarita frisaba en los diez años, y, para dicha suya iba a encontrar en la corte inglesa la misma ejemplaridad de vida y las mismas enseñanzas que tanto habían contribuido a iniciarla en las vías de la santidad, en la cristianísima corte húngara y en la no menos ejemplar del santo emperador Enrique de Alemania. Disponíalo así la Providencia divina para robustecer el espíritu y templar el ánimo de la futura santa, y prepararla a sobrellevar las penas a que muy pronto iba a someterla. Apenas habían transcurrido tres años, el príncipe Eduardo de Ultramar pagó a la muerte el obligado tributo. Su tío, el virtuosísimo monarca Eduardo III el Confesor, que reinaba desde 1042, entregó también su santa alma al Criador el 5 de enero de 1066. De cortísima duración fue el reinado del valiente conde Haroldo, cuñado y sucesor del difunto rey; pues a poco moría luchando valerosamente en la célebre batalla de Hastings, que dio el señorío de la nación inglesa a Guillermo el Conquistador. El pueblo londinense eligió entonces para ocupar el trono vacante al príncipe Edgardo, hermano de nuestra Santa; mas al cabo de breves días se dio cuenta de lo inútil de sus esfuerzos y aclamó al vencedor. Al principio sometióse Edgardo al dominio del nuevo monarca, pero no tardó, de acuerdo con su madre y sus dos hermanos, en fugarse secretamente del territorio inglés al continente.
La adversidad parecía cebarse implacable en los egregios fugitivos, pues un violentísimo temporal desvió de su ruta la nave en que embarcaran, lanzándola, tras crueles alternativas y zozobras, a las costas de Escocia; pero la Providencia se valió de este naufragio para elevar al trono a la virtuosa princesa Margarita.
EN LA CORTE DE ESCOCIA
POR entonces era rey de Escocia Malcolmo III, el cual, después del asesinato de su padre Duncán I, fue amparado y honrado largo tiempo por el santo rey Eduardo III de Inglaterra, gracias a cuya valiosa ayuda logró vencer al regicida y usurpador Macbeth y reconquistar su perdido trono. Debido a esto, cuando dispuso la Providencia que, como náufragos, tomaran tierra escocesa los miembros de aquella real familia, destronada y tan desdichada, el rey Malcolmo, a fuer de agradecido y leal, se constituyó en amparador y protector de los egregios fugitivos rehusando con dignidad y firmeza entregarlos a Inglaterra al serle reclamados por Guillermo I el Conquistador; en vista de ello, declaró éste la guerra al monarca escocés, quien, ni tímido ni perezoso, púsose denodadamente al frente de sus tropas y, saliendo al paso del ejército inglés, lo deshizo por completo. Mientras esto ocurría, Margarita, refugiada en la corte escocesa, daba grandes muestras de ejemplarísima vida con el ejercicio de todas las virtudes, aquilatadas por el crisol de la desgracia que tenazmente se cebaba en ella y en su familia. Testigo de ello el rey Malcolmo, y convencido de las excelentes dotes que adornaban el alma de la joven, la pretendió por esposa. Aunque Margarita se sentía muy inclinada a seguir la senda de la perfección e imitar el ejemplo de su hermana Cristina, que había entrado religiosa, reprimió sin embargo los anhelos de su corazón y, conformándose con entera docilidad a seguir el consejo de los suyos que le hacían entrever la posibilidad de poder extender y propagar el reino de Jesucristo en la nación escocesa, dio su consentimiento al rey Malcolmo, gozosísimo al ver que Dios le deparaba tan noble y santa compañera. Margarita fue coronada reina de Escocia con pompa inusitada el año de gracia de 1070; tenía entonces veinticuatro años.
REGALO DE BODAS. OBRA APOSTÓLICA DE SANTA MARGARITA
A solemne ceremonia de los desposorios se celebró en la real residencia de Dunfermline, situada no lejos de Edimburgo. La piadosa reina quiso perpetuar su recuerdo y rendir públicamente a Dios el homenaje de su corazón agradecido, por las múltiples mercedes de su divina mano recibidas, ordenando la erección, en aquel lugar, de un artístico templo en honra de la Santísima Trinidad, al que enriqueció con una reliquia del «Lignum Crucis», y con preciosos ornamentos y vasos sagrados de oro macizo. Lo mismo hizo con otras varias iglesias debidas a su generosa piedad. El boato y la magnificencia de la Corte no empañaron el alma angelical de Margarita, ni oscurecieron el brillo de sus virtudes. Y es que al exaltar a Margarita de este modo, sin duda fue designio divino engrandecerla por su modestia y humildad, y poner al propio tiempo su santa vida cual faro luminoso colocado en las alturas, con el fin de que fuera mejor divisado por las almas para que, orientadas por sus destellos, se encaminaran hacia el cielo, y ella fuese el instrumento propulsor del florecimiento religioso en aquel reino. Tuvo Margarita la dicha de encontrar en su esposo Malcolmo inclinaciones y aspiraciones análogas a las suyas. Cierto es que, muy en armonía con las costumbres de aquellos belicosos tiempos, era Malcolmo algo adusto y retraído; pero la virtuosa consorte adquirió con su afabilidad y con sus modales delicados, maravilloso ascendiente sobre su augusto esposo del que se aprovechó para bien de su pueblo. Malcolmo vivía pendiente de los labios de Margarita, cuyos atinados consejos, seguidos con docilidad, abrían horizontes dilatados a sus ansiosas aspiraciones. Su empeño ponía la santa reina en este apostolado, pues no dudaba que la transformación y mejora de las costumbres del pueblo dependían en buena parte del ejemplo del rey y de la Corte. No es, pues, de extrañar que toda Escocia evolucionara a imitación de su rey y que, por la influencia de la magnánima reina, florecieran en alto grado la religión y la justicia en los Estados de Malcolmo, cuyo reinado fue de los más felices y prósperos de Escocia. Muy presto se captó Margarita el afecto y el respeto de sus vasallos. Nadie se hubiera atrevido a pronunciar en su presencia palabra alguna, no ya poco honesta, sino ni siquiera ligera o superficial, pues era a todos muy patente que la virtud era la mejor carta de presentación para entrar en palacio. De este modo la corte de Escocia se convirtió en una verdadera escuela de santidad donde se daban cita lo más florido y selecto de la nobleza y los más esforzados paladines del ejército del rey Malcolmo para ejercitarse en la práctica de las virtudes antes de lanzarse a los campos de batalla. Con frecuencia reunía también la ejemplarísima reina cabe sí a algunas doncellas de las más recomendables por su modestia y honestidad, y las ocupaba en la confección de ornamentos sagrados que luego eran regalados a las iglesias pobres del reino. Fue particularmente eficaz la influencia de Santa Margarita en la organización de la Iglesia en Escocia. Debido a sus consejos dividióse el reino en diócesis con sus demarcaciones bien determinadas, creáronse cabildos con su correspondiente clerecía en las catedrales y estableciéronse parroquias. Algunas órdenes religiosas, venidas de Francia e Inglaterra y dedicadas a todo género de ministerios, se difundieron por todo el país y contribuyeron eficazmente al florecimiento y esplendor que alcanzó la vida litúrgica de aquella época en el reino escocés. Sin embargo, nuestra Santa no se detuvo aquí, sino que quiso poner remedio a los graves abusos que se habían introducido en la práctica de la religión, como la inobservancia del ayuno cuaresmal, la profanación del descanso dominical y festivo, y la tibieza y apatía de muchos cristianos en el cumplimiento de sus deberes para con Dios, en especial en los referentes al cumplimiento pascual. No cejó en su apostólico empeño la santa reina ante las dificultades que surgían; no le permitió su celo darse un punto de reposo hasta conseguir que el Divino Maestro ocupara el lugar que le correspondía, y reinara de hecho en la vida privada y pública de sus súbditos. Reclamó la ayuda de doctos prelados y celosos predicadores para restablecer en su reino la fe con su pureza primitiva, desarraigar los vicios y malos hábitos y hacer amar la virtud. El rey Malcolmo secundó las nobles aspiraciones de su santa esposa, ayudándola eficaz y constantemente en su loable empresa. Tantos esfuerzos mancomunados viéronse sin tardar bendecidos por el Señor: la nación cambió de aspecto privada y socialmente, desapareciendo por completo la simonía, la usura, las supersticiones, los matrimonios entre consanguíneos y otros desórdenes que estaban anteriormente a la orden del día, con grave escándalo público y ocasión lamentable de pérdida para las almas.
MADRE CRISTIANA Y SANTA
LAS bendiciones del cielo cayeron en abundancia sobre los reales consortes, en premio de las eminentes virtudes de Santa Margarita y del celo apostólico que en aras del bien y salvación de las almas desplegaban ambos esposos. El cielo, en efecto, alegró su hogar con el nacimiento de seis príncipes y dos princesas, que heredaron, con el carácter esforzado y valeroso del padre, las excelsas virtudes de su santa madre. Estos fueron los más bellos joyeles engarzados en su corona y su más preciado galardón en este mundo. Cuidólos la virtuosa madre con tierna solicitud y cariño, y ya desde la cuna los exhortaba a menudo a la práctica de la virtud, inculcándoles al propio tiempo horror sumo al pecado y honda aversión a los bienes terrenales, cuya vanidad les ponderaba clara e insistentemente. Fuera de eso, procuraba con todo ahinco encender en sus tiernos corazones aquel fuego de divina caridad en que con vivas llamaradas se abrasaba el suyo y ponía sumo empeño en asignarles preceptores piadosísimos de vida ejemplar. Si el árbol, bien podado y dirigido, da hermosos y sazonados frutos, una sabia educación con tal constancia dirigida no podía menos que producir el más bello y consolador resultado. Así fue en efecto, pues esta egregia familia, presidida por una madre santa, dio a la sociedad ilustres personajes y a la Iglesia un coro de Santos. El hijo mayor, Eduardo, valiente como su padre, pereció a su lado luchando heroicamente en la batalla de Alnwick (1093); Edmundo renunció a las glorias mundanas e ingresó en un monasterio, donde vivió santamente; Etelredo subió al cielo en la edad de la inocencia. El cuarto hijo, Edgardo, vióse desposeído del trono; pero no tardó en recobrar sus derechos, ya que en 1097 tomó de nuevo posesión del trono de sus mayores, gracias a la protección y ayuda de su tío materno, el ya conocido príncipe Edgardo, y del rey de Inglaterra Guillermo II el Rojo. Sucedióle en el año 1107 Alejandro, quinto hijo de nuestra Santa, que falleció en 1124, sin descendencia directa. Subió entonces al trono de Escocia el último de los hermanos que. con el nombre de San David I, es conocido en la historia por uno de los más ilustres monarcas del trono escocés. Por sus preclaras dotes de gobierno y por la santidad de su vida fue apellidado «Esplendor de su linaje». En cuanto a las dos princesas. la mayor, llamada Edit o Matilde, estuvo desposada con el rey Enrique I de Inglaterra, y mereció, por su vida ejemplarísima, el honor de los altares. María, la segunda, entroncó con la familia del preclaro y virtuoso Godofredo de Bouillón, primer rey de Jerusalén, al desposarse con Eustaquio, conde de Bolonia, del norte de Francia.
PROVIDENCIA DE LOS DESVALIDOS Y MENESTEROSOS
DESDE su niñez sobresalió Margarita por la caridad y conmiseración para con los desheredados de la fortuna y los desgraciados. Era de ver la bella y conmovedora escena que se ofrecía a los circunstantes siempre que la santa reina salía de la regia mansión; la rodeaban multitud de pobrecitos, tristes viudas, desdichados huérfanos y tantos otros desgraciados que acudían a darle muestras de su gratitud o a recibir de sus generosas manos el socorro, único lenitivo en su desgracia. Diariamente y antes de sentarse a la mesa, nuestra Santa servía con sus propias manos la comida a nueve huerfanitas y a veinticuatro ancianos. Con metódica frecuencia mandaba, además, que se permitiese la entrada en palacio a trescientos pobres, a los cuales, en compañía del rey Malcolmo, servíales con sumo placer exquisitos manjares, puesta de hinojos por respeto al Divino Salvador, a quien veía y agasajaba en la persona de aquellos infelices. No paraban ahí sus larguezas. Al salir del oratorio, se encontraba a diario en sus habitaciones con seis pobres, a quienes lavaba los pies y despedía con buena limosna. Visitaba también con mucha frecuencia los hospitales. donde cumplía los oficios más humildes y penosos con los enfermos. Y, no satisfecho aún su compasivo corazón, buscaba fuera del país más ancho campo a su ardiente celo, socorriendo a los desgraciados de otras regiones. ¡Cuántos cautivos y prisioneros de guerra vieron rotas sus cadenas gracias a la valiosa intercesión de la santa reina de Escocia!
SU HUMILDAD Y AUSTERIDAD. ÚLTIMOS DÍAS
EN la humildad, la más firme base de la verdadera santidad, asentó el edificio de su virtud. Santa Margarita fue el más fiel trasunto de las virtudes cristianas y únicamente ella parecía ignorarlo. Muy a menudo se entrevistaba con su confesor Turgot, monje benedictino —obispo que fue de San Andrés hacia el 1107—, y le rogaba humilde, pero insistentemente, que se sirviera señalarle y reprenderle sin rodeos cuanto de censurable viera en ella, para corregirse. Dolíase de ser tratada con sobrado miramiento y delicadeza. La vida austera y penitente que llevaba la ejemplar reina, empezó a minar su organismo. Contrajo, entre otras molestias, una dolencia de estómago que la atormentó por largo tiempo, ocasionándole terribles dolores; pero no fueron óbice para que modificara su plan de vida, ni acortara en lo más mínimo sus prácticas piadosas. Supo por inspiración divina la proximidad de su tránsito de este mundo, y quiso prepararse con todo cuidado a comparecer ante el Divino Juez. Llamó a su confesor e hizo con gran abundancia de lágrimas confesión general de toda su vida. Durante seis meses se vio obligada a permanecer en el lecho. Sufría muchísimo, pero no se le oyó nunca la menor queja, pues mostraba en todo heroica paciencia y conformidad con la voluntad divina. En tal estado plugo al Señor acrisolar más la virtud de su sierva, sometiendo su alma a una dolorosísima prueba para su tierno y amoroso corazón de esposa y de madre. Fue el caso que el rey Malcolmo, al saber la invasión del Northumberland por el rey Guillermo II el Rojo, organizó al punto sus tropas y, en compañía del príncipe Eduardo, su hijo mayor, entró resueltamente en campaña contra el rey inglés, reivindicando sus derechos, sin que fueran parte a detenerle en su empresa las ternuras de su santa esposa, alarmada por el triste presentimiento que oprimía su amante corazón ante el incierto resultado de aquella lucha.
LA TRAGEDIA. MUERTE DE SANTA MARGARITA
NO eran vanos ni infundados los temores que cual fatídico espectro se cernían sobre el espíritu de la cristianísima reina, pues Malcolmo y el príncipe Eduardo perecieron al intentar el asalto a la fortaleza de Alnwick, de la que se habían apoderado los ingleses. En el mismo punto en que ambos príncipes caían en el campo de batalla, luchando heroica mente en cumplimiento de su deber, allá en la corte escocesa, la esposa amante, la tierna madre, tendida en el lecho del dolor decía con triste acento a los que solícitos la rodeaban: «Con seguridad ha ocurrido hoy una tremenda desgracia para Escocia». No dice más. pero ruega que se le traiga una reliquia de la verdadera Cruz, muy venerada y estimada por ella, estréchala contra su corazón y, cubriéndola de besos y regándola con sus lágrimas, se santigua repetidas veces con ella. A los cuatro días llega de la guerra el príncipe Edgardo y, apenas se presenta en la cámara de su madre, le pregunta ésta: «¿Qué es de tu padre y tu hermano?» A lo que el príncipe, deseoso de evitar un dolor y una pena hondísima a su pobre madre, respondió: «Disfrutan, señora, de salud excelente». Mas la reina díjole al punto, lanzando un profundo suspiro: «Ruégote, hijo mío, que no me ocultes nada, pues no ignoro lo sucedido». Entonces el príncipe declaró la triste realidad, contando con todo detalle la serie de episodios ocurridos en el encuentro con los ingleses y cómo su padre y el príncipe su hermano habían perecido víctimas de una traición criminal. Entonces se comprendió el alcance profético de las palabras de la santa reina al decir unos días antes que «una gran desgracia había sobrevenido a Escocia». No tardó mucho en llegar la hora del dichoso tránsito de Margarita a la patria celestial y, percatándose de ello, se preparó pronunciando estas palabras litúrgicas: «Señor mío Jesucristo que, por voluntad del Padre y con la cooperación del Espíritu Santo, habéis vivificado el mundo muriendo por él, libradme y salvadme». Y dicho esto se durmió en el Señor. Era el 16 de noviembre del año 1093. Su cuerpo fue inhumado delante del altar mayor de la iglesia de Dunfermline.
La vida de nuestra biografiada heroína fue más notable por sus altísimas virtudes que por los hechos extraordinarios y prodigiosos: pero a raíz de su muerte, Dios glorificó su sepulcro con multitud de milagros, los que concienzudamente comprobados movieron a la Iglesia a elevarla desde el trono de Escocia a trono más alto: al de los altares. Fue canonizada por el papa Inocencio IV en 12 de junio de 1250. Sus sagrados despojos fueron trasladados en 19 de junio de 1259 a otro santuario. La santa reina es patrona de Escocia.
Al caer Escocia en la herejía, los católicos recogieron secretamente sus reliquias y las de su esposo, al que también veneraban como santo. El rey don Felipe II de España solicitó el honor de ofrecerles refugio seguro en el monasterio de El Escorial, y las hizo colocar en un magnífico relicario en el que se podía leer esta inscripción: San Malcolmo, rey, Santa Margarita, reina.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
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